Las luces apagadas señalaron el cuarto de Chiesa. El fuego del cenicero todavía calcinaba unas cenizas de marihuana frías. Esperá un poco, ya te abro. Traía un montón de papeles, venía a estudiar. A quedarse a dormir. No necesito eso. Necesito comer, beber, dormir, nada más, sin otra piedra en el zapato. Me llamó forro y se puso una peli. La había traído para compartir. Re mal estaba el comportamiento que estaba teniendo este sin que nadie le hubiera dicho ni puto. Caprichoso. Pajero. La peli estaba buena, seguro. Era de la soledad de hoy de los jóvenes y sus sueños no rotos pero sí light, como sin fuerza para una última embestida. Eso dijo ella. Todas cosas que están bien pensadas. Pero, si le decía que sí, era complacencia narcisista. Prefería comprometerse con lo negativo, decir entre susurros de parálisis facial: “no”, “gracias”. ¿Para qué ver algo que ya sé? Sostengo que los metarrelatos modernos relatan siempre la misma historia: incomprensión, falta de entusiasmo suficiente, dejadez normal, mutilación de esperanzas y virtudes intachables aptas para otra vida, otra esposa, otras amistades mejores, dinero inconseguible, matemos al dinero. ¡Nunca mis películas se harán realidad! No había forma de salir de esas telarañas ópticas de tópicos inútiles, cuando el pibe promedio se había vuelto creyente en la porquería esencial. Entonces, ¿para qué me traía esto? Le diría que sí para verla bien, atenta a los movimientos de la cámara. Su cuerpo es lindo y es dulce cuando se excita con las manifestaciones del subjetivismo moderno y les agrega gemidos de compasión a las trayectorias de esos figurones sin suerte. No moquea porque fuma. Algo de sus palabras se escapaban en la interlocución o no entraban en la cabeza de la cómplice; esta le exigía otra mirada. No había ido hasta su casa en bici para llevarse esa mala contestación. Quería otra cosa para la noche del viernes. Qué familiar era para ella hacer cosas con él y qué insoportable era él. En nada se parecía a lo que ella se imaginaba que no era: un novio. Qué desconocida y cercana a la vez era la boludez de él, que es la boludez de todos los que alguna vez estuvieron en su lugar y mintieron para no decir que tenían ganas de olvidar la famosa cuestión de la familiaridad, del beso. La verdad, a Hot Chiesa se le escapaba lo que pasaba. Lucía, la Nibelunga, era mejor chica que él. Tenía mejores razones para seguir viva y no estaba en oposición permanente con las opiniones generales, los rumbos económicos, la materia de los días. Era simple, capaz de crear vínculos indestructibles con seres y objetos que le caían bien. Pero también mentía a veces y decía que vivía lo que no podía. Sueños inofensivos en verdad. Chiesa no extrañaba, en suma, los besos y los abrazos, porque los tenía. Lucía cruzaba las vías del tren y su barrio de casas bajas y callejones y se paraba en frente de su ventana para que la viera cruzar como en un anuncio de bienvenida y se metía por la puerta y lo arrinconaba para tenerlo de su lado. Le pedía un beso y otro beso. Y él los tenía. Los consideraba infelices porque se presentaban de un modo estable, cercanos pero tristes, como una deuda que contrajo un zaparrastroso con un vendedor de algo en un cruce de caminos y ninguno de los dos pudo sortear porque nacieron para tenerla, simplemente, privados de la libertad. Su ser se le escapaba. Su sentido era extraño, incluso al repetirse mimosos. Y bien que los necesitaba esas noches heladas en las que todo se convierte en silencio de antorchas porque te van a asesinar. El lector adivina que la descripción se parece a la de dos gotas de agua, cada una por separado, expuestas a la mirada y el olfato del otro. Sin embargo, él no se reconoce en la descripción. Ella tampoco. Ella deseaba un vínculo más estrecho. Sobre todo en noches frías, muy frías, que no da para salir a fumar y distraerse solamente. Ese personaje quimérico y desconocido que la obsesiona y es el protagonista de la película era mejor que el otro que también se le escapaba y dormía con ella noche por medio. Hot Chiesa bucea en el cráter familiar, tendido en su oscuridad arqueológica, con un buzo descosido que olía a recitales viejos. Más allá está Lucía, desencantada de él y de todos los que vendrán después de él. Sin duda, la estupidez de Chiesa era, en el fondo, la expresión de la relación fundamental con el otro-roto. Chiesa, acostado con media manta encima y una pierna en alto, como agarrotado, diluido por dentro y rígido hasta la inutilidad en su carcasa, parecía la encarnación misma de la falta de carácter. ¿Y si era esa su pasión? Expresar inconsistentemente una diferencia inasimilable que pretendía una moral para sí mismo, aunque su imagen la repudiara con la gestualidad amarga y enfermiza de la perversión. Por empezar, sus prendas eran pocas y le quedaban chicas. A casi todas se les escapaban las partes finales del cuerpo por un largo tramo de sus extremos. Su actitud era clara: ser lo contrario de algo en paz y en orden. Oponerse siempre había inclinado su balanza para el lado del deseo. Pero como siempre en el sujeto algo no coincide con lo que dice ni con lo que piensa, podía llegar a estirarse también en el sillón con la esperanza de que ella dejara lo que estaba haciendo y fuera a abrazarlo, a subirle la mantita y se quitara las medias y el pantalón y lo sujetara, porque ya era hora de estar tranquilos. Lo que había de grotesco en el amor no era un impedimento para entregarse a él, creyó ella, y se abrazó a Chiesa como a una pequeña enfermedad transitoria, sin riesgos de demolición para la fortaleza futura. Lo sujetó de las piernas y lo obligó a quedarse quieto, ya que, por lo general, era un trompo de locura cuando se avecinaba el período exhibicionista. En lugar de provocar escándalo, debía lograr que se enfocara en la cuestión. Él le sujetó los dos pechos y los movió hacia él, dando muestras de interés y rotundo manoseo. En el caso de la chica, tiró de su pantalón para que quedara a la vista el objeto inverificable aunque hereditario de su destino de alienada. Abusaban del aura de su tiempo, la falta de censura. La Nibelunga hacía valer sus derechos. Se incrustaba en Hot con la prepotencia de las cosas que lastiman. Chiesa se asimilaba y se perdía, ilegible en el ensayo de una sociedad embarcada hasta el cuello en la cuestión de la soberanía. ¿Qué pseudopolémica podría montarse de improviso para usar de pretexto? Nada servía. Todo se hacía. La boca se metía en un lío de sudor, de pelos. Los párpados y cejas, la frente, esas partes que no se ven de tan próximas que están a uno en el día, tenían que cobrar un protagonismo, de repente, lunático. Y aun así, el significado de lo que fuera que estaba sucediendo entre esas superficies salivantes parecía estar empobreciéndose, subrayando con el pasar de los segundos el contexto de malestar general. En un momento de altivez, los dos se separaron y lloraron por su lado, pero poco aguantaron y se volvieron a reunir en el rincón psicosomático de su especialidad, achicarse e ir a menos para perderse. 

A las seis sonó el despertador y su muela ardía. No se veía ni se oía. El dolor inasible, en ese momento, lo separaba de la conciencia. No pensaba seguir justificándose. Anoche había estado mal. Después había seguido mal y ahora necesitaba despertar a Lucía para que le preste plata para un taxi. ¿O tenía plata? Tenía seis pesos al lado de la almohada. Con eso no iba a poder comprar un pasaje hasta el hospital. Buscó en los bolsillos de la campera. Encontró seis más. Le dijo a Lucía que le sacaba plata. Le sacó un billete de 100, se abrigó y se fue con la cara rota. Afuera la helada cubría el tinglado con cáscaras de transpiración y la bufanda no le abrigaba bien la parte baja del cuello en el límite con la espalda. Se abrochó la campera y ya estaba entrando en el corsa blanco tacho. Se bajó seis cuadras antes porque no llegaba con la plata. Pensó en orinar. Nadie se atrevía a mirarme, teniendo en cuenta que no existía para esas cabezas con frío y malos pensamientos. Me dieron ganas de orinar y lo hice atrás de un contenedor que cubría un pequeño fresno. “I think I’m a mother”, tarareaba con ligeros movimientos de cadera, mientras la pichina corría por los andariveles lógicos de los desperdicios. ¿Cómo no compadecerse de su meada, sabiendo que no existe, y al mismo tiempo todo (el contexto, el lugar) la declara inmunda? Maldigan su