Matías Iglesias atravesó la puerta del frente con abundante olor a colonia y una máscara del Acertijo. Era broma. Quería estar en armonía, vibrar, recuperar la salud a costa de la de su comunidad. Su espíritu le decía: esa es tu función social. El yo no debe excederse en su aspiración a lo que trasciende la vida, sabía. ¿De qué vivían los de al lado? No sabía. Pero sí estaba seguro de que en medicina se puede confiar solo en la naturaleza. Confiable era. Tenía un lugar donde caber en ella. Lo que no soportaba era estar alojado en su cabeza, en un cuerpo que tiene una casa que no es todos los lugares. Liberar (¿existe tal cosa?) es lo que permite despertar, desalojar la cabeza. Sacarla a la calle donde los personajes se mueven. Porque la escritura es irónica por naturaleza y los boludos daban vueltas, disipaban su exilio con bolsas de compras a toda hora de colores distintos ¿y él diría que su hogar, la atmósfera de su discurso, no era la desobediencia civil? Era difícil quedarse en casa con una personalidad disipada en esencia. Sin un componente que fije, un laburo, una rutina, el narcisismo se excita descomunalmente. Te pide a toda hora una vida clandestina más allá de tu mujer y tu hijo. Un poco de básquet, algo en lo que pensar que te evite ser carcomido por la influencia del Yonqui, del salame que se asusta y vive guardado, carece de un nombre. Iglesias cruzaba la calle en una combinación extraña que violaba las reglas de convivencia sin exponer falta alguna de honradez ni respeto por las leyes. En él se exponía lo que a todos habitaba. Claro que los otros condenarían aquello que él afrontaba en ese instante de grosera independencia. Le daba asilo al híbrido cuando las autoridades más se venían encima, esa parte vacía del nombre que lo sentencia a uno a ingresar a una vida clandestina para ya no desprenderse, allí permanentemente erradicado. ¿Carecía de respeto? Carecía de Maestros. A esa hora del mediodía, el profesor Ángel Kappa, además de sus propios pensamientos, alojaba dos voces en su cabeza que aparecieron allí después de una experiencia de diálogo fallido, un intento de acercamiento a su ex, Sandra Cruz, pareja del ahora decano de Humanidades, que los traía a todos locos, cifra de que las pandemias y los procesos severos de desequilibrio energético, en tanto estructuras disipativas, estaban allí desde que el yo era otro. La identidad era baja en ese proceso reflexivo. Con cada acto y cada sonido, con cada orden que los sentidos les daban a las manos de hombre delgado, sin equilibrio, se alejaban más más del cobijo y se ponían a vibrar impuras, afectando la capa de ozono, desencadenando nuevas impurezas. Eso dice la física. Además estaban los interrogantes en el fondo, que no lo dejaban reposar. Todo está en el fondo enlazado, ¿no? Simultáneamente. Negativo se movía. No se movía. No habitaba más que la escritura. Unos deduchos incesantes se vaciaban sobre el largo rodeo de las letras de molde. Encontraban el exilio constante así, cuya totalidad se manifiesta en cada párrafo, siempre igual, siempre diferente, dependiendo del género y del tiempo en que transcurra la suma de todos los males. Kappa escribía. ¿Qué quería? ¿Hablar? ¿Pero existe tal cosa? Como el sujeto que se afirma a través del testamento en su muerte, este perdía el tiempo y a su vez la sustancia mínima se le iba, se olvidaba hasta el próximo punto de lo que iba a escribir, o interpretaba mal, sobreinterpretaba, multiplicaba los síntomas y antes de llegar al punto siguiente ya no era él que se iba a morir, eran muchos que se iban a morir y él los llevaba, sin reposo, hasta las anécdotas menos inocentes, las culpabilizadoras. Si el eje central durante páginas era el diario, luego reaparecía el vínculo con el universo cristiano, las epifanías se sucedían y se bifurcaban en otros caminos de lectura, la cuántica, el budismo, iban desestabilizando uno a uno esos imaginarios del que los apartados tomaban sus motivos. Esa era la dinámica de la acción del pensar de este sujeto que alguna vez había sido profesor y ahora la escritura lo había vaciado. Al principio era una imagen del texto de sus