Cómo escribir sin una tradición no era su problema, dado que otros ya habían escrito antes que él grandes cosas y también porquerías. La primacía de la porquería no estaba probada, pero la necesitaba para hacer algo alternativo. O mejor dicho, tenía que pararse sobre algún “cuerpo textual” al que rendirle tributo –aunque fuera vomitivo, menos que cero- para llevar a cabo el gesto asesino que tanto quería hacer contra todos los que no le tenían fe porque habían pensado que era malo para la matemática y también para lo otro o, directamente, no lo habían tenido en cuenta. A esto se le suman los grandes interrogantes. ¿Por qué se empeñaba en escribir, con toda la muerte y las malas perspectivas de un futuro aún más contagioso que había afuera? Iba a elegir una genealogía fantástica, una escuela de timadores, los Gildo Insfrán de la ficción vernácula: escogió a unos cuantos rejuntes de poetas villeros o paqueados y después los mezcló, gracias al programita nuevo que Eliseo le había mandado en un chat anterior, con los discursos de las revistas de sociología que cubrían la epidemia china y entonces pidió por favor que algo bueno saliera de tanta maldad organizada. Salió un copypaste medio tremendo sobre las manifestaciones internacionales que se autoproclaman herederas de dicha rama del género (lo dije ¿no? El género especulativo o fantástico y/o especulativo). Te quiero!!! Pero me dejaste sin reloj, le gritaba a la mujer en un chat interminable, con olor a alcohol, mientras terminaba la edición del papiro maldito. Se había acostumbrado a hacer coincidir el trabajo y la vida personal en una misma plataforma virtual para no perder mucho tiempo. Una feliz vida multitareas en la que todo es posible lo iba acompañando en el ensayo autobiográfico de sus días de compulsividad y pureza por la falta de manifestaciones dominantes de una realidad única. Qué generoso hubiera sido acurrucarse bajo el ala de algún maestro, como él se lo permitía a los chicos del cyber de O’Higgins que lo venían a ver, y pedirle que dicte que “yo escribo”. Los temas clásicos se metabolizaban en sus páginas de quebrada composición a través de experiencias personales igual de agrietadas. Sin necesidad de extrapolaciones de cruda violencia urbana, su Speculative fiction tramaba fábulas en la que cordura y corrupción se convertían en sinónimos, con la imprevisibilidad explosiva, casi profética de lo que no pasó pero tiene que pasar, porque todo es trauma. Realmente estaba tratando de consolarse. La mujer no le hablaba o lo tenía colgado de un miserable chat de solos. Y él, que dominaba un paisaje en el que no alcanzaría una victoria, se mantenía con las manos juntas en su trabajo, ajustadas a lo que pasaba por el monitor como cascarudos (se tiraban encima unos de otros), lo que hacía pensar ¿para qué empeñarse tanto, si con seguridad no habrá nadie en el futuro en condiciones de leer su historia? Hacía pensar en eso. No quiere decir que él lo pensara. Habría que habérselo explicado y que el trazo se rompiera hasta la muerte, y que manchara, como en una venganza contra adversarios desarmados, que no esperaban el ataque. Sueña con hacer algo muy malo, con dividir a la audiencia, no compartir dividendos con ninguno de los socios. De cualquier lugar podía llegar un nuevo arranque de locura, pero no, nada se movía. Hasta que el fuego se apagó cayendo del cigarrillo y las cenizas, que estiraban con el chasquido de la risa los dibujitos de papel de la revista de la infancia de tiernas tiras que ya no servían para nada, solo ser papel en un montón de literatura, se dieron también por muertas. Afuera el delivery estaba duro de miedo. Ángel pagó sus cosas con dos billetes grandes y el chico temblaba por el frío que le circulaba entre las manos contando, ya que era inútil luchar. Evolucionista, místico, espécimen, se inclinó su naturaleza: nada podía hacer Kappa contra los cortes que le inyectaba a las drogas respiratorias la sensación de verse excluido de la materia de sus textualidades mogas. Las palabras se le partían antes de quedar pegadas en el rectángulo eléctrico de la página. La imaginación podía aproximarse a lo real o podía ser el paradigma de lo extraño, esto lo sabían hasta los románticos. Él se enteraba recién de que sus conceptos se parecían mucho a una sensibilidad tosca, en problemas. En este sentido, no es extraño que uno de sus retratos centrales, el de Nigel Mansell bajando a duras penas de una Ferrari con la panza de un brillante recaudador de impuestos, se le refiriera, ahora que estaba tomado por el ocultismo que dispersaba esta enfermedad por