“No es necesario destruir el pasado.                                                                                                          Éste se ha ido.

                                                          En cualquier momento puede volver a aparecer,

                                                                                                       parecer ser y ser presente”

                                                                                                                                      John Cage
                 

                                                                   

Pronto comprende que aquel momento es una oportunidad de pasaje a lo eterno. Como cada tarde, inicia el ritual. Prende su equipo y selecciona uno de sus discos. Mira los colores de tapa –Es el turno de Debussy- Piensa. Ya sentado en su sillón, apoya lentamente su cabeza sobre el respaldo, mientras deja que la tímida luz lo abrace. Respira. Respira y en un estado de ensoñación, se ve levantando la batuta, mientras observa rápidamente a cada uno de los intérpretes, quiénes, casi como gesto reflejo, colocan en posición sus instrumentos y devuelven la mirada. La sala está repleta. Los oyentes se arrellanan expectantes en sus asientos, sabiéndose cómplices del juego que está por comenzar.

Silencio.

El silencio de las salas, de las escuelas, de los subtes y de los parques.

 Tiempo suspendido. Destinos inciertos. Las calles están vacías del caos del tránsito.

Respira.

Respira profundo, mantiene el aire e inclina levemente su cabeza hacia atrás para dar el levare. La expectativa se ha convertido en realidad. Un hoy se instala. La música, en su inmanencia, es confluencia de las huellas del pasado y el devenir, e instaura un presente que se disuelve ante cualquier intento de aprehensión completa y transcurre, en este caso, en la escucha o en el discurrir de la memoria.

De pronto, la música. ESA música. La que vive y revive en cada recuerdo, la que resuena en cada concierto y se repite en dispositivos. ESA, la que tanto dice o expresa, ES silencio. – ¿Puede ser esto posible? ¿Puede acaso constituir el misterio de lo incognoscible e inagotable? ¿Puede la comprensión ser estática y para siempre, sin fluctuaciones? En este sentido, toda búsqueda racional resulta inútil, es como la arena que se diluye entre las manos. Simplemente sucede. La paradoja de ser, simultáneamente, materialización – en tanto forma física sonora concreta que opera en un espacio durante un tiempo definido- y evanescencia, otorga a lo musical un halo divino – y maravilloso-

La melodía, la armonía, el ritmo, la forma, no son más que los aspectos observables, mensurables, aunque de ninguna manera dan cuenta de la totalidad. Lo ininteligible es la proyección de un vínculo sagrado, una forma de perduración. Toda obra tiene algo de sagrado: en cada contexto, será diferente cada vez por su constante devenir. Su transcurrir es sólo proceso; su único sentido de futuro es el de saber que acontecerá. Sus sentidos se abren con una potencialidad absolutamente inacabable.

Enigma de la incompletitud, la música se concreta en cada uno de nosotros. Esto requiere una actitud de silencio interior, que implica una abstracción del entorno y de nosotros mismos. Libres del ruido del afuera y de la confusión del pensamiento, descentrados de nuestro yo, nos entregamos a la inherente existencia. Somos sólo un instante; nos sabemos sólo ahora. Salimos de nuestra cotidianeidad y nos reconocemos finitos. Sujeto suspendido en un tiempo invariable , cargado de recuerdos y de porvenir. La obra musical posee cierto misticismo. Dotada de un sentido connotativo infinito, nos envuelve, nos atraviesa, nos transporta, y nos invita a reconocernos pasajeros.

Es ese momento el que justifica nuestra vida. En este acto de comunión, nos diluimos y nos hacemos uno con aquélla. El acto de escucha nos despoja y traslada de la cotidianeidad a la unicidad y la plenitud.

El silencio entre sonidos señala un antes (porque proviene de algún lado) y un después (algo vendrá luego), es parte de la configuración del proceso de sucesión y permite articular secciones, frases y partes. Es lo que llamaríamos ausencia de sonido. Pausa que es, a su vez, musical. Por lo tanto, cabe preguntarse, ¿Existe, entonces el silencio, en tanto tal?

Estas cuestiones han sido dirimidas por filósofos, mediante múltiples ensayos sobre el silencio en sí mismo y en las artes y, dentro del campo específicamente musical, por compositores entre los que se destaca John Cage, quien, en su visita a una cámara anecoica, comprobó que, aún allí podía escuchar el sonido de su sangre circulando y el de su sistema nervioso en funcionamiento. De modo que el silencio, refiere a aquel aspecto siempre enigmático, sujeto a la multiplicidad de experiencias, a través de las cuales la música “toma cuerpo”. En este sentido, constituye una forma de individuación. Esto quiere decir que interviene en la construcción de la identidad, tanto personal, como colectiva. Esta función interpelativa significa que el oyente es destinatario de un mensaje, es interpelado. Dada la complejidad y multiplicidad de códigos, la música tiene la capacidad de interpelar a actores muy diversos. De este modo, construye significados porque sus recursos expresivos –los intrínsecamente musicales- están teñidos de diversos discursos “paratextuales”- lo que se manifiesta sobre ella. Cada contexto y cada época podrá atribuir significados diferentes, incluso hasta contradictorios- la famosa obra abierta, de Umberto Eco-. ¿Cuál sería la música que elegiríamos para narrar este presente pandémico? ¿Qué emociones se conjugarìan en ella? Todo depende del cristal con el que se lo mire: una oportunidad de encuentro con nosotros mismos y con los otros, el quiebre y renuncia de ciertos hábitos, grandes crisis, cambios, o tantos otros sentidos, inefables, que constituirán su silencio.

Percibir que hay algo mucho más allá de nuestra comprensión que se apodera de nosotros, nos conecta con lo trascendente y nos devuelve, silencio final mediante, a nuestra realidad, dota de magia a una experiencia placentera que se plasma en un acorde final.

                                                                                 …

La resonancia permanece.

Respira…

Respira… La batuta imaginaria que ha levantado, desaparece. Lentamente, abre sus ojos. Ha sido trasladado a un tiempo sin tiempo y a un espacio sin límites. Casi imperceptiblemente, una sonrisa se dibuja en su rostro. Ha podido evadir el encierro.

 Mientras, afuera y adentro, silencio.

                                                                                                                   María Sol Causse