Se despierta por el sol en la cara y lo primero que ve es la ventana que da al patio. Afuera es de día, pero no de mañana. Durmió, sabe que durmió más de lo que duerme siempre. Más de lo que se permite. La risa de Vale termina por despabilarla. Ahora, no entiende nada, porque ¿qué hora es? Y no sabe bien cómo llegó a la cama ni por qué tiene las medias puestas. Siente calor. Incomodidad. Se intenta sentar y sisea de dolor.

Ahí voy, dejá. No te toques.

Fer deja la bandeja en la mesita de luz y le acomoda la almohada en la espalda. Entonces sí, ahora sí. Entiende por qué Vale se ríe. Y la escucha llamar Tía tía desde la cocina pero Fer le responde que ya voy mi amor, ya voy, y la mira. La mira atravesando todo a su paso, como atravesó la puerta la noche anterior, como atravesó su vida hace casi seis años.
Tomate esto, y son pastillas obvio, aunque sabe que no le gustan; pero se las da con un jugo de naranja exprimido que andá a saber de dónde sacó porque en esta casa no se come fruta. ¡Pero la vitamina c! Y entonces ella se lo toma todo. Odia tragar pastillas.

Entonces hablan de boludeces para evitar todo por un rato, y le agradece. Le agradece muchísimo. Y al tiempo, ¿Tía? Vale pregunta desde el marco de la puerta pero no se anima a pasar porque a los cinco años ya hay muchas cosas que se acuerda y la pieza de mamá ahora no es un lugar lindo como antes. No es un lugar dónde le gusta estar. Pero su mamá está despierta y la tía está al lado así que junta valor y da un paso, dale Valeria vos podés y da otro, y otro hasta que llega a la cama y se sienta. Se sienta. Y Fer la mira y se tienta.

¿En qué andan ustedes dos? pregunta ella con una sonrisa que le duele un poco porque el labio no se le partió de a penas. Nada mami nada contesta Vale con la cara enchastrada de chocolate porque cada vez que viene la tía Fer le trae algo que se comen a escondidas. Al pedo piensa ella, porque la dejo comer golosinas pero no siempre. Y entonces hace como que se enoja para seguirles el juego de que tienen un secreto, pero siempre se termina robando un pedacito. Una pantomima son. La hacen reír.

Pero andá Vale dale déjame que tengo que hablar con mamá, y entonces pone puchero porque no me gustan esos dibujitos tía, pero bueno dale andá que ahora voy y te los cambio, y así de fácil logra que la nena se baje de la cama y se vaya a la cocina. Así de fácil como logra todo, porque a ella le hace caso obvio, porque comparten secretos.

Entonces el rato de hablar boludeces se termina.
Le duele la panza, la espalda, la cabeza. ¿Qué pasó? Pregunta, aunque se acuerda. Se acuerda de correr, de dejar a Vale en el baño, de buscar el celular. Se acuerda del miedo cuando se abrió la puerta y del piso frío. Se acuerda de taparse la cara con los brazos y del dolor en el vientre. Se acuerda del dolor. De no poder respirar. Y me acuerdo que en algún momento me dejé de acordar porque todo estaba medio borroso, pero paró. ¿Qué pasó? Paró.

Le rompí una botella en la cabeza.

Afuera el poco viento que corre y entra por la ventana se detiene. El día se vuelve más brillante y el clima más denso, más pesado. El sol le empieza a picar en la piel pero no se quiere mover porque ahora sabe que el dolor del vientre seguro se puso violeta. Y mira para el piso y encuentra un vidrio, y la alfombra que tiene abajo del escritorio está corrida. Y todo empieza a tener sentido pero tiene que volver. Fer la mira y le busca los ojos. Ey, ¿estás bien?

¿Qué hiciste?

Y de nuevo, Le rompí una botella en la cabeza.

