Termina de acomodar, cierra la valija, la presiona y entonces el cierre cede de una vez. Ya está. Terminó. Las cosas de Vale ya están en el auto y ella nunca tuvo mucha ropa. Pero sí libros. Él una vez le dijo que se los iba a tirar a la mierda, ¡porque juntan polvo estas porquerías!
Pero no, ella fue viva y se los quedó. Los desparramó por la casa y medio que los escondió para que parecieran menos, pero ahora que los ve apilados se da cuenta que sí, que son un montón, que no va a poder llevarlos a todos. Tiene que elegir. Entonces se sienta en el piso entre la cantidad de cosas que quedan por ordenar y los separa, los categoriza. Llora. Bah, le dan ganas de llorar. Pero traga el nudo que tiene en la garganta y se dice que no seas tonta Carolina, que ya los va a poder tener a todos, que seguro van a llegar en unas semanas nada más. Pero no llora por los libros y lo sabe.

No quiero. Siento que estoy huyendo.

Y sí. Estamos huyendo.

Las palabras de Fer se le quedaron tan grabadas en la cabeza que incluso lo soñó. Soñó a su papá, ja! como si fuera poco. Y lo soñó grande, como cuando era chiquita, y lo soñó retandolá, diciéndole que no se vaya, que qué vas a hacer allá? Y ella no le pudo responder porque a su papá no se le respondía. Pero las personas de nuestros sueños no son siempre esas personas, a veces son percepciones, o nosotros mismos. Nosotros mismos expresando nuestros miedos.

¿Siempre tenés una respuesta para todo vos?

Y Fer le sonrió.

Pero tiene razón. Está cagada de miedo.

Por un lado, quiere llevarse los de sociología porque tiene que aprovechar para leer en el viaje. De Buenos Aires a Mendoza son doce horas en auto! No sé cómo vamos a hacer con Vale. Pero ella le respondió que le llevaba la Tablet y que no se iba ni a escuchar. Que seguro iba a dormir toda la noche. Entonces sí, lleva esos ahora y los otros le dice a su mamá que se los meta en cajas, que se los mande con todo lo demás.

Pero algunas cosas las voy a tener que dejar.

Bueno, llevemos mi lavarropas que es más nuevo y vos llevá tu heladera que tiene freezer.

Total, todo lo demás… ya va a haber tiempo para todo lo demás. Para todos los juguetes de Vale, y los cuadros, y las tacitas de té que tanto le gustan, y las cortinas de su bisabuela. Para todo eso va a tener que esperar, porque el flete es carísimo, porque no puede con todo. Porque está huyendo y cuando se huye hay que elegir. Qué libros llevar, cuánta ropa, cuánto tiempo.
Tiempo.
Cuando se huye no hay tiempo.
Hay que despedirse rápido y a las apuradas de amigas de toda la vida; entregarse a la nada. Hay que ir con cuidado, en silencio, en puntillas de pie, con miedo de decirle a alguien y que él se entere y que venga y que todo vuelva para atrás y que sus vidas cambien, paren, con miedo, miedo, tanto miedo, tanto que no puede respirar, de la bronca, Dios, cuánta bronca, de dejarlo todo, de tirarlo, de elegir, no quiere elegir!

Por eso grita y tira el puto libro porque quién mierda me mandó a meterme con ese tipo! Si lo único bueno que sacó fue a Vale. Si ahora le está arruinando la vida!
Si ahora huyo como si fuera chiquita, tan chiquita. Es tan chiquita.
Se siente tan chiquita

Para, ¡para Caro! Calmate.

Y levanta las cosas mientras la mujer rubia se sienta en la cama, sacándose con bronca las lágrimas. Tanta bronca.

Porque esta es mi casa, Fer. ¡Es mi casa!

Y lo único que puede hacer ella es mirarla, con ojos oscuros y tristes como la bruja que es. Como la compañera que viene siendo. Como la que va a ser, en esa provincia que nunca pisó pero que obvio que voy con vos, si ya no queda nada para mí acá. Si te vas nos vamos juntas. Nos vamos con Vale un tiempo, hasta que todo se acomode. 

Pero Carolina llora. Porque no se quiere ir así.
Así,
obligada.

