Sol de plata, cielo de ceniza. Buscan refugio las piedras, pero permanecen inmóviles. Las calles guarecen mares y a nosotros nada nos protege. La brisa silba pero no tengo frío. ¿Qué parte de mí pronunció tu nombre antes de saberlo? Fue una epifanía, me digo. Fue el destino, invento. La tormenta ruge y yo sonrío.

Quiero cosas, pero no solo ropa, llaveros y libros. Quiero vivencias, noches en vela, y fogatas. Quiero adjetivos que me describan, palabras que me encarnen. Quiero que la indiferencia y la comodidad nunca me ganen. Quiero ser el reflejo inequívoco de todo lo que arde.

No te conozco y no me conocés, pero yo no tengo instintos de supervivencia. Si me llevaras ante el mismísimo diablo, poco entendería. Decís que si no me acompañaras, yo me perdería. Probablemente no, pero viviría en el limbo para caminar por la Chacabuco con vos toda la vida.

Me aterran que me perciban, que saquen conclusiones; la austeridad de mi aspecto, lo infantil en mis facciones; que sean anticuados mis modales, que resulten horrendas mis peculiaridades. Yo no sé de principios; solo sé de finales. En las despedidas hallo una suerte de alivio, de familiaridad trunca, pero desearía quedarme eternamente en la esquina donde nos decimos «hasta luego» (yo nunca me doy la vuelta porque tengo miedo de hacerlo y que vos no lo hagas).

Mi nombre lleva la «A» de ávida, y quizás sea la palabra que mejor circunscribe los bordes de mi alma. No de mi alma sino de mi sangre. No de mi sangre sino de mi alma. Qué débil mi corazón. Qué francas mis palabras.

Sos visión, prueba y error, Alemania. Yo anhelos, poemas de antaño y pensamientos erráticos. Yo soy pelo azabache, remera mojada y rimel corrido; vos, flequillo sobre la cara, metal resplandeciente, piel empapada. Vos sos dulzura personificada; yo, locura desquiciada. 

Aunque digas lo contrario, es un martirio sentir tanto. Ojalá pudiera permanecer intacta, de una pieza, moderada. Ojalá pudiera desearlo. Ojalá pudieras desearme.