Amasa pizzas en la cocina. Sus manos golpean la masa contra el mármol, con fuerza, con furia, con odio. Porque tiene que hacer todo acá, ¡porque nadie me ayuda, che! y como siempre queda sola. Golpeando y golpeando, mientras su columna hace un esfuerzo hacia adelante, y su pelvis también golpea contra el borde de la mesada. Su pelo cae por el costado, sus ojos claros brillosos, sudor arriba de los labios y en el cuello. Hace mucho calor. Su pelvis golpea, sus manos amasan, la salsa hierve a un lado, burbujea. Tiene harina en la cara, en el cachete, en el cuello y entre las tetas. En la panza, también sudorosa. Golpea con odio, con furia, con fuerza. Larga un gemido cuando por fin termina de amasar. Y tiene que esperar cuarenta minutos o media hora, nunca sabe cuánto tiempo, bueno, ¿qué hora es? Y mira para arriba al reloj que le regaló su mamá, esa vieja de mierda que a veces se le daba por hacerse la graciosa , y ¡uy! ¡es re tarde! y apaga la hornalla para que la salsa deje de hervir. 

Respira agitada porque todavía tiene que cortar el queso, poner la mesa, bañar a Vale y arreglarse un poco. La luz de la cocina amarilla sobre ella, reflejando en los azulejos y en su piel, haciéndola parecer bronceada aunque en realidad es blanca, muy blanca. Más de lo que le gustaría. Y el pelo suelto le toca el piso cuando se agacha para prender el horno, y tiene que quedarse de rodillas sosteniendo la perilla, porque la casa es vieja como ella, como el horno, y funciona como quiere. Funciona mal. El fuego agarra después de casi un minuto, la llama se estabiliza, y cuando sube le duelen las rodillas y la cintura y las manos. Mira la masa y agarra un bowl, le pone aceite, deja la masa ahí para que leve, tapándola con un repasador mientras el horno se calienta. Empieza a sentirse sofocada. Qué calor que hace. Abre la ventana que da al patio, despacio para que las bisagras no salten, y cuando el oxígeno renovado inunda sus pulmones respira con alivio. El viento de la noche, caliente pero liviano, con olor a verano y a gusto conocido le golpea la cara, y el cuello, y el pecho. Sonríe. El verano le encanta y le queda bien. 

Entonces empieza a caer gente al baile.

¡Voy!

Con bronca, con el pelo suelto, descalza y pasándose la mano por el bozo abre la puerta. Siente ganas de hacer pis y no entiende qué está viendo. ¿Qué mierda hacés acá? Piensa pero no pregunta. En cambio cierra la puerta un poco y pone su cuerpo en el medio, sin molestarse en ocultar su malhumor. 

Un hola le llega lejano, como a través del tiempo. Huele a tabaco y a sudor. A sudor de días, hediondo. Tiene el pelo rubio engrasado y una barba que bien podría ser mugre pegada a la piel. 

Quería pasar a visitarte. Así, como si nada. Como si ella no hubiera llorado en el baño mordiendo una toalla para que su nena no se preocupara. Porque es inteligente. Le ve los ojos rojos y rápido le pregunta qué pasa mami con esa vocecita llena de inocencia. Entonces piensa que está dormida en la pieza, que por favor siga dormida, que no se despierte. 

Andate. 

Dejame pasar. En tono de orden tierna. En tono de correte o te corro. Pero Vale está dormida y tiene la masa leudando y en cualquier momento puede llegar alguien así que no. No se corre.
Él entra.
La empuja desde el hombro y pasa como si esa fuera su casa y no de ella. Como si cada baldosa le perteneciera, cada ladrillo, cada clavo. Como si el colchón todavía estuviera caliente. Como si hubieran tomado mates esa mañana y no hace dos meses. Como si ella todavía tuviera las manos rojas de la lavandina por lavar la sangre del piso.

¡Epa! ¿Qué vamos a comer? Y va directo a la heladera, revuelve, toca todo. Con las manos mugrientas. Saca fiambre, pan y se hace un sánguche. Ni siquiera espera a terminar de masticar para empezar a hacerse otro. Abre el freezer y mete un pack de cervezas que ella ni siquiera sabe de dónde sacó. De la bolsa que dejó sobre la mesa. Que tiene adentro otro pack y otra bolsa de vaya a saber qué porquería. Plata para cerveza él siempre consigue. Y la escena grotesca se produce mientras ella contiene la respiración. Lo mira desde el marco de la puerta cómo impregna la cocina de baranda, de sus chillidos asquerosos, de migas. Tiene puesta una camisa celeste y un vaquero de jean nuevo. Está segura de que le queda grande, debe ser del hermano, , sabe que sí. Porque cuando la deja siempre se va a lo del hermano, que lo cuida hasta que le pega una patada en el culo. 

