Meta Guacha

Siempre me gustaron los libros. No por el hecho de leer. Me encantaba robarlos. Ir a una librería y meterlo abajo de la ropa. Una vez encontré uno fabuloso. Fue en una librería del centro. El libro hablaba de tetas y de cervezas. Mis dos temas favoritos. La historia era de una chica que se paseaba desnuda todo el tiempo. Se llamaba Telma. Tenía un amigo. El Lucas. En los escalones sucios del manicomio de la calle necochea se juntaban a escabiar y a hablar de huevadas. Cada vez que me metía en las páginas de ese libro me daban ganas de entrarle a la cerveza. Iba al mercadito. Le pedía fiado al viejo degenerado. Ese viejo puto siempre me quería decir que no. Pero no se animaba. Yo me aprovechaba de eso. Le contaba que tenía una amiga. Una amiga linda. Al viejo se le empezaban a dar vueltas los ojitos. Yo meta chamuyo. Le decía que se llamaba Lucy. Era preciosa. De unas tetas enormes. El viejo calentón quería saber más. Yo le decía que primero lo primero. Me daba una bolsita. Señalaba la heladera. Me decía agarrá agarrá. Después esperaba, acodado en el mostrador, a que siguiera el cuento. Le decía que la Lucy andaba por las callecitas oscuras que rodeaban la estación de trenes. El viejo se babeaba. Me pedía el número. Le respondía que había vendido mi teléfono y que desde entonces estaba incomunicado. Le prometía que para la próxima le iba a conseguir eso y algo más. Pero sobre todo le iba a hablar de mi amiguito, a la Lucy. El viejo pajerón me agradecía. Salía del mercadito con unas gracias chepibe y una palmadita en la espalda. Cruzaba la calle. Pensaba en la lástima que daba el pobre viejo pajero. Volvía al vagón con las birras y el librito. Era dios. O un poco más que dios. Me metía de vuelta en esos asuntos de la Telma y el Lucas ¡Qué pendejos de mierda! ¡Me encantaban! Yo quería ser como ellos. Cagarme en todo. Andar en bolas. Hablar huevadas. Birriar todos los días. Largar la risa como un loco. A veces se acordaban de las tetas de los pibes que habían conocido. Era un tema de debate. La Telma decía que las mejores tetas que había chupado eran las del rubiecito de la vuelta de su casa. Un gordito que se llamaba Enzo. Un pibe sobreprotegido al que todos trataban de reboludito. Pero no era ningún recién nacido ese bebé decía la Telma. Ya sabía hacer bastantes cositas. Se acomodaba de un lado, del otro. Si te portabas bien, dejaba que le sacaras el corpiño e hicieras las mil maravillas con esas tetotas de vedette. El Lucas decía que las mejores tetas eran las pasas de uva. Esas que tenés que trabajar y trabajar con la lengua puro corazón para sacarles el jugo, saborear la sal de la piel erizada y creer que el pezón hinchado y ennegrecido por la calentura era capaz de enloquecer a cualquiera. Contagiado por la lectura de ese librito, una tarde, me saqué la remera. Miré mis tetitas. No encontré nada gracioso, ni sensual, ni nada. No eran pasas de uva. Mucho menos unas gomas tremendas y pulposas. Dejé el libro. Fui al espejo. Miré un rato por ahí a ver si descubría algo. Terminé como siempre en la cicatriz que tenía en las costillas. Era un tajo que me había hecho un caco para robarme. Pobre loco. Arriesgarse así para pelar a un pobre diablo que no puede cagar de seco. La verdad que cada vez que veía esa herida tapada por un pedazo de cuero flaco pensaba en la mala suerte. No creía que un tipo así pudiera llegar a hacerse millonario con el robo. Me lo imaginaba con un final triste. Acribillado a tiros por la cana. O choreando en el barrio que lo vio crecer. A los vecinos que le dieron un plato de sopa. Me lo imaginaba como a una rata. Después pensaba que también era un pibe. Pero capaz ya tenía dos hijos. No tenía trabajo. Estaba desesperado. Pedía un arma. Salía a ver qué onda. Se cruzaba conmigo. Listo. No sé por qué carajo yo pensaba en la mala suerte de él y no en la mía. Yo había salido a dar una vuelta. Tenía ganas de que pasara algo. Algo lindo. Pero terminé en el hospital. Me quedé varios días internado. Me dieron de comer. Fueron tan amables conmigo que yo no quería salir de ahí. Al final, terminé por agradecerle al “san caco”. 