todos los rincones cerrados de la casa, como exploración de lo suprasensible. Era un desastre para el pensador ser principalmente una experiencia que no te permite explorar. Entró Pablo, el vecino, el del bajo siempre a todo funk, y le pidió el balde para los excrementos (él lo llamaba así al de su casa porque allí siempre quedaba revuelto lo que no aspiramos a mostrar). ¡¡Esto que me das es perfume, animal!! Se estaba desinfectando con agua de colonia y recién lo percibía. La estética no era capaz de trascender los condicionamientos de la ciencia. Era un pelotudo que había mezclado las fórmulas; la del agua con la del alcohol no huele igual que el desodorante de ambiente. No solo no creaba conocimiento (lo unía mal en la página de su próximo homenaje), sino que emergía de su sueño laxo ante un mecanicista como Pablo, con la pinta del abombado. Al no haber podido canalizarse como modelo epistemológico válido, la charla que le quedaba era: ¿querés pasar al baño o preferís un mate? Tomo amargo. La pregunta de él, tal vez, entonces: ¿No me preguntás a qué viene que yo esté acá? Él, quizás preocupado por legitimar la imaginación poética: no sería extraño que hayas tenido tus emergencias. Pablo lo miró como se observa a un caradura: te vine a traer los barbijos que le encargaste a Malena. Por Internet todo se volvía un desafío para el reconocimiento. ¿Él había hecho eso? Qué raro. Si poco o nada le importaban las vidas imaginarias de los otros. La pregunta es tal vez entonces: me los trajiste porque sí, porque la necesidad económica te obligó a rebuscártelas como fuera y golpeaste esta puerta, Pablo, a ver si yo me prendía en tu jugada artesanal, como yo también vivo de changas… El hombre joven, de aspecto desmejorado por el alcohol, le exigió comprensión o si no lo mataba. Sarpullido, quedate solo. No pensaba que sus modulaciones podían afectarlo al otro en su invalidez mental. Viniste a pedir plata en pose de combate, salí, por favor, que aún no terminé la novela. Pablo se puso el traje de motoquero y salió por la ventana de espacio chiquita que le había dejado Kappa. No pidió perdón por haber manchado la alfombra con grasa de caño de escape. La relatividad hace imposible las relaciones. Ángel y Pablo Navas en el suelo del living eran dos partículas que habían interactuado alguna vez, y podían entonces responder instantáneamente a sus recíprocos movimientos, sin embargo, era más fuerte el campo de gravedad que los expulsaba hacia afuera. En cambio, las partículas de Sandra Cruz y él, separadas hace años luz del círculo de lo óptico tangible, era como si estuvieran telepáticamente unidas. El encuentro postamoroso se daba por vía irreal o fantástica. Se podría ver a esos puntos trazando un mapa común de causas y consecuencias desde el espacio, si alguien quisiera explorar lo real de lo subjetivo. Ellos chateaban seis días a la semana. Qué ganas de compartir ese universo… Es interesante notar que con los años las parejas (sobre todo las divorciadas) perciben un mundo casi onírico, en el que los fenómenos se observan poco explicables. La realidad conocida y la que trasciende esas limitaciones se proyectan tetradimensionalmente en un televisor que existe a niveles más profundos que el que podemos ver colgado todos los días de un mueble que no se limpia, ¿para qué? Ahí volvió Pablo Mambos. Olvidaba su dinero. Estaba dispuesto a recuperarlo como fuera. Ángel, que no perdía el tiempo en porquerías, reconoció lo que le debía y lo dispersó como a la materia enferma, divorciada por completo de las emociones bien interconectadas a gusto en un mismo sillón. El dinero lo atravesó y salió libremente de su ámbito. Quizás el rasgo más común del autor. Toda esta cuestión del asedio lo había dejado melancólico y chalado. Los cambios en el proceso de escritura le despertaron la confianza en su carácter provocativo. Le iba a escribir ya mismo a Cruz y le iba a exigir el culo. Si bien no le agradaba mezclar el clima político (no dejaba de estar metida con un funcionario) con lo conjetural (el conjunto de ficciones del cuerpo), esta era una confusión planificada. Descargar un poco de semen no vendría mal, escribió con antipatía por las formas. “¡No es poca mi dicha de haberte cruzado!”