El verano del año pasado trabaje durante cuatro días en el bazar Cerezas de Monte Hermoso.
Un amigo me mandó una foto de un cartel publicado en una vidriera en dónde el bazar anunciaba que necesitaba empleados.
Les escribí ese mismo día por mail. Realicé y les envíe un currículum lo suficientemente formal como para que me tengan en cuenta, agregue una foto mía de varios años anteriores, cuando no tenía el pelo largo, ni el pircieng. También incluí que hablaba muchos idiomas: inglés, italiano y portugués. Todos ellos de forma fluida.
También agregué que estaba a pocos años de recibirme de Ingeniero Químico. Mentí.

Me respondieron la noche del mismo día, y me dijeron que a las once de la mañana del día siguiente me dirija a Cerezas para realizar una entrevista y a lo posible, empezar el momento de prueba.

Al día siguiente me desperté a las diez de la mañana, me bañé, tomé unos mates y decidí ir.
Cuando ingrese al bazar el ambiente se encontraba muy tranquilo.
Me atendió una chica de pelo negro y me preguntó en que me podía ayudar. Le dije: “Estoy buscando al encargado”
“Ah ¿sos el chico de la entrevista?”.
“Si, el mismo” dije

La chica de pelo negro me invitó a seguirla.
Fuimos hasta el fondo del bazar, me guio hasta el sector donde se encontraban colgados los juguetes de playa, ahí mismo había una puerta gigante que estaba camuflada por tantos juguetes que estaba superpuestos a ella. La chica de pelo negro abrió esa puerta.
La puerta conectaba a un depósito muy grande, de paredes muy amplias y sin revocar. Había muchas cajas con muchos juguetes. Había también cajas de pelotas de fútbol desinfladas, y un gran ventilador funcionando.
 Atravesamos una inmensa puerta corrediza de metal, y nos dirigimos a otro depósito de un aspecto similar al anterior, solo que era más angosto, pero muchísimo más extenso y más oscuro.
Desde allí salimos a un patio en dónde había muchos departamentitos en el que los empleados que eran de Bahía Blanca o de Dorrego se quedaban a dormir. También había otras habitaciones que funcionaban como depósitos de distintos objetos.

“Es ahí” dijo, y me señaló una pequeña habitación que se encontraba con la puerta abierta.
“Gracias” dije.

Entre directamente a la habitación.
Me encontré con el encargado.
Era un hombre de entre treinta y cuarenta años, pero de compostura muy pequeña, tenía el pelo casi rapado, una miraba turbia y grandes cejas.
“¿Vos sos Lucas?” preguntó.
“Si, el mismo”
Me miró analizándome.
“No te pareces al de la foto” dijo.
“Es porque es una foto vieja” dije.
“Bueno te cuento. El trabajo es sencillo, se trata de atención al público, también se trata de hacer una reposición constante de los objetos que se vayan vendiendo, vos traes lo que haga falta del depósito y lo ordenas. Es cuestión de astucia y ganas”
“Genial, es sencillo” dije.
“Vi que hablas inglés. Eso es práctico, va a servir mucho. Acá nadie habla inglés”

Después me comentó qué me necesitaban precisamente durante este finde semana, luego vería si seguía trabajando o no.
Todo dependía de mí. Pero en realidad eso no era cierto.
 Ese fin de semana era el fin de semana de reyes magos, y según el encargado, era la fecha donde mejor trabajaba el bazar durante todo el año. Dijo que arrasaban el local y que comprometerme a trabajar significaba soportar un ambiente muy intenso y dedicado.
Tuve la ilusión breve de un black Friday yanki pero argentinizado.

“Te vas a tener que atar el pelo. Eso es lo único” dijo.
“Está bien” respondí.

El encargado me comentó que iba a ganar 1200 pesos por día, más las horas extras, que eran obligatorias y me las pagaban aparte. 
 Me preguntó si ahora tenía que hacer algo, le dije que no, me dijo que me quedara un rato para familiarizarme con el bazar y que esto contaba como mi tiempo de prueba. Me señaló un lugar donde podía dejar mis cosas.
Dejé mi mochila en el lugar que me señaló (era un baño en mal estado) y regresé al salón del bazar.

