Inexorable#20: el Desayuno Canabinero

Leer desde #1: El Comienzo

Troya Domínguez está llegando tarde para cubrir al desaparecido cabo Sánchez. Por suerte, en la Barbacana de Falucho se encuentra con el sargento Martín Cerruti, que le debe un favor. El Enviado del Padre en la Tierra le pide ayuda con los suministros que tiene que llevar hasta la Delegación limeña del centro de Bahía Blanca.


Para eso, primero le consultó al comandante del puesto, que no sólo lo autorizó sino que hasta ofreció una moto para tal fin. A Troya le pareció un abuso desperdiciar combustible en eso, por lo que el sargento Cerruti realizaría el recorrido en bicicleta. Para compensar, aunque sea un poco, el favor recibido durante su juicio, el cagaviejas le ofreció al Enviado, no sólo ir a buscar las provisiones, sino llevarle hasta donde él le diga las dos bolsas, así él podía ir más liviano a cubrir a su “soldado muerto”.

El subteniente Domínguez amagó a negarse pero, en segundos, el propio Cerruti y el resto de la tropa de la barbacana lo abordaron y le sacaron la bolsa vacía, la llena, la lista de insumos y una tiradora del Barrio Diábolo hasta le acomodó el cuello del uniforme bajo el poncho que, aparentemente, tenía algo torcido. Desde la puerta, el sargento declarado inocente le preguntó a dónde le llevaba las bolsas.

― A la Delegación del Centro. La nueva ―como Troya no había ido nunca, y suponía que ninguno de los presentes tampoco, repitió de memoria la indicación del Gordo Yebra―. Subí todo derecho por Brown. Hay una imagen enorme de Lima a mano derecha que pusieron los de Cultura y Comunicación. La vas a ver.

Agradecido, el subteniente decidió seguir su camino, luego de ser saludado efusivamente por todos. Una cuarentona con el parche rojo con forma de beso de la Compañía IV de Proyectiles del Barrio Diábolo, de curvas notables y pelo enrojecido, le preguntó con tono dulce si ya había desayunado.

― No, gracias, te agradezco ―todos sabían que, en boca de un canabinero, una invitación a desayunar no incluía ni comida ni bebida (salvo que pueda considerarse al humo en alguna de esas categorías) ―. Tengo que remplazar a un bolivariano y ya estoy llegando demasiado tarde como para encima caer desayunado.

― Bueno, pero llevalo para sacarte la cara cuando termines ―la soldado le tendió un porro, del grosor de un dedo. Como toda mujer del Barrio Diábolo, en su gran mayoría con un pasadito en la prostitución, sabía insistir cuando quería.

Desde el Milagro de la Sede, al Enviado del Padre en la Tierra le habían regalado más marihuana que la que podía fumar en quince años. Cada canabinero, miembro de la Orden de Jah, necromédico, miembro de Patria Femenina o de cualquier otra organización procannabis, insistía en darle marihuana o cosas vinculadas a ella. Y siempre en cantidades desproporcionadas. Incluso los de otras orgas que no tenían vínculo abierto con el porro, como el EB, Inteligencia y Legalidad o la Asociación Médica, conseguían marihuana o cosas vinculadas a ella para regalarle, asumiendo que, si era de la CJS, tenía al porro como único interés en la vida.

Al principio Troya Domínguez disfrutaba de los regalos, pero después le llenó las paciencias empezar a sentirse un ekeko al que todos le daban porro para que les trajera suerte. O, peor, que su vida no era más su vida, sino que era de los sueños, problemas y opiniones de los demás.

En la siguiente entrega, los Amigos del Padre.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *