Por: J. K. Catarella

Han transcurrido ocho meses de pandemia debida al Coronavirus (Covid- 19). En todo el mundo ya se han informado más de cuarenta millones de infectados y más de un millón de muertes. Las cifras se incrementan día a día. El virus apareció en un mundo dominado por el individualismo. A este individualismo en los libros de economía se lo suele llamar neoliberalismo. Al virus lo favorecen las reglas del libre mercado. Mientras más circulación libre de personas haya en las calles, en las fábricas, en las escuelas, en los bares, en las playas, en los gimnasios y en los shoppings, mejor para el virus.

Exceptuando a aquellos que detestan a sus familias, o a quiénes los aterra el encontrarse con sus propios pensamientos, es relativamente fácil, para alguien con cierta disponibilidad de recursos, quedarse en casa y cumplir con la cuarentena. Pero, para los millones que viven hacinados en casas de chapa, sin agua potable, con pisos de tierra, con hambre crónico, con empleos precarios, la consigna “Quedate en casa” es imposible de cumplir. La pandemia no generó la pobreza. La pobreza es estructural, producto de una distribución asimétrica de la riqueza.

Los dueños de las grandes fortunas, herederos de usurpaciones históricas y especulaciones financieras, son la cumbre del individualismo. Un porcentaje mínimo de la población dispone de bienes materiales en cantidad tal, que se necesitarían cientos de años para que una sola persona pudiera gastarlos por completo. Los dueños de la grandes fortunas son tan miserables que se niegan a pagar impuestos solidarios, impuestos que para ellos representan migajas. Sólo acciones políticas que enfrenten a estos seres despreciables pueden revertir esta situación.

Los dueños de las grandes fortunas tienen admiradores. A estos ciudadanos singulares alguien los ha llamado: tilingos de clase media. Son personas que se creen grandes empresarios. Algunos son pequeños comerciantes, quiénes acostumbran a tener a sus empleados “en negro”, alejados de todas las leyes laborales. Son las personas que esconden a sus empleadas domésticas en el baúl de un auto, para evadir los controles sanitarios y no tener que hacer -ellos mismos- algo que consideran poco digno: limpiar la mugre de sus hogares. Son personas que falsifican permisos de circulación en pos de ir a jugar al tenis o reunirse a comer un asado con sus amigos. Son dueños de fábricas que cobran subsidios del Estado y evaden impuestos. Son empleadores que hacen ir a trabajar a sus obreros aún estando enfermos o en situación epidemiológica de riesgo. Se creen que llegaron a su relativa situación de bienestar por mérito propio, ignorando todas las condiciones políticas y macroeconómicas favorables (y circunstanciales). No son -ni cerca- poderosos, como los auténticos dueños del capital, pero sí, al igual que los auténticos dueños de las riquezas, dan muestras evidentes de un profundo egoísmo, de un marcado desprecio hacia los otros.

El término egoísmo remite al amor propio, narcisista. En el plano sociopolítico el egoísmo se constituye como individualismo. Todas las acciones humanas, aún las que suelen calificarse cómo altruistas, están -en mayor o menor grado- impregnadas de cierto egoísmo. En tanto el egoísmo es un rasgo subjetivo, propio de la condición humana, sería imposible pensar en eliminarlo por completo. Más aún, aunque existieran algunos altruistas “perfectos”, individuos cuyos pensamientos y acciones estuviesen guiados puramente por el amor hacia los otros, en nada cambiaría el hecho de que los distintos acontecimientos sociales y políticos vinculados con la pandemia se sintetizan en la administración política del individualismo.

El individualismo es el triunfo del heredero por sobre el trabajador. Tener una vida plena a costa del sufrimiento de otras personas tarde o temprano trae consecuencias. Disfrutar de los placeres de la vida ignorando el hambre y la miseria no es algo que pueda sostenerse en el tiempo histórico, y mucho menos en el tiempo singular que impone una pandemia. Si se enferman todos los obreros, ¿quiénes van a operar las máquinas en las fábricas? Si las miles de cajeras de supermercado se infectan, ¿quiénes van a ocupar su lugar? Los dueños de las grandes fortunas, ¿en serio se creen inmortales? Los dueños de los campos rebosantes de soja, ¿piensan qué el virus les va a tener miedo? Aquellos qué tienen dinero para pagar el mejor servicio de salud, ¿creen qué ellos mismos van a poder operar su respirador artificial?

