Los cines

Esa noche sucumbieron a las películas. Habían ido al cine a ver una de cowboys. Una caravana atravesaba el desierto, cuando fue atacada por unos pistoleros que se llevaron dinero y otros objetos de valor, además de secuestrar los caballos del contingente que, a partir de ese momento, quedaría abandonado a su suerte. El espectador no podía saber qué sucedía con las víctimas, pues el punto de vista seguía con los bandidos, a partir de ahí, y olvidaba a aquellos pobres indefensos en lo más árido del desierto. El hombre pensó que, en el fondo, la película trataba de eso: precisamente, del paisaje. Comentó la belleza de los escenarios del film al oído de la mujer. Ella le respondió que no estaba entendiendo, porque todo lo visto servía para preparar la llegada del justiciero. El desierto era una anécdota, un decorado esperable. El desacuerdo repercutió en el ánimo del hombre, en su expectación, porque a partir de ese comentario en tono de susurro no pudo hacer más que esperar la llegada del héroe. Por otra parte, su aparición no podía postergarse en exceso, dado que figuraba el actor principal en el afiche de promoción del film que estaba exhibido en la cartelera del Odeón. La opinión de ella prevalecía, e influenciaba también la experiencia de él, pero no porque fuese una conocedora del género –apenas lo frecuentaba-, sino por una capacidad innata para descubrir los entretelones del relato. Casi con hartazgo, adivinaba siempre lo que iba a venir, y eso no le producía fatiga como espectadora, sino que, al contrario, era lo que explicaba su placer por el cine.  Él, en cambio, se deslizaba hacia los aspectos menos importantes del film: lo miraba como si fuera un cuadro y, aunque no lo supiera, por su tendencia a no racionalizar sus propios actos, aquella actitud se debía a su falta de capacidad para reconocer los instrumentos  básicos que hacían funcionar el relato en el momento en que este se estaba desarrollando. Más tarde, cuando conversaba acerca de la película, sí podía reconocer la estructura del relato, comentarla o incluso impugnarla. Pero en el momento de su ejecución, no podía más que distraerse con elementos secundarios. Y así fue que esa noche, mientras él se perdía en el vértigo del paisaje, ella fue la única que pudo anticipar la llegada del héroe, quien vengó el despojo perpetrado contra los expedicionarios y consiguió vencer a los pistoleros y someterlos a la justicia del Lejano Oeste. El protagonista era parco y expeditivo, actuaba con suficiencia y no cometía errores. De aspecto sobrio, apenas se le notaba en el cuerpo la aridez del paisaje: vale decir que lucía estupendamente limpio y esa pulcritud contrastaba con el desaliño de los bandidos. Había una solapada historia de amor que no culminaba en expansiones físicas, sino que se mantenía en los límites de la pureza. El hombre pensó en las vidas de los santos, rememoró algún personaje bíblico y otra vez conectó la geografía del desierto en que transcurría la película con el paisaje de Palestina.
A la salida fueron a la pizzería de Alsina. No hablaron tanto de lo que acababan de ver sino de las próximas películas que verían. Estaban en cartelera también un drama histórico, un policial negro y un film de ciencia ficción. La mujer se mostró indecisa y, por otra parte, dijo que no era necesario definirlo esa noche porque todavía iban a estar unos días más en cartelera.  El hombre prefería el policial, porque le agradaba ser sorprendido por la revelación del enigma –nuevamente, se perdía todas las pistas del relato, incapaz de atar los cabos, y llegaba al final con una disposición total para el asombro. Ella dijo que los policiales la aburrían y que, en el último tiempo, se habían vuelto muy obvios. Tampoco le gustaban las películas de época, así que votó por la ciencia ficción, que, al fin y al cabo, era el género más novedoso. Esa noche la pizzería estuvo repleta. Ellos brindaron con una cerveza y se fueron a dormir, cada uno a su casa.
