La película Joker me hizo pensar cosas (Parte I)

La exhibición de habilidades es un asunto específicamente circense, deportivo, no artístico. Así como la “habilidad” sexual y la pedagogía del porno suelen ser íntimas enemigas del misterioso erotismo, la exhibición es uno de los aspectos de lo espectacular que obnubila las posibilidades artísticas. Siempre se está esperando el error (hoy se te va a caer una clava, boluda) y entonces la comunión, la posibilidad de ser absorto en la potencia simbólica, la relativa disolución del yo que el acontecimiento artístico en algún momento requiere, se hacen casi imposibles.

El star sistem propuesto por los mercados audiovisuales nos ha hablado bien de los actores como gente aspaventosa. ¿Cuántas caras distintas podés poner en diez segundos? ¿En cuántas formas puede retorcerse tu cuerpo? ¿Sabés tai chi cuán? ¿Sabés pasos de music hall? ¿Cuántos tics nerviosos podés sostener al mismo tiempo y durante cuánto tiempo? ¿En qué se diferencian Jerry Lewis y Jim Carrey? El maestro Hitchcock dijo que los actores son ganado, y no lo entendieron. El Joker se pone una máscara de payaso: ya se sabe que cuando se la saque su cara de carne imitará a la máscara para sorprendernos.

Las cosas se complican un poco cuando el director le ha permitido mostrar sus gracias a un tipo que encima es “buen actor”. Hay cinco tipos de risa en el Joker que se ven distintas entre sí, que funcionan bien y son bastante significativas: el tic nervioso incontrolable e inoportuno que habla sin embargo de una afirmación de lo subjetivo ante la circunstancia trágica, la risa de payaso que se pone cuando quiere y que le fue impuesta como trabajo pesado por la madre, la carcajada superyoica como devolución ante lo que cree que los otros entienden como chiste, la sonrisa espontánea de ternura que le sale cuando la morocha del pelucón le acaricia la espalda, la risa que responde y decora el acto trágico, para asustar y defenderse del susto.

Estas casi sutilezas no sustituyen un montón de hilos esperables y medio eficientes en la trama: padre desconocido, madre sola, abuso sexual infantil, sociedad decadente. Simetrías clásicas entre lo personal y lo político: la sociedad está desquiciada (no tiene “un padre”), las consecuencias del abuso borronean la percepción de los limites de lo real en el sujeto y en la sociedad, la madre está abandonada por el padre y por el sistema como todos los indigentes, que no son minoría. Pero por las dudas el Joker explica forzadamente el asunto a cada uno de sus antagonistas en discursos redundantes, inverosímiles e innecesarios: a su padre, al capocómico De Niro, al espectador de televisión.

Hay algo que dijo Pirandello sobre el humor y que todavía sirve cuando intentamos entender lo que este tiene de trágico, y lo que la inevitable tragedia tiene de vivible si en algún momento se la siente graciosa: “El humor es un Hermes bifronte, una de cuyas caras se ríe de las lágrimas que vierte la otra”. Como se sabe, no hay humor “puro”, no hay humor “apolítico”, no hay humor que no acompañe la presencia ominosa (y numinosa) de la muerte como condición humana. Eso está dicho con abundancia de ejemplos en las obras de Dante, Shakespeare, Cervantes y Zappa, por tomar cuatro autores cualesquiera. ¿Hace falta que un loco nos venga a decir lo que ya sabíamos de un modo trivial en comparación con el que conocíamos? A propósito, debo decir que el elogio romanticoide de la locura como denuncia, al estilo Zito Lema, me parece feo además de ingenuo.

Claro que Hermes es un dios, es el correveidile entre los hombres y los dioses. ¿En qué momento de la historia Joker es arte, es decir, hace uso de las potencialidades heméticas que tiene tan a mano? Pocas. “Espero que mi muerte valga más que mi vida” escribe el personaje en su diario. Ok, ahí hay algo: sin torcer demasiado la historia, Jesús podría haber dicho lo mismo. Pero el Joker de la cinta no parece tener (¿ni desear?) salida. Lo suyo es solo un brote porque dejó de tomar las pastillas.

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