Luego de realizar una investigación breve, pero intensa en cuanto a los sentimientos que me genera la palabra concha como insulto, tanto a mi como a la persona que twitteó desconocer la relación entre esta palabra y su utilización denigrante, decidí sentarme a escribir acerca de las conclusiones a las que he llegado una tarde de domingo habiendo avanzado hacia a la mitad de Mujeres que corren con los lobos (escrito por la psicoanalista jungiana Clarissa Pinkola Estés, poeta galardonada con diversos premios y “contadora”-guardiana de los antiguos relatos-de la tradición latinoamericana) previo a observar atentamente El cuento de la princesa Kaguya una película de animación japonesa producida por Studio Ghibli y estrenada en Japón a finales de 2013. Como todos mis escritos, este surge de una palabra, que deriva en una idea, que deriva en otra cosa que generalmente termina siendo más certera sobre lo que quería expresar y no sabía cómo.

A continuación un fragmento de la introducción de Mujeres que corren con los lobos titulado Cantando sobre los huesos:

“…En el transcurso del tiempo hemos presenciado como se ha saqueada, rechazado y reestructurado la naturaleza femenina instintiva. Durante largos períodos, ésta ha sido tan mal administrada como la fauna silvestre y las tierras vírgenes. Durante miles de años, y basta mirar el pasado para darnos cuenta de ello, se la ha relegado al territorio más yermo de la psique. A lo largo de la historia, las tierras espirituales de la Mujer Salvaje han sido expoliadas o quemadas, sus guaridas se han arrasado y sus ciclos naturales se han visto obligados a adaptarse a unos ritmos artificiales para complacer a los demás.

La llamo Mujer Salvaje porque estas dos palabras en concreto, “mujer” y salvaje”, son las que crean el llamar o tocar la puerta, la mágica llamada a la puerta de la profunda psique femenina. Llamar o tocar a la puerta significa literalmente tañer el instrumento del nombre para hacer que se abra una puerta. Significa utilizar palabras que dan lugar a la abertura de un pasadizo. Cualquiera que sea la cultura que haya influido en una mujer, ésta comprende intuitivamente las palabras “mujer” y “salvaje”.

Cuando las mujeres oyen esas palabras, despierta y renace en ellas un recuerdo antiquísimo. Es el recuerdo de nuestro absoluto, innegable e irrevocable parentesco con el femenino salvaje, una relación que puede haberse convertido en fantasmagórica como consecuencia del olvido, haber sido enterrada por un exceso de domesticación y proscrita por la cultura circundante, o incluso haberse vuelto ininteligible. Puede que hayamos olvidado los nombres de la Mujer Salvaje, puede que ya no contestemos cuando ella nos llama por los nuestros, pero en lo más hondo de nuestro ser la conocemos, ansiamos acercarnos a ella; sabemos que nos pertenece y que nosotras le pertenecemos.

El anhelo que sentimos de la Mujer Salvaje surge cuando nos tropezamos con alguien que ha conseguido establecer esta relación indómita. El anhelo aparece cuando una se da cuenta que ha dedicado demasiado poco tiempo a la vida creativa, a la obra de su vida a sus verdaderos amores.

Y, sin embargo, son estas fugaces experiencias que se producen tanto a través de la belleza como de la pérdida las que nos hacen sentir desnudas, alteradas y ansiosas hasta el extremo de obligarnos a ir en pos de la naturaleza salvaje. Y llegamos al bosque o al desierto o a una extensión nevada y nos ponemos a correr como locas, nuestros ojos escudriñan el suelo, aguzamos el oído, buscando arriba y abajo, buscando una clave, un vestigio, una señal de que ella sigue viva y de que descubrimos su huella, lo típico es que las mujeres corramos para darle alcance, dejemos el escritorio, dejemos la relación, vaciemos nuestra mente, pasemos la página, insistamos en hacer una pausa, quebrantemos las normas y detengamos el mundo, pues ya no podemos seguir sin ella.