. Citaba unos versos de Gerard de Nerval para tirárselos a Sandra y que esta se sintiera estrechada, antes de que sus manos se le posaran encima con desvergüenza. “¿Qué pija querés?” Cruz no era tonta, sabía que le hacía la “embajada paralela”. Ángel Kappa era un machirulo, esos guapos del novecientos que vivían de prestado (en este y en otro mundo), no tenía ni donde caerse muerto y le echaba polvos literarios todo el tiempo, porque ser un maldito era su única virtud. Cuando la biografía pesa, como en su caso, una mujer no puede ser fantasmagórica obra febril, propia del poema, y quedarse callada, esperando la publicación, el posteo donde narre que le abrió las piernas y el viento del simbolismo llegara a su mundo en ráfagas de asfixia. Estaba organizando su primer museo y le tocaba a ella y a algunas otras hacer presencia, señalar “el carácter colectivo de las prácticas ligadas al conocimiento de la naturaleza”. Cuando tenés dieciséis años y compartís clase con Ángel Kappa como maestro, seguro que te cogen como a un “prodigio de estilo”. Era bueno el estilo, pensó Kappa y lo dejó. Esta vez se volvería en contra de sí mismo su homenaje. Iría uno de él en la portada del blog y pegaría fotos de Cruz desnuda o en bombacha con las piernas abiertas mostrando un poco el chocho para embromar y manosear algo más su historia personal, ya que se sentía empantanado, olvidado de la pureza. Y no se equivocó. No era elegante. Firmaría esta vez su nota con tragedia. Cuando una amiga de la Academia le explicó a Cruz que estaban sus nalgas en una imagen zoológica del farabute de Kappa colgada en la web, pensó en sus hijos y en el dolor que les causaría verla así, de atrás, con sus agujeros oscurecidos por el sexo y un amor no correspondido, lucidos en una revista del ambiente. Ese modelo, parodiado de algunas ficciones de los ’70, concentraría fuerza y el ensayo intervendría en lectores cada vez más ávidos de sexoinformación y exploración de novedades de índole diversa. “Mi culo está en las revistas”, llamó Sandra Cruz, pegoteando todo el tablero de fluido, porque pajas se había hecho recientemente explorando esos estados de excitación mezclada con información, pensando en otros, obvio. “A propósito, lo hice a propósito”, señalaba el hombre de Letras. “Mantenerte completamente aislado te vuelve más viejo y verde que las masas copulares”.  Sandrita lo odiaba ya desde la otra vida, la que tuvieron alguna vez, previo a los escándalos de corrupción, disputas de poder sin guita de por medio. “Una decisión riesgosa me hizo terminar con vos, enciclopedista formado en valores que explican el origen del hombre, con el garrote en una mano, manchando con la otra las cerdas de colección de la amante paleozoica”. “No te admiro más”. “Siempre supe que no eras ningún poeta o eras uno que compaginaba fotoperiodismo con teatro de revista, imprentero, agujero negro financiero, aprendiz”. O sea que ellos no habían podido terminar bien ni tenían un paraíso perdido. De su literatura, Cruz nunca se olvidaría, consideraba ÁnHell con saña de muy enamorado. En 2007 tuvo su primera muestra de locura clínica. Entró y salió, pero nunca tendrían que haberlo diagnosticado curable. El panfleto endemoniado seguía contra él, un ángel encadenado a la manía aguda de la incurabilidad. Así que Nerval escribe: “un poquito más de culo, mi amor. Ya te lo tenía olvidado. Era como sudar de inmortalidad cada vez que lo avivabas.” ¿Volverían a ser felices alguna vez, juntos o por separado? Quería drogas, cannabis, que consumía con la pasión homicida de Dios, en tiempos de toscas y turbias apariciones de los “lugareños del lugar común”. Odiaba que lo trataran bien: “Bebé agua y rendite a una familia todo el día por el precio de una vida perdida con Cannabis”. Tan aguda era la manía, que inspiraba superioridad en sus acompañantes a cada paso. Las quimeras poblaban sus caminatas alcohólicas, personalísimas. Pero nadie quería volver del trabajo con él porque apestaría a toda su familia sin haber probado bocado de ese ácido fulminante. ¿Te lavás las bolas, por lo menos, Ángel?, flasheaba que le deseaba ella con leche de cannabis en los dientes. “Ya no lo hago. Ser puro y moderno hace que me persigan.” “¡Ángel, sacátelo de la cabeza! ¡No te voy a coger!” Las idas y vueltas por internet con su ex mujer lo extenuaban. Pero ese culo daba para más. Qué sé yo. Pasó casi una década, pero su recuerdo estaba intacto. Entre delirios y ritos más bien extraños, el bloguero fantasma estaba creativo. ¿Por qué no iba a convivir con lo invisible si, en lo esencial, le funcionaba para su obra? Era la época en la que peor se encontraba, de todas formas. Pero trabajo tenía. Un poco de romanticismo, unas píldoras para la salud y el recuerdo del culo mojado de su mujer que ya no estaba lo mantenían con buena vista, o sea con ganas de barrer y cobrar por internet los chequecitos de los suscriptores, que eran seis más la publicidad, no se ganaba ni para la falopa.