Hot Chiesa estallaba de la risa en sus dientes ácidos, a prueba del vacío de la Ley. Ellos, aún en su inercia mineral, eran un mundo aparte o eso creían, indiferentes al fraude de los vivos y su obediencia a reglas estereotipadas. El drama residía en las consecuencias inevitables del acto haragán y libre. Chiesa comprobaba que tarde o temprano su impureza llamaría a los médicos, y los médicos siempre atraen a la policía. Ninguna excepción se constituye cuando la boca duele y se revienta, semejante al rojo muro de carne de puras encías del carnicero. Nadie soporta, ni en el crimen, el derrumbe de la fisonomía. Estaba más muerto que cualquier bandido o personaje teatral que encarna la libertad, poco serio. No hacía más que gestos, dirían después los comentaristas de su obra de descomposición. Tomaría una píldora más y manifestaría su desamparo con aburrimiento o algo tal vez más abyecto… ¿Qué tal si empezara por proponerse hacer lo que le diera la gana, lejos del cielo de los valores? Caprichoso o roto por dentro, solo obtendría malentendidos como respuestas, dado que siempre había sido así. Desde los orígenes el hombre está condenado a que le digan que no. Separado de lo esencial, le daba igual. Se rebelaba. Fue a buscar hielo y se lo situó en la parte alta del mentón. Dejaría lo sórdido y lo bajo para después, para otros proyectos. Como la creencia ya no iba de suyo, en esta época fundamental la cuestión era poder decir sí o no y por qué. Sabía que quería una segunda oportunidad, que se había enfrentado fuertemente a los católicos en un tiempo lejano de su crecimiento que ahora sentía tibio y arropador, y prefería suprimir a su padre y a su hermana de su vida, figuras de la divinidad “radical”. El pecado es el pecado, papá. Algo te castiga porque le caíste mal desde el principio, canturreaba Hot en una lengua antigua con bombos y estrechos silbidos de flauta. Nada sé de lo que nada es. Me rindo. Y se frotó la cara con pomada descongestionante. Llamaría a Marcos Halperín de inmediato y le pediría una prórroga. No estaba listo para acabar en seis años con una tesis sobre la Vida y sus alrededores, los corredores de la muerte. ¿Qué podría hacer él para disculparse con el Comité Técnico de Investigaciones? Si escribía el mamotreto de la heterotesis, estaba arrojado a repetir las boludeces que otros habían dicho antes que él, con otra ilación y un “encastre especial”. Pero si no lo hacía era sumarle un agujero más al trauma. Se condenaba, por lo tanto, a hacerla, aunque los móviles fueran flojos y nadie nos espere al final del camino para felicitarnos con la convicción suficiente como para dejar de adquirir nuevo dolor. ¿Saber esto, de verdad, no hacía más liviano su paso por la inexistencia? A su muela sí le pasaba amar el oxímoron de la opulenta gratuidad de todo, a él no, que se había criado en una casa de padres separados y soñaba con algo mejor para su vida. Ácida, se autocondenaba y autodefinía “natural”, lo contrario a otras cosas al nivel de los idiotas. Jojojo me hace reír la pelotuda. Chiesa fusionaba en la fisura su espanto y una cadena de contenidos patológicos que transformados en consignas parecían saludarlo con una mano muy blanca de anciano de ideas firmes con el correr de los años. ¡Conserva tu vacío!, escuchó que le cantaba el cacho de silicio. ¿¡Qué querés, agujereada de mierda?!? Traduzcamos: la voluntad te ha sido vedada, no porque lo afirme yo. ¿Quién era? ¿Por qué hice tal cosa? Las preguntas insistían en atravesarle las orejas y metérseles en el centro bajo del lugar de las respuestas. Un poco más arriba. Era un mito la verdad por cómo se acercaba. La idea de un agujero quedaba adherida a un objeto. ¿Verdad? Ese residuo sabio se metamorfoseaba (raro) en lo problemático, aquello que arrincona y plantea cuestiones que de la nada uno nunca expresa. Porque lo que somos se lo debemos a las metáforas que instalan las ficciones más visitadas en la criatura in-significante (sin símbolos ni significados previos a los que referirse). Agreguemos el mito de origen que el padre le contaba en momentos de caída de las perspectivas argentinas de bienestar acerca de un futuro perdido en el Norte, cuando lo citaron para sacar adelante un establecimiento agrícola-ganadero en la fría llanura de Alberta y no accedió por temor a perder la lengua, o el problema del odio perpetuo entre familias (clanes), herencia de Shakespeare, que una abuelita cultivó con pasión insidiosa en tiempos de inmadurez mental del ígneo Chiesa, acerca de un padre empeñado en un crimen primitivo, el abandono de hogar y el descuido de obligaciones contractuales. Acusar al enemigo no nos hace menos responsables del destino masoquista del torturado que tortura porque no sabe, porque no entiende. O sea que el agujero en la muela cada tanto le planteaba estas cuestiones. Y él les hablaba entonces con bastante claridad a todos los polemistas del lucro de turno. El infeliz se precipita sobre los comunistas y los vivos y los formadores de precios para matarlos, cuando en realidad el escándalo que representan nos involucra a todos. Qué sé yo. Más allá de una posición política. El padre de Chiesa era un ferviente militante del amor al prójimo, aunque de jovencito corneaba a la madre con cualquiera que lo quisiera para un rato. Así, acusarlo retrospectivamente parecía fácil; la verdad es que no solo es falso el que te dice que te ama y se empapa de semen con otras, sino el que afirma a priori la posibilidad del hombre integral. Todos son culpables. La realidad de un sistema perverso, inhumano y criminalísimo era más universal de lo que parecía a los ojos de la abuela Delia.