Suele escucharse y leerse en los medios de comunicación, a modo de queja de algunos funcionarios del Ministerio de Salud, qué los adolescentes y los jóvenes suelen adoptar actitudes rebeldes, caminando por las calles sin barbijos, sin guardar el distanciamiento, organizando fiestas clandestinas. Es claro que las categorías adolescente y joven sólo pueden aplicarse para caracterizar una determinada franja etaria de la población. ¿Acaso, salvo la edad, tienen algo en común un adolescente urbano de clase media y un precoz empleado rural explotado? ¿Acaso una joven madre perteneciente a una comunidad indígena del interior profundo de la Argentina, tiene las mismas angustias existenciales que una joven madre de un elegante barrio de Buenos Aires? Hay adolescentes y jóvenes que respetan las medidas sanitarias, se cuidan a sí mismos y cuidan a los demás, hay otros qué no lo hacen, ¿son estos últimos rebeldes? Rebeldes fueron los esclavos que se sublevaron contra el inhumano trato que sus amos -látigo en mano- les propiciaban; rebeldes fueron los primero cristianos, que se aferraron a su fe y sucumbieron a las torturas ordenadas por los emperadores romanos; rebeldes fueron las mujeres estadounidenses calcinadas en su fábrica, mientras defendían sus derechos cómo trabajadoras. Un joven que sale a la calle sin barbijo o asiste a una fiesta clandestina es un imbécil, más no un rebelde.

La libertad individual absoluta es una farsa. Quienes quieren administrar individualmente su propia libertad esgrimen un discurso que atenta contra toda organización comunitaria. La plena libertad individual sólo sería pensable en un mundo imaginario, con recursos materiales infinitos y habitado por un sólo individuo. El bienestar de la mayor cantidad posible de seres humanos implica una forma de preservación individual. Sólo puedo aspirar a la paz si mi vecino está en paz. Si yo disfruto de suculentos manjares y mi vecino pasa hambre, ¿tengo qué esperar qué acepte serenamente su destino?

Es imposible concebir la vida sin pensarla dotada de una cuota de egoísmo. En definitiva, es el amor propio lo que nos sostiene día a día. Si no deseáramos tener una vida placentera, ¿tendría sentido seguir viviendo? Es tanto el amor que sentimos por nosotros mismos que negamos nuestra propia muerte. ¿Acaso alguien se levanta todas las mañanas y dice: hoy puedo morir? ¿Acaso cuándo emprendíamos un viaje pensábamos en la posibilidad real de qué el avión se cayera? Sabemos que la muerte será nuestro destino inevitable, pero para vivir plenamente no podemos pensar a cada instante que algún día vamos a morir. Este mecanismo de negación, condición de posibilidad de una vida medianamente tranquila, se potenció en algunas personas durante la pandemia. Cuesta aceptar que por abrazar a una persona, que por no taparse la boca con un pedazo de tela, que por compartir una cerveza en un bar o por jugar en un parque, podemos encontrarnos con la muerte en pocos días, o podemos contagiar fatalmente a alguien. En este sentido, podríamos decir, que la no aceptación de la realidad que impone la pandemia, que la negación de la letalidad del virus, es una suerte de egoísmo ingenuo. Es ingenuo porque suponemos que si lo negamos va a desaparecer o, al menos, no nos hará daño.

Lo cierto es qué, lo creamos o no, lo neguemos o no, el virus está ahí, en el aire, en las superficies de nuestros preciados objetos, envenenando los pulmones de nuestros seres queridos y de nuestros enemigos por igual. El virus no discrimina, no razona, no es piadoso, no cree en Dios ni le importa el dinero. Una firme administración política del individualismo, que tenga cómo horizonte de sentido el bien común, es la condición de posibilidad de una vida aceptable para todos. El virus triunfará si triunfan los individualistas. No se puede ser tibio con esta gente.