Vamos a volver. Ya vas a ver. Es un tiempo nada más. Allá vamos a estar bien le dice, mientras le pasa una remera para que se seque las lágrimas y los mocos. Porque ya se va a olvidar, Caro. Y cuando Vale crezca un poco más va a estar más segura, y allá tenemos a Liliana que es abogada, nos va a ayudar. Porque con mis ahorros y los tuyos… porque juntas… porque con el tiempo…

Pero a ella no le importa tanto eso como le importa sentir la impotencia que le recorre el cuerpo. Si ya sé. Ya sé. Fui yo la que te dije, ya sé.

Y con el trabajo que te ofrecieron… y yo consigo algo rápido… y Vale que empiece la escuela allá…

Sí, ya sé. Ya sé.

Pero la certeza no la calma un carajo.

Y sino qué más podemos hacer, eh? Pregunta con voz maltratada, con tanta resignación que hasta le da bronca. Porque si la perimetral no sirve para nada y le avisan cuando le metes una denuncia! Lo dejan salir a los dos días! Es egoísta, soy una egoísta, y yo tampoco quiero esto, pero qué más podemos hacer? Esperar a que vuelva? A que venga cualquier día? A que te haga qué, a ver? Y la voz le crece mientras ella también se traga el nudo en la garganta, pero las lágrimas la traicionan. Porque no voy a esperar, Caro. Esto es una mierda, pero no puedo esperar a no llegar a tiempo. No puedo esperar a que,
a que te

Sí, ya sé.
Ya sé.

Paran cada tanto para que Vale haga pis, para comprar algo para comer, para estirar las piernas. Paran y miran hacia ningún lado porque todo se ve igual, pero distinto. Todo lo que viene es distinto. 

En las horas de viaje piensa en su mamá. Nunca la vio así, tan dolida. Amargada sí, pero dolida… lloraba. Ý no le dijo no llores, no llores mamá. No. La dejó llorar y la vio despedirse de Vale, saludar a Fer, abrazarla a ella. La dejó y la escuchó mientras le decía que voy a tratar de enviarte todo rápido, y las voy a ir a visitar.
Amargada sí. Ausente, indiferente. Triste era distinto, con pena no le gustaba.

Pensé que no le iba a importar, sonríe. Que a lo mucho me iba a decir buen viaje.

Pero su compañera que maneja ausente ni siquiera la mira para responder. Porque ya sabe lo que piensa, porque lo hablaron mucho en su momento, y porque su mamá se murió.
La extraña. Siente culpa.

Porque deberías entenderla un poco.

Pero si nunca me quiso, Fernanda. Y rápido por el espejo retrovisor, ve a Vale dormida, Si a ella la viene a visitar poco y nada, a la única nieta que tiene, y se ríe con asco de nuevo.
Mirá si va a hacer novecientos kilómetros para verla.

Pero Fer le responde con silencio, hasta que se arma de valor con una respiración, hasta que elige las palabras. Hasta que algo le duele en el pecho porque quiere que se dé cuenta. No quiere pelear, no tengo ganas, pero estamos huyendo, Carolina, y tu mamá, nuestras mamás no pudieron huir. Estamos decidiendo lo que ellas no pudieron decidir. Porque la primera vez que vi a mi mamá respirar tranquila fue cuando mi papá se murió. Porque todas estamos un poco hechas mierda y por eso hacemos mierda. Por eso nos hicieron mierda. Porque no aprendieron nada más.

Todo a los golpes, como éste.

Pero
eso no
no le saca de encima la bronca que siente,
ni los años de mierda que me hizo pasar

Pero la podés entender. No la perdones, entendela. No la odies más.

Pero no sabe.
No sabe si va a poder, o si la odia.
Decide mirar para afuera y no hablar más. A la ruta, las vacas cada tanto y el olor húmedo de la tarde que se va haciendo noche. Decide enojarse porque es más fácil pero por un tiempo nomás, porque algo se le rompió en algún lugar. Porque ella más que nadie entiende, pero a la vez no quiere. No puede. Ahora no.

Pero es como todo, Caro. Y ahora sí decide mirarla.
Tiempo al tiempo.

Y, Ja! Sí… Ponele, dice
con lágrimas de una nena que se crió un poco sola y a los porrazos.
Pero piensa en las caricias de su mamá mientras ve bajar el sol en el horizonte.