Artesanía

Soy un artesano fabricante de sillas, con experiencia. También enseño a hacer sillas. Conozco muchos modelos, tengo herramientas, distintas maderas, aplico varias técnicas. Estudié bastante la historia de las sillas y soy aceptablemente didáctico. Viene uno que me dice que hace sillas y que quiere aprender a hacerlas mejor conmigo. Bueno –pregunto- ¿y qué tipo de sillas hacés?, ¿qué sillas conocés?, ¿cuáles te gustan más? El tipo dice “te muestro” y saca de la mochila una pava de acero. “Como éstas”, dice. Le digo que eso no es una silla, que si la definimos por su función, sirve para cebar mate, no para sentarse. Y si la definimos por su estructura, sus partes articuladas y la forma resultante no se asemejan a lo que conocemos como silla. Ni hablar de que son necesarias diferentes herramientas para construir cada cosa. “¿Cómo sería una silla?”, pregunta él. Me levanto y le muestro la que estoy usando, agarrándola en el aire de una de sus cuatro patas: defino sus partes, acaricio el asiento. Después en el Google le muestro modelos: vienesa, DSW, Tolix… Las describo, le cuento su historia, las particularidades de cada una y las influencias de su diseño. Me dice que él no sabía que eso eran sillas, que sus amigas siempre le dijeron que hacía lindas sillas (en ese momento señala la pava) y que en todo caso la de él podría ser otro tipo de silla, algo innovador, personal. Dice que no parece necesario, menos en esta época, apegarse tanto a las tradiciones, que por algo estamos como estamos, que hay que olvidar el pasado. “Vos podrías desarrollar tus propios modelos de sillas, pero para eso tendrías al menos que conocer unas cuántas, incluso copiarlas y sentarte en ellas a conciencia”, respondo. Y agrego “es como el standard de jazz: si los músicos no saben todos el tema original, no pueden improvisar cosas nuevas sobre eso”. El tipo insiste en que eso que él hace es o puede ser (“puliéndola un poquito”) una silla, que es cuestión de que el público se haga a la idea, y como yo insisto con la función del objeto, me responde bajándose los pantalones, metiéndose el pico de la pava en el culo y sentándose con dolorosa dificultad sobre ella. Moraleja: a veces es difícil discutir sobre poesía.

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