Un día que no era domingo también estaba triste, y pensaba en programas de televisión. Me preguntaba si la obligación de reir por algo a cambio, no sería un buen secreto para ser compartido. Me hice un café con leche y cuando mojaba el pan con dulce adentro de la taza, no tenía la necesidad de pensar cosas feas. La casa donde alquilaba me abrigó como un pullover tejido a mano, entonces la tristeza se volvió una desconocida y se me aparecieron palabras tan dispares como naranja, triciclo y velador. Yo sabía lo engañoso de las palabras y anduve contento: no quería que hablaran por mí su propio idioma, y puse la mente en blanco. Cuando volvieron a aparecer los colores, yo estaba ocupado haciendo las compras en la verdulería. Me olvidé de las emociones, y vi dos limones que adentro de la bolsa de verduras parecían entretener al resto de la compra.

Pero al rato me crucé con alguien y me preguntó cómo andaba. Yo le dije bien y seguí de largo hasta mi casa. Cuando llegué a casa me di cuenta que le mentí y me puse mal. Yo estaba mal de antes, pero la mentira al otro fue más importante que la mentira a mí mismo. Lo solucioné con una foto nueva de perfil antes de ponerme el piyama para ir a la cama. Ya en la cama y a oscuras pensé en la tristeza como un animal chiquitito y caprichoso. Hacía como que envolvía al animal en mi pecho y lo estrujaba. Entonces la tristeza se volvía un animal chiquitito y gracioso. Y el animal prendía la luz y me encandilaba, y me alcanzaba una hoja y una lapicera para que me ponga a escribir cosas tristes y graciosas.