Entró a su consultorio odontológico el día 55 de la cuarentena, con los permisos en orden, con el pelo bien teñidito. La Dra. Romero era chica de espaldas pero muy robusta en su forma de dirigirse a los colegas, clientes y servidores de su oficina u otras profesiones (aunque no excluyera en el plano moral una solidaridad con ellos). Había vivido nueve años en Alberta. Allí participó de grupos de estudio especializados en contagios de ratas in vitrum. No se reprodujo. Aprendió a investigar lo que fuera con biologías similares. Llevaba una en un distintivo en honor a los comienzos de los tiempos. Una rata. Participar de lo profundo del mundo observable era una manera de no quedarse sin un trozo de identificación, una representación que nos vuelva menos detestables, interactuar, ser fieles a un propósito. Sabía del momento que pasaba la Argentina y se vino con pasajes sacados por ella para ahorrarle al país tener que repatriarla. Se miraba cabiendo en ese antiguo escritorio y repasaba las llamadas con amigos de la profesión y las interconsultas, los borradores donde reescribía fórmulas de vieja data, hace tantos años que no podía resistir el contagio de la melancolía. Esos papeles en folios con sellos facturados por su propia marca no la revelaban a ella como mujer, más bien eran ella misma pero “mutilada”. ¿A dónde habían ido a parar todas esas indicaciones? ¿A qué bolsillos descosidos? El amor era imposible; tanto o más, los proyectos, atestados de miles de aristas con las que congeniar en un ritmo desfasado necesariamente de las posibilidades prácticas. Por suerte, las soluciones éticas venían a encargarse de exonerarnos de cada una de nuestras esclavitudes. Amar es desear ser amado por un otro libre de toda coerción, como afirman los psicólogos bienintencionados (años de terapia conductual le habían permitido comprender este extraño automatismo de las pasiones). Después de meditarlo mucho, sabía que su proyecto podía considerar la virtud de la humillación. No había regresado al enorme archivo sin cura ni memoria de la enfermedad que era Argentina para proyectarse en algo absoluto e increíble. Al mirar la desnudez de su cuerpo podía razonar que los otros no tienen ningún secreto. Ella quería reivindicar lo circunstancial y recurrente de su condición. Ser otro episodio banal de una guerra relatada largamente por los perdedores. No habría ningún problema. Se instauraría en aquel conflicto circular y no haría nada para recuperar los años robados. Ahora prendía la radio y se ponía a escuchar cualquier merengue que pasaran. Era una imagen relatada como entre amantes tropicales en una burla o en un desierto con mucho dolor en el pecho por las continuas insolaciones. Se sometía a la voluntad de los amantes regulares. Total, mucho no había para hacer, siendo la alienación el único lazo posible con el resto, desde que la nada existía y se nos venía encima, simple y llana supresión de la plenitud primera. ¿A quién tenía que rechazar ahora para separarse absolutamente de lo que no le permitía “ser” el yo que era? Ponía la televisión y se humillaba viéndose insultar a los que saltaban el paredoncito del frente y corrían gritando ¡¡freedom!! No podés agarrártela con esos, Catalina. Igual lo hacía. Necesitaba negarse como alguien libre y agarrarse de cualquier pavada para sentirse atada a una causa. ¿Le traigo un café, doctora?, llamaba desde su asiento Marina Del Río, la secretaria. ¿No hay pacientes, verdad? Dígame la verdad. ¿Por eso me entretiene con small talk? No hay pacientes, doctora, hoy. La gente es capaz de someterse a cualquier clase de dolor con tal de preservar su vida. Otra vez era rechazada en nombre de la libertad de elección, el Bien Supremo. Se negaban a seguir los consejos del cuerpo, pero no los que emanaban del Comité de Expertos, como era de esperar. Yo, rechazada por lo que soy y al mismo tiempo emblema de la Salud Pública, del National Health Care System, aplaudida y reconocida por miles de vecinos, tranquilos en sus casas con sus conciencias. Marina, traéme la bata. Elijo tomar un baño de inmersión. Miraré un poco más mi desnudez e intentaré recuperar lo que no se le ha dado: una mirada de serenidad engendrará un tibio tocar de aguas fecundas. Nunca fecundada, la doctora permanecía amiga de su cuerpo, pero un poco desaprovechada e irritable por momentos, a causa de las durezas del círculo cerrado del destino. Poneme a Simone Robert al teléfono, Oficina de Infectología Viral, Instituto de Máximos Cuidados Intensivos, Toronto College, Ottawa. Aquí hago un paréntesis: se explica mediante este diálogo la importancia de la vigilancia profesional. Seis a ocho días tomábamos un café con medialunas en la Central de Radioterapia, claro, realmente crudo, sí, tomará tiempo, la conclusión es incuestionable, sin arrepentimientos, por el bien de todos, me niego a ser nada que no sea objeto de su voluntad, se está condenando solo, sí, pero tiene apoyo. La charla fluía, aunque ocasionalmente se cargara con el peso de las críticas. No hay de qué asombrarse, la perspectiva que elige relación entre consciencias sin intermediación del Estado y la del compromiso ciudadano están activas ambas cepas, son posiciones, sí, en partie