Durante un tiempo indefinido estuve dando vueltas por todo el local. Miraba los precios de las cosas, me acercaba a las diferentes góndolas, ordenaba lo que veía que se había caído. No hice mucho.
Cuando se hicieron las dos de la tarde me fui a casa.
Tenía que ingresar nuevamente a las seis de la tarde.

El horario de trabajo era de diez horas.
Pero en realidad trabajaba mucho más.
Trabajaba de 11 de la mañana hasta las 14, luego ingresaba nuevamente a las 18 y me iba a la 1 o 2 de la mañana.
Tenía que usar una remera negra que decía cerezas en letras bordadas de color blanco, un jean negro y unos zapatos negros.
El primer día no hice demasiado.
Estuve ocho horas recorriendo el salón sin saber bien que hacer.
A veces fingía que hacía algo. Me acercaba a las góndolas, desordenaba lo que estaba ordenado y lo volvía a ordenar.

Trabajaba con seis personas más. Sin contar los dos encargados.
Éramos seis empleados en total, tres hombres y tres mujeres.
La mayoría no superábamos los veinticinco años.
Había dos personas en la entrada que ofrecían canastos a los turistas.
Había dos mujeres que estaban en la caja y se encargaban de cobrar.
El resto estábamos repartidos por todo el salón.
Yo me quedaba siempre en el mismo sector.
Cerca de las pelotas de fútbol y de los juguetes.
Esa era mi zona de ventas.
No tenía que hacer demasiado.
Cuando veía algún turista medio perdido me acercaba y le preguntaba si lo podía ayudar en algo.
Luego reponía lo que hacía falta en cada góndola.
Eso hice el primer día.

El segundo día se puso a prueba mi veracidad.
Por eso quiero aclarar algo: había mentido sobre qué podía hablar distintos idiomas. No sé inglés. Ni portugués. Mucho menos italiano. Solo mentí para que puedan contratarme: pero a esta altura no podía decir que había mentido porque iba a agravar mi situación.

Cuando estaba cambiando las pilas de un juguete una de las empleadas se acercó y me dijo que me necesitaban.
Me dijo que el encargado estaba hablando con una pareja de turistas extranjeros que no hablaba español, y que se encontraban en la góndola número 4 (dónde había mayormente reposeras, carpas, ollas, y cosas de cocina). Así que me dirigí ahí.

El encargado cuando me vio, me tomo de los hombros, me acerco hacia la pareja y les dijo que yo los podía ayudar.

“Hey, hello” dije

“Oh, hi” respondieron

“My mame is Lucas ¿how are you?” respondí.

“Oh okey” y después no entendí nada de lo que me dijeron, pero fingí entender. Asentía y sonreía con discreción.

El encargado estaba detrás mío, creo que estaba sonriendo conforme de la situación y mi desempeño comunicativo.
Me dijo: “bueno entonces lo dejo en tus manos”.
Me golpeó el hombro dos veces con su palma y se fue.

Yo sonreía.

La pareja también sonreía nerviosamente.

Cuando el encargado se alejó lo suficiente como para que no me escuchara les dije:

” Sorry, estaba mintiendo, no speak inglish. I so very confuse”

Me respondieron una gran oración.
No sé qué me querían explicar.
Le respondí mezclando el español y el inglés.
La conversación fue algo así:

“Eh sorry, no speak inglish, pero los puedo ayudar un poco ¿que necesitan?”

Nuevamente no entendí que me respondieron.

“No entiendo” señalé una olla “¿comida?”

“Nou nou, em” y empezaron a decir palabras que desconocía.

“¿Cuchillos?” les pregunté

Hacían señas con sus manos tratando de construir el artefacto visualmente.
Luego la mujer hizo un además de resignación. Tomo su celular y me mostró una imagen: eran las estacas de una carpa.

“Ah, sí, siganme”

Se me quedaron mirando.
Le hice una seña de que me sigan.
Me siguieron.
Los llevé hacia la entrada del bazar y les señalé las estacas.

“Yes, youngle boy, yes” dijo la mujer sonriendo.

Después creo que me preguntaron el precio.
Les señale la caja dónde pagar y me agradecieron.
“Bien ahí” pensé “Bien ahí”.

