(14) ONIRICO

Policía de elite, tirador selecto, sniper yo no era. Era solamente un pelotudo que, onírico, soñaba pactar un trato de primera con el oficialismo para nunca más tener que levantarme temprano a pedir comida y medicamentos en un pasillo de un enorme edificio público, lleno de olor a meo saliendo de los pañales de los ancianos opositores. Ser sexy no había sido tampoco nunca una prioridad para mí. No creo que llegue a los 53 con el cuerpo de Flavia Palmiero. ¡Vamos, afuera! Se podía leer de dos formas la frase, aunque no llegaba a ser agramatical, y eso lo consoló y lo empujó a insistir tímidamente. ¿Por casualidad no conoce a ninguna señorita que quiera casarse conmigo? Una propuesta así, que no involucraba directamente al otro -solo en un rol de intermediario- tenía que ser efectiva para forzar su salida. Por supuesto que el otro no dijo nada. Al aire libre, no escuchaba repetidas sus propias palabras como en el eco de una cueva. Malthus Marcelo no obtuvo respuesta, cosa nada rara, ya que los espejos no hablan y estaba parado frente a una puerta espejada. Al no recibir respuesta, su indignación fue tan grande que arrojó contra sí mismo una piedra, de modo que el espejo se hizo añicos. En cuanto el espejo hizo ¡crash! un corredor de lava impregnó las junturas de la puerta y derritió las cornisas hasta hacerla saltar de su horma natural. Esquirlas era una palabra mucho más apropiada para definir la sensación de dolor en la piel que añicos, que trasuntaba cierta chochez ramplona, en absoluto cortante. “No encontraba novia, no porque fuera un oso calamitoso”. No entendía por qué en un momento así, de máxima gravedad, de un calor infrarrojo en los bordes de su osamenta pisándole los talones, hecho de una materia que descompone al primer encuentro, recordaba el encanto de las rimas-eco. “Por más mimoso que sea un oso…” Le parecía fabulosa la contigüidad atontada de esos sonidos que sugerían uniformidad de sentido, aún sabiéndose esclavo de un cuerpo que tendería a no oponer ninguna forma al menor contacto con las múltiples consonantes del crepitar del fuego. La fuerza de esa repetición k r p t n t k r p t n t k r p t n t lo perseguía ascendente oclusiva sonora descendente oclusiva oclusiva ascendente semivocálica hasta confluir en un chorro de sibilancia agudo, largo, fatal, podía inferir. Y no obstante, la capacidad de seguir evocando un poco de rudimentaria armonía le hacía saber del carácter enteramente simbólico de esa secuencia fónica aliterada de la que participaba en calidad de destinatario. “Triste triste como un canario con alpiste”. Aún en la desarmonía más pronunciada, el criterio de la similaridad tendía a imponerse. Me siento hermoso, antitético, fuera de forma, huyendo de las flamígeras estridencias de un proyecto que provocativamente se echó a perder antes de que pudiéramos entrar en su atmósfera. ¡El fuego todo lo purifica! Sin embargo, nunca se es lo suficientemente puro. Las compañías de seguros no deben saber qué hacer para pararlo. Jugar con fuego: se afirma que es un juego que termina mal. Acaso se deba a que desconocemos sus reglas. No me queda ni siquiera el recurso de cruzarme de brazos. Estoy entre dos fuegos. No existe la posibilidad de huir. ¿Qué hacer pues? Echarme al fuego por algo. Llegado el momento de la prueba, demostraría mi coraje. Sin embargo, tirarse al fuego por un gobierno tan despreciable no fue una buena idea. Es posible, sin duda, reemplazarlo en la imaginación por un Alberdi, un Roca, uno de esos héroes sublimes a la sombra de los cuales uno moriría dichoso. Pero los manchados, con su manía compulsiva de acumular información de distintos campos sociales sin ningún poder de síntesis, no parecían ser gente muy respetable por la que dar la vida. Es perjudicial juntar