La de ciencia ficción la daban en el Grand Splendid. Para sorpresa de ambos, la sala estaba casi vacía. Se dijeron: esta película debe ser muy mala. Y, sin embargo, persistieron. Entre una función y la siguiente no había sucedido nada digno de notarse; lo único destacable entre películas había sido la materia difusa del intervalo, que se señalaba a sí mismo. La vida verdadera transcurría en los límites de la sala, aun en esta sala que, por causas desconocidas, se encontraba prácticamente desierta. Como aliciente, tuvieron la chance de elegir los mejores asientos, disponibilidad absoluta para seleccionar el lugar desde donde ver mejor la película. No el asiento objetivamente más favorable, sino el mejor de los asientos posibles para ellos dos en particular. Y la misma operación valía para los demás espectadores: aquella noche todos parecían estar sentados en el que consideraban su asiento favorito, dadas las condiciones de una infrecuente disponibilidad. La película trataba de una comunidad que vivía en túneles subterráneos y que era comandada por un tal O’Quinn, un personaje barbudo, de mirada recia y naturaleza hosca. Estaba al mando de una organización que había establecido su poderío en base a los despojos de la civilización previa, cuya desintegración se había producido por causas poco explicadas pero que, se podía inferir, habían tenido relación con una suerte de holocausto nuclear que volvió peligrosa la vida sobre la superficie. Estos nuevos hombres de las cavernas se conducían como matones que sometían a las demás poblaciones del lugar. El protagonista, si es que le cabía esa función, porque en verdad el protagonista era el paisaje, o acaso la situación en general, el personaje principal, entonces, era un desertor. De discípulo había pasado a enemigo; vivía recluido y era objeto de persecución. Aparecían también relatos intercalados acerca de otros personajes secundarios, pero esto, lejos de resultar comprensible, generaba cierta confusión, porque de pronto la narración parecía desviarse de la historia central y mostrar un mundo en el que otras personas no vivían en cavernas.  El hombre se preguntaba si estas escenas eran contemporáneas a las de O’Quinn y su comunidad subterránea, o si, en cambio, constituían flashbacks. En un momento, la mujer le dijo al oído: qué embole, ¿no? A lo que él respondió afirmativamente, aunque en el fondo estuviese fascinado, otra vez, por aspectos laterales del relato, como por ejemplo los escenarios. Le parecía muy bien lograda la estética cavernaria e incluso las actuaciones estaban espléndidas. O’Quinn era un déspota, pero también un líder astuto. Los súbditos apenas murmuraban palabras, el grueso de la actuación residía en la gestualidad, económica y precisa. En cuanto al desertor, un tal Cowens, era desconfiado y meticuloso. Planeaba su venganza con lentitud pero sin descanso. La mujer bostezó y dos personas abandonaron la sala. El aburrimiento de ella, visible no solo en el bostezo sino también en sus movimientos para acomodarse, repetidamente, en el asiento, no le impidió, desde luego, adivinar el desenlace y se lo comunicó a él con bastante anticipación. Líder y desertor, en el pasado maestro y discípulo, definirían el conflicto en un duelo mano a mano. Y así fue, la tensa calma que servía de atmósfera al relato se resolvió de esa manera, con la pelea, y después la película terminaría de forma abrupta, con la muerte de O’Quinn.
En la pizzería comentaron el film. A ella le pareció que tenía demasiados defectos. En principio, era previsible, incluso para sus parámetros, dado que su tendencia natural era la de anticipar los hechos. Pero esto era excesivamente obvio, incluso artificioso. En segundo lugar, el relato era desigual, estaba desbalanceado y costaba entender el porqué de esas escenas intercaladas que poco tenían que ver con la narración principal. Tercero, era más de lo mismo, porque en el último tiempo se había estrenado un sinnúmero de películas de ciencia ficción que ponían en escena un mundo devastado después de un apocalipsis nuclear en el que las personas adoptan formas de vida y de organización que remiten a los tiempos de las cavernas. El tema estaba, según ella, gastado, y era un efecto de la histeria colectiva por la amenaza de la bomba atómica. Las actuaciones, no obstante, le parecieron buenas, aunque no pudo advertir ni una frase memorable en toda la película, ninguna digna de ser recordada. Él preguntó por el final. Como respuesta: abrupto, insensato, fácil; en definitiva, mal resuelto. El hombre valoró tibiamente los personajes de O’Quinn y Cowens, pero omitió su deleite por los aspectos laterales que tanto le llamaban siempre la atención. La conclusión era que se trataba de una película fallida, y eso explicaba la escasez de público.
