EL PONCHO DEL INDIO SAN MARTíN.

Fue en rueda de parlamento, en el “Círculo Sagrado”, con los caciques pehuenches del Sur de Mendoza, cuando el General San Martín pronunció la frase que durante mucho tiempo quedó guardada bajo siete llaves, oculta tras el bronce para el pueblo argentino:

– Yo también soy indio.

El Coronel Manuel Olazabal, presente en aquel concilio, y miembro de su estado mayor, recogió en sus memorias aquel momento.

San Martín pedía que los indios guardasen los pasos fronterizos a Chile por el Sur de Cuyo. Ese era el motivo de tales ceremonias. Aunque tal movimiento tenía por objeto hacerle creer a los españoles de Marcó, que cruzaría los Andes por el Sur y no por donde finalmente lo hizo. 

San Martín había expresado ya en carta al Directorio, su idea de contar con los indios para su acción emancipadora. Decisión que ya traía al regresar a la Argentina. Producto de las inspiradoras historias que Francisco de Miranda, años antes en Londres, relatara a jóvenes distinguidos de la América española. Estas versaban sobre las hazañas del cacique mapuche Lautaro, en Chile, de sus victorias sobre el ejército español, y en cuyo homenaje dieron nombre a la logia independentista.

Fueron dos las reuniones. 

El primer Parlamento se produjo en el Fuerte San Carlos. Setiembre de 1816. Dos mil indios asistieron. Duró entre 6 y 8 días. Cuenta Carlos Martínez Sarasola que fue presidido por el propio San Martín y el Cacique Ñecuñán, más otros 50 caciques y el Estado Mayor del General. Hacía de intérprete en la ocasión; el cura Francisco, que en realidad era el indio Ynalicán; que recibía el título de Capellán de los conversos.

El parlamento, imponía que todos estuvieran sentados en el suelo. Mirándose a las caras unos a otros en forma de círculo: el símbolo ancestral que representa la totalidad.

Tras una vistosa ceremonia, que San Martín describiría en carta a su amigo y miembro del ejército de los Andes; el General inglés William Miller, comenzaron las deliberaciones.

El Padre Ynalicán inició las arengas y en un apasionado discurso dijo que el General San Martín era amigo de los pehuenches. Que estaba confiado en la amistad de estos. Que pedía respetuosamente cruzar la cordillera por sus tierras para combatir al invasor español. Un silencio total se produjo en la asamblea. Al cabo de éste, Necuñán se dirigió a San Martín y le dijo:

– Todos los caciques, a excepción de tres, que nosotros nos encargaremos de contener, aceptamos tus propuestas.

Acto seguido, en prueba de su compromiso, abrazó al General y cada uno de sus caciques (menos tres), lo hicieron también, sellando el pacto.

Poco tiempo después, a fines de noviembre del mismo año, se realizó el segundo parlamento. Fue la ocasión en que los caciques obsequiaron al libertador el famoso poncho pehuenche. En el mítico Fuerte de El Plumerillo, nuevamente se formó el círculo ceremonial, y en esta ocasión el General sorprendió a los caciques allí reunidos cuando les dijo que él también era indio. El viejo Cacique curtido por los vientos cordilleranos, consciente de las acechanzas que en esas horas amenazaban a su pueblo, con toda la incertidumbre de una cruel encrucijada entre: pertenecer o desaparecer, se irguió lentamente y estiró sus brazos hacía el general. Una inesperada revelación, un regalo bajo el cielo de sus ancestros.

Cuenta Ricardo Rojas que les dijo: “Los he convocado para hacerles saber que los españoles van a pasar del Chile con su ejército para matar a todos los indios y robarles sus mujeres e hijos. Y, en vista de ello, y como yo también soy indio, voy a acabar con los godos que les han robado a ustedes las tierras de sus antepasados, y para ello pasaré los Andes con mi ejército y con esos cañones”

Sigue Rojas: “Los plenipotenciarios araucanos, fornidos y desnudos, con olor a potro, prorrumpieron en alaridos y aclamaciones al indio San Martín, al que abrazaban y le prometían morir por el”

El gran General y los indios. Apretados entre un ramaje de brazos fraternales. Fuertes y sucios, generosos y nobles, como suelen ser los brazos de los pobres cuando se entregan a un sueño. Se fundían allí con la misma tierra en su anhelo de Libertad. Un momento único. Casi una epifanía. En la Historia de los grandes hombres, no hay un gigantesco líder que no lleve bajo la piel; su causa en formato de poesía.

EL PONCHO DE SAN MARTIN

El poncho que el Libertador recibió en esa ocasión, como obsequio de los indios, era de colores: negro, azul brillante, blanco y amarillo. Se encuentra actualmente en el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires.

