Lo que constituye el siguiente pseudo-escrito corresponde al producto de mi asistencia a destiempo al taller virtual “Poesía y Magia” dictado por Matías Heer durante el Festival Internacional de Poesía de Rosario.

 En primera instancia, el nombre del título “Para contribuir a la confusión general” es propio de un libro de Aldo Pellegrini. El significado de su título se refiere a lo siguiente: no se trata de un desorden contra el orden; sino de un nuevo desorden frente a un viejo desorden. De hecho, la nueva corriente de la “magia” es llamada magia del caos, precisamente por eso, su nombre no apunta a una desorganización propiamente dicha, sino que es una referencia a nuestra situación contemporánea. Vivimos a un siglo del descubrimiento y el comienzo de la investigación sobre lo que es la cuántica y la teoría de la relatividad general, cómo así también de un desborde tecnológico increíble como es el internet. Es decir, estamos situados en un contexto dónde se desmoronan viejos cánones ideológicos para dar lugar a otros nuevos y así indefinidamente. Sin embargo, esto no significa que la humanidad haya procesado y comprendido por completo dichos hechos y teorías, ya que son realmente complejas y algunas carecen de un sentido experiencial (como la teoría de las cuerdas). Y esta carencia experiencial corresponde a que nuestros cinco sentidos no poseen la capacidad de visualizar y experimentar su totalidad; por ejemplo; no podemos ver un electrón, necesitamos un nanoscopio, y si bien estamos en un proceso tecnológico donde es posible concebir nuevas realidades que antes eran ignoradas, aún no podemos disuadirlo completamente a través de nuestras propia percepción física (o no al menos a través de los campos de la percepción cotidiana). 

En segunda instancia:
¿Qué es lo que entendemos por magia y comunicación en un sentido antropológico? 
 Siguiendo la línea teórica de Robert Anton Wilson, nos encontramos lo siguiente: la diferencia entre la magia y la comunicación solo existe en nuestra formas tradicionales y racionales de pensar. La magia es comunicación. Los egipcios, atribuían ambas invenciones a la misma deidad: Toth , “dios del lenguaje” y otras ilusiones. En el mundo existente, bajo el sentido de nuestro continuo sensorial, Toth aún reina y el lenguaje aún posee magia. Toda comunicación contiene hechicería. Ya que los humanos, usamos una gran variedad de sonidos de manera articulada con el fin de crear una cuadricula neuro-semántica que proyectamos luego sobre todos los incidentes y eventos que nos interceden. A esta cuadricula que concebimos a través de estos sonidos lo llamamos: lenguaje. Literalmente, “vemos” incidentes y eventos solo cuando se registran a través de esa cuadrícula. Bajo este orden, si uso ciertas palabras que causan que tengas ciertas reacciones neuro-semánticas: es decir, que altero tu conciencia de alguna forma, significa que te “hechicé” o “encante”. 
 Cuando hablamos de campos neuro-semánticos; estamos hablando de todo el orden gramatical, sintáctico, lógico, por el cual un sistema rápido de retroalimentación enlaza de manera sinérgica los centros verbales del cerebro con los demás sistemas que nos constituyen, percibiendo al organismo como una unidad que reacciona al lenguaje en su totalidad. En otras palabras, bajo esta línea de pensamiento, no solo se rechaza explícitamente la división tradicional entre “la magia” y “la comunicación”; sino también la separación ficticia entre “cuerpo” y “mente”, “razón” y “emoción”, “pensamiento” y “reflejo”. En síntesis, nuestra percepción consiste en series complejas de codificaciones y decodificaciones mientras la información se transforma a si misma a través de los sucesivos sub-sistemas del organismo.  

 Citando a Robert Anton Wilson: La realidad no es un sustantivo singular, sino un verbo plural, y efectivamente, se encuentra en un constante cambio. De alguna manera, todo lo que constituye la realidad es un chiste mal hecho; concebimos lo que nos rodea ignorando aquello que lo compone, y le atribuimos a nuestros sentidos la total verdad: sin embargo, a través del lenguaje también podemos crear una realidad aparte, algo que no experimentamos a través del cuerpo tan groseramente pero que re-creamos en nuestro interior de una forma tan única como extraordinaria. Si la magia consiste en la ilusión perceptiva entonces el lenguaje y la poesía forma parte de la Gran Magia, porque de alguna manera posibilita el acceso a ese otro mundo que solo desbloqueamos a través de este medio y aquellas leyes que lo organizan. De alguna u otra forma quedamos encantados con el arte; una canción nos puede desmoronar cómo así también devolver una parte de nosotros que creíamos perdida. Un poema puede llegar hasta lo profundo de nuestro ser y acompañarnos hasta siempre. Una película realmente puede cambiar nuestra forma de ver el mundo o tomar conciencia de él desde otra perspectiva.

