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Una ambulancia atrás mío. Los síntomas empiezan a salir. Vasectomizado y dolorido caminaba por la pendiente que lo alejaba del Hospital Militar y lo llevaría hasta las cuevas del león, sitio definitivo de su reposo. Lo citaron para las 9 y le pidieron discreción. Entre los componentes de este sujeto, el eje cristalizador de la fuerza comunicativa difusa de los demás componentes, el “tema” que lo mantenía en vilo, era si sabría, al cabo de esa prueba, cómo darse una existencia diferente. Sus pensamientos se referían, al igual que lo harían los de cualquier otro en sus circunstancias, al sentido, a ser su portador. En parte por las barreras de la estratificación social y la limitada posibilidad de acceso a una educación de calidad, el Pibe Traumi se sentía determinado a repetir los errores del pasado. Su baja competencia lingüística no lo ayudaría a encontrar qué decir. Las tres actividades básicas, el orden de las frases, su cualidad estética y el arte de inventar buenos argumentos, le resultaban completamente ajenas a su forma de pensar, y sí, en cambio, las asociaba –por desgracia- con el estilo de la gente de nivel, como esta con la que le tocaría carearse. El cómo y el qué de su actuación retórica representaban un problema serio para su futuro, tanto como sus gestos y la forma de vestir rotosa, escenografía general que envolvería sus súplicas. ¿Sería capaz de ayudarlo la memoria a retener en la mente su discurso? Su depósito de ideas parecía ser insuficiente, lo contrario a una virtud a la que recurrir según las necesidades del contexto, para aprovechar la ocasión que le daban y conseguir así los objetivos propuestos. Lo esperaban tocando en la viola Foo Fighters, Everlong, con el rasguido original y la afinación correcta en re. Las luces acompañaban un momento que parecía íntimo, por la disposición de los cuerpos frente al fuego. Todos conocemos personas para las que todo adquiere una función estética, igual que conocemos también otras para las que la función estética existe en una medida mínima. Estos pertenecían en partes iguales a los dos grupos. Los límites entre lo estético y lo antiestético de su comportamiento eran muy finos. Variaban casi imperceptiblemente de uno a otro según las edades, el estado de salud e incluso según el ánimo momentáneo de cada músico. Recordaba que le habían preguntado cuál era su canción favorita, un ratito antes de dejarlo ir, mientras O’ Brien le hacía el homebanking para que pudieran depositarle plata y supervisar desde ahí sus movimientos y le pedía también un nombre que no fuera demasiado largo para memorizar como contraseña. Everlong estaría bien. No entendía la razón exacta de que le dieran financiación. Suponía que era una manera de compensarlo por el drama de la explosión de los elevadores, aunque, de haber sido así, más justo hubiera sido empezar por reconocer con dinero a los familiares directos de los muertos, él -dentro de todo- se sentía bien y estaba en condiciones de buscar un trabajo. La otra explicación es que estuvieran transfiriendo dinero a su cuenta para volverlo su testaferro y disimular su enriquecimiento ilícito con él, que no era muy bueno para lo contable. Un residuo estético de los más escasos: me dieron la bienvenida y me dijeron que me pusiera cómodo, que tenían cervezas para compartir y mi música favorita para oír. Como si viviera en la época del rococó, sentía un poco afectado el hecho de estar pasándola bien, mientras miles de compañeros morían en las calles por el dengue y la represión. Pero eso no me impidió tomarme un descanso de mis obligaciones y escuchar qué planes tenía esta gente para mí. En realidad, querían conocerme más, solamente, y en otro ámbito que no fuera el hospital de quemados. Si pasaba el casting de buena onda quedaba en el programa de jóvenes dirigentes, dependiente del Ministerio de Desarrollo Social. Yo lo que quería era plata y una vivienda digna y, si eso implicaba trabajar para sus políticas, tampoco me desagradaba. Parecía raro que me pagaran un sueldo por no trabajar, que me invitaran a una kermesse a cielo abierto en una época del año que no estaba muy buena para acampar y encima en un lugar de la ciudad que tenía una carga histórica medio chota. Los desaparecidos del anterior gobierno de fachos iban a parar ahí, hacían ahí su última presentación con vida. Me quería matar cuando me di cuenta de que todo podía ser una trampa de esas tipo túnel del tiempo con tecnología de avanzada y una gran corporación