Antes de este día fue de noche.
Camina rápido las cuadras que le faltan porque tiene una sensación rara en el pecho que la presiona y no le gusta. Corre la última cuadra por las dudas. La puerta no tiene llave, entra, escucha gritos al fondo. Se acerca un poco, con el corazón en la garganta, con la sangre en la cabeza y las manos le empiezan a sudar. Ni siquiera se pregunta qué mierda hacer porque sabe que al lado de la heladera guarda las botellas vacías. Agarra una con fuerza y camina decidida, con miedo pero sin chistar, porque ¡Dios! no sabe dónde está Vale pero debe estar ahí y cuando llega a la pieza la ve a ella tirada en el piso, ve a él pateándola, gritándole, tan fuerte que ni siquiera la escucha llegar, ni siquiera la nota cuando se pone atrás suyo.
Le rompe la botella en la cabeza.

Empezó a sangrar y se desorientó así que lo agarré del brazo y lo tiré para afuera.

Cierra la puerta con llave y vuelve a la pieza. La ayuda a levantarse del piso, la deja en la cama pero no sabe si está despierta o mareada o a punto de desmayarse. Ahora que el calor de la adrenalina le bajó del cuerpo el frío y el miedo se le instalan en la piel.

Vale toca la puerta del baño.

El corazón se le vuelve una piedra. La ve chiquita, con los ojos rojos, despeinada y semi desnuda. Piensa muchas cosas, tantas cosas. Hola mi amor, hola, veni, y la nena va y la abraza porque tiene sueño, porque no sabe qué pasó pero sabe que escuchó a mamá llorar, y tengo miedo tía, y ya sé mi amor. Entonces le pide, cerrá los ojos ¿dale? Juguemos a cerrar los ojos. Porque le hace upa para llevarla hasta su pieza de nuevo, para que no se corte con el vidrio, para que no la vea en la cama. Para que todo sea un poco un sueño. Tengo hambre tía.

Afuera el viento se vuelve más frío.

Ahora el sol brilla con fuerza.

¿Querés comer algo?

Pero la respuesta llega con lágrimas. Con dolor y bronca. Con gusto a óxido porque seguro le lastimó la boca también por dentro, porque ahora se acuerda que la tiró al piso de una trompada. Pero ey Caro tranquila, ya está, tranquila.

Ey, vení. Vení, tranquila. Nunca le dice no llores como sí le han dicho otras personas. Como sí le decía su mamá de chiquita. Como le decía su abuela también. Mientras lloraba le decían pero no llores, y la contenían pero no llores. Fer nunca. Fer la deja llorar, de dolor y de bronca, sácalo todo afuera le dijo una vez. Sacalo todo que hace bien. Y la abraza y ella llora. Le duele el vientre, el pecho, la teta izquierda. Le duele todo. Le duele Vale.

Ya ni sabe que no le duele.

Más tarde salen al patio. Casi de nochecita bah. El sol se empieza a apagar a lo lejos, atrás del pasto crecido del fondo, y Vale corre para agarrar al gato de la vecina pero se le escapa como siempre. Fer la mira con dos ojos preocupados pero poquito porque sabe que le molesta que la mire así. Entonces le alcanza una reposera, se sientan, todavía le molesta la panza, pero se miró en el baño y es un moretón, uno solo, va a sanar. Mirá mami un grillo, y la mira y sonríe porque sí, un grillo, y sabe que va a sanar.

Fer le da un mate con una cáscara de algo. No le pregunta qué es, no se queja como hace siempre de las cosas raras que le ponés vos, esos yuyos raros. No se queja porque no tiene fuerza ni ganas y porque está rico, caliente, cómodo. Sano.

Y no hablan de nada más porque más tarde va a haber tiempo. Mañana va a haber tiempo, y ahora Vale quiere que la miren cómo hace un salto. Mirá como salto mami, mirá tía mirá.
La miran y la aplauden. 

Mañana va a haber tiempo.