¿Qué gua’u hago acá? — Prendí un pucho. Vi la reunión desde la esquina. En la alguna capilla del barrio (no recuerdo cuál) con gente desbordando la entrada como un vaso cargado de tragedia. Se hizo un camino de velas blancas. Sobre la vereda se fugaban pétalos de las grandes coronas de empresas familiares, con sus dedicatorias, apellidos y condolencias
 olvidables. Las buenas señoras aparecían muy bien vestidas de cristiana resignación. Había una perfomance de silencio bastante interesante, aunque en realidad sea la misma. Por otro lado, también las mujeres que mandaban, apoyadas unas a las otras. Vestidas de cotidianidad. Sin tiempo de rosarios, sin tiempo de símbolos. La contingencia en la tragedia, era entonces, una mujer en zapatillas rosadas. Muchas de ellas, en realidad. Todas ellas, juntas. Los hombres traían consigo una tristeza solemne, insultante. De un caminar pesado, apenas conmovedor. Algunos podrían haber sido confundidos por estatuas llenando un cupo de presencia. Podían permanecer parados en el mismo lugar durante horas, sin involucrarse. Hubieran servido de buen soporte de coronas sin advertirlo siquiera. Mientras más trajeado un hombre, más incapaz de llorar. 

    No eran los únicos incapaces de llorar. Yo tampoco aprendí a llorar cuando me lo pedían. Observo los sucesos para desvincularme de los sucesos. Y porque sé manipular mis afectos sin arruinarlos. Pero temo a los demás. Dejar en vista la más diminuta lágrima frente a otro es ofrecérsela. Y arriesgarme a que la recojan por mí. La más mínima sospecha de mi dolor podría derrumbarme de advertirlo descubrible.

   Me aproximo lentamente a la capilla, y veo a su madre. Su madre siempre me había parecido peculiar, nunca pareció hablar bien el castellano y tampoco era guaraní hablante, sin embargo, naturalmente, tenía un dejo de jopará en la boca. Era minúscula por donde la mires, y aún así no parecía inofensiva. Sus ojos intrigantes eran capaces de devorarte de tristeza. Siempre que la veía estaba ferozmente triste, con una torpe intención de ternura hacia su hijo y cualquiera. La inquietud que producían sus ojos esterilizaba cualquier ternura emergente como un pesticida voraz sobre la tierra. El amor es realmente nefasto. Un poder que se nos es concedido por obra y milagro de la tele, y solamente seres de la tele saben cómo usarlo.

— Hola Leticia, gracias por venir. ¿Me invitarías un cigarrillo?

— Vine a dar mis pésames, señora. — respiré profundo— Mis pésames.—Le pasé un cigarrillo.

— Gracias. A veces Félix decía que tenía ganas de pasar a saludarte. Hay cocido, agua y
 café, por si querés servirte. También están las chicas.   

   Me tomó de los hombros y dirigió sus ojos hacia los míos. Lucían igual de tristes que de costumbre. Siento que su hijo ha estado muerto para ella mucho antes que este día. Los he visto sonreírse muy pocas veces, sin abrir los labios, sin levantar los dientes. No provocaban huecos hacia el interior de ellos mismos frente al otro. Tampoco provocaban huecos hacia el exterior de ellos mismos. No abandonaron palabras en el vacío. Ni una palabra se merecía el vacío que los separaba. Los he visto. Los he conocido. Fueron mutuos fantasmas que alquilaban cuerpos de madre e hijo. La muerte para algunas relaciones, es una mudanza.

   Caminé en busca de las chicas. Ingresé al jardín de la capilla que estaba directamente conectado al patio. Habían sillas de cable y sillas de plástico blanco esparcidas por todas partes. Decoraciones de cerámica dispuestas por el paso nómada de los años. Pétalos de lapacho en todas y en ninguna parte. Niños corrían descalzos en dirección a la capilla y en dirección opuesta. Siempre había preferido los velorios barriales. En el fondo sé que me gusta asistir a velorios. Hablar del pasado es, sin duda, controlar la vida. Uno puede elegir el pasado porque el pasado es nuestro relato. Mientras el presente es un relato en movimiento de alguien más, de algo más. Cuyo movimiento perseguimos y nos persigue, agotando los días. Toda esta fuga en el tiempo es, de hecho, igual a vivir y morir. Pero ya es pena suficiente no saber de qué se trata morir, entonces nos queda creer que podemos optar sobre de qué se trata vivir.

— ¿Ya le viste? Leticia, ¿ya le viste?

— No. No le ví.

— Está blanco, muy blanco.

— Él siempre fue blanco.

    Encontré a las chicas. Bueno, a una de ellas. Malena. Desconsolada. Con el rostro bañado en lágrimas (nunca tuvimos los mismos miedos). Sentada en el suelo. Se encogía para contenerse. ¿Cómo culparla? Ella era una mujer maravillosa. De sentimientos puros y
estridentes, que se filtran de su cuerpo con una naturalidad catastrófica. Ella podía amar al insecto más nauseabundo y ser la única persona en el mundo que solloce por él. Eso es lo que se le daba bien, y lo estaba demostrando. Amaba con una benevolencia indistinta a cualquier ser humano. Era la lluvia mojando gentilmente a todos por igual. Yo pude haberme enamorado de ella y podríamos haber estado juntas. Pero ella eligió a Félix. Y pienso en todas las maneras en las que siempre los hombres separan a las mujeres. 

   Me giré sobre mí misma lo más rápido que pude para no tener que confrontar a Malena. Me siento presionada a demostrar una actitud compasiva por Félix y salvaguardar exclusivamente los fragmentos de él que justificaban llorar en su memoria, que sé que es lo que quiere ella. Sus fragmentos no completan su imagen. Si guardamos los fragmentos que son justos de recordar de él apenas y lograríamos completar la imagen de sus pies.

   Fuimos peregrinando hasta la casa de Félix. La ex casa. La casa que habitará su fantasma. Que es él. Supongo. Los varones empezaron a hablar en nombre de Félix y en nombre de la hombría, del partido que se iba a televisar hoy. Llegamos al pórtico, y una gran idea en sus cabezas había surgido.

   Mientras cuatro hombres cargaban el ataúd, otros cuatro cargaban un televisor en dirección a la misma habitación. Abrieron el cajón, sintonizaron el canal. Miraron el partido y giraban la cabeza de Félix hacia la pantalla. Y cuando gritaban gol, ya no gritaban, lloraban. Y un pequeño cristo colgado de clavos en una cruz y un clavo en la pared, también tenía girado su rostro de pena hacia la televisión.