Otra noche tragando (tratando) de que me salgan palabras bellas, de armar metáforas que lo digan todo por mí. 

Me mastico la lengua, aprieto los dientes, me guardo lo que pienso. Me trago mis propias palabras en un trago amargo, largo, interminable.

¿Quién me enseñó a callar? ¿Quién me enseñó a retener?

De chica apretaba tanto los dientes que los hacía rechinar. 

Busco entre los libros, en melodías, me quedo rumiando sola mientras el día pasa. No encuentro palabras. No encuentro metáforas, todo me sale así, brusco, bruto, se golpea, se llena de moretones. 

No termino de encontrarle la vuelta, el caparazón que encontré está medio vacío. ¿Qué le falta? ¿Alguna vez voy a dejar de pensar en lo que falta?

¿Podré transformar el caparazón en un par de alas?

¿Alguien se querrá quedar conmigo a verlas?

No aparecen las palabras limpias en el papel. No surge ese «pasar en limpio». Sale la mancha, la verborragia, lo desprolijo, escribir sin parar a respirar, mordiendome la lengua, sin levantar la vista.

Me sale esto sucio, angustiado, frenético, lleno de cicatrices, casi maníaco.

Me salen las palabras como ráfagas, a patadas, como fugas. Intento, presiono, insisto, muerdo, pregunto. Me sale esto que soy, que no puedo dejar de ser. Me quedan las hojas manchadas de todo lo que no puedo parar. Tal vez por eso escribo mejor cuando me angustio y lo suelto todo.