ruido. Podrido de la big data me tiraría de cabeza al fuego, si alguien predijera qué movimientos seguirían luego. ¿Qué preferencias como influencer podría predeterminar, si de todas formas los otros serían libres de elegir su modo más natural de morir? La rima es un opio barato que se administra al lector para adormecerlo ante el contenido esencial del poema. ¿Se acuerdan de la banda de melenudos grunge con algo de hippies, Collective Soul? El alma es de carácter social, eso está claro desde Jung en adelante. Si existieran hoy se llamarían Connective Soul -chiste sociológico que no se entendía. El menor de los manchados seguía hablando por hablar como si el tiempo de la charla social no hubiera quedado atrás y ahora el fuego no corriera por tomarnos. Y a todas las personas que usan redes sociales para autopublicitarse, simplemente, les diría: los mejores no colapsaron para merecer tus melindres, tu descuido pensado, nada de lo que sale de ese desfonde es arte. ¡¡¡UNA CHITA CORRIENDO A UN CHIQUITO DE OTRA ESPECIE CON UN FIN SEGURO LASTIMA MENOS!!! ¿En qué más podía gastarme diciendo May I have your attention, please? May I have you attention, please? El fogonazo magmático era inminente. Estrechar la relación entre arte y vida se veía posible ahora que los chasquidos de roca ígnea tendían a agudizarse siguiendo una misma escala en dirección a mí y al resto de la tropa. El péndulo volvía a oscilar, esta vez, en dirección contraria. Moriríamos antes del anochecer, quiero decir. Esa regresión al estado mineral parecía estar en correlación con la decadencia esencial al morenismo, y el retraimiento psíquico de las elites ante las presiones de la misma historia. Ascensión, reinado y dejadez o decadencia: esas muletillas historicosas le producían satisfacción aplicadas a otros, no a su mala pata. Si Ferguson hubiera jalado el gatillo, habría matado a la Revolución ahí mismo. Pero él no disparaba por la espalda. Una bala con precisión divina: su reverso, su espejo. Esos actos poco corrientes son puntos de inflexión. Le traban la cadena a la Causa, le sacan el suministro. En otros casos, se lo dan en cantidad. Hay momentos críticos en que las personas ordinarias hacen la diferencia. ¡Denme libertad o denme muerte! Pero él no creía poder con la invasión de lava sólida. No se atrevía a soñar con la victoria. Malthus estaba cagado y perdido. Composición: la suerte está echada. Él: componente básico de una estructura hecha de sulfatos y nitratos, no menos intrínsecos que las líneas y los colores, resultado de la adaptación de un determinado tema a un medio particular. La maestría de la solidificación por fusión se manifiesta en la elección singular de un tema, y el estilo mismo, por complicado que sea, no puede ser más que un proceso integral. Realismo tosco a lo Theodore Dreiser, mimesis without harmony, ¿quién podría deleitarse con una aproximación tan informe a la realidad empírica, aún cumpliéndose la máxima exigencia de verdad? La belleza es la última defensa contra la muerte. ¡Atrévete a saber! Se empecinaba en mostrarse capaz de decisión y coraje. “He cultivado la histeria con gozo y terror” debería ser, en verdad, el encabezado de su autobiografía definitiva no publicada, siquiera de manera póstuma, por causa de una muerte abrupta que no le permitió llevarla a cabo, apenas alguna palabra clave. ¡Oh, la fragilidad de la identidad! Ser el falo que no se tiene, no quiero. Tampoco después de muerto. Por eso no dejo obra. Un cuerpo en el que no me reconozco, siniestro, ¿para qué? ¿Para qué me quiere? Porque ella me busca. Busca hacerme suya la lava, presto a fragmentarme, a desmoronarme. Tu idiolecto nos divierte, sintió que alguien decía a sus espaldas. ¿Qué hacés, Baudelaire? ¿Tu tedio, bien? Agregaban expresiones que eran la negación