interpretaciones, ahora ya era semejante a las teorías que ficcionalizan los ensayos literarios. Pobre payaso. La reflexión de Eliseo sobre la entidad de lo real se asentaba en las indagaciones sobre lo ilusorio del mundo producto del pensamiento de tipos como él. Ángel pensó qué significaba que Sandra Cruz fuera pareja de un fiel devoto de las Ciencias del Espíritu. Él se había encaprichado y había perdido el espíritu y todo lo otro, empeñado en construir su propia disidencia respecto de los gustos de ella, así que ahora jodete, hermano. ¿Qué cosas contenía ese momento además de hojas saliendo de la libreta perforada de muerte del profesor y su concentración transformada en peste por obra de la luz baja? Un sinnúmero de “me gustaría saber qué….” “También me gustaría saber qué…” unían los momentos con abalorios de pensamientos adjuntos que terminaban todos en “qué”, “cómo”. Y estaban a punto de despertar risa, colgados del vacío con la sensación de que no había una razón lógica para individualizarlos y decir “esto sale de mi alma”, “yo lo puse acá”. Mentira. Eran boludeces. Todas boludeces que le hubiera gustado saber qué hacían ahí, asomadas, colgando de su memoria. Hermoso sol. Alguien descargó el baño. Alguien descubrió que tiene la peste en el piso de abajo y llamó al marciano para que lo arroje al foso del fin del mundo, donde todo es sosiego, y lo siguiente es la risa de los que todavía se besan, cojen, se asombran y se destrozan la mente con dulces inquietudes financieras lejos de vos, del finado del Segundo Piso.

Tocaron el timbre. Era el diariero. ¿En qué dirección viaja este pensamiento materializado del orto? Yo no te traje. Volvé a tu recuerdo, sombra con rastas. Resulta que de verdad tocaron el timbre y era el diariero. Era el muchacho de la otra cuadra, de enfrente del edificio de 25 de Mayo, pero él no vivía más ahí, fue hace como veinte años eso. Estaba fumado y tenía mucho de filosofía y teoría del caos el recuerdo viviente de ese jipón que repartía diarios por pedido de su madre, la kiosquera confiable del barrio de ancianos. Yo no te pedí nada. Rogaba por favor que volviera el azar a cambios cuya variedad surgiera de fuentes menos lisas, que no lo obligaran a armarse antes de desaparecer. Era como si la mente muriese para renacer con otro espíritu, uno juguetón y decidido a encenderle una enfermedad mental dormida hasta ahora. Volver consistente la fantasía es la aspiración máxima del que no cree. Ángel Kappa no era un maníaco, si bien a veces soñaba con disolverse e incorporarse al Absoluto como cualquier escapista o idealista infeliz. ¡Despertate! Mediante el conocimiento. ¡Despertate! Mediante el conocimiento. Lo repetía para asegurarse de que escuchaba bien y no estaba muerto en un agujero divino sumergido en un castigo insensible al tiempo. Iglesias también aquí alcanza el conocimiento. Un poco tarde quizás. Pero la despersonalización le permite aún funcionar como un mensaje capaz de ser conducido satelitalmente a salvo. Mete los dos pies en el coche. Se borra de la calle que vigila y ve todo. Si es un sujeto en su mínima expresión… no importa lo que crean los otros, lo importante es seguir en la búsqueda, moverse, ir lo más llano posible. El asfalto se había vuelto livianísimo. No manejaba desde hacía seis semanas. Cualquier traducción del poco peso de sus pies acelerando y doblando en marchas más rápidas o más lentas era válida, modulaba bien el paisaje del relato. Se contaba a él mismo que estaba vacío, era un gas delgadísimo que cabía en cualquier bowl, en cualquier hueco con tapa y buscaba subir o buscaba bajar, siempre vaciándose a la misma velocidad, estable, invisible para los ojos de los fanáticos de lo tremendo. Se borraba de la calle, de pie, parado al alcance de los tortazos y buscaba una revelación: la luz de giro lo guiaría, había que ponerla y esperar. Te alcanzo, ya te alcanzo conocimiento de lo que revela, curiosamente, una mancha en el currículum. El escritor, el guía, el mediador, el médico todas esencias que surgían por defecto cuando la frustración de la promesa de felicidad -siempre introvertido sin valerse del lenguaje purificador de la tribu- le hacía entender que no iba a fundar un nuevo espacio común en la ciudad. Era solo un alma ocupando lugar en un damero plagado de parquímetros y señalizaciones: por acá más lento, por allá más rápido, ¡no doble, no ve que hay postes que matan! ¿A dónde vas, Iglesias? ¿Dónde ya no estabas? No estoy seguro de que no te hayas hundido ya en esa modesta ocupación. La voz del abuelo, arquitecto de la derrota, le sonaba a determinadas horas del día como pidiendo “atención, admita que es todo una simple práctica de supervivencia”. Y sí, ¿qué era si no, abuelo, su rutina de ir y venir cuatro veces al día de sus ocupaciones a la casa y de la casa a las ocupaciones? ¿Era bienestar? Admita ese estado de modesto valor humano y social y yo haré lo mismo. Espere, espere, espere un poco más. Ya estoy llegando. Nada despreciable. La realidad es esencialmente un gesto político: un culo chiflando, una boca babeando una puteada con miedo a que el otro te pegue un montón, fuertísimo, y mate. El problema es encontrar algo común. Mi futuro y mi pasado, y el fin de mi futuro y de mi pasado tienen que encontrarse, despreciables, y apuntar hacia algo. Te apuesto que no resisto el olor de naftalina del placard muchas temporadas húmedas más. Te apuesto que la resistencia, que al parecer es la única esperanza, es una palabrita de Attaque 77. No la puedo encontrar acá, porque la perdí con el pasacassettes. Qué derrapes quedan pendientes, interrogante, por el momento. Bajé y pseudo nirvana le pedí al trapito atención, cuidado, que su estado de aislamiento no interrumpa sus conocimientos del tema. Si me rayaba el auto no me importaba, pero se lo tenía que exigir, como parte del funcionamiento de los hombres que había conocido. El trapito lo miró a Iglesias y le dijo: en este momento, hay lugar. ¿Para qué hay lugar? ¡Interrúmpalo! No podía salir con cualquier salida así que se fue a seguir la intuición, que más allá había cosas que pesaban, el encuentro con la asistente y las secretarias del office, el reencuentro, el punto de vista de cada una de las vidas paralelas que harían eclosión, se juntaban en un punto a opinar, a sentirse involucradas. Después de la separación de sus padres y el suicidio de su madre, había quedado un poco tocado de las opiniones. Siempre amenazaban con desestabilizarlo y retrotraerlo al momento de la fisura. Quedó improvisando quién era ahora perseguido, mientras Marina, la secre, le pedía paciencia con la organización de las fichas. Cuestionaba si la conducta de la otra secre se insertaba en el andamiaje de repetición de los patrones de comportamiento históricos que exigían las circunstancias, circunspección y trabajo a toda hora, en casa con o sin corpiño o chicos colgándose de las mamas. No hay recuerdos. No sé qué puede llevar a discutir. Merecía sin duda esto un capítulo aparte en otra historia de otro conversador. En esa instancia, Iglesias, como muchos de los protagonistas de esas horas, era autista, tenía la particularidad de hablar siempre en presente, si no, se exponía, era pasivo, un fragmento en sincronicidad absoluta. La voz le parecía relatar la pura afectación. ¿Así que ella no vino hoy? Se refería a Melina, la asistente en la redacción de fichas y expedientes de cirugía, implantes, pedidos de excepción, trámites sindicales, no sé. Los socios entienden que es necesario introducir cierto grado de comprensión para mantener manejables los conflictos con las empleadas, siempre charlando y rompiendo las bolas. Para que la sociedad no caiga en la indiferencia animal, debemos todos hacer un esfuerzo para hablar con asistentes, técnicos informáticos, los que suministran las drogas, los anestesistas, las recepcionistas y tramiteras de los espacios para curarse que financiamos con nuestros impuestos. Marina sospecha que mi misión no es encontrar orden entre tantos papeles y apoderarme de una solución. Por eso me mira con ganas de apurarme, de posicionate en esto, en la construcción de lo nuevo. El lugar estaba –qué sé yo- igual que siempre. Sin retoques, ni cámaras nuevas. Solo unos bultos ocupaban las antesalas de los dos salones de consulta general con fajas de “atención, peligro, usar esto le pide el municipio, comience ya”. El resto eran solo cambios inocuos, funcionales a las medidas, objetivo de toda organización supraindividual que busca mantener un equilibrio entre sus partes para que cada una no haga lo que quiera. Noté que Marina usaba una mascarilla reciclada con tapas de Vogue hechas tela. Muy adecuado el diseño a las operaciones de consumo restringido de esos días. Los que no pueden aguantarse las ganas de leer unas primicias ya, con buenas fotos o algún concurso para premiar a los mejores compradores, entonces, compran por otro lado. Se meten en una página, eligen el modelo que más les convence, coordinan horario y precio, entrega y disponibilidad y se llevan una novedad a sus casas. ¡Qué idénticas son las compras! Una armonía en la que todos los conflictos se atenúan por el bien común, para operar integrados. Te doy un ejemplo, Marina: no me trajiste el café todavía. Perdón, doctor, es que no hay clientes. No puse la cafetera a andar. El café estaba vencido y no compré. No fui todavía. ¿Usted reconoce cuando el grumo se apodera del grano y no lo devuelve más al estado de confort, a gusto con la medida, verdad? No sé. Te voy a pedir que salgas, entonces. Que vayas a dar una vuelta. A despejarte. Necesito estar solo y pensar cómo seguir. Ojalá hubiera sido un artilugio ideado para apoderarse de su clientela. Nadie salía de sus casas porque el nene no cagaba. A lo sumo, mandaba un mensajito. El médico por obligación profesional daba un nombre, un fármaco, mandaba una firma garabateada bien, con la mejor definición posible, y el papá o la mamá preocupados corrían hasta la farmacia a despachar el asunto. ¿Se cobraba por eso en tiempos de horribles entierros disfrazados de robocops en pozos con aguas servidas? No. Jamás. Ni el mayor de los egoístas lo hubiera permitido. Yo no pienso arriesgarme a cobrar, decían todos los de la Corporación, asociándose así, bien arracimados, como en un scrum de politólogos de izquierda nunca viviendo del trabajo digno. ¡Farsantes! Mantener un equilibrio cercano a la muerte no era vivir. El auto andaba, la casa tiraba y los hijos también, pero no era para siempre. Muy pronto empezarían los peligros, el dolor, los gritos porque no tengo plata. ¿Cómo voy a pagar ese taller de gimnasia artística si el profesor no manda los videos y encima es aparte de la cuota? ¿yo puedo pagar todo eso? ¡Que se reduzcan el salario a la mitad, gritábamos a las nueve de la noche, cuando los boludos aplaudían a los que cobraban, a ellos no, si estaban colgados de un plan “cobrás a futuro” y tenían ganas de aplaudir con una olla, encima, manga de comunistas! Iglesias estaba enfurecido con la casta de alcahuetes, que subjetivamente se olvidaban de los otros, los que no eran perfectamente funcionales y nunca hablaban por los servicios radiales o Internet, donde se juntaban a languidecer las personas con techo pero sin futuro. ¡Falso movimiento! Se agitan, golpean las palmas y vuelven a comer el guiso, esa comida de presos. Se hacían los que se horripilaban. ¿No me digan? Yo me vine acá porque estoy en el frente. Una clara crítica. Se ubican en el espacio de la disidencia permitida. Yo me vine acá porque todo no está permitido. Todavía quedan radios, cuadras que no están compradas por la propaganda. En la época de mi abuelo –en los años ’60- aunque él era comerciante y conservador, a esas marchas se las llamaba performances. Hacen como que son audaces. Insultan. Cambian de canal. ¡Lean historias viejas! ¡acciones que inventaban los viejos artistas! Van a  ver que no era así cómo se insultaba a lo inútil. Esto que pasa acá es un circo. ¿No piensan? Es una cosa medio esnob. La gente con casa que juega para el enemigo, más pobreza mantenida por el Estado.

En el otro extremo del salón sanitario se movía Marina, que se preparaba para salir. Marina significaba un modelo de individuo distinto respecto de la quietud mortecina constante en la que estaba sumido el personaje de Matías Iglesias, “Mati”. Si la sociedad encabezada por el facultado parecía anticipar, con claros tintes distópicos, las castigadas sociedades petroleras de las décadas ambientalistas siguientes, la que llevaba a Marina como ícono o estandarte máximo (único porque era imaginaria y se situaba en su monólogo interior enteramente) encarnaba su negación, su olvido. Era la inquietud de un presente para nada apático, cuya aspiración máxima eran las relaciones democráticas: ser útil a todos pero que no la segreguen por Pensar. Estaba lleno de sinónimos el contrato civil que fundaba la buena voluntad armónica de Marina y su gentileza. Podía decir Pensar o podía decir pensar diferente. Era lo mismo. Se trataba de ella diciendo algo (hedonista o práctico) y que a nadie le pareciera ridículo, como si se tratara de un pedazo interesante (importante) de la búsqueda de ella misma, es decir, una forma que solo en el devenir-Marina se integraría bien, sin resultar un desvío perezoso o negativo. La Democracia Gentil era una enfermedad que le tocaba muy de cerca, como la de un jubilado pariente a la que le cobrás la jubilación por miedo a que se muera un día de frío en una cola a las 8.30 pudiendo haber ido a las 10, y un día no se levantó. ¿Qué le pasaba que nada le hacía perder el camino hacia lo real de la comunidad? Era creyente en Kicilov o en algún político que había hecho escuela con algún otro político, en unidades básicas, mal equipados con mala conciencia. Una vez un hermano que militaba en los dominios de la Noche (se negaba a la búsqueda de sí mismo) le entendió que admiraba a Kirilov y le regaló un libro de lectura obligatoria para los amantes del vacío que no interroga ni sirve, los desviados de las dinámicas médicas. Cada persona integra al mismo tiempo un error y un acierto, cerraba Marina el tema para no perder el camino. Todos los escenarios eran idénticos. Se equivocó pero lo amo. ¿Y si él no te ama, Marina? Y si él o ella o ello quiere perderte de vista, desea que su programa sea lo suficientemente falso como para no llegar. Lo postmoderno, los desvíos, los simulacros que interrogan y solo interrogan, la verdad, la neurotizaban y obturaban su libertad. Ella sabía bien que divertirse no era el sentido único (la dirección única) de lo que haría. Los artificios son enemigos, se repiten aunque parecen carentes de cualquier conflicto. Siempre te salen al paso. Te arruinan. Te dejan tarada. Ella que no quería desintegrarse en esquizofrenia prefirió ponerse atrás de un “filtro”, eso que los psicólogos llaman la ilusión de lo nuevo. Voy para acá porque por esta vereda siempre voy. Te escribo un mail porque ayer te pateé para hoy por celular. No quiero que veas qué foto de perfil puse. No sé. Te dejo. O sea, cambiar. Mandarse una macana y cambiar de frecuencia. Todas estaban ocupadas, ya sé, por el gobierno que te dice que te cuides, que salves al abuelito y ellos te dan un billete a cambio. ¿Pero no hay forma de pensar en conocer a un pibe? De hacerlo cambiar, o no, que mejore por su cuenta. Lo nuevo surge como ilusión para los que encubren que en realidad son “siempre lo mismo”. Babosos, pajeros que al principio te tocan con manos de racionalidad, sentimiento y dominio de sí mismos y, al final, la percepción es “no tienen estilo verdadero, están al servicio de la dominación, de ponernos al servicio, cualquier discusión es solo funcional a resguardar su apariencia de buenos machos, de elegimos, sí, no es lo que se impone lo que hacemos”. Por eso, Marina tenía sus problemas, que no eran los de su hermano ni los del jefe, Matías, que la trataba como una encadenada a la sociedad alienada de sí misma. Qué sé yo. Excluidos estábamos de lo verdaderamente nuevo. Pero tampoco era el radicalismo, el embole total. Racional, técnica era la conciencia de la secretaria que se acercaba al playón del supermercado obrero con formas de pago fácil. Como consecuencia de esto, de que había salido temprano de laburar, se apegaba a la ideología que le quedaba: algo que garantice acceso, libertad, algo que emerja incorpóreo, cierto quebrantamiento de mis principios. Ella deseaba ropa y algunos prendedores que amaba cuando iba a la secundaria punk. Ella era una piba rara, no mala, después no sabe lo que le