Las tetitas seguían ahí. Incorregibles. Eso me puso furioso. Me quitó las ganas de leer. Me puse la remera. Salté del vagón. Me fui a dar una vuelta. Me crucé con un pibe. Le miré las tetas. Se me fueron los ojitos al carajo. El pibe se enojó. Me dijo: qué mirá puto. Yo me comí los mocos. Dejé de mirarlo inmediatamente. Me hice el perejil que dicho sea de paso es lo que mejor me sale: Hacer de salame. Bah, eso es lo que pienso yo. Me di unas vueltas por las callecitas para ver si me encontraba con la Lucy. Pero era muy temprano. Todavía había sol. La nombré. Lucy Lucy Lucy. Pero fue inútil. No vino. Eso me volvió más loco. Quería verla. Necesitaba que me diga algo lindo de mis tetitas. Porque éramos amigas. Y las amigas son las que más te entienden. Seguí caminado. Más triste y más sola. Creí que el mundo se iba a terminar a la vuelta de la esquina. Pero resulta que a veces, ahí, me estaba esperando la suerte. Me encontré con un viejo durmiendo en la vereda. Aproveché para abrirle la camisa. Le miré las tetas. Un pecho hermoso abajo de un acolchado de pelos. Lo acaricié. Lloré un poco. Me acordé de la enfermedad en mis pulmones y del paño tibio que ponía mi papá para que yo sanara. El viejo hablaba dormido. Dijo algo que no alcancé a entender. Entonces se me dio por revisarle los bolsillos. Elegir un recuerdo. Nada ambicioso. Apenas unos billetes. El resto lo volví a poner en donde estaba. Antes de irme, le pegué una patada al viejo para que se despertara. Yo sé que pegarle a un borracho no es de buena educación. Lo único que quería era que se despertara y se fuera a su casa, para que otro no le robara como le había robado yo. Seguí caminando. Me olvidé de mis tetitas tristes. Tenía unos billetes. Fui al quiosco donde Lucy, la trava, me había invitado la cerveza. Entré. El viejo me miró con cara de pocos amigos. Le pedí una birra. El viejo renegón tardó como mil horas. Le pregunté si había andado la hermosa, por ahí. Dijo que no. Me aconsejó que me alejara de ella. No era una buena compañía. Me dio la cerveza. Quiso seguir hablando mal de mi amiga pero yo ya estaba afuera. Me senté en el cordón. Pensé en la Telma y el Lucas. Qué pendejos. Pensé en los tres brindando por la vida de mierda que teníamos. Pensé en los tres rompiendo las vidrieras de los comercios. Huyendo de la cana y de los viejos que querían amasijarnos. Unidos los tres como hermanos. En eso estaba yo cuando pasó una piba y me pidió un cigarro. Me di vuelta para ponerle la mirada encima pero el sol sorete me hizo arder los ojos y no pude verle la cara. Le dije que no tenía. Le dije que lo único que tenía era cerveza. Dijo: paso, gracias, y se fue. De atrás le vi los rulos. Siempre me gustaron las chicas con rulos. Pensé que era una lástima no haber podido verle la cara. Seguramente era bonita. La voz sonaba bien. No era de un tono dulce y eso siempre me gusta en las chicas. La seguí mirando hasta que la piba se perdió entre un montón de manchas. Volví a lo mío. Le pegué un trago a la cerveza. Atrás de la vidriera el viejo vigilante daba vueltas para ver lo que yo hacía. Me entretuve un rato con los autos que pasaban. Quería hacer algo pero todavía no sabía qué. Para el día ya era tarde. Para la noche era tempranísimo. Seguí en el cordón rascándome los huevos. Me animé a pensar que la chica de rulitos podría volver enseguida. Pensé que si volvía a pasar por ahí y yo estuviera con la Telma y el Lucas, podríamos agarrarla entre los tres y cortarle el pelo. Guardar los rulos en una cajita abrillantada. Tejer todas las noches en el vagón. Una peluca de diosa para mí. Para el día que pueda decir yo soy esta, la que a la noche es una guacha con corona, meta meta, meta guacha. Lo cierto es que antes de que yo pudiera advertirlo, el viejo salió del quiosco y me pidió el envase. Le respondí que iba a tomar otra. Dijo que no era posible. Le mostré los billetes. Dijo que seguía siendo imposible. Salió con esa excusa mega archiconocida: Sos menor. Intenté una vez más. No aflojó el viejo puto. Acepté lo que me decía. Me metí las manos en los bolsillos. Me pellizqué un huevo y le di las gracias. Tuve que volver a patear. Era casi de noche. El atardecer o el anochecer. Eso no lo tengo muy claro. Me parecen dos nombres para una misma cosa. Nunca lo entendí cuando intentaron explicármelo. Es como cuando te dicen no es mi novio, es mi amigo. Ya sabemos todos lo que es. No es necesario gastar dos nombres en una cosa sola. Caminé un poco para hacer ejercicio y otro poco para encontrar algo abierto. Las luces tenían algo de molesto. No brillaban lo suficiente todavía. Esa no era mi culpa. Se trataba de una idea de tipos que habían estudiado, tipos que eran profesionales y que hacían todo mal.