Si las mujeres la han perdido, cuando la vuelvan a encontrar, pugnarán por conservarla para siempre. Una vez que la hayan recuperado, lucharán con todas sus fuerza par conservarla, pues con ella florece su vida creativa; sus relaciones adquieren significado, profundidad y salud; sus ciclos sexuales, creativos, laborales y lúdicos se restablecen; ya no son el blanco de las depredaciones de los demás, y tienen el mismo derecho a crecer y prosperar según las leyes de la naturaleza. Ahora su cansancio-del-final-de-la-jornada procede de un trabajo y un esfuerzo satisfactorios, no del hecho de haber estado encerradas en un esquema mental, una tarea o una relación excesivamente restringidos. Saben instintivamente cuando tienen que morir las cosas y cuando tienen que vivir; saben cómo alejarse y cómo quedarse.

Cuando las mujeres reafirman su relación con la naturaleza salvaje, adquieren una observadora interna permanente, una conocedora, una visionaria, un oráculo, una inspiradora, un ser intuitivo, una hacedora, una creadora, una inventora y una oyente que sugiere y suscita una vida vibrante en los mundos interior y exterior. Cuando las mujeres están próximas a esta naturaleza, dicha relación resplandece a través de ellas. Esa maestra, madre y mentora salvaje sustenta, contra viento y marea, la vida interior y exterior de las mujeres.

Por consiguiente aquí la palabra salvaje no se utiliza en su sentido peyorativo moderno con el significado de falto de control sino en su sentido original que significa vivir una vida existencial natural, en la que la criatura posee una integridad innata y unos límites saludables. Las palabras “mujer” y “salvaje” hacen que las mujeres recuerden quiénes son y qué es lo que se proponen, personifican la fuerza que sostiene a todas las mujeres.



Unirse a la naturaleza instintiva no significa deshacerse, cambiarlo todo de derecha a izquierda, del blanco al negro, trasladarse del este al oeste, comportarse como una loca o sin control. No significa perder las relaciones propias de una vida en sociedad o convertirse en un ser menos humano. Significa justo lo contrario, ya que la naturaleza salvaje posee una enorme integridad.

 Significa establecer un territorio, encontrar la propia manada, estar en el propio cuerpo con certeza y orgullo, cualesquiera que sean los dones y las limitaciones físicas, hablar y actuar en nombre propio, ser consciente y estar en guardia, echar mano de las innatas facultades femeninas de la intuición y la percepción, recuperar los propios ciclos, descubrir qué lugar le corresponde a una, levantarse con dignidad y conservar la mayor conciencia posible.”

Por supuesto entiendo que para la mayoría de nosotras estas palabras son por momentos incomprensibles, pues la cultura se ha encargado de borrar nuestra memoria hasta en los cuentos más tradicionales, relatos ancestrales que trasladan en el tiempo la sabiduría del poder y la consciencia femenina. El catolicismo ha erradicado y sustituido información vital para el incremento del conocimiento respecto a nuestras vidas y nuestros cuerpos, manteniendo a la mujer al margen del poder de decisión y la toma de acción en prácticas tales como el sexo o la maternidad.

“Los cuentos ponen en marcha la vida interior, y eso reviste especial importancia cuando la vida interior está amedrentada, encajonada o acorralada. El cuento engrasa los montacargas y las poles, estimula la adrenalina, nos muestra la manera de salir, ya sea por arriba o por abajo y, en premio a nuestro esfuerzo, nos abre unas anchas y cómodas puertas donde antes no había más que paredes en blanco, unas puertas que nos conducen al país de los sueños, al amor y a la sabiduría y nos llevan de vuelta a nuestra auténtica vida de mujeres sabias y salvajes.”

Y cuando tales cuentos son manipulados, la búsqueda de la magnificencia de nuestras posibilidades, a tan temprana edad, queda relegada a las mentes avanzadas en cuanto a ideas ya formadas y generalmente colmada de juicios o intenciones verdaderamente destructivas para con la comunidad.

Observando detenidamente El cuento de la princesa Kaguya, pude notar como, en rangos generales, data de la historia actual de las mujeres presas de las trampas de la sociedad que las mantienen cautivas. Kaguya brota del tallo de un bambú y crece de manera acelerada, viviendo una vida alegre y salvaje entre los pastizales de su pueblo, pero desde el primer momento su destino es definido y su rol se aboca únicamente a formar parte de la realeza. 

