La gran pandemia o una lección de la Naturaleza

Sin importar desde donde estes leyendo, seguramente tu cotidianeidad se ha visto atravesada por una pandemia de la que se está hablando largo y tendido -incluso se llega a hablar de más, con lo perjudicial que puede ser-. Y mientras toda nuestra atención se centra en esta realidad (algo que los oportunistas no dudan en aprovechar) ocurren una serie de hechos que no quiero dejar pasar y compartiré en una breve reflexión.

Recientemente se ha visto gracias a imágenes satélitales proporcionadas por la NASA y la ESA (la Agencia Espacial Europea, por sus siglas en inglés) que el nivel de dióxido de nitrógeno -uno de los principales gases de efecto invernadero- ha disminuído notablemente en la atmósfera en dos de los países más afectados por el virus; China e Italia. Al respecto del país europeo, Claus Zehner, responsable de la misión Sentinel-5P de Copernicus para la ESA, comentó que “la disminución de las emisiones de dióxido de nitrógeno sobre el valle del Po, en el norte de Italia, es especialmente llamativa”. Pese a que pudieron darse ligeras variaciones en los datos obtenidos por el satélite debido a la capa de nubes y el tiempo cambiante, agregó que “estamos seguros de que la reducción en las emisiones que puede observarse coincide con las medidas de contención de Italia, que han provocado una reducción del tráfico y las actividades industriales”. En el caso del país oriental, los satélites de ambas agencias espaciales corroboraron el drástico -y positivo- descenso del nivel de dióxido de nitrógeno en el aire, y “existen evidencias de que el cambio está relacionado, al menos en parte, con la desaceleración económica que siguió al brote del coronavirus”. Cabe aclarar que el dióxido de nitrógeno (NO2) es uno de los principales contaminantes atmosféricos en entornos urbanos, generado como subproducto de la combustión a altas temperaturas, tal como ocurre en vehículos motorizados o en la actividad industrial. Dicho gas es además tóxico, irritante, afecta el sistema respiratorio y es uno de los responsables de la lluvia ácida, con lo cual su disminución es, desde ya, deseable.

Otro acontecimiento que se robó el asombro de muchos tuvo como protagonista a las aguas que rodean la ciudad italiana de Venecia. Estas se vieron, no sólo más transparentes y limpias por la ausencia de barcos y lanchas que en estas fechas atestan la ciudad, sino con la presencia de patos, cisnes y peces que pudieron disfrutar de la cuarentena con aguas más cristalinas. En este caso se deja en evidencia la depredación del ambiente que se genera por un turismo compulsivo alejado de prácticas sustentables y amigables con el entorno.

En ambos casos, tanto en la disminución del NO2 por la paralización del tráfico y la industria como la reapropiación de las aguas venecianas por parte de la fauna debido al cese del turismo, se deja entrever una cuestión que difícilmente se podría apreciar sin el surgimiento de una situación imprevisible que nos obligara a parar todo -en este caso el coronavirus-. Por un lado, que somos parte de un sistema profundamente nocivo, un sistema antropocéntrico y egoísta que no sólo va en sentido contrario a la Naturaleza, sino que la devora para provecho propio (ignorando que somos parte de la misma). En un reciente artículo publicado por la revista “Anfibia” (cuya lectura recomiendo ampliamente) se analiza la relación entre la deforestación y las diversas pandemias y epidemias que azotaron y seguirán azotando al mundo si no decidimos cambiar el rumbo. En dicho artículo se afirma que “la aparición de esos raros virus nuevos, como el coronavirus COVID-19, no es otra cosa que el producto de la aniquilación de ecosistemas, en su mayoría tropicales, arrasados para plantar monocultivos a escala industrial. También son fruto de la manipulación y tráfico de la vida silvestre, que en muchos casos está en peligro de extinción”. Así como con el cambio climático, la destrucción del ambiente nos lleva a generar grandes desequilibrios que, en definitiva, nos termina perjudicando a todos. “La preservación de los ecosistemas no es sólo un asunto de moralina ambientalista, sino algo que tiene que ver con nuestra supervivencia. Si la Tierra está enferma, nosotros también. Zambrana-Torrelio lo pone en estas palabras: “Debemos dejar de pensar que los humanos somos algo separado del sistema porque sino, nos da la idea completamente errónea de que podemos cambiar, destrozar y modificar el ambiente a lo que mejor nos parezca. Cualquier cambio que hagamos en el planeta va a tener un impacto en nuestra salud””. En otra nota publicada por el medio español Público se destaca el beneficio de conservar la biodiversidad al advertir que “uno de los mensajes más importante durante esta crisis es que la biodiversidad nos protege. Es algo que debe de quedar claro. Estamos gastándonos una ingente cantidad de dinero en contener un fracaso, que es lo que es el coronavirus, porque el éxito no es vencer la pandemia, sino que no se produzca y para ello es necesario recuperar los ecosistemas y mantenerlos intactos”. Por otro lado, otro aspecto que podemos apreciar con los hechos recientes -y otros tantos hechos que puedan ir surgiendo- es que la Naturaleza nunca se rinde y siempre vuelve a florecer donde encuentra un espacio y la Humanidad le da un respiro.

Como se ha dicho, tanto la pandemia como el calentamiento global son resultado de la acción imprudente de nuestra especie, pero hay un aspecto en el que se diferencian y que nos posibilita una última reflexión; los efectos adversos del calentamiento global lo vivirán en carne propia quienes hoy son jóvenes, mientras que el principal grupo de riesgo del COVID-19 son los adultos mayores. Sin embargo, en los últimos días se han visto en todo el mundo acciones tendientes a frenar la propagación del virus que, en mi opinión, realmente nos define como humanos. Solidaridad, unión, entender que lo que quizá a mi no me afecte puede ser mortal para otro. Todos, sin importar edad, nos unimos por una misma causa, pero ¿se imaginan si hiciéramos lo mismo con las acciones concretas para frenar el calentamiento global? ¿Por qué el mundo adulto no asume el mismo compromiso para las futuras generaciones?.

Quizás una pandemia que se ha cobrado -hasta el momento- miles de muertos en todo el mundo no sea la mejor forma de aprender una lección, pero sí la que nos debe invitar a la reflexión para que situaciones como esta no se tornen cada vez más frecuentes. El sistema está demostrando en esta cuarentena global su punto débil, que es inestable y no da para más, y creo necesario apostar por ideas superadoras. Ideas que nos lleven a respetar a la Naturaleza, que entendamos que somos parte integrante -y no fundamental- de la misma, que se puede vivir bien y en armonía, que quizá eso que por décadas llamamos “progreso” no es más que un engaño que nos lleva a una autodestrucción, que la esencia de la especie humana es y debe ser, sin excepción, el amor, el respeto y la solidaridad.

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