Encontré otro kiosco. En la zona del entubado. Entré. Había olor a perfume. Una colorada flequillona salió de atrás de una cortina. No pude evitar mirarle las tetas. La colorada se dio cuenta. Dijo qué nene atrevido. Largó una risita encantadora. Yo alcé los hombros. Señalé la heladera. Le dije que quería una cerveza. La colorada flequillona salió de atrás del mostrador. Desfiló por el salón. La verdad era demasiado para mí. En todos mis años de vida iba a poder con una mujer así. Era un monumento. Salí del kiosco. Me senté en la vereda. La colorada siguió dando vueltas en mi cabeza. Un rato. Me la imaginé en unas vacaciones inolvidables en Brasil. Hasta que no sé cómo, ni de dónde salió, pero un pibe se acercó, me dio la mano y dijo: ¿no te acordás de mí? No lo reconocí enseguida. Estaba cambiado. Era un reboludito al que le hacíamos bulling en la escuela. Un zarpado que se quería meter en la pandilla nuestra. Lo habíamos apodado Corkito. Quería ser uno de los nuestros. Por supuesto que nunca caímos tan bajo. Corkito se cansó de insistir, se cansó del maltrato y abandonó la escuela. Dijo que se trataba de una hermosa casualidad haberme encontrado ahí afuera. Empezó con el rollito cursi del chupapija. Me trató como a un ídolo. Un héroe de la escuela. Dijo que nunca había podido olvidarse de mi nombre y de mi cara. Yo le agradecí el gesto. Le pegué un trago a la cerveza y se la pasé. No sé si lo dije antes pero la verdad no me gusta beber solo. El pibe Corkito se emocionó. Dijo que me quería y que por eso me iba a contar algo. Resulta que había conocido a una piba de padres separados y todo ese embrollo. La madre trabajaba de noche en una clínica de enfermitos mentales. La piba se quedaba sola. El Corki aprovechaba. Entraba por la ventana y pasaban la noche juntos. Era una historia linda. Solamente que no le creía al muy estúpido. Ni siquiera tenía un nombre la piba. Corkito hablaba. Decía mi guacha. Mi guacha esto, mi guacha lo otro. Seguía con eso de la guacha. Meta meta. Meta guacha. La vieja entraba a laburar a las diez. Tenía tiempo para otra birrita y para que yo le contara algo de mi vida. Entró al quiosco. Tuve un impulso desesperado de salir corriendo, pero aguanté. No sé porqué me quedé. Lo vi allá adentro. De lo más suelto. Chamuyando con la colorada flequillona que se reía como una campeona. Me lo imaginé hablándole de mí como un amigo al que no veía hace mucho tiempo. Salió con una cerveza y una bolsa de papas fritas. Dijo algo de la colorada. De que yo le había tirado onda. Hice un gesto de “ah sí” y me cagué de risa. La verdad, Corkito me hacía sentir bien. Me había hecho levantar la autoestima y toda la gilada esa. Después el pesadito, dijo: che contate algo de tu vida. La verdad no tenía ganas de contar lo que me pasaba. Ni a Corkito, ni a nadie. No me gusta. Enseguida empiezan a creer que ellos pueden hacer las cosas mejor que uno. Enseguida se hacen los superados o algo así. A ellos no les pasa. Nunca. Nada. Nunca. Pero bueno, Corkito me dio las papas fritas y yo sentí que le debía algo. Entonces empecé. Le dije que vivía en un vagón. Le dije que estaba buscando una piecita para alquilar. Tenía una novia. Y por supuesto nos queríamos ir a vivir juntos. Pero Corkito estaba más piyo. Preguntó ¿Y el trabajo? Ahí, medio que medio, trastabillé como si me hubieran hecho una zancadilla de atrás. Le dije que tenía algunas changas pero nada más. Con esa historieta lo dejé conforme. No me molestó más con preguntas. Los dos nos quedamos callados mirando el paredón de enfrente. La birra de mano a mano. Los dos midiendo el tamaño de nuestras mentiras. De pronto Corkito dijo que si quería podía acompañarlo. La guacha es re piola dijo. Me tenía harto con la guacha. Pero yo tenía