Rugía ella: no puedo más. Me alimentaba de alucinaciones. Qué dramática es la locura. Estaba patológicamente preocupada. Fui a ver a dos médicos y les pedí, por favor, atención para el niño. Recibía una educación. Cumplía con todas las tareas y sin embargo no dejaba de contradecirse y curiosear en su nariz, y en lo bajo de su pantalón y en el de su papá, un empresario gastronómico respetable. ¡Yo soy el tenebroso!, gritaba. ¡El viudo!, decía. ¿De dónde saca esas palabras a tan corta edad? Un ser estrafalario era, sin duda, el niñe. La escena merecía atención. La condensación de discurso científico (acreditado) y el pseudocientífico con elementos irracionales era frecuente en los más pequeños. El método caricaturesco llamaba la atención. Los sentimientos -que se confunden con una fe, una religión a esa edad-, deformados por la lente del grotesco, parecían la doctrina de un divorciado. “Necesito cierto misterio profesar. No me pregunte por qué”. No me gusta que hables así, Marquitos, como un sabio loco, un tipo totalmente original, rogaba la madre con la pinta de las empleaduchas desesperadas por cobrar. Probarían con disecar su mente otros asesinos. Él no haría nada. Le daría una consigna fácil de retener para que pueda volver a su vida común y olvidar la genialidad. Lo “maravilloso” es lo inaceptado por las instituciones científicas. Ni bien un desplazamiento se produce hacia el misterio, con más o menos matices, este sujeto ya es perfilado como mentiroso. Se espera de él una educación a través de la literatura o el periodismo, formas alienadas, géneros de charlatanes y curanderos retrovirales. Este enano transformista encarnaba perfectamente una figura alquímica. La fantasía resultaba en él proporcional a lo inverificable. El deseo de Iglesias era chequear si pertenecía a alguna raza o secta especial, pero no contaba con los medios necesarios. Marina Del Río, la secre, no venía. Revolver en los archivos era su trabajo. Lázaro vegetal, dormía como el sueño de la vida. Lo novedoso concentrado en su consultorio esbozaba la necesidad de una nueva educación. El trabajo de Marina siempre avivaba polémicas, por otra parte. Era necesario sumarle a esta fantasía una nueva voluntad crítica. La llamé y me atendió desencajada. No habría tomado su Lexotanil de la tarde. Vení, quilombera, te necesito. El doctor Iglesias necesitaba recurrir a pruebas. Los de la Sociedad de Deformidades no le iban a creer cuando les dijera que en una especie paradójica de cuatro años cabían muchas ideas. Para no herir la susceptibilidad de sus amigos, Marina tendría que sacar algunas fotos o imágenes en movimiento y llevarlas hasta el Círculo Médico donde la atenderían de inmediato. Cazaban novedades los expertos, en cuarentena. Hay grandes cuadros, de dimensiones intragables, donde las víctimas de un cerebro “difícil” pueden expresarse a la distancia, sin molestar a nadie. Estos fotografiarían su psiquis y la pondrían a descansar en alguna vitrina. Nada malo. “El más allá se adivina”, escribió Del Río por whatsapp, con modales escandalosos para los parámetros normales de cualquier oficina médica. Iglesias presenta a Del Río como “autora de verdaderos ensayos de observación”. No se trata de una mirada inexperta, eso quería decir. No importaba si la calificación fuera científica o irónica, lo que proponía era contrabandearla en la discusión. Debía lograrse un efecto: presentar a una mujer en la sala generaría una distancia humana iluminadora, que el hombre, reputado rufián, no alcanzaría nunca a llenar, aplastado por las acusaciones de quebrar la ley de vidas inocentes más seguido que nunca. Del Río, mire esto (la trataba de doctora). No hay nada malo en fantasear con la secretaria hablando como una observadora principal. Agregaba una dimensión nueva al universo de su propia creación. Ella se tomaba las manos de una manera muy particular: parecía pedir un aumento ya antes de saber de qué se trataba el trabajo. La fantasticidad del momento se constituía en la tensión entre una lectura normativa y una exhibicionista, fantoche. ¿Qué iba a ostentar ahora Marquitos? ¿Sentimientos acerca de qué lugar común subrayado como elemento programático en los manuales de análisis del discurso de cualquier facultad de Periodismo? Tampoco es que se decidiría en los próximos minutos de exposición infantil si el hombre descendía o no del mono. Habría que hacer un esfuerzo para no olvidar que se encontraba ahí y provocarle un gran desconsuelo. La ansiedad era su amante. Lo perseguía, borrachina, si bien no era él su único amor.  