de lo bueno y lo hermoso en un montaje decente. ¡Se rompió el contrato moral! Seguían jodiendo. Tan triste como una casa desamueblada, Malthus, disfrazado de mina todavía, no sabía qué dirección tomar, si la de las cargadas enigmáticas surgidas a espaldas suyas o la del fuego ansioso, chirriante, con mala leche, viniendo de atrás, also. Como entre las circunstancias más prosaicas siempre hay una chispa de vida, me sentí caer en los brazos de alguien, un miembro regular de las fuerzas GEOF, como era de esperar, que se adelantaba a la peor parte del derrumbe por calcinamiento y me apartaba, con su acción benéfica, de sumirme en lo absoluto de la inexistencia. Una pared regular de ruido me retenía y me fundía en un nuevo loop de la desintegración. Algunas llamas alcanzaban a los oficiales del final de la fila y los volvía caliza en un santiamén, podía ver. O eran del bando enemigo. Cuando te miro, no sé qué es real, le decía a uno de los policías que la llevaba medio disléxica y rota, como las capas de distorsión fundidas que modulaban distinto, según se replegaran o acometieran contra la avalancha de cuerpos. Ese ruido es mi hogar, tiene que serlo, le dije y le tomé fuerte la mano cosa que se diera cuenta de que me había vuelto chiquita y no solo mujer, que me protegiera de lo que quería. El dolor de la gangrena en el siglo XVII sin duda habría sido peor. ¡Córtenla! ¡Traigan al capellán! ¡Córtenla que el olor no se aguanta! Entre la marea de desperdicios consumidos, costra lodosa que lleva y trae sin criterio todo tipo de baratijas reducidas a su mínima expresión y solo de vez en cuando alguna pieza de valor, se dejaba ver un cráneo intacto que habría pertenecido a Carbonero, el boticario del que buscaban noticias, un hombre de una inteligencia sobrehumana, por lo que Manzanares repetía, y que además estaba dispuesto a colaborar con la causa justa. Pero no quedaba nada de ese tipo ni de su sesgo político favorable al bando de los narcochetos de Manzanares y facciones afines. Tal vez solo había considerado darles ayuda química por razones mercenarias. Tal vez había sido un niño enfermo que, al reclamar la atención permanente de su madre y ver cómo ésta la defraudara en una y otra oportunidad, se resintiera de tal modo contra la sociedad burguesa que había preferido elegir cualquier sociedad ilegítima antes que una que, tomada por verdadera, le brindara un reconocimiento que no cuadraba con su lado más íntimo. Y si en su infancia había concebido una veta precozmente morbosa tampoco podrían saberlo el jefe de la resistencia salafista, que se entregaba a la ayuda de este con la incondicionalidad del amante post-adolescente, ni él, que era un pobre exiliado, en el sentido arquetípico del término, y mucho menos el campana, que lo devolvía a la vida humana, cuando su convencimiento debía ser tan poderoso como su visión de las llamas atravesándole las botas con odio y pensamientos de te aplasto, te piso. ¿Dónde estaban todos? El tipo me decía que me quedara tranquilo, que ya tenía el sol del amanecer en mi cara, la belleza, la juventud. Chacho Harold Laski o Childe Harold, como le decían sus más allegados –me confesaba-, era un ángel. Su acción se enmarcaba en un limitado paréntesis sintáctico que interrumpía las nocivas conexiones del presente de M. M. como una cláusula relativa introducida de manera imprevista en una oración principal que lo tenía a este, hasta ese momento, como sujeto paciente de horribles procesos transactivos con posibilidades de ensancharse e ir progresivamente saliendo de la subordinación hasta convertirse en un agente formalmente libre. Una vez convertida la historia de su salida airosa en un presente completo e independiente, solo le restaba convertirse en un bourgeois, aquel por cuya mendacidad, engreimiento, pereza