Aquel duró muchísimo.

Tanto que pareció ser eterno.

En milésimas de segundo estalló como el big bang, y creó un mundo.

Nuestro mundo.

Duro más de la cuenta sin duda.

Porque un abrazo dura hasta que te separas.

Pero éste seguía pegado a nuestra piel como una sombra.

¡Fue tan difícil soltar! ¡Tan tentador quedar pegados!…

Sin tiempo…

Por todo el tiempo…

Largos meses duró la magia de aquel abrazo.

Esa fantasía confusa que terminamos llamando Amor.

El segundo abrazo nos halló desnudos y perteneciéndonos.

Sin darnos cuenta se multiplicó…

Duró casi un mes la borrachera.

No saber qué nos pasaba…

¿Era pasión? ¿Fascinación? un terremoto de emociones.

Tuvo mil nombres  y al final del segundo mes susurrábamos: “te amo”, y tal vez… Lo llegamos a creer.

Aquel abrazo como tenazas incorpóreas nos sometía.

En el tercer y cuarto mes nos mentimos.

Asustados atentamos contra el sentimiento inesperado que crecía, que comprometía.

Y nos engañamos…

Al mes quinto nos prometimos separación. 

Y no cumplimos..

El sexto fue un laberinto sin salida.

Nos doblegamos.

Reconocimos estar presos de un lazo extraño, de un raro hechizo que no sabíamos romper. 

Nos sentimos enamorados.

Un abrazo más grande que todos los abrazos nos envolvía para no dejarnos caer.

Hicimos la gran apuesta.

Y no duró nada.

Sentíamos miedo… Desconfianza…

Reproches contra ignominias. 

Infidelidades e incumplimientos.

Arrebatos de lujuria derrotados por el deseo.

Esclavos de un loco abrazo, obligamos a nuestras mentes a adormecerse.

Narcotizados con las presencias, con los encuentros, sin poder sostener la ausencia…

Siete, ocho meses….

Iban pasando mientras negábamos, reconocíamos, salíamos a la luz, nos escondíamos. 

¡Cuántas negociaciones! ¡Cuántos alegatos! ¡Cuántas contradicciones!

Fue cuando de nuevo  metimos gente por la puerta de servicio.

Solos no podíamos destruirnos…

El noveno mes nos vimos poco.

Resultaba; pero no duraba…

Hasta que decidimos pelearla juntos.

Amarnos sin cuestionar.

Ser el uno del otro.

Fue un oasis de paz en medio de tantas guerras.

Y le dimos un nombre a nuestro abrazo.

Lo llamamos: Sanador.

En el décimo mes, nos encontramos más conciliadores.

Fuimos creyendo que nos someteríamos a esos sentimientos que tanta fuerza hacían por enraizar en estas áridas almas.

¡Somos tan pobres!

No tenemos con qué pagar tanto amor como el que llegamos a sentir.

Secos corazones ¡tan mezquinos!

¿Cómo iban a albergar tanta grandeza?

Si alguna vez nos habitó el Amor, si se sintió firme, lo hizo confiado en aquel abrazo.

Lo volvió su espada, su bandera y su defensa Indestructible.

Y aquella noche por fin, nos besamos entre la gente.

No estaba pactado.

Solo pasó.

Era la aceptación de que estaríamos juntos.

Juntos, como tantas veces quisimos.

Nos abrazamos casi en el mismo lugar donde empezó todo.

Nos fuimos de la mano, te fuiste conmigo, me fui con vos…

Y fue esa noche, en esa, tu cama, que tan bellos momentos cobijó; cuando sacaste un puñal de hielo y nos mataste a los dos.

¡Tan rápido lo supe!

Lo supe tan rápido como aquella vez, cuando atraje con mi brazo tu cintura.

La vida y la muerte se saben en un instante.

Esperé a que te durmieras.

Te abracé una última vez.

Y llevé mis pasos largos por el silencio de la noche.

Sentí el helado sendero hostil, otrora amistoso anunciador de alegrías, despedirme con un seco retumbo de camino, de camino para un viaje solo de ida.

No fue el morir de un amor.

Porque el amor, el verdadero amor; no existía.

Tampoco fue el morir de una ilusión.

Ni siquiera acompañó la tristeza aquella rápida agonía.

Arrancado de cuajo como un árbol que no da sombra, como una flor sin perfume era el abrazo, aquel primer abrazo el que moría..