Tiene un significado especial. Un lenguaje místico expresado a través de sus colores y símbolos. El número de los colores; el cuatro, simboliza el orden del cosmos. Expertos en arte originario han estudiado el poncho y coinciden que, en él los indios expresaron su convicción de que San Martín era un líder guerrero, un hombre de luz, con atributos divinos.

El poncho de un cacique, es distintivo de su dignidad. Los jefes se lo hacían confeccionar de modo que se destacaran sus atributos y linaje. Un poncho regalado por un cacique –diría el general Mansilla-, es un salvoconducto perpetuo. Aunque estallara la guerra, nadie podía tocar a un hombre que llevara puesto ese poncho.

Estas prendas reflejaban su distingo por el color, el brillo y la tonalidad. Preferentemente eran de color negro; que debía lucir azulado. Pero no debía ser azul, sino insinuarse como tal. El Azul, era excesivo para un humano, porque es el color de lo sagrado. Y ningún hombre debe creerse tal cosa.

El color azul, en lenguaje mapudungun, es “Kalfú”. Su presencia en el poncho de San Martín, lo eleva a la categoría de “Toki”, título dado a los Caciques legendarios, envueltos en auras místicas, conductores de naciones, objetos de leyendas, poseedores de poderes sobrehumanos. Es el caso del mítico Kalfucurá, de quien se decía; poseía dos corazones, su caballo tenía dos aortas, los pájaros le contaban cosas, un jinete fantasma combatía a su lado evitando que los enemigos lo hirieran, y en sueños se le revelaba el futuro.

El poncho de San Martín, además de la simbología de sus colores; mostraba el símbolo del Rewe-Lonko, (cabeza sagrada) colocada en el filo de su apertura central, por donde sale la cabeza. Aparece también en su diseño el welo-witrau, representando la constelación de Orión y también a una planta enredadera que cura los males de los Huecuvú, o entidades malignas. Otra vez el suelo y el cielo simbolizados.

Hay historiadores que insisten con la apariencia indígena de San Martin. Algunos arriesgan hasta los nombres de la madre y el padre. Pero eso es materia de otro relato.

San Martín; al igual que otros próceres, como: Moreno, Artigas, Dorrego, Belgrano, Varela y Peñaloza, tenía la idea de una nación nueva. Que incluía especialmente a los hijos de la tierra. Grandes expectativas se desataron en las naciones indias tras los sucesos de mayo de 1810. Al principio veían las guerras entre españoles y criollos como: “Un problema entre blancos”. Pero paulatinamente fueron tomando partido por los criollos, quienes podían y prometían, hacer un nuevo país con ellos incluidos. Los grandes caciques, como Mariano Rosas (Painguetruz Guor), Sayhueque, Calfucura o Casimiro Biguá, sabían que sus culturas estaban atrasadas respecto de los blancos. Pensaban que su Dios les había dado mejores cosas, y no ponían reparos en convertirse al cristianismo. En muchas oportunidades cedían sus tierras a cambio de sustento para las tribus, mandaban a sus hijos a las escuelas, pedían el bautismo y solicitaban ayuda para aprender a trabajar. La abundante correspondencia entre fuerzas militares, autoridades de la Iglesia y caciques indios así lo demuestran. Más de una vez lucharon en los ejércitos argentinos, se ofrecieron a combatir en la defensa de Buenos Aires contra los ingleses. Pero desgraciadamente el hombre blanco, no quería compartir sus sueños y decidió terminar la tarea de los españoles. Una vez acabadas las guerras internas entre federales y unitarios, y la externas: con Brasil o Paraguay. Se vieron libres de atender “el problema indio” con arreglo a sus ambiciones y las de sus nuevos socios ingleses.

Un ejemplo conmovedor es el del cacique Sayhueque, quien se asumía como un gobernador argentino en sus territorios neuquinos, a los que llamaba: “El país de las manzanas”. Recibió la visita del General Osorno, de Chile, quien le trajo una bandera chilena y le ofreció todo tipo de apoyos económicos y militares. Sayhueque le agradeció y le dijo: “Yo soy argentino”, mostrándole la bandera celeste y blanca en la puerta de sus toldos. Tiempo después sería arteramente traicionado por Julio A. Roca, quien le quitó sus tierras y lo envió a vivir con los sobrevivientes de su “conquista”, en las peladas tierras del Chubut, que por entonces nadie las quería.

La prenda indígena que abrigó al General en su cruce de los Andes, ha quedado como una reliquia, un objeto venerable que encierra el maravilloso simbolismo del gran sueño americanos que supimos perder. Testimonio de amistad de los caciques, el frustrado anhelo de ser parte de la nueva Nación, cuyos laureles ayudaron a conseguir, pero no pudieron compartir. Solo desheredados de gloria morir.