A medida que la familia adoptiva de Kaguya decide adoptar para su vida una postura “decente” como debe hacerlo una princesa, la figura paterna se va tornando cada vez más obsesiva respecto a la delicadeza de la que debe hacerse cargo el personaje femenino en cuestión. Por otra parte, la figura materna de alguna manera también se encuentra presa de esta institución en la que se ha convertido el “deber ser” y solo se presenta como consuelo para Kaguya por medio de la huerta que les recuerda a ambas su naturaleza. 

Aparece también la relación de esta mujer respecto a la vida artística, a la música que desde un primer momento la cautiva. La enseñanza de la melodía se torna exigente y restrictiva; aún así ella logra reproducir desde su realidad de prisionera lo más profundo de su ser, pero por supuesto con atisbo de la angustia que comienza a tomar forma.

Para con sus pretendientes, repletos únicamente de promesas vacías, logra ser astuta privándolos de poseer su vida, pues aún tiene esperanza de vivirla y de quizá en algún momento reencontrarse con el verdadero amor de su vida, quién permanece en su pueblo natal. Pero es justo en el momento que se produce un contacto físico indeseado, por parte de una figura masculina que desconoce, en el que ella desea instintivamente dejar su vida en esta tierra.
 

La luna escucha, en un susurro, una intención, la honestidad indómita que aún le queda a la princesa y el desenlace es inevitable. Explica ante sus padres lo ocurrido y afirma recordar que había venido al mundo por propia decisión para experimentar el fuego y la emoción de sentirse viva, como las plantas, como las bestias. Dada su vida, evidentemente atravesada por la tristeza y la melancolía, exenta de accionar por cuenta propia en las decisiones que construyen su realidad, parte sin memoria, sin recuerdo de su paso por la tierra.

Esta tragedia ilustrada de una manera tan bella, es (a mi parecer) el testimonio mismo de muchísimas mujeres que caen en la cárcel de la ilusión y/o realidad psicológica propuesta por la cultura patriarcal vigente desde el comienzo de la historia de la humanidad.

“Quiero decirte de entrada que las puertas que conducen al mundo del Yo salvaje son pocas pero valiosas. Si tienes una profunda herida, eso es una puerta; si tienes un cuento muy antiguo, eso es una puerta. Si amas el cielo y el agua hasta el extremo de casi no poder resistirlo, eso es una puerta. Si ansías una vida más profunda, colmada y sensata, eso es una puerta.”

Con este texto lo último que pretendo es que de un día para otro todas decidamos ir por la vida que soñamos de manera profunda y decidida, puesto que sería imposible lograrlo luego de tantos años de domesticación para transformarnos en sujetas amables predispuestas siempre a la mirada externa y las necesidades de lqs demás. Pero sí me parece importante, empezar a darle lugar a estas palabras, estos debates, convertirnos en la posibilidad siquiera de plantearnos una realidad diferente a la que se nos propone en el mercado laboral o la cotidianidad. Aceptarnos con nuestra historia por momentos tan contradictoria y permitirnos, al menos una vez, confiar en que si decidimos adentrarnos en la búsqueda de la Mujer Salvaje, podemos ser capaces de honrar nuestra experiencia, de recibir cada emoción de la manera en la que se presenta. Sentir angustia, vergüenza, enojo, odio y venganza; sentir el drama, la risa, alegría, amor; sentirnos vivas y por un instante no pensar si la emoción que dicta el cuerpo, la acción, el alma, está bien o está mal. Dejar en libertad la vivencia, apartarla de la mirada externa, y lo más laborioso: de la mirada propia, repleta de pensamientos destructivos hacia nosotras y nuestra naturaleza indómita. Permitir a la mujer salvaje que nos habita protegernos en los momentos más desesperantes, aún sin la certeza de que efectivamente exista, brindarle palabras y aliento hasta que nos pueda oír y nos haga experimentar la fé de que existe un futuro en el que una mujer es libre de crear su propia vida, y mejor aún, que en algún lugar recóndito de una misma se conserva la esperanza, la alegría y la certeza de que nacimos para estar vivas y experimentar la tierra, como las plantas, como las bestias.

Crear una verdad para nosotras que sea verdadera, por la que valga incluso dar la vida.