El tercer día descubrí que había un punto ciego en el depósito, las cámaras no llegaban a registrar absolutamente nada.
Entonces la mayoría de los empleados robaban cosas desde ese lugar del depósito sin que los encargados se enteren.
Así que yo también decidí comenzar a robar algo.
Acá una pequeña lista de las cosas que me robé:
-Un juego de luces de navidad.
-Dos tazas de metal.
-Un dinosaurio robótico que le regale a mi primito.
-Un par de lentes de color negro.
-Una olla essen.
-Un par de ojotas.
-Un termo Stanley.

Al principio sentí culpa.
Después no.

El tercer día conocí al encargado número 2.
El encargado numero 2 era un gil.
La primera vez que me vio me dijo:
“Ah, tenes un pircieng en el labio. Eso lo usan las lesbianas”.
Después comentó:
“No entiendo cómo las lesbianas están a favor del aborto. Si ellas no van a quedar embarazadas”.
El encargado número 2 era un gil y siempre te miraba emitiendo cierto desprecio por tu presencia.

También, el tercer día padecí un leve ataque de ansiedad.
Por lo general quienes estábamos trabajando en el salón rotábamos de sector.
El lugar que más detesté fue estar en la entrada.
En ese sector sufrí un leve ataque de ansiedad.
Lo que debía hacer cuando ocupaba el sector de la entrada era lo siguiente: Debía estar parado y quieto durante muchas horas en el mismo lugar dándole la bienvenida a los turistas que ingresaban al bazar. Les ofrecía un canasto y tenía que fingir una sonrisa forzándola y decir buenos días, o buenas tardes, o buenas noches reiteradas veces hasta que las palabras perdían su sentido.
Era una tortura.
Me sentía un muñequito de torta.
Me dolían mucho los pies.
El dolor era similar a sentir estacas que me atravesaban desde los gemelos hasta la raíz del talón y viceversa.
A partir de ese momento cambié los zapatos por zapatillas deportivas. Al encargado número 2 no pareció molestarle eso.
Si le molestaba la postura con la que me movía y me dirigía a las personas.
Decía que yo estaba “muy relajado” y “de mal humor”.
Yo le respondí mirándolo y levantando ambos hombros.
También le molestaba que no sonreía cuando alguien ingresaba al bazar. O que no le ofrezca un canasto, o que sí se los ofrezca sin que me lo pidan.

Las cosas que me sorprendieron del lugar son las siguientes:
Podías encontrar hasta lo más inesperado y absurdo, como por ejemplo: una secadora de lechuga.
También me sorprendió la avaricia de los empresarios.
Al estar en el depósito podía ver el precio real de cada mercancía. Las tazas que vendían por 300 pesos, las compraban a 20 pesos. Los peluches marca agua que vendían a 1000 pesos, los compraban en realidad a 100 pesos. Los termos Stanley, bueno, mejor no hace falta decir el precio.
La cuestión es que los doblaban o triplicaban sin necesidad alguna. Y lo más absurdo, es que todo eso se vendía.
Creo que esa era una de las razones por las que nosotros robábamos sin tanta carga de consciencia. Puede que sea por eso, y también porque nos pagaban monedas en comparación a la cantidad de dinero que ganaba el bazar. También porque teníamos prohibido sentarnos en el depósito para recobrar un poco de energía. También teníamos prohibido estar quietos. Por eso fingíamos hacer algo y evitábamos quedarnos quietos en el mismo lugar más de dos minutos.

Realmente me consideraba un buen empleado.
Era cordial con los turistas.
Me desquicié solo una vez por un nene, le dije que era medio homofóbico.
Los abuelos del niño homofóbico pusieron cara de desagrado y se fueron del bazar sin comprar nada.

El cuarto día, fue mi último día.
No tengo un recuerdo tan desagradable en mi experiencia laboral como el día anterior a los reyes magos.
El día anterior de reyes magos trabajé 17 horas seguidas.
Ese fue mi último día laboral: después me echaron.
Estuve desde las 10 de la mañana hasta las 2 de la mañana del día siguiente en el bazar.
El día anterior de reyes magos fue domingo.
Es el día dónde Cristo renació .
Ese día el encargado número 1 trató de dar una charla motivacional.
Nos reunió a todos los empleados en el depósito y dijo de forma pausada las siguientes frases:
“Hoy es el día en dónde más se trabaja en el año”
“Tenemos que estar listos y con ganas”
“Sé que va a ser un día intenso”
“Los turistas van a arrasar con todo lo que puedan”
“Tienen que estar preparados”
“Así que bueno dale vamos”
Aplaudió y nos mandó a trabajar.

