Ocres creciendo

Desde el fondo, impregnaba su escena “Nostalgias” por Hugo del carril, entre el alcohol y el humo, sus noche no terminaban, la inercia que lo balanceaba, danzó en círculos, y trino las palabras de mieles, con una intimidad empalagosa, sensualmente, conquistando el anagrama de su visión perdida, en complicidad con ese sonido que desgarraba con su canto.

Obnubilado por el sol de lleno en el rostro, es desplomó sobre el suelo, giraban los objetos, buscando el vacío del silencio.

Iluminaba sus noches ese sol entre claros oscuros, brotando de su alma, languidecer, burlando al mundo, desprendido, inmerso en cruces angostas, con brumas verdes que enredaban sus bromas de locuras.

Miro los discos de vinilo, adorando como a esos templos, y lejos el supremo mayor, el tocadiscos, tirado sin dominarse con algarabía placida, eternamente días sin fin.

No, hoy no saldría a la realidad, ya nada existiría, sin universos, plena oscuridad en tanta sombra. Desesperado designio de su voz de salir al canto, aliñando los filos que sus músculos que regaban flácidos cayendo al suelo su proeza de canto,

Quejumbrosos cantores antiguos de noble dolor, placeres mundanos que entibian esos días de fríos amargos. Prendía las leñas del hogar para traer el canto, flotaba sin llegar al suelo los pedacitos de papeles que ella recorto, como una explosión de juventud, que paso desprendida de preocupaciones, el moviente intenso de sus cuerpos amandos.

El agua inundaba cada vez más las tramas de las hojas, destrozando el ruido monótono del goteo del desagüe, que daba al patio

Escabullía la tiniebla soñando de a ratos, que ella llegaba y lo abrazaba, como a un niño, le dejaba comida y en su ceguera tormentosa se apagaba.

Sombras ruidosas y silenciosas llegan sin ilusión de luces, como el escondrijo de liebres rotas de peluches, que quedo en el fondo, sus hojas sin vientos, desprendidas del libro, nada del autor, nada de magia.

El pasto acolchando su lecho de cimientos gastados, bohemia, postrado de optimismo, arrastrado consuelo de imaginarla, leyendo las recetas de lo que hoy inventaría, presencias inquietas les ofrecían sus manos, para que las tomara y pudiera erguirse al recreo de la sobremesa cotidiana, como sostén del tembloroso esqueleto, partido, desdoblado.

Los jardines con la brisa y olor a las flores naciendo, anunciando el traspase de las estaciones, debía abrir las ventanas, las sombras escapaban a su pedido, invadían de prisa las almas contra las rendijas, y estampillando promesas de mañanas.

Detrás de sus paredes de enredaderas clamando espacios sin techos, sobreviviendo al encierro de moho y estorbo.

Busco el alcohol que lo adormecería junto a su amada, humedeciendo sus ojos con alegrías para no borrarla, la demencia fingida, las pantomimas bohemias lo mimaban, coloreando escena de viejos ocasos.

Creyó que ella llegaba con su sol y sus estrellitas, pero la oscuridad nublaba su imagen, de blancos bólidos esparcidos en sus notas de llantos, contrastando el día del orden preciado, lleno de hartazgo, puso fin a la historia con ella llegando.

El viento soplo con fuerza, abriendo la ventana y sus hojas escritas volaron.