Empaquetado y repetido, formulaba historias que creaban órdenes de lo real que no lo convencían para nada. El profesor Kappa dejó todo y se puso a limpiar. Su familia lo extrañaba y lo quería. Por whatsapp le enviaban figuritas con los momentos de la semana editados simpáticamente. Iba a ir a verlos a escondidas y les iba a decir que no era homosexual ni peronista, era menos que eso, era un saiyajin, un turro. Les tomaba el pelo en sus ratos libres. Su mamá, Angélica, no era la única enferma de los pulmones en la familia. Apagó el cigarro con bronca y lo barrió de un saque. No estaba en peligro. No se olvidaba de ellos. Reavivaba y reactualizaba el mito del “buen bailarín” todas las noches porque (¿cómo se los explicaba?) era fanático del sexo. Cuando se desvanecen los valores, la sociedad vuelve al hueco fundamental del que nunca tendría que haber salido. Eran formas obscenas y eufemísticas de referirse al instinto. ¿De qué modo se domina? Nada más explosivo que la mezcla de alcohol, sexo y tecnología. Chateaba a toda hora, les ponía droga en la bebida a las enlicoradas de las minas que te ojean bien y después se marchan fácil de las aplicaciones. Había que rodear, rodear, rodear. El Consorcio de las Inviolables llamaba a Twitter. No pasaba seguido por ahí porque gestionaban movimientos térmicos cercanos a la muerte las que allí se asentaban a criticar. Siempre en pose de combate. Con ganas de repetir lo mismo: introducir valores y falsearlos (claro, si son ajenos). ¿Y los tuyos cuáles son?, le daba ganas de decirles a toda hora. Poca bola. No importa. La apatía frígida de la sociedad de consumo. Que no decaiga. Construían mitos para garantizarse permanencia, yo igual. Kappa era doctor en mentiras. Modelaba sujetos para que se lo cogieran o hablaran bien de él, que es lo mismo. Allí radica el peligro: en la repetición neurótica, inadvertida, del mito. Decía que era bueno, que era rápido, que escribía bien, que el Grupo Oscuro quería sacarlo del mapa para que no juegue porque él era más, era loco, contra toda lógica obedeciéndose a él, construyendo en solitario. Lo amaban. Le decían: esperá, el que espera renueva el ciclo. Había construido páginas de Internet, foros de entrevistas a celebridades de la calle para ciegos, y para personas que no estaban “dormidas”. Esa es la proeza que intentará contar con mayor o menor suerte poética Eliseo, el pibe de los 10 en pasado, en unidad, en epopeya de lo incierto, de lo sopesado e inaprensible, porque escurridizo es el que se sabe mover, no pegar muy alto. En la medida en que detectan que el lenguaje de los grupos anti-fama también pertenece a lo hecho, no es negocio abrir páginas de disidentes. Ángel lo hacía igual porque confiaba en algún destino providencial para los que cargan con el fardo del no al capitalismo. O sea, tu vida es hoy y tal vez siempre un contrato antipopular. Se reconoce como parcialidad. No tiene la necesidad del movimiento que abraza y da amparo a lo siniestro, todo discurso familiar. Ángel vivía así: no podía negarlo. Manguear se había convertido en una posición subjetiva, el lugar más habitual donde encontrarlo. La vida del artista mendigo es pedir, siempre pedir, contra todo discurso austero, afirmándose como constituido y extraño al mismo tiempo, en fuga con la guita ajena. Por más paradójico, ese es el lugar del porvenir del loco suelto que se las ingenia para garantizarle coincidencia (un género posible) a los que siempre se les mueve el terreno porque pisan mal o son rengos para la plata, gozan de estar en común o en sintonía (históricamente) con pensamientos contemporáneos y nada más. Buscar plata, sacarla de donde sea. Esa es la misión del artista mendigo, como intérprete de un género, a veces pago, a veces no. Esta comunidad por venir, que claramente debe leerse en el contexto de la ciencia ficción, lleva siempre la visión del sujeto hacia el Estado. Tiene afición por lo orgánico, lo regido, lo regulado, y al mismo tiempo quiere las mayores posibilidades, lazos naturales, combatir lo externo a ellos, conducirse de forma extrema, no tributar -no sé, me parece que en regímenes autoritarios no podría subsistir, cada tanto una pintada callejera, a lo sumo. Bueno, a todo esto, el profesor Kappa fluía con la música o intentaba. Sustraerse de las relaciones de familia, entendía, era algo que solo se podía alcanzar bailando. Ponía muchos agudos y gritos que pasaban a ser susurros, palabras a las que no se podía acceder, como rememoración mítica del dios ausente. La casa estaba en orden, pero nada existía, ninguna realidad por fuera de la necesidad de que haya orden y paz, un orden inherente a todo y a todos. Quería encontrarse y no desintegrarse antes de ir a hacer las compras o enfilar para lo de su novia sin que lo vieran (por la parte de atrás). No era tan difícil de entender. El problema reside no en cómo entrar sino en cómo llegar sin que te pidan el documento y te vean imaginándote tomarte muy a la ligera lo del encierro para estar bien y no agregar más problemas a los demás, como un sobreentendido absoluto. Las mujeres estaban llenas de pánico y los hombres también. Todos policías. Por eso salió temprano, para no mandarse ninguna y quedar al sol, improvisando alguna pirueta, “desobrando” alguna macana. Tómese su tiempo, le diría el realpolicía, baje y erradique el problema. No puedo, se me atoró una media en la celosía del piso de abajo, no llego desde acá a destrabarla sin rodar al vacío y precipitar otra muerte. Antes, lo primero. Para fundar una comunidad, hay que comer: axioma científico clásico. Salió a rebuscárselas. Todo indicaba que se negaba a hacer obra de clausura. Mostró unos papeles en la esquina y le dieron soga para que pase y se aleje, la misma estrategia que repetirían con todos los que andaban desalineados, por pedido del gobierno de no mandar al frente a nadie con problemas más graves que palmarla. Todos falsos. Expresaban la muerte. No la encerraban allá lejos, la habitaban. Alivio vergonzoso no dar la cara. En posdictadura no salí nunca por miedo a que me pisen con un tanquepatrullero. Los dolores debían ser terribles antes de partir. Ángel Kappa no lograba caer –como todas las mentes huecas. El registro paranoico había que dejar que se manifestara en los libros y que no afectara la percepción de él o de ellas, del colectivo que sea que estuviera bajo amenaza. ¿Sos pelotudo, Ángel Kappa? ¿Qué quería que le dijeran así los de Salud y Ambiente (municipales), que existía un riesgo y no del total extravío, del agigantamiento excesivo del yo, de la apatía neoliberal, esas enfermedades y ficciones sociales que él regulaba desde sus notas por Internet, con esos títulos, varias veces a la semana? No es joda esto. No es digresión. Esta genera un elevado desgaste. Si no te lleva, te deja en cama, perdido de toda relación, con el ser y su interioridad partida por la mitad para lo que quede del encuentro. Fue y cruzó el estacionamiento de la estación Shell. Administrando, optimizando y asimilando voces diferentes que le pedían que no lo haga, que no compre nafta en un botellón de Agua Cimes, que lo iban a descubrir y a denunciar. Se obstinaba en seguir haciendo literatura, en funcionar mal. No sé por qué, pero se condujo así. Le habló al playero que estaba correctamente vestido y se sirvió varios litros de nafta de bajo octanaje para beber, supongo. Lo real era también un cuento único dominante. No lo tendrían que tomar en serio si explotaba. Tiene la palabra. ¿En esa dinámica de poder podía hablar? No. Lo redireccionarían porque –como piensan los que votan gobiernos demócratas- si dice algo, lo conoce. En el lenguaje, aunque limite el conocimiento, lo real sucede como material y viceversa, es redimible todo aquel que se deja conocer, no habla mal pero tiene catarro, algo eclosiona y crea un nuevo orden de realidad. La tos no le pasó desapercibida al joven de visera que atendía el surtidor de Shell. ¡Si salió de la cárcel y tose, nos va a matar a todos! El autor no sabe qué va hacer con el bidón de nafta ni para donde va a salir. Lo deja hablar. La verdad de la comunidad solo podía encontrarse en el uso ético de la palabra. ¡Hay cada malandra que crea oraciones que crean realidades disparatadas! Yo lo que prefiero es el conflicto, el cambio como bifurcación múltiple. Él, en el peor momento de un caos turbulento, que se arregle con lo que tenga. Activó y encontró su pilar: la conversación. Afirmar los valores de la verdadera identidad, la que guía a la derrota nacional, era suicida: el otro también tenía nafta.

