El primer acercamiento a Témperley me estremeció: referencias bíblicas constantes, un lenguaje surrealistamístico (enunciado de esta manera por el mismo autor en la única entrevista que dio a Sergio Bizzio), junto a   determinadas  constantes que se repiten en sus poemas: los caballos, un ángel que lo acompaña, el agua, la pampa, Dios, la muerte, la infancia, la juventud, el inevitable paso del tiempo, entre otras. Basta decir que releí ciertos poemas en voz alta una y otra vez, intentando encontrar a qué se referían.

Si tuviera que nombrar aquello que sentí al leer, podría nombrar la confusión, porque en este libro el escritor encuentra en todas sus acciones un hueco donde Dios cabe en él, para Dios son sus preguntas y sus poemas, para Dios son sus reflexiones, pero al poeta Dios lo acoge y lo escucha. Confusión porque justamente todo eso resulta lejano en comparación con mi propia existencia desprovista de fe alguna. 

 Para mi sorpresa, apenas hay una sola entrevista hecha al escritor antes de morir, así como son pocos los datos de su vida y también las fotografías: el resto son poemas y teorías siempre subjetivas de lxs críticxs, tristemente teñidas de cosas que quizás el escritor no pretendía trasmitir. 

Pero a  pesar de esto, el poeta hizo legión de sus poemas, y creo que eso nos da al menos, un pequeño derecho a leerlos, releerlos y trasmitirlos según nuestras propias percepciones.

Seleccioné cuatro poemas de “Humanae Vitae Mia”  del año 1969,  que corresponden a la tercer obra del autor, pueden  encontrarlos  en Obra Completa de Héctor Viel  Témperley, editada por Ediciones del Dock  en el año 2003.

Humanae Vitae Mia podría traducirse como “De la vida humana mía” . Cabe destacar que un año antes de que el poeta de fin a la obra, el papa Pablo VI escribió una enclítica sobre la regulación de la natalidad con el titulo “Humanae Vitae”,  me pregunto si entre estos dos títulos habrá una relación estrecha: considerando principalmente que Témperley redacta esta obra apenas un año más tarde.

Los poemas seleccionados  aluden a todo eso que aborda el escritor todos los días: las casas hechas cuerpos y pobladas de muerte, una radio y un coche cerrado que bien podrían ser una metáfora del mundo, el poeta que agradece que Adán sea humano, que disfruta lo profano de saberse carne y por último una confesión de desvelo, un poeta que se hace agua.

Estos poemas representan una porción de la vida humana del escritor, nos invitan a sentir la congoja y también el placer de saberse carne, nos muestran la invención de un mundo aparte a través de la capacidad de la poesía de evadir al poeta hacia otro lugar, tal como el mismo Témperley menciona: empezó a interesarme la poesía que me permitía no solamente esconderme sino evadirme y hacer un mundo, tener un mundo. Y cuando Bizzio le pregunta evadirse de qué, el poeta responde: de lo excesivamente claro. 

He aquí los poemas: 

Creo que la muerte es algo

Creo que la muerte es algo 

que se puede pensar

hasta sin cerebro.

Uno pasa por delante

de algunas casas

y las oye pedir muerte.

Qué destino

el de esos nuevos frentes

de casas de departamentos.

Yo he escuchado a sus materiales

pedir muerte,

volver a ser lo que eran

antes, en cualquier parte.

Me lo piden a mí

que oigo pensar su muerte

cuando paso a su lado

y oyen pensar la mía.

Prendo la radio del coche

Prendo la radio del coche,

cierro las puertas y ventanas

y me alejo.

Que los ruidos

se gasten solos

mientras camino entre los árboles.

A veces siento

que alguien nos encerró

con llave en este mundo.

Lo mismo que hice yo,

pero a lo grande.

Qué horror el paraíso

Qué horror el paraíso

si Adán no hubiera amado

la carne de su carne,

si hubiera descubierto

que era una carne aparte,

enemiga de alas.

Hubiera comido la manzana

como quien se purga.

Hubiera sido padre

de pueblos y de razas.

No siempre

No siempre

que la casa duerme,

duermo.

A veces, en la noche,

soy como un trompetista

con los ojos abiertos.

Pero eso sí,

cada vez que llueve,

yo lluevo.

Por último, me interesa recurrir a las palabras de algunos escritores que estudiaron y escribieron sobre Témperley. Por un lado, Luciano Lamberti enuncia en un articulo escrito para Eterna Cadencia: puedo disfrutar una amplia paleta de poetas. Pero hay algunos que descollan como si además de escribir poesía hicieran otra cosa, no sé muy bien qué. Como si hubieran llegado a alguna parte, desde la que nos miran a los pobres mortales, o no dejaran de ir hacia allá, mientras los demás estamos quietos mirándonos los cordones. Viel Témperley es uno de ellos. 

Así mismo, Tamara Kamenszain, al final del prologo que escribió para la obra completa del autor, afirma que: es seguro que de esta experiencia extrema de encontrarnos, cuerpo a cuerpo, con el ángel vivo de un escritor, saldremos cambiados. Porque estos versos, que condensan lo más certero de nuestra tradición, lo más extraño y familiar de nuestra lengua, ya nos están devolviendo, desde su espejo roto y precario, un adelanto en el tiempo de nuestros atrasos: para escribir después de Viel habrá que aprender a nadar.

La poeta Clara Muschietti comenta para página 12 cómo fue su primera experiencia al tener en sus manos los poemas: en el subte, cuando volvía a mi casa en Chacarita, me puse a leer salteado. Un poema sobre el mar, otro poema sobre el verano, sobre caballos, sobre el calor. Todo lo que me había fascinado siempre. Leía un poema y dejaba pasar unas páginas, leía otro y dejaba pasar más páginas. Había algo vital que me unía a Viel, algo difícil de explicar. Lo leí en voz baja y después, apenas llegué a mi casa, en voz alta.


Por último, Carolina Esses y Romina Paula lo definen para Clarín como: la figura de un autor que hasta hace poco era considerado secreto, de culto y que hoy, para muchos, es una figura central dentro del mapa de la poesía argentina de las últimas décadas. Y no es difícil entender por qué el lector que se sumerge dentro de la obra de Viel se convierte rápidamente en una especie de fanático. Difícil resistirse a la cadencia hipnótica de versos como “vengo de comulgar y estoy en éxtasis” o “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada”, versos que juegan con el ritmo de la letanía pero que, lejos de ser el susurro de la oración que se repite en voz baja, golpean como la brazada del que con un gesto es capaz de abrir las aguas.

Entre todxs lxs escritorxs citados podemos encontrar un mismo enigma, que parece quedar abierto para que cada quién lo descifre a su modo: ¿Qué es lo que transforma a Témperley en  un poeta que parece estar más allá de la mera existencia terrenal, y sin embargo, conmueve por su humanidad toda?