condición, su lugar, su clase. En ese momento, dejarán de ser otros y se convertirán en esto o menos. Estaba en conflicto y subordinado a ese dolor de mierda. No lo olvidaba. Solo lo dejaba pasar. Quería que se fuera. Entró por una puerta repleta de gente. “Nosotros los pecadores”, parecía decir el cartel de ingreso. Las ilusiones de un colectivo son siempre las ilusiones del individuo singular, no importa qué grupo te una o qué contexto de guerra. Uno siempre camina entre “colegas”. Ellos se movían un poquito como para dejar que accediera a ese lugar deseado para que me recluten, la cabina de control de la guardia, allí donde acopian las identidades de los damnificados del cuerpo, la central de datos que va a parar a los organismos internacionales cuando piden un crédito para terminar la Terapia Intensiva que al pueblo no le falte. Ahí estaba por comenzar otra vez el ejercicio cínico y sistemático de la represalia absoluta. ¿Qué edad tiene? ¿Cuántos atados de cigarrillos fuma por semana? ¿Violó, mató? ¿Ejerció tortura contra la sociedad en busca de alguna información o billetera que creyera imprescindible para el ejercicio de sus necesidades, etc. etc.? El testimonio de Chiesa era tajante: no, no, no sé. Pedía a gritos una confesión de solidaridad. Ya le busco lo que necesita. La Dra. Romero puede atenderlo en unos minutos, cuando regrese de su visita diaria al campo de internados del Regimiento V. Ok. No hay problema. Roncaría un poco en el vestíbulo. Haría cualquier cosa su voluntad con tal de disipar esa gangrena. Mientras holgazaneaba con la boca en llamas, no se atrevía a absolverse del remordimiento por haber condenado una vez más a esa chica a caer de rodillas, hambreada, masacrada por un cuerpo tan pobre. Lucía se levantaría de la ignominia, tal como hicieron los franceses en 1945 y los rumanos ortodoxos en 1992; no importa de qué equipo sos, tenés que reventar al otro para salir de la vergüenza. ¿A qué precio lo haría? ¿Seguiría teniendo ganas de acostarse con hombres? No creía haberla prevenido lo suficiente, con su cadena de disfunciones marchando a ritmo de topadora, del poder de fuego de su colectividad. Una sola cosa le parecía imposible: recuperar lo perdido, mejorar, hacerla gritar algún día por algo menos doloroso que un proceso reiterado de desatención con groseras caricias de esteta turro como atenuante. Sad Chiesa se encontraba perdido, sin salida entre cuatro paredes con un diámetro misérrimo de lado a lado y encima revestidas de inmaculado color blanco. Qué mal presagio que no viniera la curandera. Hurtful, very hurtful estaba esa experiencia de descomposición con suspenso. ¿La salvación? ¿Encontrarla como posibilidad? Solo mediante alguna conversión sucia o radical. ¿Tomar las armas y robar un banco para después llamarles ladrones a ellos, los guardadepósitos prestaplata? Qué boludos son los terroristas. No me parecía de guapo presumir de la bajeza ajena y no saber nada de la propia potencial y en acto. El argelino torturado Chiesa ignoraba si la humanidad tenía salida, solución o muerte definitiva. En la sala de espera solo se hablaba de una vacuna. Algo que cortaría la hemorragia. Claro, ellos podían comprenderlo así. La realidad es que “nosotros” es una construcción meramente sintáctica. Todos solitos, esperando a la doctora de rodete que te recete las píldoras justas, esa es la cuestión de acá hasta el último día del almanaque. Inunificables (algunos con ropa demasiado fea) formábamos una unidad raquítica en la sombras de una pandemia que se pasaba por el choto a los enfermos de encías. De todas formas, morirían de frío, de sed o de hambre. Morirían. Las golondrinas callejeras tratarían de revivirlos sin la aparatología necesaria ni el azar con el que cuentan los médicos. Verla entrar por la puerta giratoria con un tapado lila fue sacarlo inmediatamente de su derrumbe. La Dra. Diana Catalina Romero acudía en su ayuda, aplazando por tiempo indefinido la explosión de pus, diálisis, reconstrucción facial y cuantas pestes ocurran. Pasó a su escritorio enseguida. Le pidió una firma y lo examinó con luces lásers a las mil maravillas. A partir de allí, hacer que se fuera cuanto antes se convirtió en su mejor misión.