En ese momento probó una empanada del freezer. Había olvidado el agujero de la discontinuidad entre sus actos y sus móviles. Ahora era más feliz que antes, eso estaba claro. Aprovechó el bache para ser consciente de lo inevitable de la alienación en cosas como la Carne. Qué ricas estaban las de carne cortada a cuchillo. Un poco frías. Probó una más y revisó el teléfono, a ver si tenía mensajes del Centro de Estudios en Teoría y Estética de la Recepción de Rosario. No había nada que lo notificara de haber sido elegido para satisfacerle sus altas aspiraciones, ni él a ellas. Era hora de decidir y putear los ideales puros de la ingenuidad de una vida hecha en continuidad con lo crítico que además te deja en paz. Llamaría a Halperín y le pediría renuncia total y definitiva a los papeles de la beca. No estaba hecho para él ser un manso. Pondría en venta toda la información colgada en la web. Casi seguro habría interesados en obtener los derechos de la hipótesis de la torsión de la metafísica en los adelantados de la ciencia dicción total del tecnopresente en ruinas. En esas páginas de miles de asociados, los interesados en tener alguna idea de esta parte del continente que venderle a un vasto público de sangre castellana llamarían de un momento a otro. La risa flúor se le salía de los dientes con el agujero en lo simbólico rebotándole como chicle, frente a los hot garabatos del ordenador. Los caracteres impresos en negrita de la famosa firma de papers se le venían a la cabeza y lo convocaban a una reunión de acreedores, como si él pudiera decidir por ellos qué hacer y qué comprar barato y rápido. En la aventura imaginaria parecían todos graduados de ciencias económicas los que escogían qué vender y qué desechar. Agarraban un librito de tapa violeta que se te escapaba de las manos seguro si caía de un anaquel de usados, y leían con carcajadas augustas las desesperadas letras de una contratapa repleta de faltas de sentido. La globalización era (manifestaba) diacrónica y fenoménicamente una operación estructural del tardocapitalismo (¿? Acá las risas se hacían de molde y furibundas) consistente en la universalización de lo Uno, evitando con ello el efecto desorganizador de la diferencia que segrega su misma máquina discursiva. Los pobres, es decir, los accionistas minoritarios, se agarraban la cabeza y lloraban aplastados desde lo simbólico. No entendían para qué estaban ahí ni para qué les hacían leer esas canzonettas de batallas destotalizadoras. En su limitada estructura, decretaban la inanidad del dramático espesor de esos gritos archivados con nombres y estilos estridentes, replicando la probada relación de indiferencia del colonizado hacia el colonizador. Los graduados de ciencias económicas que dirigían la empresa desde Houston se vanagloriaban de habérselo dicho desde el primer momento. Me petrificaban desde sus ideas, aunque parecía yo estar prestándoles las ideas. Chiesa aliénabase, a través de ellos, en las palabras propias con las que lo acusaban de vender mierda. ¿Todas estas pelotudeces de dónde salen? No me reconozco fijado en las palabrerías del niño. Ellos hacían algo con lo que él había hecho de él para ellos. Fijarse había sido su gran tarea todos esos años. Escribió todas esas maravillas de la ciencia, palabras razonadas bajo el deleite de lo no dominado, estaba seguro. Ahora era consciente de que lo empastaban en algo con lo que no estaba seguro de coincidir. ¿Pelotudeces? Capaz. No es tan fácil renunciar a una carrera cuando el público te devuelve un ser que robaste por años, a expensas de los consejos de tu madre de no volverte un guitarrero, un cantor de protesta y, de repente, lejano se te presenta bajo la forma de otro (una arcada te sentencia a odiarlo). Hot se mandaba una pizza ahora y abría la birra que le aseguraba ser libre de los tontos. Festejaría con las sombras, ya que amigos no le quedaban ahora que se manejaba íntegramente por la computadora. Las ganzúas que rasgaban los pedazos de queso y salsa se le partían desde la raíz hasta las centrales del gusto, asaltando la integridad de la pizza, tomándola por asalto, con una espontaneidad impropia para tamaño bulto. Iba a tener que salir rajando a la guardia si seguía supurando el huevo que disimulaba la falta. Pero no. Comía, rascaba, rajaba. Había hambre. La píldora adobaba el proceso de hurto del ser de ese complejo de ingredientes destinados a cualquiera. La ruptura con el mundo se hacía visible y a la vez imposible de captar con la percepción o el concepto. Le costaba arrancar para el hospital o buscar ayuda en algún directorio telefónico. La madre estaba agendada en su teléfono, también la hermana. Esperanza podía pasarlo a buscar de inmediato si se lo proponía. Ordenada tenía la cuadrícula de los días, pero un ratito se iba a hacer, aunque fuera de noche, para el hermanito traga, que a los 30 vivía de prestado todavía, con un alquiler menos que pagar y servicios de Internet gratis. Ella sabía todo lo que la madre le daba para mantenerlo tranquilo en una casa, debido a su “condición”. Hot rompió unas piezas de plástico farolero del equipo de música y las usó como escarbadientes. En verdad quería saber qué salía si apretaba el hoyo rabioso de su maxilar sometido a operación. El invinculable le llamaba a espaldas suyas la hermana cuando se juntaba en la casa de la madre a comer y bromeaban sobre las rarezas del hermano de sangre. Ya no sería más el kurdo, el invinculable, no extraería más su concepto de los otros, ni de ninguna relación recíproca. Ahora, a morir, decía. Y se llamaba a silencio, aunque clavarse un plástico tan agudo en el cachete inflado de líquido inmunológico no parecía una razón para estar estable.