El gesto singular del docente apuntaba al home office, al compromiso con unos generadores, por si la electricidad se acababa y el trabajo seguía viniendo en forma de cursos de escritura a distancia. Eso decía. ¿Se dan cuenta ustedes, lectores, que tienen que empujar, poner el hombro y hacer que esto camine? Nunca se pierde en la pregunta. Pero claro, sus propios fundamentos eran interrogados, ya que suponían la confrontación con otros paradigmas. Puede decirse que el modelo que Kappa propone es la unión de lo desesperante, del conflicto que resulta de las relaciones de los elementos que componen lo conocido deseable con aquello nuevo e impuro, fuera de la lógica positiva de “acepto lo que conozco en sus partes”. Así no hay síntesis posible entre lo nuevo y lo viejo. Menos si te lo dice la policía. Porque la fuerza llegó al lugar y venía a proponerle que respete la necesidad del equilibro. Que para que todos estén bien, unos y otros tenían que estar cuidando lo que es de uno y es de todos, porque todos tenemos mayores… etc. Él era mayor. ¿No lo notaban? ¿Es que acaso se veía tan bien inflado en los pantalones Asics del decenio anterior al boom de la soja? Un intercambio equilibrado entre sistemas de pensamiento nunca está de más. La estética de la impureza le sentaba tan bien que lo confundieron con un joven transgresor. Tener como meta utópica mantener una distancia óptima le parecía exagerado. No estaba encima del playero, estaba al lado, un poco de frente, con los billetes justos para terminar la compra e irse a cumplir el resto del encierro programado. Pero incluso el concepto de impureza se bifurcaba complejamente. La búsqueda de ser él y a la vez olvidar esa búsqueda lo llevó a conciliar solo ocasionalmente con la voz de mando. No puedo irme ahora. No terminé de pagar. Superficial y profundo, el otro, el de más rango, aceptaba el conflicto con la única condición de que una de las partes se componga y se ponga en marcha. Somos impuros porque somos ecos de infinitos traslados, vivir acá, después allá, después elegir una salida fácil o difícil más lejos más tarde o más atados a aquello que nos excede. Le pedí perdón y le dije que no lo iba a volver a hacer, que era antiguo. Me había equivocado y tenía que rever algunos movimientos internos y externos, siempre complicados. Tranqui, me dijo. Vaya y pague las deudas. Era joven el oficial. Sonaba afectuoso todavía. Somos impuros porque de lo real hacemos con nuestro lenguaje formas parciales. Ellos me agradecerían por haber estado ahí, sensible, atento al día. Porque era un día magnífico a puro sol, además de fábrica colectiva. Eso es lo que se esconde en definitiva detrás de la máxima del aplomo: continuamos en la disimulada e irónica espera por una revelación que nos guíe. El desastre es nuestra única construcción y continuamos. Las máximas se exceden en su totalidad que nos trasciende. Aceptaban el extravío pero en definitiva anhelaban un yo fuerte. Eso querían. Parecerse al legado. Detrás de las muertes había muchos experimentando una ética. Porque en parte es cierto lo que afirman, que la acumulación de ser es peligrosa. Debe existir el valor de guiarse por lo que venga. Seis semanas más: no importa. Una visita cada tanto al otorrinolaringólogo alcanzaría para remediar la pérdida de la voluntad.