manejando el negocio de hacer que lo horrible se repita para traumar a los ingenuos y los desinformados. Podía estar saliendo por televisión en un horario central, o sea. “La confusión se apodera de la situación cuando el pasado y el presente se entrecruzan” debía estar leyéndose en la pantalla de las teleaudiencias como anticipo de lo que estaba por verse. La expectativa de cientos de niños y adultos se hacía sentir en lo mohoso detenido de la cueva. Mi cuerpo está acá. Mi cabeza, más allá. Flema sonando a todo lo que da en el tocadiscos subterráneo, unos policías disfrazados de punks chetos cabeceando como ropiados. Me podían buscar pero nunca encontrar en esos pastizales. Porque todo se repite sin que yo lo quiera hacer. El hábitat se había extendido y se sentía adentro de la superficie social de la canción. Abarcaba un número mayor de situaciones que esa que le tocaba vivir. El estado de confusión del yo lírico estaba extendido sobre la superficie total de la realidad, pero se manifestaba con mayor énfasis en ciertos estratos del contexto. Prevalecía en la cara chata del de melenita y en cambio se hallaba ausente o estaba atenuado en la intensidad del machaque y las manoplas del más loquito. La peculiaridad de estos consistía en la oscilación entre la comunicación con música y la manifestación de una cara por sí misma, instantes que formaban parte del género del retrato, daba la sensación. Freezado, Federico Traumie no perdía de vista que su objetivo era la elocuencia, influir sobre la convicción de sus oyentes. Les propuso un juego: si lo dejaban expresar sus sentimientos, no iba a molestarlos más con su presencia, que se notaba, les resultaba incómoda. No me gusta la danza porque por momentos me recuerda a la educación física y además se le nota demasiado su función erótica, en cambio, la música pasa más por la cabeza y de ahí, a lo sumo, se desperdiga por el resto del cuerpo dando saltos medio muertos. Esta era la clase de cura por la palabra que necesitaba que le dejaran hacer. Les reprochó su falta de fantasía. No dejaban de rockear y tomar vino en cajita. Unos crápulas. Tenía poca idea de lo que estaban haciendo ahí, pero tomar sin hablar le parecía una anomalía en cualquier contexto. Era pintoresco el lugar. Tenía sus oscilaciones. Lo curvo atrae. Las ruinas y los trajes típicos funcionaban como fenómenos bellos para su percepción sensorial. Los anacronismos intensificaban sus sensaciones estéticas. La división de las superficies en una simetría absoluta lo ponía nervioso, así que evitaba crear cuadros con la mirada que produjeran ese tipo de efecto visual. Gracias a una costumbre prolongada, había adquirido una naturaleza que admitía la deformación, más que nada por un defecto, la ausencia de una red mental densa que contuviera la mayor cantidad de detalles con fundamentos en todas las normas estéticas posibles. Los períodos de deformación radical eran mucho más frecuentes en su gusto característico que los que anhelaban el cumplimiento de la perfección. Por eso podía escuchar Flema y Fun People y no sentirse un deforme, por más que un grupo era decididamente feminista en sus principios fundamentales y el otro, era decadente y vomitivo. Lo hacía por indiferencia estética a lo mecánicamente regular. No era sonso. Su tendencia deformadora precisaba de la fuerza contraria, representada por principios sólidos de los que ayudarse para tener una base fija, sabía perfectamente. Justamente, era la ley de conservación de la energía la que le decía ahora que tenía que rajar de ahí cuanto antes. Si no le hablaban y escabiaban es porque algo ocultaban. Algún deseo reprimido de derrocharle al máximo la energía hasta la extinción de dominio debía habérseles metido en la cabeza, tal vez por la influencia de la música zarpada que tocaban o por órdenes directas dictadas por una cucaracha re mini que no se veía, tapada por los alfileres de gancho que les saturaban las orejas. Los fenómenos de la naturaleza pueden ser feos, pero no de mal gusto. Estos tipos tenían mal gusto. El desagrado que producía ver su falta de capacidad para la charla liviana volvía insignificante lo otro, el desacuerdo en política. ¿Acaso su indiferencia en todo, excepto en la buena onda musical, tenía como cometido sugerirme la finalidad decorativa de mi persona en la fachada del sector de entretenimiento? Ellos constituían el tipo de individuos superiores que asisten a una cita con la condición de ver limitada la actuación del otro a una función de acompañante, en algunos casos, precioso, pero