Esa noche fue templada, de modo que dieron un paseo por la avenida al salir de la pizzería. Pasado el teatro, caminaron por la cuadra donde estaba la casa de Gowland. A diferencia de otras noches, cuando la habían visto iluminada y bulliciosa, pues los señores solían mantener reuniones sociales que duraban hasta la medianoche y que congregaban a los grandes apellidos de la ciudad, esta vez la encontraron a oscuras. Debían estar de viaje, con seguridad en el extranjero. La partida habría sido anunciada en la sección correspondiente de los diarios locales. Los autos circulaban a poca velocidad por la avenida en dirección al parque.  El ánimo generalizado anhelaba que la noche se extendiera lo máximo posible. Cuando la pareja dobló a la izquierda de vuelta al centro, vieron cómo una familia celebraba la cercanía de las fiestas en la vereda de una calle aledaña. En ojotas, sentados en reposeras, en musculosa, tomaban un refresco mientras conversaban cálidamente.
De tanto ver películas, empezaban a palidecer. Al día siguiente, cuando la vio por la tarde, en la salida de la oficina, el hombre comprobó que ella también estaba blanca, sin atisbo alguno de bronceado. Meditó una invitación al balneario para el fin de semana. Haría la propuesta después de la película. Esa noche tocaba un estreno a sala llena. Consiguieron un pésimo lugar, en la primera fila y al costado, cerca de la salida. A ella no pareció afectarle la mala ubicación, pero él desarrolló un creciente malestar, en buena medida porque intuía que a ella le disgustaba el lugar, y ese temor le generaba una incomodidad que le impedía disfrutar del film. Era la historia de un romance que, como toda historia de romances, estaba sembrada de obstáculos. Los enamorados tenían una notable diferencia profesional y temperamental. Él era abogado y tenía un carácter racional, calculador, pragmático; ella era actriz de teatro y aspirante a trabajar en cine. Su naturaleza era volátil, impulsiva, fatalmente soñadora. Esta discordancia de caracteres originaba una serie de desencuentros que, en un principio, producían risas a los propios personajes y daban lugar a escenas de una cómica indulgencia. El público se divertía con la incompatibilidad de los amantes. Las parejas abundaban en la sala y también abundaban las miradas entre ellos cuando reconocían en ellos mismos actitudes similares a las que se proyectaban en la pantalla. No pocos sintieron esa noche que la película hablaba de ellos mismos durante esas cándidas escenas. Pero, luego, las cosas se complicaban. La novia se mostraba cada día más insatisfecha con la rutina de una típica vida en la ciudad y trataba de empujar al novio a la aventura. Desde luego, se trataba de aventuras menores, el tipo de aventuras admitidas en ese contexto vital, es decir, pequeños desplazamientos, inofensivos, del hábito cotidiano. El abogado negociaba a medias, porque accedía a cenar en un restaurante de comida exótica en el extremo opuesto y pobre de la ciudad, pero demandaba volver a un horario razonable, ya que al día siguiente debía trabajar. Tres veces negoció y tres veces lo hizo a medias, cuando ella exigía que la entrega a la módica aventura fuese completa e irresponsable. Luego de la pelea sobrevino la enfermedad del abogado, un principio de neumonía que resultó de un único y desesperado intento de vivir alocadamente con el objeto de recuperar el amor de la actriz. La enfermedad reclamó los cuidados de ella, quien, así, reconoció en él a un aventurero en potencia. El final era feliz, pues aseguraba la posibilidad de una vida cotidiana sembrada de aventuras controladas, pequeñas instancias de rebeldía en pareja. Hubo aplausos como hacía mucho no escuchaban en el cine.
Esta vez, se cruzaron con un amigo en la pizzería y, entre los tres, comentaron la película. La crítica era despiadada y la llevaron adelante la mujer y el amigo, mientras el hombre asentía, ensimismado. Porque, a pesar de la cursilería del film, y a contrapelo de lo que intelectualmente le pudiera achacar, a él le había conmovido la historia, y esto se había manifestado en la piel de gallina de sus brazos, en el estremecimiento que experimentó con la música del final. La mujer y el amigo dijeron que la película era de una torpeza sin igual. El punto de vista validaba las pasiones del personaje femenino, pero no porque la película tuviese una perspectiva feminista. Era, en todo caso, un enfoque vitalista, que se asociaba, de manera rápida y acrítica, con el temperamento femenino. Además, era notable que se considerase un acto de rebeldía que una persona fuese a caminar por el muelle en invierno vestida con poco abrigo. Se le vendía al público como aventura una moneda falsa. El amigo dijo que la película rezumaba ideología; la mujer equiparó ese tipo de cine con un narcótico. Exacto, repuso el amigo, es una píldora para anestesiar las consciencias.
