Vivir adentro fue mi añoranza por años… sola con dos niños, recientemente separada, trabajando rutinariamente, preocupada por pagar las cuentas, queriendo una vida diferente… soñaba con pasar horas en casa, ser la maestra de mis hijos, cortar el pasto, pintar, leer, bordar y escribir.

Al inicio del año, ya comentábamos sobre aquel virus raro que estaba en China, 60 días después comenzaron las nuevas construcciones intelectuales sobre cómo debíamos vivir para seguir vivos… y llego el momento de quedarse en casa.

Pero no para todos, no para mí. Una médica de 36 años con espíritu combativo.

Y cuando todos comenzaron la agobiante experiencia de vivir adentro, me tocó vivir afuera. Un afuera lleno de miedo, sin certezas y con los medios repitiendo “quédate en casa” como un mantra apocalíptico… pero había que salir… y salí. No solo a hacer mi trabajo habitual, sino también guardias extras por la famosa Urgencia Sanitaria.

Porqué lo hice? Por la Patria? Por los pacientes? Por las fotos de médicos ancestrales que me miraban desde las paredes de la Facultad cuando era estudiante? No lo sabía.

Y de pronto, no hubo más tiempo para la reflexión. De pronto, la amenaza ya estaba ahí. En algún punto fue un alivio, comenzaba la batalla. Los casos dejaron de ser lejanos, tenían cara, nombre y familias, a las cuales yo conocía bien. Se enfermaron amigos, colegas, no había referentes, todos los médicos mayores estaban cumpliendo la cuarentena. Llegó la certeza de la vulnerabilidad. Era posible enfermarse. Era posible morir.

Y comenzó el “vivir adentro”, un debate feroz entre lo correcto y los instintos. Una demagogia de las emociones. Desertar era una opción. No para todos, no para mí, que cuando nací mis padres me nominaron Esperanza.

Comenzó luego el cansancio, la falta de insumos, los intereses políticos, las banderas, la desidia, la prepotencia y se volvió más hostil el día a día. El silencio. El silencio para no preocupar a nadie, el mutismo de sentirse un peligro para las personas que uno ama… cuando se acabaron los abrazos, porque solo un choque de codos podía ser el festejo de un triunfo profesional de horas de trabajo… ahí… viví más para adentro de lo que era capaz de desear.

Y adentro… estaba todo… de sobra y más.

Estaba el amor por mi familia, estaba la potencia de cuidar sin límites, la felicidad infinita de ver como cada paciente avanzaba, estaban las sonrisas tapadas de barbijos pero que brillaban en los ojos de cada familiar, estaba la admiración por cada uno de los que seguía trabajando a mi alrededor.

Estaba ahí… fuerte, sólido, inderrocable… el deseo de ayudar vencía sin duda a los terrores… las ganas de vivir vencían a los demonios… La vocación le ganó a la angustia, y cubrió con calma casi irreal la hilera de camas llenas, las voces apagadas por las máscaras, las manos lastimadas de tanto alcohol.

Al inicio, besaba con miedo a mis hijos y les juraba que iba a estar bien…. Bañaba de alcohol las cajas del supermercado que dejaba en la puerta de la casa de mi madre… y le juraba que iba a estar bien….

Vivir adentro fue mi añoranza por años… trabajando rutinariamente, preocupada por pagar las cuentas, queriendo una vida diferente… soñaba con pasar horas en casa, ser la maestra de mis hijos, cortar el pasto, pintar, leer, bordar y escribir.

Y llegué a casa cada día y fue una suerte tener un trabajo rutinario y poder pagar las cuentas, tener pasto para cortar. Y fui la maestra de mis hijos, bordamos juntos, hicimos un mural, leímos mucho y ahora me animo a escribir este ensayo.

Porque ahora sé porque lo hice. Porque viví afuera cada día de esta pandemia.

Lo hice por la Patria, lo hice por los pacientes, lo hice por todos los médicos que me enseñaron que el amor por la medicina supera las imperfecciones del sistema, lo hice porque tengo espíritu guerrero y lo hice porque me llamo Esperanza, pero sobre todo, lo hice porque no podía ser de otra forma, no podía hacer otra cosa.

Fue mi humilde manera de mostrarle al Universo mi gratitud por estar en este lugar privilegiado, por poder ser médico.

Además, cumplí mis promesas! Estoy bien. Pase la pandemia en la trinchera invicta, con tres hisopados que lo demuestran, pero no soy la misma persona que antes de todo esto.