masochistes, y sí, descansan en ideas de otros, me gusta donde vivo, está mi hermano a la vuelta, uso mi libertad en contra de mi libertad, sí, Simone, d’accord, soy el instrumento ideal para esto, “elegir”, “elegir”, nous n’avons jamais convenu, merci, mais oui, merci beaucoup. Golpearon la puerta. Con fuerza vegetal, una voz se asomó. Era Matías, el hijo del querido José Marcel Iglesias, fallecido en 2006 por un terrible cáncer de vesícula. Ya te dejo, querido. El Dr. Iglesias hijo no veía la hora de meterse él en el útero cerámico de la tina y olvidar las groseras muecas de fascinación de los enfermos de siempre. Lo incomodó, a decir verdad, ver a la señorita Romero envuelta en toallas con los pechos turgentes saliendo de su pequeño porte. Seguramente había sido un desliz. Se negaba a tratar esa actitud como parecida a la del amor. Romero se empeñaba, por el contrario, en verlo como un objeto entre otros, alguien a quien se le puede exigir todo el tiempo ser algo, ser útil, acostumbrada al respeto que se les debe a las amigas de la familia. No había de qué asombrarse, por consiguiente, de que Matías se sintiera un poco apenado por haber empujado la puerta con la cabeza acechante y la voz del zalamero gato. La perspectiva de Catalina Romero se parecía demasiado a la del hijo de su ex socio, como para pasar por alto la coincidencia ética. Los Iglesias tenían deudas con ella. Pero aquellas deudas, estaba por completo segura de que se harían más flagrantes aún, si en un intento por fascinar al otro, adoptaba la posición de la masoquista o perdida. Una especie de vértigo la tomó. El abismo de su persona, sumado a la representación de esa presencia que intuía en ella a los ojos del otro habría sido clínicamente angustiante, de no estar tan ceñida al suelo de las cosas. Dejarse poseer por la vista de ese muchachuelo inhóspito tendría entonces la ventaja de liberarla de la condena de la libertad, el anhelo íntimo que le impide a la mujer ceder fácilmente a ser situada en la posición de objeto de vergüenza. Rozaba sus muslos contra la tela fina de una gabardina bien ajustada. Sorbía ahora un jugo exprimido que Marina gentilmente le dejó en un estante del vanitory. Y se acomodaba la remera con la paciencia de la masturbación. Grosero es el hecho de simular ser algo para alguien que nada se imagina. Creía haber alcanzado mi objetivo –escribió Romero luego en una hojita de recetario refiriéndose al acto impuro- pero en realidad todo se había derrumbado. Porque una vez que la antigua doctora se dejó tratar así, como algo sin fuerza, como una piltrafa haragana rogando que se la metan, las cosas no recuperaron la cualidad inicial, la virtud que separa las conciencias por vergüenza o falta de voluntad. El joven Iglesias estaba enorme. Guardaba un pene gigante disimulado apenas por los arabescos de la cortina del baño. Así, el objeto cortante, alienado en su fascinación obscena, permanecía imposible de aferrar. A simple vista, lo que se podía ver es que Romero desvió la mirada para no atiborrar al otro con las falsas expectativas del polvazo. No sería él ante quien se humillara. Por más que la hiciera existir francamente “buena”, con las piernas versátiles y mansas, dispuestas a jugar con su verga, no poseía el “secreto”. El dolor comenzaba a surtir efecto. Catalina dejó caer una fina gillette ensangrentada en el punto de juntura de sus muslos, donde comienzan a curvarse y a desenvolverse hacia el interior femenino, y rasgó (solo para el otro) su instrumento inanimado. Era imposible no percatarse de que Iglesias debía comprender el sufrimiento autoinfligido por esa mujer para dejar de actuar como el superado, el mirón que espía desde arriba lo que se coge. ¿Qué es lo que tenía ahí? Solo un cuerpo ensangrentado por el que luchar para apoderarse de él. Tampoco era un gran cuerpo, era más bien una pequeña destilación de un caso que inicialmente pudo interesarle a alguien y fue finalmente desechado. Las mujeres vienen al mundo para sufrir. La lucha por el reconocimiento las deja tan agotadas al cabo de una vida que solo entregan, al final del proceso, un despojo. Del otro lado de la cortina, la debilitada Romero hacía el gesto de estirar un brazo sin ser capaz de alcanzar lo que se proponía. El brazo antiguamente ágil de las cirugías se manifestaba neutro, cruel con su reputación, aquello de “tener buena mano”. Dadas las características de esa situación, el resto-despojo del pene -ahora fláccido- del pediatra captó a su semejante como una muerta costra flotando en aguas inmemoriales y ya no insistió con sus pretensiones de colmar una plenitud sensible. Ya no sabía cómo usar o ingresar a esa carne sin procesarla como una indiferenciada nada, que estaba ahí para nada. El saldo era claramente negativo. Iglesias hijo reculó y se volvió a vestir, cerró su chaqueta, la colmó de ganchos, de cierres herméticos y se forjó una cara de espanto que insinuaba su particular odio a sí mismo. La transformación de la supuesta habilidad en impotencia lo describía tal cual era, nítido en su total falta de inteligencia. Qué bien que estábamos cuando estábamos mal, dice el chiste. ¿Cómo se puede pretender engañar a la esencial Separación? Estos dos sí que estaban listos.