pasó. Ahora quería ropa, y si no había, crema de enjuague, unas mandarinas bien dulces de esas que tienen la cáscara separada. Para ello le resultaba necesario un cierto grado de falopa, de fantasma, de hacerse la fantasma. Entró con cara de cansada y le pidió al policía que le cuidara la cartera. Sabía que el tipo no le iba a hacer caso. La iba a mandar a escribir en un libro de quejas si no le gustaba lo que el urso le decía (el viejo, este era un viejo). Ella se reía. Ella creía un poco en desentonar. Re paranoia significaba para ella una percepción amplificada de lo real. Se ponía así cuando no le hacían caso. Ahora se reía. Te dije que no. Que no puedo ir y venir y sacar y poner monedas de acá, de este bolsillito. Lo cargaba al policía hablándole largo, ellos siempre hablan corto. Marina del Río. Re buena piba. Te conozco. Eu, sos Ale. Él venía de otra época. Ella también. La ilusión de lo que no cambia es justamente lo que se mostraba. Te reconocí porque estabas pidiendo unas monedas. Se hacía el gracioso, tranqui, el boludo, cómo me reí. Esas son las reflexiones de siempre. Durante el aislamiento que era su trabajo de oficial de mercaderías, en más de una ocasión, recordaba aquella partida de pool en la que ganaron porque “se vendió”; metió la negra en una carambola infernal y fabuló un complot en su contra para darle forma tangible a esa dinámica tan típica del juego. Un grupo encuentra, paradójicamente, razones de libertad en los espacios cerrados. Y ellos eran un grupo. Marina se acordaba de Ale como el caso del mejoramiento. Un pibe que no pintaba para nada y logró seguir, razonar, no tirar para abajo el plan familiar de que no deje el estudio de los padres pero se perdió y volvió a retomar. Ella también, pero redireccionando. La abogacía, un embole. La exasperante continuidad de textos y textos nunca le gustó. Y en efecto, algo de eso hay. Solo redireccionando la experiencia el mejoramiento es mejor, de otra índole. Ella salió. ¿El salió? ¿Logró salir? Allí todo conducía a creer que era parte de un experimento de otros, de alguna mujer que embarazó temprano en la vida y se le cortaron muchas cosas, otras no, otras aparecieron, como el feto en una pantalla y las placitas al sol las tardes de domingo. Ya lo superaría. Tiene que ver con la revelación. A no todos les pasa que te pegás bien fuerte, porque no lográs conformar nunca una unidad, algo de lo que no arrepentirte, y entonces el mejoramiento, necesariamente, cuando llega es de otra índole. En efecto, se presencia el advenimiento de la revelación individual. Gracias, Ale, por moverte, escuché lo que le pediste a mi hermana, que te trajera esas cosas y vos le hiciste ese favor. Estaba buenísimo. Ella es una mina depre. Una que, en realidad, no estaba condenada. La presentaba como condenada para volverla alguien débil a quien encomendarla con algún santo o decirle fuerza, ya va a pasar lo que se repite y no te deja. No la quería bien a su hermana. Aunque un novio como Ale no le hubiera parecido mal, tocaba en una banda, era una salida. Se trata del ciclo infinito de las presentaciones. Te la presento, vos me la presentás, yo te presento a mi amigo, vos a tu amiga. Degradaba la muerte que, lejos de extinguirse, se renueva y crece. La energía se desperdicia. Esas noches de birra siempre quedan en alguna foto medio oscura. No sé. La calidad no para de deteriorarse. La abulia viene luego. Qué acrítica te volviste y repetitiva. ¡Marina! Te está llevando a una cárcel cíclica, con la mamá y los perros. Sos ante todo la hija del dentista. Tu papá te hizo bien. Él te hizo. Hizo que te vieras bien. Ahora la calidad no para de deteriorarse. ¿Qué hace Ale? Trabaja en la Cooperativa. ¿Posta? le ponía la hermanita, que tenía 30. No era la pendeja que le robaba los jeans. Era una calentona, y, ante todo, una hija del lenguaje. Vivía para la escritura. Siempre con pibes más grandes. Casados. Así lo afirmaba alguna que otra novia, re personajes de novelón turco todes. Indetenible el lenguaje. Nunca la resguardaba de la proximidad excesiva con la cosa traumática. Droga le faltaba, decía. Horrible la droga, hace re mal.