Ciertamente, los pueblos del mundo han conocido catastróficas pandemias que dejaron a su paso desolación y confusión sin precedentes, enfermedades de gran alcance que bien podrían equipararse a guerras mundiales en virtud de su capacidad de aniquilamiento. La peste negra del siglo XIV, el tifus, el cólera, la malaria y un largo etcétera.
Pero el coronavirus es distinto.
Se deslinda de aquellas, fundamentalmente, por dos cosas: su mortalidad estriba en la angustiosa velocidad con que se propaga en detrimento de la capacidad de los servicios sanitarios por asistir a tan elevado número de positivos; y, por otro lado, y aquí viene lo que considero totalmente inédito de esta calamidad, la capacidad de revelar un sentir cívico general que no se constriñe a una región o zona geográfica concreta. Un sentir popular que ha traspasado fronteras casi a la misma velocidad que el virus se extendía por el globo. El coronavirus trae incorporado, pese a su aflicción inherente, un elemento «redentor».
En el caso de los ciudadanos argentinos en el extranjero, como es mi caso -España-, hemos presenciado auténticas muestras de hermandad provenientes de una considerable parte de la población. Una actitud colectiva que recuerda, y disculpad por el parangón, a aquella fraternidad de origen francés que se contagió en toda Europa a finales del siglo XVIII, inmortalizada en el famoso cuadro de Delacroix.
Ciudadanos chinos, los primeros difamados por el clásico fanatismo conservador, colaborando al pie del cañón con sus convecinos autóctonos (1), jóvenes organizados de manera espontánea ayudando a realizar la compra a aquellos que por cualquier dificultad no pudieran hacerlo por sí mismos -fundamentalmente ancianos- (2), aplausos que abarcaban barrios, comunidades e incluso ciudades enteras como muestra de agradecimiento a los trabajadores sanitarios que las primeras semanas de la pandemia se enfrentaban a la incertidumbre (3) y así un innumerable puñado de fenómenos cívicos -de amor a la civitas, a la ciudad- que tuvieron su equivalente en otros pueblos del mundo, entre ellos la propia Argentina (4).
Es indudable que el Covid-19 es un mal, por lo tanto que nadie interprete estas líneas en el sentido de una macabra fábula social en forma de pandemia, no es esto lo que el presente texto quiere reflejar. El quid de la cuestión es revelar cuán original ha sido la respuesta que ha dado -y está dando- gran parte de la humanidad a esta catástrofe, una respuesta que se ha visto forzada y condicionada a salir por este desastre mundial; y que sin lugar a dudas confirma el excelente potencial de hermanamiento que aún reside en el ser humano. Esto último sólo puede ser indicador de una cosa: hay mucho por dar aún, si bien el detonante puede ser algo inmensamente más intenso que una pandemia, la posibilidad de un mundo en que prime lo social y no lo individual sigue vigente, la ardua empresa para conseguirlo es otro cantar.
Es pertinente, al momento, un pequeño inciso. Nadie niega que anteriores pandemias o epidemias pudieran tener un efecto de «ligazón» entre determinadas poblaciones o estratos sociales, pero es indudable que éste nunca primó en el aspecto general, de hecho si algo primó fue la división y agudización de las contradicciones entre los distintos pueblos o en el seno mismo de un estamento social bajo: con la peste negra se llegó incluso a eliminar de según qué poblaciones a la ciudadanía judía por considerarla «artífice» de este mal (5), un sinsentido que posteriormente dejaría en ridículo, más si cabe, al pensamiento segregacionista o antisemita, revelándose que el origen de aquella peste estaba en roedores y sus transmisores principales eran las pulgas de los mismos.
Dicho esto, no es complicado sentenciar que nos encontramos ante un fenómeno de características originales, una latencia general que pese a elementos trasnochados con mejores mecanismos de difusión (6) que la ciudadanía, se impone allí donde el coronavirus ha puesto sus garras.