en la mayoría, de grado inferior. De todas formas, era consciente de que prefería la primitiva expresividad espontánea del gesto de pocos amigos, antes que la tarea falaz de la mímica educada, acompañada siempre del lenguaje de rigor que, por su exceso de convencionalidad, solía resultarle nauseosa y patética. ¿Los largo ya a estos o me quedo a ver el amanecer, a ver si sueltan algún dato más claro sobre cómo influirían en mis próximos pasos? ¿Y si me “descorchaban” antes del amanecer como a un desconocido más, furiosos de vino? “Vamos a portarnos mal, vamos a portarnos mal” cantaban un reggaetón ahora, en una deriva visual y auditiva que vaya a saber uno a qué estaba sujeta. ¿Se le hacía tarde? ¿Era muy teatral rajar en medio de una coreo? Para el actor hubiera sido más fácil determinar si era un hecho artístico o no el que dominaba la situación. Saber eso le hubiera permitido liberarse del contexto con profesionalidad y adquirir una posibilidad acentuada de transformación. Más allá de esto, era para aprovechar la oportunidad. La influencia del teatro se manifestaba de manera muy evidente en la vida. En los últimos años, podía observársela prácticamente en todo, comenzando por la manera de andar, hasta los movimientos más inútiles, como la manera de abrir una lata de conservas o la pose de tipo musculoso para que no te asaltaran tan fácil en la calle. De esta manera, las nuevas normas estéticas penetraban directamente desde el arte a la vida cotidiana, siendo a veces su escenario un taller de artesanías, a veces las habitaciones de los salones intelectuales, o la mismísima Rosada con sus réplicas teatrales, Rosadita, Rosedal, Rosa Viejo, el cabaret de los ricos y famosos. Su arte era más modesto. Traumie quería anularse como individuo y ser solo un intermediario entre el hombre común, devoto del trabajo y las cosas útiles, y los poderosos para los que trabajaba circunstancialmente. Prefería adoptar los usos del medio culturalmente dominante, si era necesario, para adquirir la supremacía espiritual, sin olvidarse de dónde venía. Pero a la vez, era una contradicción medio insoportable sentirse integrado en los papeles y luego subordinado en los hechos, cuando la charla no fluía como él esperaba, siendo esta una necesidad fundamental de todo ciudadano de categoría. El cotorreo de la conciencia es variable en todos sus grados, haciendo imposible que esta se haga semejante a una inmovilidad perdurable. Las certezas civiles  “eternas” cambian y se transforman lentamente en su opuesto. Imperceptiblemente, podía estar asistiendo a esto el chico sobreviviente del último gran drama nuclear del país; el colapso de la deseabilidad de sus ideales se cocinaba al fragor de los cambios de gustos, cuya duración limitada, conocida por toda persona atenta al ritmo inestable del “consumo”, exceptuándolo a él, casi seguro, lo harían fracasar. Continuaba aún buscando el valor duradero, cuando sintió un olor a quemado que salía de los cables del equipo musical de los canas que lo hizo bajar la pendiente usando su cuerpo como una tabla de snowboard. Los otros, en cambio, que buscaban la transitoriedad y lo efímero en sí mismo, se quedaron limando entre las llamas. ¿Se trata de una manifestación ficticia con la intención de engañar al receptor, él? ¿Buscaban desviarlo de la averiguación de los fines que guiaban su conducta, alejándolo del espacio del que surgirían tarde o temprano los indicios de una jugada fea? ¿Se trataba de una mentira, o sea? ¿Buscaban poner a prueba su credulidad, haciendo pasar por auténtico un acontecimiento pensado y ejecutado por la astucia del que no es transparente? ¿Querían saber si era místico y creía que algunos elegidos podían divertirse, aullando entre las llamas? U otro caso: ¿se trataba de una manifestación falaz, falseada, cuya intención era no solo engañarlo como receptor de ese mensaje, sino presentarle una posibilidad de otra realidad, distinta de aquella en la que vivían, mostrándole que los fieles podían conseguir la gracia divina sin tener que mostrarse dogmáticos y pesados de discursos? O consolarlo, y eventualmente asustarlo mostrándole la nula diferencia entre la mentira necesaria y la realidad: era todo ficción y pura. Saldrían abrazados después de las últimas explosiones como amigos que se reconcilian después de meterse los cuernos con las novias de los otros. Él sería testigo de esa “proeza”. Felicitanos, che. ¡Venga un abrazo! Biografías que daban un giro en potencia sin contenido concreto. La escena hablaba, contenía un