INEXORABLE #5: EL ENVIADO DEL PADRE EN LA TIERRA

Leer desde #1: El Comienzo

Caterín Altamiranda, recibe la visita la de la Unidad de Frontera comandada por el Tigre, al borde de una tormenta furiosa. Su intención es acortar el diálogo lo más posible, sin embargo, durante el interrogatorio, se genera un silencio incómodo y el capitán bordense interrumpe perturbadoramente la rutina.


― ¿Novedades? ―Tigre nunca devolvía el saludo a personas de círculos inferiores.

― Ninguna novedad. Ni humanos ni perros ni otros animales.

De repente se generó un silencio incómodo. Se suponía que él diría alguna cosa y se iría, pero, de repente, estaba ahí callado y con actitud reprobadora. Caterín no quería ni toser, pero los segundos pasaban sin que se expresara palabra y el frío hacía cada vez más densa la espera, que podía ponerse húmeda en cualquier momento. Y, de repente…

― Señor ―ella aclaró su garganta con torpeza― Ninguna novedad, señor. Mi señor.

― ¿Mi señor? ―la voz del Tigre era el primer trueno de una tormenta que podía ser muy larga― ¿Con quién carajo te pensás que estás hablando, negra de mierda?

Caterín bajó la cabeza en dirección al suelo y supo al instante que había cometido un error. Su última decisión fue mantener la cabeza gacha, en lugar de levantar la vista nuevamente y arriesgarse a que el hombre de los cabellos amarillos la acuse de querer hacerse la boluda.

― ¿Será que la negra de mierda extraña a su dictador? ―el chimango en jefe insistía con lo de negra, pese a que ella tenía la tez más clara que él― ¿O al pendejito mágico?

No había persona en toda Bahía Blanca y alrededores que no conociera la historia del joven soldado limeño que fue salvado por algún dios, justo cuando los ingleses estaban por tomar la Sede de la RSL. En apenas semanas, un huérfano de Lima del montón terminó con la guerra y empezó a ser conocido como el Enviado del Padre en la Tierra.

Por eso, cuando El Tigre lo mencionó, un reflejo se manifestó por el recuerdo de las mil veces que ella había soñado con que él vendría a rescatarla de la esclavitud y de las violaciones. De los Carlo, de los Tigre, de todos los círculos y de los traidores, como su propio padre. El movimiento de la cabeza de Caterín fue casi imperceptible. Casi.

La desapacible mano de Tigre bajó por su uniforme aceituno hasta rozar el mango del Flagelador. Las puntas metálicas reaccionaron ante la caricia de su portador, como un cascabel al viento. La mirada de la chica bajó aún más, enterrándose en la litósfera.

Durante más de un minuto, Caterín esperó un golpe que nunca llegó. Unas gotas empezaron a caer suavemente sobre el lugar y ya no pararían por cuarenta horas. Finalmente, ella levantó la mirada, esperando el latigazo. El Tigre retiro los dedos del Flagelador y se rascó su lampiña quijada. Parecía tranquilo y nada pero nada la aterraba más.

― Necesito información ―el soldado de pelo amarillo abandonó su tendencia a preguntar―. Necesito información sobre ese limeño. Necesito saber qué dicen en el Círculo Cero.

― No sé mucho del tema, señor ―Caterín prefirió ignorar la mención a la agrupación clandestina conocida como Círculo Cero―. Estoy acá sola. No hablo con ningún limeño. Se lo juro, señor. Yo ya estaba con el Círculo cuando fue lo del Milagro de la Sede. No sé nad…

El restallar del látigo, a pocos centímetros de su cara, calló su cotorreo.

Dos meses atrás, luego de décadas de dominio y decadencia británica, las milicias argentinas, entre las que estaban el CAB y la RSL, decidieron dar el golpe final. La fecha elegida fue el veinticinco de mayo y denominaron al ataque conjunto como Segunda Revolución, recordando la Revolución de Mayo, ocurrida dos siglos antes. La movilización de tropas de los argentinos hacia la vieja Municipalidad, último reducto de la OTAN en el continente conectado, fue total: la guerra terminaría ese día inexorablemente. Aprovechando esto, una unidad militar inglesa traspasó invisible las nunca antes vulneradas murallas limeñas y encaró derechito hacia la Sede, contra una defensa de civiles, viejos, adolescentes, niños y heridos.

La hazaña del joven Troya Domínguez al ponerse al frente de la defensa fue conocida como el Milagro de la Segunda Revolución, y las bocas de todo el pueblo civil arrinconado en la Sede limeña de calle Garibaldi, la convirtieron en una leyenda que parecía no tener fronteras. Los escépticos hablaban de un meteorito casual, de un satélite artificial caído en desgracia o de un plan pirotécnico del General Lima para elevar su estatus al de un ser semidivino. En cambio, los flamantes religiosos, hablaban de dioses y milagros, que día a día, centímetro a centímetro, parecían aumentar en detalles y descripciones, narrados por personas que ni siquiera conocían a alguien que hubiera estado ahí.

Del Primero al  último círculo de Bordeu, tanto en los concilios secretos del Círculo Cero como en los caserones de los patricios, había cinco principales temas de conversación: la secta asesina del nuevo San Lamorte y los docilizados desaparecidos; la escasez de lluvias que se arrastraba desde el fin de la primavera y el verano, abundante en calor y viento; el ultrajante trato que recibió el británico cuerpo del general William Peace, a manos del travestido coronel limeño Trinity Álvarez y sus tropas del Barrio Diábolo; el Pacto de la Nueva Bahía Blanca y para qué corno podía servirle eso al Círculo Argentino; y el nuevo mesías de los humildes, al que en los encumbrados círculos consideraban la nueva fabula de Manuel Lima, y su supuesto milagro, al que una bordense fiel como Caterín jamás, pero jamás, se referiría como Milagro de la Sede, dado que el Cuartel General del CAB quedaba en Villa Bordeu y no en la sede de un club de fútbol de preguerra.

― Milagro de la Sede, la punta de mi verga ―raspó la garganta del Tigre y le escupió flema en la cara.

En la siguiente entrega, el Interrogatorio del Tigre II

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