Foto de Gabriela Pereira en Pexels 

Conozco un lugar, en San Juan, donde consigo libros a $5. Claro, no es un lugar dedicado a la venta de libros. Por eso el precio. Este hecho curioso que escapa a la lógica o a la idea de que la cultura es para algunos pocos, me permite entrar, aunque de manera muy tímida, en el currito de la venta de libros usados. No es que viva de eso. Nada que ver. No podría aunque quisiera. Sé de quienes lo hacen y los admiro realmente. Lo mío es mucho más insignificante. Sólo lo hago cuando estoy falto de dinero (corrijo: muy falto de dinero, falto estoy siempre). En pocas palabras: vendo libros para sobrevivir y compro libros también para el mismo fin. 

Pero no era de eso de lo que quería escribir. Es decir, lo anterior era una especie de introducción a lo que ahora le sigue. Justamente, estaba en aquel lugar X (al que sólo revelo a selectos amigos con el mismo vicio que yo) cuando encuentro un libro con una dedicatoria en manuscrita. No era un autógrafo del autor. No podría ser porque el mismo es italiano, de Turín más precisamente, y la inscripción está en perfecto español. La obra en cuestión se llama Seda. Es una novela o algo así y su autor es Alessandro Baricco, nombre, confieso, desconocido para mí. El objetivo inicial era venderla pero cometí el error de empezar a leerla y así se cayó mi mini negocio con fines de mini lucro.

Más allá de esa obra, que me despierta mucho interés y que ya le di una hojeada superficial. La dedicatoria me dio qué pensar. ¿Por qué? Por esto mismo:

“Los libros pueden ser nuestros salvadores; y permitirnos seguir soñando cuando ya no dormimos.

Con cariño!!”

                                                         Andrea

¿Entienden de lo que hablo? Probablemente no. Ahora, con su permiso, les pido que se sitúen en esa situación a la que posiblemente remite. Una mujer llamada Andrea (según mi “traducción”) le regala un libro de un tal Baricco con una dedicatoria, aparentemente afectiva, a alguien X (no sabemos ni sexo, ni vínculo que los une, ni a título de qué, ni por qué). La primera pregunta me a mí me surgió fue: ¿por qué el o la beneficiario/a del libro de Andrea decide siete años después (la edición es de 2010) rifarlo gratis allí (pues la gente que deja su libro en el lugar del que les hablé lo hace en carácter de donativo) derribando todas las expectativas que de aquel gesto “noble” se desprenden?

Mi interpretación obviamente es subjetiva. No conozco a Andrea y no soy quién para juzgarla. No creo que ella ni su beneficiario/a lean este blog, ni se vean afectados por lo que escribo. Eso sería muy improbable. En fin, sólo hablo desde mi experiencia, y a partir de ella genero hipótesis.

Una sola vez, hasta hoy en día, me regalaron un libro. Hubiera estado muy agradecido de que me escribieran algo en él (aunque sea algo tan cliché como lo que escribió Andrea). Pero bueno, eso no pasó. Fue simplemente un libro, sin dedicatoria. Interesante, sí. No sé si recordaré con el paso del tiempo quién me lo regaló. Nunca se sabe. La amnesia existe, también el alzhéimer.

Por otro lado, tengo libros con inscripciones a mano muy interesantes. Uno se llama Sagrado de Tomás Eloy Martínez. El mismo parece estar autografiado por el autor (debería averiguarlo bien). Le pertenecía a un tío por parte paterna y llegó a mí de casualidad. Otros son autógrafos de autores sanjuaninos que conseguí hace un tiempo atrás. Me he vuelto muy cholulo últimamente. En fin, todos esos libros tienen un significado especial para mí, lo cual me provoca extrañamiento al ver el caso de Andrea.

No puedo evitar imaginar una Andrea no tan cariñosa. Una Andrea manipuladora. Tóxica como ninguna, que pensó saldar sus faltas con un libro agradable y vanguardista con una dedicatoria aparentemente cariñosa que encierra una mentalidad enferma. Su amiga (imagino una amiga. Me cuesta pensar en un amigo, no sé por qué), cansada de tantas idas y vueltas en aquella amistad enfermante decide entregar su libro endemoniado a la caridad.

No suena lógico. ¿Para qué esperar siete años? ¿No podría haberse deshecho de él antes? Algo no cuadra. No creo que Andrea sea tan perversa. Con lo poco que llevo leído del libro entiendo que no es un libro que leería un perverso. ¿O sí? ¿Hay una literatura para “perversos” y otra para la “gente de bien”? Más me pregunto, más dudas surgen.

Y si, siguiendo la hipótesis de una amiga, la beneficiaria murió y su hijo Andrés (nombre puesto en honor a Andrea) decide donar los libros de su madre sin contemplación. ¿Sería capaz? ¿Por qué no guardarlos de recuerdo? ¿Quería olvidar? ¿Era tanto el dolor que ver esos libros (entre los que estaba Seda) le remitía a su madre moribunda?

¿Y si Andrea y Tania eran más que amigas? Eso no lo tuve en cuenta. Un desamor o desengaño amoroso también podría ser el móvil de ese libro desechado con violencia.

¿Y si la mujer de Luis lo obligó a deshacerse del libro que le regaló alguna vez su amiga (con derecho) Andrea?

Podría seguir aventurando hipótesis y ustedes, queridos lectores, también podrían proponer las suyas. Si quieren pueden hacerlo. Andrea podría no ser Andrea y que esté mal mi traducción de manuscrita a imprenta. Word me sugiere un Andrea masculino. Andrea podría ser un pan de Dios y el o la beneficiario/a un/a insensible, etc.

¿Siete años son suficientes para deshacerse de un libro que, aunque querido, debe inevitablemente cambiar de manos o sólo un hecho violento justifica ese acto y en ese plazo?

Como sea, el misterio de Andrea parece no tener fin.

(Texto publicado el 10 de Agosto de 2017 en mi blog)