¡Ah! Porque hoy es el cumpleaños de esa, ¿no? Y lo dice mientras mastica, casi escupiendo en el piso. Ella siente que se le para el corazón, porque esa revelación la asusta. La deja paralizada en la puerta. 

De esa. 

De esa que hizo que lo encerraran una vez, una noche. Es el cumpleaños de esa y ella estaba amasando pizzas, ¿con qué derecho? Como si sirviera de algo. Como si pudiera usar sus manos, su pelvis, su cuerpo con libertad. Como si tuviera el derecho de invitar a alguien a su propia casa, la casa de su abuela, la casa que es de ella sin serlo, porque ahora está él.

Llamala y decile que no venga. 

Y se sienta en la mesa con las piernas abiertas. Por la ventana entra aire caliente, denso, que chorrea grasa. A ella ahora le produce asco. El verano la sofoca, le achicharra los pulmones. Piensa en moverse, en hacer algo, pero se acuerda que dejó el teléfono en la pieza y no quiere dejar de mirarlo. De la cocina a su pieza hay por lo menos dos metros pero hasta la pieza de Vale son tres pasos. Se putea por darle esa pieza, aunque fuera la más grande y tuviera la ventana que ella quería. Se putea mientras aprieta los puños y siente que el corazón le va a mil. El calor es demasiado. Se va a desmayar, siente que se podría desmayar pero sabe que no lo va a hacer. 
Entonces él sonríe.

Hola, hermosa.

¿Papi? 

El corazón le explota. 

Vale se pasa las manitas por los ojos. Tiene el pelo despeinado y un pantalón corto porque la remera se la saca para dormir. Porque no me gustan las cosas esas mami, me pican. Y ella siempre le dice que se llaman etiquetas, pero aunque se las arranca Vale siempre se saca la remera igual y duerme casi desnuda. 

Vení, hermosa. 

Ella alza a upa a la nena antes de que camine hacia él. Por inercia, por instinto, por desesperación, y por ella misma. Porque sabe que si él la agarra no lo va a poder sacar más. Porque sabe que se la va a llevar a dormir y va a pasar la noche ahí, y ella en la misma cama, los tres en la misma cama.
Él las mira y suspira muy, muy lentamente. Como un toro a punto de atacar. Dámela, pero ella no la suelta, y la aprieta fuerte contra su pecho, incluso cuando Vale se queja, mami tengo calor, mami piso, pero ella no la suelta. Soltala, pero no la suelta. No quiere dormir los tres en la misma cama. No quiere no pegar un ojo en toda la noche para cuidarla. No quiere vivir así.

Corre.

Corre hasta su pieza. Vale empieza a llorar porque le golpea sin querer el piecito contra la pared del pasillo pero la deja en la cama, casi que la tira, sin calmarla, sin decirle nada. Escucha las pisadas, lo ve llegar, pero con una fuerza de bronca cierra con un portazo y le agarra los dedos, pone el cerrojo. ¡Abrí hija de mil puta, abrime! Vale llora más. Ella sabe que nunca le va a poder explicar esto. La agarra de la mano y la mete en su baño. El cerrojo va a ceder porque es una mierda. Quedate acá mi amor, ya vuelvo, quedate acá. Vale contiene la respiración y la mira con fuerza, pero se queda, se encierra y se mete en la bañera. En algún lado tiene que estar el teléfono, ¿dónde mierda está? Y empieza a revolver a lo bestia, como él con la heladera, con las migas; destruye como el calor. Tira todo hasta que lo encuentra entre las sábanas. ¡Puta de mierda! Quiere llamar, ¿a quién? Los golpes en la puerta casi que no la dejan pensar, pero sabe que a la policía no, ¡Hija de mil puta abrime!

¿Hola? Estoy yendo. Perdón, se me hizo tarde. No sabés lo que me pasó…

El cerrojo cede.

¿Hola? 

¿Hola?

¡Amiga! ¿Qué pasa?