El viento se levanta poco a poco, y las hojas alrededor nuestro, las pocas que no son pisadas, giran en un remolino. Las pistolas están cargadas, pero como es cosa de todos los días no les doy importancia. Tengo una chalina blanca en mi cuello que me pesa, pero no me la voy a sacar, porque sé que necesito voz para cuando los gritos empiecen y para mañana cuando tenga que ir a esa entrevista en la radio. Miro para enfrente. A la distancia solo parecen puntos en la calle. Veo el reflejo de lentes encastrados en el pelo, que bajan cada tanto a los ojos para que el sol no los encandile ni la tierra entre en ellos, mientras los mechones de pelo vuelan de acá para allá. Es así en Buenos Aires, porque no siempre le hace honor a su nombre esta ciudad de calles y multitudes.

—¿Estás nerviosa? —me pregunta mi compañera, que tiene en sus manos las hojas con el manifiesto.

—Obvio. Siempre. —le contesto, sin ganas de caretearla con ella, que me aprieta fuerte la mano y me palmea la espalda.

Desde mi salida tortuosa del secundario mantengo un nerviosismo intacto, al igual que una terquedad abrumadora. Mis ideas, las viejas y las que mutaron me encaminaron hasta este momento, pero ella es la única que siempre perduró en mi vida, intacta a pesar de los años. La miro y me río para mí, porque me acuerdo cuando me dijo que el mundo le parecía una mierda, y que deberíamos ser menos contrarias. «Es tan difícil pelearla siempre, a veces me pregunto si algo va a cambiar» me dijo un día, cuando salíamos de uno de nuestros primeros juicios.

Le contesté que si fuésemos escépticas no le pondríamos el pecho a las balas; y acá estamos. Creyendo más fuerte que nunca, con el desfile de pañuelos de colores atrás y adelante nuestro. Siendo una sola en lucha; dos voces que se acompañaron hasta sentadas en el mismo banco de aquella aula de escuela pública que defendimos años más tarde. Porque somos así, nos sale. Y todo esto se lo digo sin hablarle, devolviéndole el apretón de su mano.

Respiro fuerte, abro mi botella de agua y espero a que mi compañero termine su discurso. Escucharlo hizo que la emoción me recorra el cuerpo. Él habla con el corazón, como siempre. Hago un paso cuando dice mi nombre, uno solo, mientras levanto la mano para saludar a la gente que me llama. Entonces, antes de subir esa escalera chiquita y angosta que no me puedo sacar de la cabeza, escucho sorpresa y conmoción, seguido de gritos y los quejidos generales de la gente empujándose, chocando cabezas para mirar con pánico algo de lo cual parezco ser ajena.

Me giro después de ver a mis compañeros, que están pálidos, aunque tenemos la piel marchita por tanto tiempo compartido en la calle. Creo que dejo de respirar, me desoriento, y cuando la veo ya no reconozco nada más. Ella está tirada en el piso y las hojas del manifiesto que me olvidé de pedirle cayeron a su alrededor, algunas comenzando a teñirse de un rojo oscuro, otras salen volando para perderse.

No sé cómo pero me agarran y corremos, intentando que los chicos sean quienes vayan primeros, aunque a algunos se los llevan puestos y las personas los levantan aunque no sean sus hijos para que no queden entre los pisotones y los disparos. Recién cuando me sostiene mi hija me doy cuenta de la mancha de sangre que tengo en la ropa, y me saca la campera para darme una que me trajo de casa.

Me dice que no la asuste más, que me retire, que pude haber sido yo.

Me abraza y vuelvo a tomar aire. Me duelen los pulmones como si no los hubiera usado nunca. Pienso en sus hijos, y que tengo que retirarlos de la escuela. Pero sé que no es necesario. Ella va a salir en cualquier momento de la multitud de las calles de Buenos Aires, y me va a dar el manifiesto diciendo:

—Siempre te olvidás la tarea vos.

Porque es así, somos una sola y yo estoy acá. No nos pasó nada.

Entonces soy consciente de que la realidad no es lo que me rodea y me quedo quieta, esperando. Miro para todos lados, buscando. La espero, sin entender el llanto de las personas que pasan a mi alrededor. Tampoco entiendo el llanto de mi hija, pero ella se queda esperando conmigo. Tiene esa mirada asustada de cuando me meto en líos.

Me despierta la mano de mi compañero en la espalda, dándome un empujoncito para que empiece a caminar, sacándome de todo el bullicio. Veo luces que parpadean y escucho voces que me repiten una y otra vez frases huecas, algunas terminadas en un grito o un signo de pregunta. Siento que el mundo se ralentiza mientras me miro los brazos y la chalina, que también está manchada de sangre.

—¿Es mía? —pregunto en voz alta cuando ya llevamos varias cuadras hechas en el auto.

—No —me contesta mi compañero y hace una pausa que me parece eterna. —Mataron a dos más. —Le dice a mi hija, que tiene las manos temblorosas en el volante.

Y de nuevo reina una eternidad diminuta, que dura hasta que de alguna u otra forma estamos estacionados afuera de mi casa.

Él se gira y me mira. Cuando veo sus ojos me doy cuenta de que están rojos, casi sangrientos, y por primera vez me doy cuenta del dolor en mis propios ojos. Estamos acostumbrados, tiran cualquier cosa para que nos dispersemos, pero siempre duele, y pica. Escucho la canción que pasan por la radio hasta que de repente la cortan. La voz del locutor está agitada. Un nene está perdido, hay tres muertes confirmadas y las calles están cortadas.

En todas partes hay palabras que vienen y van, ideas que mueren, botas que marchan.

Mi compañero me mira y me agarra de la mano y yo lo aprieto con fuerza, casi clavando las uñas.

—¿Qué vamos a hacer? —Me pregunta mientras llora. —¿Y ahora qué vamos a hacer?

Por un momento no entiendo lo que me dice, hasta que me vuelve a doler el pecho. Ahora sí, sé dónde estoy y me reconozco. Levanto la cabeza, lo miro. No deja de llorar.

Lo que hacemos siempre, nos contesta ella con voz tranquila y clara, aunque sé que él no la escucha.

Lo que hacemos siempre.
Pelear.