1.

¿La humanidad qué causa defiende? ¿En qué cree la humanidad? Usted ha fundado su causa en nada, le dijo el médico pediatra a la odontóloga que lo increpaba por abrir el consultorio antes de tiempo. Le habría zampado el joven al antiguo maestro que lo atiborraba por Internet con rarezas, tangos reos y otras cosas también, a la misma hora, en otra frecuencia, si no le debiera a él todo lo que era. Eso de salir por ahí a ganar adeptos con toda la parafernalia de frases y de amigos que caen en la batalla y revientan de hambre y de miseria ¿no era pedir mucho? Se conformaban con dedicarle su trabajo a la larga nada, cuyos intereses deberíamos defender más que los nuestros. El médico se levantó, se sentó, se puso el guardapolvo y se lo volvió a sacar, no quería abonar a ninguna pose de protesta. “Te extraño, mamá. Desde que me sacaste de ahí adentro no paro de tropezar. Es inútil que siga y demuestre cómo cada una de estas cosas se preocupan por aumentar de tamaño y salir adelante.” La Doctora Romero gozaba de la más absoluta desconfianza del facultado Iglesias. Ella era todo en todo y no toleraba a nadie que no fuera de los suyos, por eso le hablaba mal, con tono de te escucho pero no te entiendo. Iglesias se movía nervioso como un parlanchín pero sin palabras. ¿Le daba la razón a Romero? ¿Era tierno, abnegado, se mostraba contento por tener a alguien cerca, aunque fuera poco el reconocimiento que pudiera obtener de alguien así? No parecía. Parecía más bien que guardaba para sí todo el provecho de un discursejo bien convincente, que no se lo daba porque no lo necesitaba la mujer. ¿Para qué atolondrar con entusiasmo los servicios que no te piden? Te pido, por favor, que no salgas. Que afuera hay radioactividad. ¿No mirás los noticieros? Afuera de tu casa, y afuera de tu causa, que no es entera y exclusivamente tuya, existe algo peor que un gobierno que te gobierna mal, existe –y no encuentro de qué quejarme en relación a esto- la voluntad de matar. Afuera existe lo Único, la voluntad de sacarte el pan y la boca hambrienta. Dejate de joder, no te arriesgues por tan poco.

Romero parecía honesta. Iglesias parecía inepto. El joven repetía las palabras del maestro –ex maestro, porque habían estudiado en una cátedra común con jerarquías dispares hacía mucho- en un orden que parecía el adecuado pero que no alcanzaba a convertirlas en algo adherido a su persona. Cuánta falta le hacían estas palabras para hallar aplomo, un tiempo de gracia antes de que todo explote, la economía doméstica, el universo, la música mala en la cabeza saliendo de unos dibujitos animados que no pidió pero Google te pone para no dormirte y empeorar las cosas, tu productividad y la del todo que te necesita. Eran grandes los tipos como él y seguía tentado a tolerar a un maestro. No sé. Medio poco lo que tenía. Y bastante lucrativo lo del otro, después de años de haber tenido ese laburo. Ángel Kappa lo miraba desde la notebook chota, de procesador lenteja y le exigía atención, cariño. Cuidá estas palabras que aquí te dejo, con desazón, con sumo detenimiento. Porque pensé en vos cuando estaba en esto, escribía-en-esto. Y no es comercio lo que hacemos. Es común. Es un bien común. A Eliseo le encantaba lo que hacía con el lenguaje el maestro. Lo saboreaba como nadie. Era un degustador del verbo y el trazo justo, agudo, fuerte, sin mala intención, pero con mucha pasta para el decir sin aturdir con neologismos o extremos del habla lunfarda y aprovechadora de ese encanto de lo bárbaro o lo extraño, lo nunca antes visto en una parada de colectivo, por donde todos pasamos, sin ver demasiado qué hay más allá, porque se viaja, pero se viaja cerca.