ganas de seguir con el escabio. Estaba medio puesto. No tenía nada que hacer, así que le respondí que bueno, que sí. Corkito fue a devolver el envase. Otra vez se puso parlotear con la colorada flequillona. Yo saqué un cigarrillo del atado que le había robado al viejo borracho. Pedí fuego a una vieja que soreteaba en la puerta de su casa y me puse a fumar. Me acordé otra vez de la Telma y el Lucas. Pensé que yo debería andar con ellos pateando las bolsas de basura, quemando autos. Sin embargo estaba con un idiota, al que le hacíamos bulling en la escuela y que no paraba de decirle guacha, a su amiguita. Seguía el reboludito con el guacha, meta meta, meta guacha. El Corki salió de adentro con el número de la Colorada. Me lo pasó. Dijo que la llame. Que había onda. Por supuesto ni siquiera insinué que no tenía teléfono. Guardé el papel en un bolsillo del jean. Le convidé del pucho y antes de irnos le miré otra vez las tetas a la Colorada: eran fabulosas. 

Después empezamos a caminar. Lo noté otra vez emocionado. Me confesó que siempre había querido ser amigo del pibe más popular de la escuela. Yo no sé. No me pasa seguido algo así. Hice lo que pude. Lo abracé y le dije que ahora éramos amigos. Los amigos son para siempre y todo ese rollito puto de los amigos. La casa de la pendeja quedaba bastante lejos. Corkito había sido un hijodeputa en no pagar un taxi. A mí me agarró sed, ganas de mear, hambre, sueño, dolor de espaldas, las piernas se me volvieron de arena y la cabeza me pesaba de aburrimiento o de no sé qué mierda. Corkito repitió cien veces, ya llegamos ya llegamos. Me pareció que me estaba tratando de boludo. Fue apenas el parecer del cansancio que impide la lucidez. El juicio apresurado que se le da a un idiota que camina con otro idiota. Después de ochenta mil cuadras, llegamos a la casa de la guacha. Era un caserón. Lo primero que pensé, fue que de ahí me tenía que llevar algo. Siempre sostuve que robarles a los ricos no está mal. Es un acto que tiene algo de justicia. Esos tipos siempre se cagan en dios y en maría la santísima. Así que no está mal sacarles algo de lo que se apropiaron con la prepotencia de siempre. La guacha abrió la puerta. Lo primero que hice fue mirarle las tetas. No estaban nada mal. Bueno la verdad se veían duras, punteagudas. Digo como si le faltara franeleo. Pensé que el Corki seguramente no la había tocado. Después le miré la cara. No habia dudas: se trataba de una revirga. El Corki no le había puesto una sola mano encima. Lo cierto es que el idiota me presentó y le dijo a la guacha que era una afortunada en conocer personalmente a su gran amigo de la escuela. Ahí, no voy a negarlo, casi me emocioné yo. La piba nos hizo pasar. La casa era un lujo. A mí se me hacían agua las manos. Elegía un regalo. Después otro. Y otro. Así indefinidamente. Empezaba a poner en una balanza cual de todos esos objetos me iba a llevar para el vagón. La guacha me vio interesado. Dijo que si después quería me podía mostrar las habitaciones de arriba. Le respondí que sí, que con mucho gusto. El Corki dijo algo así como me encanta que ustedes se entiendan. Lo cierto es que mi amigo, el reboludito, fue a la cocina y volvió con dos envases. Dijo que iba al quiosco a comprar cerveza. Yo me apuré para salir con él. Pero una voz que no era la del Corki, dijo vos quedate. Ponete cómodo. La verdad siempre me cago todo cuando me quedó a solas con un ejemplar del sexo femenino. Empiezo a temblar. No me sale la voz. Me sudan las manos. Me convierto enseguida en un fracaso. La guacha, más canchera, me agarró de la mano y me llevó al sillón. Agarró mi cara con las dos manos. La miró un rato como si estuviera buscando algo. Dijo sos lindo. Y sos mirón. Antes de que pueda adivinar de qué me