mental y cobardía fue denigrado una y otra vez de la manera más violenta por los poetas y artistas a partir del Romanticismo. Marcelo poseía inclinación y hasta aptitudes para la actividad práctica. No se despegó por anticipado de esta, tendía al goce sensible de la vida tal como se le presentaba. El éxito y el goce materiales le parecían cosas que valían la pena. Por eso elegía quedarse en brazos de este desconocido y no entregarse a la voracidad improductiva de las llamas. Cuando llegaron al cuartel general de bomberos todo se convirtió en una pobre versión de lo planeado, como siempre. ¿Te atrapó el Gorgojo? La explicación era absurda. Se basaba en una metafísica descuidada de lo irracional natural. Los pulgones en un día producen diez pulgones y esos diez, otros diez y esos diez, otros diez. Te comen un pimiento en horas, después de días de reproducción alocada, sostenida. Pónganlos al sol y esperen un par de semanas. Yo no quiero un bombero, solo denme fuego, respondió con altivez M. M. para que tuvieran claro sus irresponsables interlocutores que el diálogo marchaba hacia zonas poco fecundas, más tratándose de una persona herida a la que tenían que darle un lugar cómodo donde descansar la mente, pero tampoco era un tonto que no se sabía defender de las habladurías. Childe Harold trató de calmarlo y le mojó la frente con un paño embebido en un ungüento algo maloliente. En caso de incendio, rompa el cristal. Yo soy el remisero de esta ciudad. La NASA no me entiende. No entiende mi verdad. Y así se repetían los insultos al sano entendimiento en un loop inmanejable de oraciones con ritmo aliterado de rap. Cada vez que su captor le daba palabras de aliento o le sonreía para conformarlo, estos arreciaban con un arsenal de alusiones durísimas a su condición de quemado. Sabes que no sería cierto, sabes que sería un mentiroso si yo te dijera, nena, que no podemos estar más “high”… y me dejaban el remate de la pieza clásica para que yo dijera como un estúpido excitado, insensible a mi condición, ¡¡dale, baby, avivá mi fuego!!! Una tarde lluviosa, sentados alrededor del fuego, en una casa alquilada en el Lago Ginebra -le decía su amigo, el bombero, para distraerlo de las gastadas- leyendo en voz alta cuentos alemanes de fantasmas, Byron desafió a cada uno de los presentes a escribir su propia historia de fantasmas. Y poco tiempo después, Mary Shelley soñaba la idea de Frankenstein. ¿Y esto por qué me lo decís ahora? Si el fuego inspiró a Mary Wallstonecraft Godwin la historia de un científico que da vida a un monstruo, ella que vivía con un escritor que tomaba láudano para sus ataques de nervios, y que había amenazado histérico a su padre y a ella con matarse en su propia casa con láudano y una pistola, si no la dejaba verla, y tiempo después, mientras ella, embarazada, le daba vida con la pluma a su monstruo, él, en un rapto de hipocondría, fantaseaba durante semanas que desarrollaba elefantiasis por haberse sentado por casualidad junto a una mujer con piernas gigantescas, y lo llamaban el loco porque les daba plata a los pobres, un tipo que decía ver recurrentemente en sus sueños a un chico desnudo saliendo del mar que aplaudía y a un doble suyo que lo arrastraba hasta la terraza y una vez allí le preguntaba ¿cuánto tiempo más vas a sentirte satisfecho?, o soñaba que la casa se destruía, como en ese cuento de Poe que todavía no había escrito, y en lugar de salvarla a ella, la estrangulaba, vivir con un sujeto así sí es un drama, hasta que un día el tipo le pide a un amigo que le dé la llave dorada del cuarto del descanso eterno y es la mejor de las pesadillas que puede regalarle a esa joven, ¿vos te quejás de lo que te hacen pasar estos? Hijos no -todos murieron- pero dejó una obra. Concentrate en vivir, mejor.

