La Lucy, mi hermanita, entró a mi pieza, me zamarreó como si fuera la cana y dijo: levantate Pablo. Son las cuatro de la tarde vago de mierda. Me volvió a zamarrear, tiró abajo la manta que tenía en la ventana y la luz de la tarde inundó la piecita ¡Dale Pablito, clavó un clavito, abrí esos ojos llenos de fuego! ¡Mirá, mirá, me llenaron el bombo! Se subió la remera y mostró la panza, chata, sin esperanza y de más arriba, las tetas, las tetitas rosadas, desnudas, que colgaban del cuerpo maltratado de la Lucy, salieron a la superficie. Un hilo de baba me creció en la boca, bajó por la comisura de mis labios y mojó la almohada sucia. La Lucy dijo: mirá tocá. Me agarró la mano que tenía afuera de la frazada y se la llevó a esa parte de su cuerpito donde no había nada. La empujó más arriba. La piel se le erizó. La boca largó una herida. Los pezones ensombrecidos, se hincharon escandalosamente. Cortá de acá pendeja de mierda, le dije. Los ojos de la Lucy llamearon. Enfurecida se bajó la remera amarilla de un manotazo, metió la mano abajo de las sábanas y descubrió mi calzoncillo mojado. Pajero, me dijo. Sos un guacho pajero. Dio vuelta la cara, pegó un portazo y se fue.

Al rato, salí de la cama, fui al baño, me mojé el pelo y la cara. Salí de la casa de mi vieja, pasé al almacén, me compré un Guaymallen blanco y seguí para abajo. Le había dicho a una amiga, de escabiar una birra y había respondido que sí, todo bien todo viento. Me había pedido que bajara hasta el hospital, a tal hora. Era una tarde de sol. Un día hermoso. En el camino, me crucé a los vagos en la esquina y a otros en la placita. Lo mismo de siempre, pensé. Comí el alfajor y me di cuenta que tenía hambre, pero como me quedaban unos pesos preferí guardarlos. Antes de llegar al hospital, vi que del otro lado se acercaba la Lucy, bajé la mano hasta el bolsillito de jean, palpé el pucho que le había robado del atado que escondía abajo del colchón y sonreí. De qué te reís, me dijo. Yo alcé los hombros y seguí camino. Unos metros después me gritó algo. No le di bola.

Llegué al hospital y me senté en el paredón. Pasaban los autos a una velocidad respetable. Los colectivos largaban un viento que pegaba en la cara. A veces me cubría con el codo, otras veces dejaba que el viento me revuelva los pelos.

La Pili llegó unos minutos después. Me saludó con un beso e hizo un gesto señalando la mochila. Dijo vamos. Fuimos a los chinos. Compramos dos cervezas, un paquete de papas fritas y nos metimos a la parte abandonada del hospital viejo. Buscamos la sombra en los escalones donde antes funcionaba el pabellón de salud mental, y destapamos una birra. La Pili usaba un flequiyito que le daba el glamour de una chica “rocker”, de hecho era una piba que sabía una bocha de rock. Y eso me gustaba. Tenía unos lentes gruesos que a simple vista te dabas cuenta que no veía un choto. Llevaba puesta una remera negra con la cara de Lou Reed, pantalones negros y unas zapatillas sucias. Dijo que era la novia de Lou. Unos meses atrás empezamos con eso de escribirnos y habíamos pegado onda. Nos pasábamos link de banditas de rock, pelis y de cuentos, relatos o algo que se pudiera leer. Lo cierto es que, había pasado media hora más o menos, no nos habíamos bajado la primera cerveza, la estábamos pasando re bien, que digo requete bien y de pronto, escuchamos los gritos que rebotaban en las paredes y venían de atrás de los arboles. Vimos que a cincuenta metros, dos tipos discutían y se culpaban de algo que no alcanzamos a escuchar bien. La Pili se puso de pie. Dijo que los conocía y que vivían en uno de esos pasillos abandonados. Hizo unos pasos, se acercó un poco para ver qué pasaba y volvió corriendo. Ayudame, dijo y me agarró de un brazo. En el camino, me explicó que Brishito, la perrita adoptada de los linyeras, se había perdido. La perrita era de un color indefinido y brillante, dijo. Y no le creí hasta que después de un rato largo, de recorrer la vereda del hospital, el estacionamiento de los chinos, los pasillos abandonados, de buscarlo entre los escombros y la mugre que se volaba de los contenedores que utilizaba el personal de limpieza del hospital, la encontramos abajo de unas ramas secas: sola y con los ojos tristes. La Pili la alzó en los brazos, la apretó contra su pecho y no pudo retener las lágrimas. Yo quise abrazarla, pero me quedé con las ganas. Volvimos, los tres, a los escalones donde habíamos dejado la mochila. La cerveza estaba caliente. La Pili dijo que mejor lo dejábamos para otro día. Se despidió con un beso y se fue con Brishito, la perrita de color indefinido, en los brazos: Contenta, feliz. Yo la vi perderse en la oscuridad, lenta, que bajaba de la noche. Me acordé del cigarro, lo saqué del bolsillo del jean y se veía achatado. Lo encendí. Fumé pensando en la suerte de la Brishito, me bajé la cerveza caliente y volví a subir la loma para la casa de mi vieja.