mensaje pero de un tipo totalmente diferente al de la poesía o la pintura. ¿Cuál era, pues, el soporte de su significación? Semejante a la música no era el contenido, puesto que no lo había, sino sus componentes formales: la escala melódica y rítmica de las llamaradas alterando la composición del aire, el nivel del tono del humo, el timbre de las chapas hinchándose hasta la atonalidad. Encontrándose delante de la materia, delicadamente privada del peso y tan simple a la vista que su percepción estaba dirigida hacia una especie de vibración de felicidad, mediante curvas casi invisibles, redondeles insignificantes y omnipotentes, y mediante aquellas combinaciones profundas de la regularidad y la irregularidad, tan irresistibles como indefinibles, el receptor subordinado a su presencia era llevado de una visión a otra, del silencio profundo al susurro de placer en tal medida, que se aproximaba y alejaba, se volvía a acercar y erraba alrededor de la obra, siendo dirigido en sus movimientos solo por ella y convirtiéndose en un juguete de su propia admiración. Se podía imaginar a hombres que después de haber vivido una vida perfectamente gris, al escuchar por casualidad una composición similar, descubrirían que su alma, sin que lo supieran, también pasó por experiencias terribles y conoció placeres asombrosos, experiencias que no han tenido, pero hubieran podido tener. Estos mártires se daban al fuego para proporcionarles emociones inagotables a espectadores ignotos de la zona, lugareños brutos, quinteros, a quienes su música definitiva llenaría de una atmósfera de letanía, como si lloraran por los pecados que no han cometido nunca. Dado que la identificación del color negro con el pesimismo le parecía demasiado burda para explicar la compleja vida interna de esa escena tan promiscua y tan neutra, prefirió pensar en el dinamismo del conjunto. Así, por ejemplo, el color negro del humo encontrándose en medio de los colores claros de la aurora podía resultar noble y festivo; y el contraste entre lo monumental de la representación y lo “bajo” del tema demostraban la diversidad de significados que podía adquirir el incendio según la cabeza ahumada del que lo mirara. Lo que estaba claro es que todo se moría y lo que seguía vivo merecía la muerte. Quizás esto a otros les resultase desesperadamente extraño. Si bien muchos considerarían que se habría descendido a condiciones sociales trágicamente indigentes, Traumie creía que hubiera sido pecar de dogmatismo si se rechazara la posibilidad de que esa situación proviniera más bien de un enriquecimiento humano generalizado. La catarata de fusilados podría dar por resultado -entre otras cosas- que dejaran de gustarnos esas tragedias y comedias. Supongamos que, gracias a expertas investigaciones forenses, se descubriera mucho más sobre lo que la debacle argentina en realidad significaba y nos diéramos cuenta de la enorme distancia que separa lo que entonces nos interesaba de lo que hoy nos interesa y releyéramos esas historias a la luz de conocimientos más profundos. Sería un mal chiste su “horror eterno”. En esas circunstancias, el cuento del Morigerador no valdría más que el graffiti de una chota en el patio del colegio confesional. Es  por  ello  muy  posible  que  si  se  realizara  en  nuestra  historia  una transformación  suficientemente  profunda podría  surgir  en  el  futuro  una  sociedad  incapaz  de obtener  el  menor  provecho  de  la  lectura  de los discursos del Morigerador, el Capitán Más Especial o CME, como le decían los pibes que curtían la onda abreviada del pop coreano. Quizás sus obras les resultaran a estos, ya más maduros, desesperadamente extrañas, plenas de formas de pensar y sentir que en la sociedad en cuestión se considerarían  estrechas  o  carentes  de  significado. Los tiempos cambian. Nos vamos poniendo chetos y ellos también, pero un día se hará más evidente que la ropa les queda mal, la campera de canelones y el jean apretado es grasa, y su pop oficial pasó de moda. La gente cambiará de opinión sobre lo que consideraba filosófico y más tarde llamará literatura babosa de ex poeta devenido cuadro honorable de un gobierno chorro que no reconoce la edad que tiene. Los tiempos cambian. Los enfermos mentales de hoy mañana serán los sanos. Había una oportunidad para los Traumi, pero primero había que conseguir guita, como en cualquier paraíso en la tierra. ¿Sos callejero, vos? Raspá la olla.

(el drama oscilaba entre el arte y la propaganda)

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