No ocurre nada, pero esta nada se ha convertido en algo pesado, agobiante, amenazador. La tristeza para los ingleses (mourn) es algo que pasa muy lento. El sentir no traducible de esa palabra con su vocal cerrada alargándose en los labios obliga a sentir el dolor de la pérdida con toda la boca, su tardanza, algo que apenas aguarda alguna reminiscencia en la sibilancia redoblada de nuestra tristeza latina y su andar acompasado, sus recurrencias demasiado estridentes, zafias para una palabra que evoca el silencio fundamental. Grief: dolor del alma que se expande y ventea, sabiéndose atorado para siempre en la cavidad de salida, que no sabrá expelerlo sin aspereza, Averno de no retorno. Nuestro idioma es antipático en lo concerniente a la infelicidad. Mire en lo que se ha convertido el andar defectuoso de nuestra querida pústula de Nación. ¿Cuál es la auténtica realidad común a todos? Es verdad que los hombres se reúnen todavía para hacer negocios, aunque los hagan mal y no alcancen nunca a sacarnos de la miseria, o para sus entretenimientos, pero tales reuniones no provocan ningún eco de comunidad. Son torpes, ridículas, penosas y saturadas de incomprensión, mentira y estúpido odio. Odio no terminar nunca de saber cómo sería el mundo de los sensatos. Malthus Marcelo estaba de acuerdo en, prácticamente, todo con el Comandante Esporas, que lo miraba desde su mecedora con perfecta cara de turro, mientras metía la mano en una bolsa de maníes y a medida que se repetía el movimiento la imaginaba saliendo cada vez más negra. El mundo consiste en pura estupidez. La realidad auténtica se escabulle siempre un poco más a medida que el individuo va arrastrando su sustancia por el espacio conocido. Y, sin embargo, está ahí, en el lenguaje del escritor, que desenmascara la necedad por el mero acto de contarla. El lenguaje viene a ser, pues, una piedra de toque de la estupidez y participa, por lo mismo, en aquella realidad de los sensatos, pero era muy difícil dar con ese libro que, aun inserto completamente en la falsa realidad, acomode la existencia que nos toca en las categorías tradicionales de lo “trágico” o lo “cómico”, captada en una profundidad que la redima. Esporas no tardó en responderle. Si encontráramos a alguien que encuentre una actitud ante la realidad de la vida contemporánea, simplemente, “seria”, “objetiva”, que dejara simplemente que las cosas hablen, lo que excluiría, por supuesto, la idea de una tragedia auténtica, de modo tal que el lector no pudiera jamás identificarse con los personajes, como debe ocurrir con los héroes trágicos, sin entregarse a la emoción, apelando a nada más que la fijeza de una observación pensante, ese alguien lograría el milagro de obligar al lenguaje a entregar la verdad sobre los objetos. Suena un poco raro como definición de estilo de una obra, le retrucó Marcelo al vigilante Esporas, que no paraba de cosificarlo desde su posición de mayor altura, acorde a su rango, dado que el agente de seguros se encontraba postrado en una cama de un lugar impreciso, no pudiendo mover sus brazos por efecto de las quemaduras o de los barbitúricos que pasaban por la sonda y se le metían en la vena y de ahí a la cabeza, a la central nerviosa, que daba la orden de dejarlo duro y lúcido a la vez, apto para la conversación sin efectos.