Mi mayor preocupación, sin embargo, era la comida.
No sabía en qué momento iba a almorzar. O en que momento iba a cenar. Pensé en que no iba a haber tiempo para eso y me sentí angustiado.
Le pregunté a un compañero del trabajo si íbamos a tener tiempo para comer, y me respondió: “Seeh, nos dan 20 minutos”.

Recuerdo que el encargado pidió un par de pizzas y un par de docenas de empanadas y alrededor del mediodía se nos permitió ir a comer.
Nos hicieron pagarlas a nosotros.
Nos turnábamos para almorzar en tiempos de tres personas.
Fuimos a una cocinita que se encontraba subiendo unas escaleras cerca de los departamentitos.
En ese lugar comíamos y mirábamos una pequeña televisión durante veinte minutos.
En realidad la Tv estaba prendida. Pero todos mirábamos nuestros celulares y hacíamos comentarios randoms.
Además de la comida, lo que más disfruté fue sentarme en una silla. Sentarme en una silla fue lo más parecido a estar sobre una nube.

Las primeros cuatro horas del trabajo fueron delicadamente tortuosas. Literalmente, los turistas arrasaron el lugar: las personas estaban desesperadas por comprar lo que fuese y compraban lo que fuese.
Los estante de juguetes se vaciaron.
Los estantes de pelotas de futbol se vaciaron.
Los estantes de juegos de mesas se vaciaron.
Los estantes de peluches se vaciaron.
Compraron todos los espejos.
Compraron todos los termos para mates.
Hasta compraron todas las cañas de pescar.
Así que tenía que ser muy rápido para hacer reposiciones.
En un momento de la tarde llegó a existir una fila de personas que se extendía de la caja hasta los últimos metros donde finalizaba el salón y mientras tanto, más turistas entraban al bazar.
Luego la intensidad se detuvo entre las 15 y las 18 horas.
Ese fue el momento en que los turistas deciden bajar a la playa para disfrutar del mar.
Después del atardecer cayó la segunda oleada de gente.
Recuerdo que lo que fue un sentimiento tortuoso, eventualmente se transformó en algo angustiante.
La segunda oleada de gente cayó a partir de las ocho de la noche y a partir de ese momento explotó el bazar, otra vez.
Tuve una vaga ilusión del black Friday yanki en dónde las personas ingresan como animales hambrientos en los shoppings saqueando y consumiendo todo lo habido por haber para luego perderse en las entrañas de un monstruo que ignoran.
Me quedé un segundo quieto y absorto en la góndola de los vidrios y los platos.
Veía a los turistas desesperados.
Me sentí desquiciado y pensé en renunciar.
Me imaginé agarrando varios platos de porcelana y arrojándolos al piso mientras estallaban produciendo el sonido de los vidrios rotos.
Me imaginé empujando la góndola de vidrios y de vasos hasta que se desmoronen por el pasillo.
Me imaginé subiendo a una escalera para acercar la llama de un encendedor a la alarma de incendios para que reaccione ante el falso fuego y se suspenda el día laboral por la caída del agua.
Eso hubiese estado bien.
Pensé:
“la puta madre”
 “la re puta madre que los re parió a todos”.

En ese momento el encargado número 1 se acercó a mí y eufórico dijo: “Dale dale dale dale”. Luego aplaudió al frente de mi rostro.
El encargado surfeaba las góndolas. Iba de un lado al otro. Hablaba con todas las personas. Hablaba con todos los empleados. Daba órdenes mientras se frotaba constantemente la nariz reiteradas veces.
Miré a otros dos empleados, tenían la misma expresión de agonía y humillación en el rostro: estaban endemoniados y se frotaban la nariz reiteradas veces.
Pensé: “Cómo un monstruo en un carnaval”.