Cultor del yo en grado tal que se creía víctima de una conspiración de sabios a los que él mismo vino a consultar rompiendo el aislamiento, el niño Marcos, delgado, de cabello negro (de apariencia saludable) y pantalones gris claro, dio unos pasos hacia adelante para que la doctora lo pudiera examinar. Se notaba en su cara cierta gracia y, sin embargo, su expresión era la de un hombre que había pasado la vida en empleos feroces, dignos de un alcohólico personaje sin remedio. “La vida es como un acertijo y yo estoy muy drogado, o él o los dos, no sé, lamentablemente”, pensaba Matías Iglesias, que no había tomado ni una gota de alcohol todavía, pero se sentía incapaz de enfrentar sobrio ese mal trago. Alteraciones de la sensopercepción: ideas de grandiosidad, culpa y muerte. El chico tenía mucho amor propio y no podrían sacarlo así nomás a la calle a hacer el papel de loco. Su carácter constaba de una demoniomanía acentuada y en vías de expansión. Si llegaba a la calle, el dinero o las formas de consumo y circulación lo pisarían seguro y lo dejarían tirado pidiendo una moneda o un número de sanatorio. Se dejaría clasificar y se iría, para acabar con la indiferencia de los diccionarios. Trasnochará en barrios bajos. Ideas de culpa y de autoeliminación lo cercarán hasta que todo tome un aspecto doble y lo insensato lo someta, oscuro, al desorden y la rotura completa. Los monstruos se despojarían de sus pieles y le señalarían un camino bordeado de velas donde conseguir un cuerpo tan extraño como el de ellos. El planeta se iluminará. Hallará su vestido de hombre enredado en una cerca de un orfanato, al final del empedrado. El aire divino le enseñaría su figura, bendecida como la de los peces y los pájaros, amantes de las charcas. Algunos días y algunas noches saldrá a caminar. Los campesinos y los obreros charlarían con él, revelando diversas facetas. En otros momentos, irá a un mercado, cenará en un café, arrojará monedas al aire, como un gracioso destructor de la riqueza. Viviría alegre un tiempo como todas las cosas que babean con ahínco y se esfuerzan por no desaparecer. ¿Para qué vine?, dirá su alma borracha de vino, una noche de noviembre a la salida de un cine. Quiso saberlo todo, pero mezcló los mensajes y escribió un mamarracho, constatarán sus amantes y amigos dopados en el funeral. ¿Qué le pasa, doctor? ¿Por qué lagrimea?, musitó Del Río. El tedio, contestó Iglesias. No se sabía si compadecerlo o envidiarlo por la agilidad y riqueza de su prosa. ¡Qué quejas más punzantes! No hay tutía. Es trastornado, gimoteaba el padre con cara de arruinó esta, su única vida. Se notaba que llenaba con palabras los vacíos de su ciencia. Era una imagen lo que perseguía, nada más. ¿Su espíritu desencarnado pretendía así refutar su locura? Todo hombre, del tamaño que sea, merece disponer del derecho de contradecirse, no obstante. Por eso le dábamos un rato más de exposición al demonio que hablaba frente al espejo y que fuera lo más real o metafísico que pudiera, ¿quién era uno para juzgarlo? El sueño desbordaba la realidad y, en el fondo, era un sueño muy divertido. El autor, el sueño y el personaje se compenetraban hasta tal punto que su imaginación de tan vagabunda era imposible de seguir. “No entiendo nada de lo que dice este chiquitito”. Las palabras de Del Río tenían el hielo del número desnudo. ¿Qué pretendía? ¿Saber? Si no había estudiado. Por otra parte, era chocante para los padres que necesitaban verla más animada, como receptiva al derrame de deformidades que decía el mamífero de escala menor, es decir, su creación. En ese espacio subterráneo, mezcla de guarida y gabinete psicopatológico, la vida bullía, aunque