En tercera instancia: El concepto de magia moderna está relacionada a nuestra voluntad
  Aleister Crowley, realiza una definición de magia alejada de la cultura mainstream, desligándose de aquel estado solemne de personas usando trajes y haciendo shows en eventos de entretenimiento. Crowley, en cambio, define a la magia como la ciencia y el arte de causar que el cambio ocurra conforme a la voluntad. Por ejemplo: “Es mi voluntad informar al Mundo de ciertos hechos; por lo tanto, tomo mis armas mágicas (tinta, papel, y lapicera), escribo o creo conjuros (frases), utilizo un lenguaje mágico (literario, poético, narrativo), o aquel que es comprendido por las personas a las cuales deseo instruir, y luego convoco a los espíritus, es decir, a todos aquellos que pueden transmitir el mensaje y me acompañen en ese tránsito“. 

 Bajo la mirada de Crowley; la magia opera igual a la ciencia en cierto aspecto, allí se realiza un ritual experiencial determinado para obtener beneficios propios y luego queda esperar para poder corroborar la eficacia de la voluntad en nuestro deseo. De igual forma, ocurre un sentido similar en el trabajo poético, hablando en términos catárticos la poesía es un modo de sanación y es en su travesía donde nos encontramos absortos, vulnerables, débiles o fuertes. Pues es que hay, entre la ira y el descanso, un hueco tibio para esta nombrada ternura.

 Pensando en términos artísticos y sociales remito a Alan Moore (un enorme escritor que se ha autoproclamado así mismo como un mago). El mismo ha definido a la magia en cierto punto como la ciencia de manipular símbolos, palabras o imágenes, para lograr cambios de conciencia en las personas. El lenguaje de la magia trata tanto de la escritura como del arte y también sobre hechos sobrenaturales. Por ejemplo, un grimorio es un modo extravagante de hablar sobre la gramática. 

 Para Moore; no es el trabajo de un artista darle al público lo que quiere, sino lo que necesita.  Bajo su criterio, actualmente quienes usan chamanismo y magia para dar forma a nuestra cultura buscan adormecer, su magia es un opio, para hacer más sumisa y manejables a las personas: para que todos tengan los mismos pensamientos banales al mismo tiempo.
 Ocurre algo así cómo aquello que es definido por Orwell en 1984 como la neolengua. Si tenemos en cuenta que en toda la magia hay un increíble componente lingüístico y que en cierto aspecto el lenguaje es un virus, entonces la neolengua, resulta ser la creación del lenguaje al servicio de la uniformidad del pensamiento: la creación de un sistema bajo el cual la manipulación mental del ciudadano llega a los niveles señalados tiene que fundamentarse, necesariamente, en una forma diferente de entender el lenguaje. Si la lengua es la expresión vehicular del pensamiento, es lógico que una sociedad donde el acto de pensar cae permanentemente en sospecha disponga de un tipo de lenguaje “estandarizado”, que elimine cualquier posibilidad de matiz, de ambivalencia o de polivalencia y que se adapte a la perfección al simplismo mental que rige, como principio, el orden en nuestra sociedad. Parafraseando al flaco Spinetta, hay que llegar al alma, es ahí donde trabaja el artista. Es cierto que necesitamos curarnos con algo feliz, que se eleve por encima de la miseria humana. Y el arte precisamente trabaja sobre eso; en el anhelo de un augurio olvidado que sane en su intento los dolores que nos atormentan. 
 
En cuarta instancia: La magia y el lenguaje comparten un efecto
 Siguiendo la línea crítica de Peter Carroll, habitamos un universo de eventos y sus efectos en nosotros; no de “cosas”. Los fenómenos nos pueden dar la impresión macroscópica de tener un ser codificado, pero solo porque ignoramos que se encuentran en un desarrollo constante. Las categorías de ser o no ser frente a Carroll quedan obsoletas debido a la consciencia de la inexactitud del mundo material.  Como ha dicho una poeta; las musas son esquivas y andan escondidas debajo de la piel, donde no llegan las palabras exactas y los significados fáciles o los sudores fríos. Todo lo que constituye el lenguaje de lo que concebimos cómo cosas también son ilusiones; por más precisas que creamos que son, en realidad hay un sentido abstracto que lo rige y lo transmuta y es el contacto que tenemos con ellas lo que las “define”. 