La segunda ola era peor que la primera.
Todos los turistas exigían tu atención.
Todos los turistas hacían preguntas al mismo tiempo en voz alta mientras escupían un poco de saliva en cada frase.
Alrededor de las 22:30 horas se nos permitió ir a cenar.
Nuevamente nos turnamos para tomarnos ese leve break.
Uno de los empleados fue a buscar las pizzas que sobraron y las dejó en el primer depósito.
Pizza fría y mate tibio: ese fue nuestro consuelo.
Me senté en el piso del primer depósito (ya que no había sillas) y cené ahí. Nos turnábamos junto a dos compañeras para ir al baño a llorar.
Recuerdo que me fui con una porción de pizza y llore mientras comía.
Tenía bronca.
Sentía que todo esto era un chiste de mal gusto.
Luego la bronca se transformó en gracia.
Pasaron los cinco minutos.
Tomé un par de mates más y decidí volver al salón.

Algunas cosas que me molestaron de ese día:
-Que no pidieran empanadas de pollo
-Sentirme el che pibe entre los empleados.
-Tener que subirme a una gran escalera que se encontraba en mal estado reiteradas veces para ir a buscar en los estantes más altos todo aquello que hiciera falta.
-No poder estar quieto más de dos minutos en un mismo lugar.
-No poder sentarme.
-Que existiera un único parlante en todo el local dónde sonara música. No, en realidad lo que me molestaba era que estaban poniendo música desde un pendrive, que solo contenía aproximadamente 20 canciones. Y fueron esas 20 canciones las que sonaron durante las 17 horas que estuve allí.
-Todos los comentarios del encargado número 2.

Eventualmente los turistas fueron desapareciendo.
La intensidad bajó pronunciadamente.
Tenía mucho sueño y bostezaba mucho.
El encargado numero 2 me ordenó bostezar menos y sonreír más.
También me ordenó ponerme a limpiar la góndola de las ollas.
Me dio una rejilla de color gris y una pequeña frapela con agua y detergente. Tuve que sacar cada uno de las ollas de la góndola.
Limpié la góndola. Limpié cada una de las ollas.
Luego volví a poner cada uno de las ollas en la góndola a la que pertenecía. Hice eso en cada uno de los tres estantes que había.
La verdad es que no terminé de hacerlo completamente.
Me tomaba mi tiempo. Me demoraba mucho adrede. Y me parecía realmente estúpido todo esto.
Luego pasó algo extraño:
Me crucé a un docente de la universidad de la cátedra de Teoría y crítica.
El chabón me reconoció.
“Que haces Lucas. ¿Trabajando?” preguntó.
“Si. No quiero saber más nada”. dije
“Me imagino. ¿Muy heavy no?”.
Mire a un lado. Mire hacia el otro.
“Hace 16 horas que estoy así”.
“Uhhh”.
Luego hablamos de literatura.
Me comentó que estaba escribiendo su tesis sobre literatura argentina.
Le dije “que piola”.

El encargado número 1 me hizo señas con la mano desde lejos.
Así que me despedí del docente.
El encargado número 1 me dijo que lo siga.
Nos dirigimos a la oficina dónde había tenido la primera entrevista.
Se sentó el primero y luego me invitó a sentarme.
Luego dijo:
“Bueno. Hasta acá llegamos. Vos sabías que estabas en zona de prueba, que no era nada fijo. Así que cerramos acá. ¿Está bien?”.
“Está bien”.
“Te pago los días en los que estuviste trabajando. Mas las horas extras”.
Me dio una especie de cheque en el que debía firmar. Lo firmé. Luego me dió un fajo de billetes y me dijo que los cuente. Los conté. Me pagó más días de los que había trabajado. Eran como dos mil pesos más de los que debía darme. Pero no le dije nada.
“Genial Lucas. Terminamos acá. Te la bancaste eh. Cualquier cosa si necesitas algo, acá estaremos”.
“Perfecto. Mañana les alcanzo la ropa del trabajo” dije.
“Dale, no te hagas problema”.
Junté mis cosas.
Me cambié de ropa en el baño.
Regresé a la oficina.
Le estreché la mano al encargado número 1 y me fui.

Cuando salí del bazar me sentí aliviado.
Me dolía el cuerpo y los pies me ardían.
Compré una hamburguesa y una porción grande de papas fritas en un puesto. Comí sentado en una plaza.