No soy libre. No soy justo. Tal vez sí generalizable. Si algo es poderoso e inmenso no me contiene, pensaba Eliseo, dando un rodeo que era una queja sobre la “futilidad”. La nada lo sacó del fondo de su desatención y le pidió un momento, que alguien lo llamaba por el visor del Tablet. ¿Del otro lado quién era? ¿Qué causa defiende este que me saca de mi egoísmo puro, ahora, del pedo en el que vivo? Era el maestro pero con otra clave y una cara calva de perfil. Seguro que lo buscaba para mostrarle con otros ejemplos lo mismo que venía diciendo desde siempre, desde 1998, cuando agarró la cátedra de Cultura y Comunicación en la Escuela de Comercio de la Ciudad de La Plata, dependiente de la Universidad Nacional de La Plata. ¿Qué te lleva al borde? La cama. No. Al borde de vos mismo. Los parásitos en la cola. Las sugerencias de amistad en facetruc. Usted, señor, no tiene amigos. No quiera parecer superior a la música que solo tiene relación con lo que se aspira y después se expira, o sea. La imitación o lo que vos aspirás a imitar proviene de la naturaleza, pero de una naturaleza champurreada, y no de sus formas. ¿Por qué no te hacés “realista” y les creés a los que dicen que la ideología es cosa del pasado? Jajajajaja. Se reían con sorna los dos en lo ominoso de una luz sin nombre, floja de papeles. En la búsqueda de lo Absoluto – paideia abusiva en la que se obstinaba el maestro- Eliseo se encontraba solo, desviado de la idealidad. Iba camino a convertirse en el contrapunto más olvidado del universo, una esfera llena de gas sin música para compartir gratis (servicio on demand) a la galaxia entera. Iglesias le explicaba a la doctora: es siempre la misma pieza y es distinta, también, siempre, según quien la interpreta. Ahora estás viendo la parte en la que saco el sonajero y me pongo a tocarlo con todo, como desenfrenado por ver una explosión de risa en el pibito de identidad escasa, ni nada. Nada está encima de mí y yo igual me siento pisado por alguna “buena causa”, su dolor estomacal, quizás, sin razones aparentes, una embestida de la madre porque se toca siempre la nariz, qué importa, madame, lo importante es que sea sano, versátil, singular, inigualable, lo menos parecido a la Humanidad. Y ella quería toser. Porque estaba en todo. ¿Cómo se le iba a pasar por alto lo que yo había advertido? Que no era nervioso el nene; el terror al vacío, la falta de tranquilidad de ella, la creadora, era la que ocasionaba los problemas porque se la pasaba presumiendo de su poder, con un repasador o algún reto cariñoso siempre a punto de ayudar. ¿No le dicen nada estos ejemplos? No, contestó Romero. Yo no conozco a los padres. Solo conozco a los enfermos de las encías roídas por alguna causa alevosa, mala praxis, desinterés por ellos mismos, de esos grandes egoístas. Lo que ocurre es que uno se mete cualquier cosa en la boca y empieza a tener sensaciones de haber vivido mucho, de haber tenido sensaciones… repetía como reclamando algo (atención, cariño) el Doctor Iglesias, lejos de sentirse amo de sí mismo, seguro de gustar. Otra lamentable frase de reconocimiento y Romero se iría a la mierda y lo dejaría con el guardapolvo y la enfermedad entrándole por la solapa. Y es que su condición humana era tan leve, sucedía apenas, transitaba sola, como autónoma pero sin desarrollarse bien los movimientos de la personalidad. El que no da golpes, recibe. Entonces él recibió. Se agachó y cobró. Romero, harta de tener buenas formas, le exigió a Iglesias que renunciara a sus habituales “muletas”. ¿Se refería al tic de tocarse el pelo y sonreír? La ética política que determinaba sus renuncias era curiosa. ¡Que la terminara con la comodidad infantil! Afuera hacía un fantástico calor. Hería ver a los reumáticos caminando bien con sus bolsas hechas a la medida de sus necesidades. Peca contra la vida dividir el trabajo del tiempo libre y que ganara por goleada el último, al revés del cliché. Odiaba sentirse así: con capacidad ociosa, tanto que podía desconcertar al más vago de los hijos, a Diógenes, por ejemplo, que hacía la tarea sin que se lo pidieran, arruinado por el spleen. Siguiendo con el modelo de su práctica negativa repetía que él era una máquina y que ningún decrecionismo lo iba a parar, que prefería el conflicto, que a él no lo iban a parar así nomás, que el conflicto era el motor de la verdadera creación.

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