Como el amigo también había visto la película de ciencia ficción, se dedicaron a demolerla con el mismo ímpetu. El amigo sentenció que solamente una cultura que ha dejado de vivir el presente como catástrofe, a pesar de que las catástrofes se amontonan, puede producir una imaginación tan preocupada por el futuro, que se convierte en el único lugar donde colocar el desastre. Y, además, siguió el amigo, en el carácter diferido de la catástrofe lo que anida es la certeza no declarada de que el presente es un tiempo de reconciliación y estatismo, el mejor de los mundos posibles. La mujer corroboró estas opiniones y agregó que, por supuesto, cuando se considera, falsamente, que las heridas del pasado ya cicatrizaron, es posible inventar un porvenir terrible, pero que no actúa como advertencia para las acciones de los hombres del presente, sino como mero divertimento, como juego o como farsa.
Abrumado por los argumentos de los otros dos, el hombre recordó que su malestar se debía, en gran parte, a una historia reciente entre los otros dos, historia que lo incluía pero que al mismo tiempo, como quedaba demostrado por esta situación particular en la pizzería, lo relegaba. Sobraba una porción y se la sirvió, ya que su silencio no podía ser más absoluto. El análisis lo aburría a él que disfrutaba tanto de ver películas. Cuando los otros hablaron del espectador ideal, sonrió y se dijo que él debía ser, sin duda, ese espectador ideal, pero después vino la confusión porque al concepto de espectador ideal los otros le oponían un personaje recién inventado, que se distinguía por su ingenuidad, idiotez y falta de agudeza cuando se trataba de analizar las películas. No entendió, entonces, a qué venía lo de ideal. A esa altura de la noche, solo esperaba el gesto salvador de pedir la cuenta. Ya nada podía depararle mayor consuelo, ni había manera de que las cosas empeoraran, porque no era posible concebir algo más lamentable que lo que estaba viviendo. Tampoco se sentía con la tranquilidad necesaria para entregarse abiertamente al ridículo.
Después de acompañar a la mujer hasta su casa, el hombre decidió dar una vuelta antes de irse dormir. Rehízo el camino en dirección contraria y se encontró de nuevo en el centro de la ciudad. Compró un atado de cigarrillos (no fumaba) y se sentó en un banco de la avenida. No se ocupó de reconstruir lo sucedido esa noche, sino que se dedicó, simplemente, a mirar la calle. Era sorprendente la cantidad de actividades que los lugareños podían realizar. Había de todo y, sin embargo, nada era extraordinario. En todo caso, existía un misterio en el empecinamiento con que las personas se entregaban a las acciones más anodinas, triviales, como si hubieran perfeccionado el arte de mantenerse atareados sin parecer en absoluto víctimas de un esfuerzo. De a poco el flujo de peatones perdió intensidad, las marquesinas apagaron sus luces, el paso de automóviles se fue espaciando. A esa hora, el número de personas que dormían empezaba a superar al de las que se mantenían despiertas en la ciudad. La atención del hombre se centró, ahora sí, en un único objeto: la mansión de Gowland sobre la avenida. Las luces seguían encendidas y se recortaban sobre la oscuridad del exterior, atravesando los cortinados tras los cuales se adivinaban las siluetas de los ocupantes. Ahora que el tráfico había disminuido, el hombre pudo escuchar la música –cuerdas y vientos gráciles, ligeros– que provenía de la casa, junto a la masa indiferenciada de voces y carcajadas. Si había en toda la escena una narrativa, solo tenía que esforzarse por descubrirla, pero la suavidad de lo que miraba le impedía someterse a cualquier trabajo. El hombre estaba ante la casa como ante un espectáculo que le proporcionaba una felicidad rara, como la que se experimenta frente a la manifestación de un prodigio. Le faltaban las palabras, pero en su lugar había encontrado, al fin, la indolencia.

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