En el amanecer de una noche larga, desvelado, me encontraba, yo, patas para arriba, sobre el elástico vencido de mi colchón, repasando y pasando por mis ojos cadavéricos, la carita ladeada, de costado, que la Pili me ofrecía a cada rato con el gesto insolente de esa boca que decía: acá tengo para vos. Y que claro, yo, le quería comer con gusto. Chuparle la jeta, el lápiz labial rojo. Porque repito no soy de fierro. Y sí no lo dije antes lo digo ahora: no soy de fierro. Era una especie de sueñito que traía de la tarde anterior, en la que habíamos estado juntos, sentados en los escalones sucios de la entrada de lo que era antes el pabellón de salud mental. Era la tarde, el sol, la birra, el baldío sucio, el pasto amarillo, los pasillos abandonados del hospital viejo. Era eso y que no me quería ir a dormir por miedo a que se pierda el encanto de ese momento. La boca jugosa, manzana, de la Pili, me llamaba y decía: vení, arráncamela. Y en eso estaba yo, cuando una patada casi tira la puerta abajo. Las paredes de mi piecita, temblaron. Pensé, como siempre, que era la cana. Pero encandilada por los faroles del amanecer entró la Lucy. Lima, Limita, ayudame. Tenía el pelo revuelto, el maquillaje corrido y la ropa desordenada. Me crucé con un pelotudo, dijo abriendo los brazos. Después se tiró arriba mío. El aliento etílico me desinfectó los oídos. La Lucy empezó a largar una especie de ronquido, a segregar una baba amarronada por el tabaco y alcohol que se había tragado en la noche. Con esfuerzo la hice a un lado, corrí el cuerpo extenuado hacia la pared, me levanté y le robé un pucho de la cartera que había quedado en el piso. Salí afuera. El amanecer y yo. El amanecer rosado, yo, la boca roja de la Pili, la carita ladeada así de costado. Ni en pedo me voy a dormir, pensé. Sentí, entonces, el placer de salir de la cama y fumar un cigarrillo. Después volví a la piecita. La Lucy seguía desmayada. Le saqué los zapatos, el abrigo, la ropa sucia con olor a sexo, la abrigué con una manta y salí a dar una vuelta. Pensé en caminar un rato, en despejarme un poco. Era una mañana luminosa que no podía disfrutar porque me moría de sueño. Pasé por el almacén y compré tres alfajores. En la esquina quedaban las cenizas de las gomas que los pibes habían quemado a la madrugada. Se me ocurrió que podía bajar hasta el hospital, sentarme en el paredón, comer los alfajores y mirar a la gente y a los autos que pasaban por la calle. O pasar a los chinos y meterme abajo de la ropa, un chocolate para regalarle a la Pili. O, de última, un vino para sentarme un rato en la placita. Pero antes de eso, me desvié y sin saber porqué llegué a los escalones sucios donde unas horas antes, habíamos estado flasheando con la Pili: Como un perro que se pierde y vuelve al lugar donde lo trataron bien.