Después, en el amanecer de esa noche larga, desvelado, me encontraba, yo, patas para arriba, sobre el elástico vencido de mi colchón, repasando y pasando por mis ojos cadavéricos, la carita ladeada, de costado, que la Pili me ofrecía a cada rato con el gesto insolente de esa boquita que decía: acá tengo para vos. Y que claro, yo, le quería comer con gusto. Chuparle la jeta, el lápiz labial rojo. Porque repito no soy de fierro. Y sí no lo dije antes lo digo ahora: no soy de fierro. Era una especie de sueñito que traía de la tarde anterior, en la que habíamos estado juntos, sentados en esos escalones sucios de la entrada de lo que era antes el pabellón de salud mental. Era la tarde, el sol, la birra, el baldío sucio, el pasto amarillo, los pasillos abandonados del hospital viejo. Era eso y que no me quería ir a dormir por miedo a que se pierda el encanto de ese momento. La boca jugosa, manzana, de la Pili, me llamaba y decía: vení, arráncamela. Y en eso estaba yo, cuando una patada casi tira la puerta abajo. Las paredes de mi piecita, temblaron. Pensé, como siempre, que era la cana. Pero encandilada por los faroles del amanecer entró la Lucy. Pablo, Pablito, ayudame. Tenía el pelo revuelto, el maquillaje corrido y la ropa desordenada. Me crucé con un pelotudo, dijo abriendo los brazos. Después se tiró arriba mío. El aliento etílico, a escabio, me desinfectó los oídos. La Lucy empezó a largar una especie de ronquido, a segregar una babita amarronada por el tabaco y alcohol que se había tragado en la noche. Con esfuerzo la hice a un lado, corrí el cuerpo extenuado hacia la pared, me levanté y le robé un pucho de la cartera que había quedado en el piso. Salí afuera: El amanecer y yo. El amanecer rosado, yo, la boca roja de la Pili, la carita ladeada así de costado. Ni en pedo me voy a dormir, pensé. Sentí, entonces, el placer de salir de la cama y fumar un cigarrillo. Después volví a la piecita. La Lucy seguía desmayada. Le saqué los zapatos, el abrigo, la ropa sucia con olor a sexo, la abrigué con una manta y salí a dar una vuelta. Pensé en caminar un rato, en despejarme un poco. Era una mañana luminosa que no podía disfrutar porque me moría de sueño. Pasé por el almacén y compré tres alfajores. En la esquina quedaban las cenizas de las gomas que los pibes habían quemado a la madrugada. Se me ocurrió que podía bajar hasta el hospital, sentarme en el paredón, comer los alfajores y mirar a la gente y a los autos que pasaban por la calle. O pasar a los chinos y meterme abajo de la ropa, un chocolate para regalarle a la Pili. O, de última, un vino para sentarme un rato en la placita. Pero antes de eso, me desvié y sin saber por qué llegué a los escalones sucios donde unas horas antes, habíamos estado flasheando con la Pili.