Zig’lazul se despertó temprano una fría mañana. Había predicho mal el tiempo y el supuesto viento que debía venir del oeste era en verdad un gélido viento sur. Se levantó de la cama, se abrigó con algunos tapados y salió a caminar. El paisaje -ya familiar para él- de la cima del monte Vucles era especialmente bello al amanecer. Zig sentía que podía ver el Sol asomarse antes que el resto del mundo, y así era: mientras su cara se bañaba en oro, los árboles, envidiosos y aún sumergidos en la penumbra nocturna, parecían estirar sus ramas en busca de la luz. Mientras se regocijaba en la escena, Zig vió, con sus ojos entrecerrados, un intenso brillo azul que descendía sobre la arboleda lentamente, iluminando las copas sedientas. Reconoció el sitio en el que debía haber caído: cerca de la antigua loza Moret. Extrañado, tomó sus bastones de senderismo y se encaminó hacia el punto de aterrizaje.

Tras quince minutos de caminata, llegó a destino. Lo que vió lo asustó y fascinó en partes iguales: sobre la roca color terracota que sobresalía del suelo se hallaba un trozo de pergamino, clavado con lo que parecía un cuchillo. Se acercó lentamente y extendió la mano para tomar la daga. En el instante en que sus dedos tocaron el mango, sintió una fuerte vibración. Retrocedió dos pasos y vio cómo el cuchillo, incrustado en la piedra, se agitaba de un lado a otro, forcejeando para liberarse. –Es el fin– pensó Zig, –Me encontraron-. Tras unos segundos de lucha, el cuchillo logró escapar de la piedra. Flotaba en el aire, estático, apuntando al pergamino. Zig’lazul esperó, paralizado pero con paciencia. Cinco minutos, diez minutos, quince. Parecía una competencia: el que se movía primero perdía. Finalmente, Zig se dio por vencido. En un ágil movimiento, avanzó, extendió un brazo y asió con fuerza la daga. Forcejeó durante unos instantes, intentando dominarla, pero ella permanecía inmóvil, levitante, hasta que un enorme impulso arrastró su mano. Todo ocurrió tan rápido que Zig no pudo ver nada; la sorpresa y el miedo le hicieron cerrar los ojos. Sintió su mano moverse, el sonido del aire partiéndose en dos. Cuando abrió los ojos, vio que su otra mano también agarraba la daga, de cuya punta chorreaba un fino hilo de líquido carmesí. No pudo separarse del maldito objeto, que ahora lo llevaba, lentamente, hacia el pergamino en blanco. La punta apenas tocaba la pulcra superficie, se arrastraba con destreza dejando un sendero sangriento a su paso. Zig sentía que se desvanecía, apenas podía mantenerse de pie, lo sostenía una fuerza que no era la suya. Exhausto el metro de pergamino celestial, la daga finalmente lo abandonó. Él cayó en el piso, ya sin fuerzas. Mientras sus párpados se cerraban, vio cómo la daga giraba velozmente. Lo último que oyó fue el sonido de algo cayendo sobre la tierra.

Zig’lazul despertó acalorado bajo el Sol ardiente del mediodía. Aún débil, se levantó y recordó lo que había ocurrido hace unas cuantas horas. No le costó encontrar la daga; estaba a un par de metros de él, tendida en el piso. Con precaución, la levantó y la observó: estaba limpia, ni una mancha de sangre había en la hoja. Sorprendido, miró a su alrededor y notó una línea de manchas oscuras que se estiraba desde lo alto de un tronco, recorría el suelo bajo sus pies y se perdía en el bosque. La imagen borrosa de la daga girando le vino a la mente. –Extraño que una daga sanguinaria tenga algún ideal de higiene-, pensó. Luego de guardarla entre sus ropajes, dirigió su atención al pergamino sobre la piedra Moret. Estaba escrito en su lengua con una claridad que lo abrumó. Decía:

Somos Los Compiladores. Buscamos los restos del Gran Texto, aquel que nos revelará el origen de todos los mundos. Necesitamos tu ayuda, Zig’lazul. Deberás aprehender el contenido de la piedra que tienes a tus pies y comunicarlo en el próximo Embrollo Interplanar. Ocurrirá dentro de cuatro ciclos lunares. A continuación te dejamos una descripción de la sala, para que puedas asistir. No pierdas la shijta.

Nadie pudo ver la secuencia de emociones en la cara de Zig’lazul. A un miedo espeluznante le siguió una desolación profunda. Sean quienes fueran estos “Compiladores”, no eran de su planeta, Abdamunjal. Hablaban de un “Embrollo Interplanar”; Zig había escuchado rumores sobre la posibilidad de existencia de otros planos, mundos distintos al suyo. Se suponía que eran solo rumores.

Enrolló el pergamino y, mientras regresaba a su cabaña, pensó en la posibilidad de que los Tejedores hubieran detectado la magia que había acontecido más temprano. Un dolor palpitante crecía lentamente en la región frontal de su cabeza, así que decidió dormir al llegar. Ya se encargaría de todo mañana.

*Foto portada por @ai_curio.