Sin embargo, y pese a todo este acervo de humanidad que quiere eclosionar pero no acaba de hacerlo, somos conscientes de la caducidad de este tipo de acontecimientos. Lo vemos a diario cuando una desgracia «pasa de moda», cuando un infortunio mortal ocurre «lejos», o cuando el problema solo afecta a una «minoría». Y esta pandemia, con y sin fortuna, pasará. Se vaticina entonces una vuelta a la normalidad, con todo lo que esto implica, una vuelta atrás a unas relaciones sociales más deshumanizadas, donde esa desacostumbrada sensación de amor colectivo se apaga hasta tornarse habitual escepticismo; nos volveremos a encontrar entonces con ese «civismo» que está a caballo entre la legalidad de una constitución y la justificada reticencia del ciudadano de a pie. Seremos de nuevo individuos del siglo XXI, no monstruos, por supuesto, pero sí fragmentos que guardan con aferrado tesón su amor al «otro», que se resguardan bien de exponerlo y casi mejor si nuestro compromiso social pasa desapercibido… si es que lo hay, claro .
Aún así, como en todo, quedarán cenizas. Las ingentes muestras de un sentir comunal, global, no se pueden eliminar de un día para otro: allí estarán las fotos, los vídeos, todo soporte capaz de documentar un hecho, y especialmente allí estaremos nosotros para recordar este torrente de adhesión colectiva que sigue dejando huella, conteniendo las tinieblas que esta virulencia intenta implantar a la fuerza; allí estaremos para cuando el detonante definitivo llegue y esta tímida aproximación al amor social sea plena en su completud.
Es en esta línea que cuanto más comprenda un gobierno -por más limitado que esté por sus condiciones materiales- que lo determinante para frenar una catástrofe de estas medidas no son las decisiones de despacho sino la unión y planificación consciente de los miles de millones de implicados, con más justeza podrá dirigir el embate final contra esta plaga microscópica. Quizá asumiendo esta suerte de «ideal» como un método de transformación social podamos arrasar de paso con otras pandemias que asolan nuestro planeta y no tienen carácter vírico, aunque si su nocividad.
Podemos concluir con que, naturalmente, constatar este fugaz brote de solidaridad en los pueblos no es difícil tarea, la pasajera disolución de las diferencias entre los pueblos y grupos sociales no es secreto para nadie. Ser conscientes de la capacidad humana que todo esto esconde sí es algo que requiere auténtica asimilación. Y lo que ya implica una labor de magnitudes inconmensurables es que el producto de esa reflexión, de ese «hacer consciente lo inconsciente», sí es una empresa que a día de hoy debemos, todos, sin distinción alguna, plantear seriamente para configurar un porvenir en el que dominemos, como colectivo, eventualidades de dimensiones colectivas -como esta pandemia, o como el hambre, el paro, la mendicidad…-.

Esta desgracia nos demuestra que tal y como están estructuradas las cosas, a nivel global, aún no somos dueños de la historia, como lastimosamente demostró el inicio de la pandemia, pero, paradójicamente, y como estamos comprobando en estos precisos instantes: podemos dejar de ser meros espectadores, podemos ser dueños de la historia, hay que seguir empujando.
Referencias.
(1) https://elpais.com/espana/madrid/2020-03-16/el-dia-en-el-que-los-chinos-salieron-a-regalar-mascarillas.html
(2) https://www.heraldo.es/noticias/nacional/2020/03/13/el-coronavirus-saca-el-lado-mas-solidario-de-las-redes-sociales-1363560.html
(3) https://www.lavanguardia.com/vida/20200314/474141480761/aplausos-sanitarios-coronavirus-covid-19.html
(4) https://news.un.org/es/story/2020/06/1475272
(5) https://theconversation.com/la-peste-negra-ensenanzas-de-la-gran-pandemia-medieval-134896
(6) https://cnnespanol.cnn.com/video/trump-haremos-que-china-rinda-cuentas-por-el-coronavirus/