Salven a la magia / Adiós, reinita / ¿Querés un poco de alfajor? Un lenguaje más llano hubiera necesitado oír Gustavo Malthus saliendo de la boca de los poderosos para recuperar su fe en un viraje hacia lo moral, lo humanitario. Estaba a punto de retrucarle con un poco de socialismo sentimental, cuando escuchó el ruido de los talones de Esporas impacientarse por la mala lectura de alguno de sus subordinados que no venía a cambiarle el suero a su invitado o a ponerle un batín más adecuado al tamaño de su cuerpo. Por miedo de ser acusado de preferir la cursilería en lugar de la charla verdadera, esa que ofende a las personas de bien y recoge su asunto del cieno de la calle, Malthus Marcelo empezó a proferir todo tipo de insultos. Se sabía entumecido, pero no era ningún pelotudo. Lo querían embarullar con lenguaje ampuloso para distraerlo de lo esencial. En las próximas horas aprobarían de facto el impuesto a la renta financiera, se comentaba en las radios clandestinas. ¡¡¡¡Políticos hijos de mil putas la reputísima madre que los re mil parió!!!! Querían gorrearles a ahorristas paupérrimos los pocos centavos de dátiles que daba el plazo fijo en un país que era un enfermo inflacionario crónico, con el ingreso per capita de Angola y las chinches de Zimbabwe. Childe Harold, sentado en el dintel del ventanal del hospicio, mientras dejaba caer juguetonamente una de sus piernas al vacío, manipulando un cigarrillo que hacía bailar entre los dedos, le sonreía al malthusiano con la lejanía de las almas que se autoperciben como no corrompidas por el materialismo burgués. Le daba a entender que había aún algo más esencial que las condiciones materiales de existencia, por más repelentes que fueran, y aunque tuviera razón en protestar con fuerza, la preservación de esto otro era suficiente para mantenerse a distancia de esas provincias infernales, que lo mirara a él, podía estrellarse como un cuerpo que cae y muere y volver a vivir. Aunque le doliera, no era impropio considerar que las palabras hermosas del bombero se trataran de otro ardid de la casta política, creía Ma. Ma. con la cara endurecida por el esfuerzo de putear. A Esporas nada parecía sacarlo de sus casillas, y eso que era una negrada todo lo que le decía el héroe embalsamado. Lo siento. Tendría que habituarse lentamente a su nueva expresión, se convencía el paralizado. Posteriormente, fue haciéndose cada vez más desagradable. Las puteadas se amontonaban en su boca con la fetidez de las cloacas. Llegaba a la conclusión de que tal cosa debía ocurrir necesariamente. Renunciaba por adelantado a todo reconocimiento general. Las instituciones políticas no ofrecían ninguna consistencia interna. Las grandes ideas del morenismo se habían desgastado con asombrosa rapidez, convirtiéndose en frases hechas. Mercado interno significaba mierda o menos que mierda. Su resultado había consistido, en resumidas cuentas, en una abúlica empresa, falta de la energía natural de la pugna de los egoísmos, considerada como justa, por cuanto el trabajo estatal o estatal-privado era mirado como la condición natural del bienestar general y del progreso, y el otro, el que se sostenía en los pilares del conocimiento, el superávit y los fierros, decían que era “de putos”. Pero la autorregulación no funcionaba de suerte que las necesidades fueran satisfechas con justicia. Sobre el éxito y el fracaso del individuo no deciden solamente la estrategia del celo partidario, sino el punto de partida, los golpes de la suerte y, no muy raramente, una robusta falta de conciencia. Desde luego que nunca había marchado el mundo según la justicia, pero ahora ya no era posible interpretar seriamente la injusticia como disposición divina, aceptándola como tal. Se produjo el cambio de mando, el golpe de timón, el Golpe, pero el empuje del mal movimiento económico era demasiado fuerte para que pudieran detenerlo frenos puramente morales. Coexistieron la voluntad de equivocación económica y el malestar moral. Se gestaba la preparación de la gran crisis cuyo estallido hemos vivido y estamos viviendo aún. Novela de crisis, la del malthusiano, no era seguro que poseyera una inteligencia sintética capaz de apreciar en su justo valor las fuentes más importantes de peligro. La mayor parte estaba ocupada con ideas y métodos que le impedían comprender la situación económica y la elementalmente humana. Es ridículo, dice una anotación del Journal de los Hnos. Goncourt del 8 de febrero de 1866, de demander a une oeuvre d’art qu’elle serve a quelque chose.

– Los grasas que se salvaron te aman. Son tus amigos. Hablan muy bien de vos.

– Yo no los conozco, señor.

De “El magma de los apestados”, póstumo

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