tuviera la apariencia de un cementerio de seguridades. La indistinción visible de lo superficial y lo recóndito, no obstante, era un motivo para preocuparse. En ese estudio prevalecían las sombras. No podían disimularse con focos de bajo consumo. Hablaban de una historia y un saber perdidos. ¿A qué viniste, Del Río? Ahora la echaba. La razón: había pasado por ahí y en vez de oficiar de nexo entre un ámbito y otro (de un lado los desesperados y del otro, los sabios que, a pesar de las contradicciones, merecen respeto y buena paga) se había dejado llevar por la trama del personaje marginal. El relato enmarcado se postulaba, en ese sentido, como producto de un viaje. Ella (muy lejos de parecer aspirante a alguien inteligente) creía en los monstruos y, adentro del viaje personal de la Cosa que cuestiona los conocimientos tenidos por verdaderos, viajaba el chiquito, el malandrín, que requería urgente un proceso de reconversión pero ni lo intentaba y seguía con sus demostraciones, en cambio, de teorías descabelladas, requete malandras. Las palabras particulares del “educado”, en este contexto de supervivencia del más apto, devenían bildungsroman. De hecho, el flash abría así: un muro inmenso, plateado como el acero de la espada del bárbaro Temístenes, fundida luego de la toma de Firenze en una cripta palermitana, cubriendo un archipiélago norpatagónico, escondido para los ojos del biólogo, en cuya superficie está escrito (heterotopía extrema), como un graffiti, el nombre de MARILYN MANSON y una fecha, 1997. Tenía que ser una leyenda, leída desde el presente de la escritura. El pibito la evocaba para él, para que la volviera perdurable, ya que era bastante importante. Sin dejarse embaucar por ninguna hagiografía, sabía cualquier lego que Marilyn era una estrella del cine norteamericano y Manson, un asesino, una lacra de esas que el cine de emociones violentas vuelve destacables. ¿Qué aprendizaje quería descubrir el doctor Iglesias con ese acertijo, desdoblado en personaje, lugar desde donde hablaba con autoridad? Museificarse e irse del lugar del hartazgo podía ser una salida pero no la hubo. La pulsión narrativa, a la vez que transitoriamente iconoclasta, le pedía que siga, que a alguna propuesta tenía que llegar. Uno no es un prócer hasta que no se vuelve tema de conversación en alguna Facultad. Iba a pedir silencio de nuevo porque estaba en algo grande. Iba a decir que le parecía necesario fumarse una pipa, pero la había olvidado en el apuro de salir encapuchado de su casa, sin los permisos necesarios. Un hombre muy célebre los ha tocado soñaba que decían sus discípulos del futuro a los estudiantes de bigote avanzado, luego de la lección de anatomía impartida por el cassette del pediatra, contando esta anécdota que lo llevó a la verdad, entre tanto tufo milagroso. Los rasgos paródicos del “sabio loco” también podían quedar a la vista en la estructura pedagógica de la lección, con algo de inteligencia práctica de un receptor capacitado, temía el narrador. En contraste con este adalid de la desmesura, estaban los ojos desenfocados y la cara de burro de Del Río. ¿Se opone a las leyes de la razón?, le pareció que decía el médico con una muequita de odio que hacía cuando se sentía perdido por algún comentario hiriente de la secretaria, acerca del desorden de su escritorio. MARILYN MANSON es una banda, dijo Marina, ya que se lo preguntaron. El relato de Iglesias carecía de la sustancia conjetural que lo vincule con el género de la medicina, al parecer, como se perfilaba en la voz mezquina de la otra doctora o impostora. Estos tipos dramatizaban las disputas entre compañeros de aula o eran idiotas. El pibito, la mamá y el papá, medio brutitos, empezaron a pararse y a llorar por no saber qué hacer. Se refregaban las lágrimas con los codos como pedían las autoridades sanitarias. Se subían a las sillas del gabinete y pedían la cuenta. Era hora de marcharse, fuera quien fueras. “Ustedes los sabios son unos señores bastante originales”. El comentario mordaz que hace el padre de la criatura lo deja a Iglesias con el ánimo destrozado y susurrando “perdón”…