estaba hablando, se subió la remera y me mostró las tetas. Eran rosaditas. Tenían algo tierno. La verdad no tenía ganas de tocarlas pero la guacha me agarró las manos y la apoyó en esas cositas que eran como de algodón. Me dejó que la acariciara un rato. Dijo basta. Se levantó del sillón, se bajó la remera y fue a la cocina a buscar los vasos. Corkito entró antes de que la guacha volviera. Se acercó. Me habló al oído. Dijo vos sos mi hermano. La verdad no tenía ganas de que un idiota fuera mi hermano. No tenía ganas de compartir la sangre con un virgo. Le dije que sí para que saliera de arriba mío y se fuera a sentar al otro lado del sillón que dicho sea de paso era un lujo. Lo que voy a decir es que empezamos a beber los tres y bueno me acordé, otra vez de mi Telma y de mi Lucas. Si hubiera estado bebiendo con esos dos pendejos de mierda que me encantaban, estoy seguro de que después de la ingesta alcohólica hubiéramos salido a prender fuego la primera escuela que encontráramos en el camino. Ya era cerca de las doce. A esa hora siempre se me prende la lamparita. Los dos ñoños reboluditos empezaron a darse besos en el sillón. A mí me dejaron a afuera. Me levanté y fui a la cocina a buscar algo para comer. La heladera estaba llena. Me preparé un sanguche con todo lo que había ahí adentro y unos huevos fritos. Seis para ser más exactos. Me serví un vaso de un jugo afrodisíaco. Los tontitos seguían con la calentura en el sillón. La guacha le chupaba la cara al Corki. Era un asco. El pibe subía arriba de la piba. Le devolvía le atención. La escupía. Se limpiaba los mocos con las tetitas hermosas que había tenido la oportunidad de admirar una hora antes. La verdad eran un asco. Ver a dos personas desesperadas por sexo es peor que ver a los perros en la calle. Es muy inmundicia la escena. Repugnante. Así que seguí con lo mío. Me devoré el sanguche y los huevos fritos. Se me ocurrió que podía dar una vuelta por la casa. Fuí arriba con el vaso de jugo. No quiero mentir pero ese jugo tenía algo. Una sustancia química, o algo de eso, que te tocaba la parte del cerebro donde todo se vuelve ideal. Una fantasía. Me di un paseo infinito por la pieza de la guacha. Me metí en los cajones. Me impregné del perfume delicioso de la ropa. Me probé el corpiño. Fui al espejo que era grande como la pared. Era una princesa sin tetas. O con unas tetas horribles. Pensé que así se deben sentir las chicas de quince años cuando se miran al espejo. Fui a la cama. No quería dejar de soñar. Imaginé que la que estaba abajo era mi hermana con el novio. Pensé que si no fuera el Corki, yo también hubiera querido estar con el novio de mi hermana. Pensé algunas cosas más hasta que se me apagó el tubo. Me despertó un ruido de allá abajo. Me levanté de un salto. Me guardé el corpiño en un bolsillo y bajé. La cocina estaba oscura. La guacha estaba en el sillón con un pucho y el control remoto de un tele gigante. Dijo que mi amigo había salido a comprar más cerveza. Le pedí un cigarrillo. Fumé con ella. La verdad, era una guacha recopada. Me hubiera encantado quedarme un rato más. Pero ya no tenía nada que hacer ahí. Me despedí de la guacha. Dejé saludo para mi amigo y salí a la calle. Afuera hacía un frío que pelaba. Yo con buzito negro dándomela de rompehielo. Pensé en irme a dormir. Pero me acordé del Alfajor. Un tipo retardado al que no le gusta que lo visiten sin llevarle por lo menos dos alfajores triples. Así que no lo pensé mucho. Pasé por un kiosco. Compré una bolsita de golosinas y empecé a caminar para el lado de la casa del Alfajor. De las vías para allá. A cada rato aprovechaba la escena romántica de caminar bajo las estrellas y sacaba con una ternura de la que nunca fui capaz, el corpiño perfumado que me tenía loca.