En el ensayo de Walter Benjamin: Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de las personas, Benjamin no sólo sienta las bases fundamentales de su teoría de la traducción, sino que también esboza la inusual idea de un lenguaje de las “cosas” y formula una teoría de la magia del lenguaje arraigada en la tradición del Romanticismo temprano. Este último aspecto de lo mágico es definido por el propio Benjamin como el problema originario del lenguaje. El surgimiento de la idea de una esencia mágica del lenguaje se debe a la crítica de una comprensión instrumental del mismo. Para el, reducir el lenguaje a un mero vehículo de transmisión de palabras cuyo “objeto es la cosa” y cuyo “receptor la persona” constituiría una infravaloración total de ella. Benjamin se rebela contra esta interpretación ampliando el propio concepto de lenguaje: “Toda manifestación de la vida espiritual humana puede ser concebida como una especie de lenguaje […]. se puede hablar de una lengua de la música y de la escultura, de una lengua de la jurisprudencia […] o de una lengua de la técnica”. El lenguaje no está necesariamente unido a las palabras, sino que comprende toda articulación perceptiva que se pueda entender como un principio incipiente de expresión. No existe nada que no participe del lenguaje ya que aquello que no se puede expresar ni transmitir es inconcebible. No obstante, lo que puede articularse en la expresión es la esencia espiritual: “Lenguaje significa en este contexto el principio encaminado a la comunicación de contenidos espirituales en los objetos en cuestión”.

 Benjamin añade que la forma de articulación es más importante que la capacidad de transmisión de contenidos y que la referencialidad. La lógica de Benjamin va mucho más allá de afirmar simplemente que el significado de lo dicho no se puede separar de la forma de decirlo, que el contenido del habla, por lo tanto, está indisolublemente ligado a su forma. Se tiene que poner en marcha un argumento mucho más radical: que la forma de hablar puede generar un significado diferente e independiente, pero, por encima de todo, latente. Esto se hace especialmente patente en la poesía. ¿Qué es lo que ‘dice’ un poema? ¿Qué transmite? Su esencialidad no es la transmisión ni la expresión, sino su efecto. La manera de decir es lo que convierte un poema en poesía y también lo que logra luego de ser experimentado. Éste no se deja traducir completamente en algo enunciable; de ahí surge la tendencia a la indeterminación del discurso poético y de ahí, a su vez, su carácter mágico. Ya que en el lenguaje de la poesía se expresa algo que va más allá de los contenidos nombrados, algo diferente, una atmósfera o un estado que no es comunicable semánticamente, en el plano de lo que significan las palabras no se deja traducir ni siquiera en un significado. En síntesis, se logra un verdadero cambio a través de la voluntad. El lenguaje de los eventos se puede denominar “mágico” porque, involuntariamente, configura de forma inmediata una vía de acceso hacia ellos; en su entorno y en las personas que se acercan. 

Sexta instancia: el efecto (un poema de Leonardo Moledo)

Primero vino el fuego,  

el árbol que ardía, la floresta incendiada

que aquellos hombres monos mirarían pasmados.

Luego la quemadura y el grito:

hubo una conjunción momentánea y milagrosa;

apenas el fuego y la piel se separaron

nació todo relato y cada mínima leyenda.

¡Hablo del origen! de la vegetación de piel húmeda.

De la selva sudorosa y tranquila, el trueno metálico, la madera elemental.

Era el tiempo en que nacían los lenguajes

cuando el mito rodó por los fogones.

De la tribu sentada junto al fuego, como ahora nosotros.

Del grito de la horda, del sonido áspero,

de la piedra contra la piedra ablandándose,

haciéndose lenguaje, sometiéndose a la lenta presión de la gramática.

La especie hacia pie sobre la roca viva,

los días eran cortados a cuchillo,

la noche apenas duraba.

Las cavernas se poblaron de alfareros,

entre griegos nacía la imperfecta redondez de la cerámica

 y el primer relato: 

“yo hice esto”, “yo lo fabriqué”, “contiene el agua”.  

Las palabras viajaron cambiando las formas,

inventando las costumbres,

adaptándose a la torre y al arado.

Los metales temblaron. Alguien saludó a alguien.

Alguien dijo que tuvo miedo esa noche.

El viaje, el peligro, el trueno, se hicieron relato;

anticipando la Illíada y la radio.

Por eso es que a veces nos callamos frente al fuego,

reavivando fogones ancestrales,

evocando esa memoria de la especie

donde duermen vigilantes las abuelas tejedoras.