3.


Empaquetado y repetido, formulaba historias que creaban órdenes de lo real que no lo convencían para nada. El profesor Kappa dejó todo y se puso a limpiar. Su familia lo extrañaba y lo quería. Por whatsapp le enviaban figuritas seguido. Iba a ir a verlos a escondidas y les iba a decir que no era homosexual ni peronista, era menos que eso, era un saiyajin, un turro. Les tomaba el pelo en sus ratos libres. Su mamá, Angélica, no era la única enferma de los pulmones en la familia. Apagó el cigarro con bronca y lo barrió de un saque. No estaba en peligro. No se olvidaba de ellos. Reavivaba y reactualizaba el mito del “buen bailarín” todas las noches porque (¿cómo se los explicaba?) era fanático del sexo. Cuando se desvanecen los valores, la sociedad vuelve al hueco fundamental del que nunca tendría que haber salido. Eran formas obscenas y eufemísticas de referirse al instinto. ¿De qué modo se domina? Nada más explosivo que la mezcla de instinto y tecnología. Chateaba a toda hora, les ponía droga en la bebida a las enlicoradas de las minas que te ojean bien y después se marchan fácil de las aplicaciones. Había que rodear, rodear, rodear. El Consorcio de las Inviolables llamaba a Twitter. No pasaba seguido por ahí porque gestionaban movimientos térmicos cercanos a la muerte las que allí se asentaban a criticar. Siempre en pose de combate. Con ganas de repetir lo mismo: introducir valores y falsearlos (claro, si son ajenos). ¿Y los tuyos cuáles son?, le daba ganas de decirles a toda hora. Poca bola. No importa. La apatía frígida de la sociedad de consumo. Que no decaiga. Construían hitos para garantizarse permanencia, yo igual. Kappa era doctor en mentiras. Modelaba sujetos para que se lo cogieran o hablaran bien de él, que es lo mismo. Allí radica el peligro: en la repetición neurótica, inadvertida, del mito. Decía que era bueno, que era rápido, que escribía bien, que el Grupo Oscuro quería sacarlo del mapa para que no juegue porque él era más, era loco, contra toda lógica obedeciéndose a él, construyendo en solitario. Lo amaban. Le decían: esperá, el que espera renueva el ciclo. Había construido páginas de Internet, foros de entrevistas a celebridades de la calle para ciegos, para personas que no estaban “dormidas”. Esa es la proeza que intentará contar con mayor o menor suerte poética Eliseo, el pibe de los 10 en pasado, en unidad, en epopeya de lo incierto, de lo sopesado e inaprensible, porque escurridizo es el que se sabe mover, no pegar muy alto. En la medida en que detectan que el lenguaje de los grupos anti-fama también pertenece a lo hecho, no es negocio abrir páginas de disidentes. Igual, Ángel lo hacía porque confiaba en algún destino providencial para los que cargan con el fardo del no al capitalismo. O sea, tu vida es hoy y tal vez siempre un contrato antipopular. Se reconoce como parcialidad. No tiene la necesidad del movimiento que abraza y da amparo a lo siniestro, todo discurso familiar. Ángel vivía así, no podía negarlo. Manguear se había convertido en una posición subjetiva, el lugar más habitual donde encontrarlo. La vida del artista mendigo es pedir, siempre pedir más, contra todo discurso austero, afirmándose como constituido y extraño al mismo tiempo, en fuga. Por más paradójico que sea, ese es el lugar del porvenir del loco suelto que se las ingenia para garantizarle coincidencia (un género posible) a los que siempre se les mueve el terreno porque pisan mal o son rengos para la plata, gozan de estar en común o en sintonía (históricamente) con pensamientos contemporáneos y nada más. Buscar plata, sacarla de donde sea: la misión del artista mendigo, intérprete de un género, a veces pago, a veces no. Esta comunidad por venir, que claramente debe leerse en el contexto de la ciencia ficción, lleva siempre la visión del sujeto hacia el Estado. Tiene afición por lo orgánico, lo regido, lo regulado, y al mismo tiempo quiere las mayores posibilidades, lazos naturales, combatir lo externo a ellos, conducirse de forma extrema, no tributar -no sé, me parece que en regímenes autoritarios no podría subsistir, cada tanto una pintada callejera, a lo sumo. Bueno, a todo esto el profesor Kappa fluía con la música o intentaba. Sustraerse de las relaciones de familia, entendía, era algo que solo se podía alcanzar bailando. Ponía muchos agudos y gritos que pasaban a ser susurros, palabras a las que no se puede acceder, como rememoración mítica del dios ausente. La casa estaba en orden, pero nada existía, ninguna realidad por fuera de la necesidad de que haya orden y paz, un orden inherente a todo y a todos. Quería encontrarse y no desintegrarse antes de ir a hacer las compras o enfilar para lo de su novia, sin que lo vieran (por la parte de atrás). No era tan difícil de entender. El problema reside no en cómo entrar sino en cómo llegar sin que te pidan el documento y te vean imaginándote tomarte muy a la ligera lo del encierro para estar bien y no agregar más problemas a los demás, como un sobreentendido absoluto. Las mujeres estaban llenas de pánico y los hombres también. Todos policías. Por eso salió temprano, para no mandarse ninguna y quedar al sol, improvisando alguna pirueta, “desobrando” alguna macana. Tómese su tiempo, le diría el realpolicía, baje y erradique el problema. No puedo, se me atoró una media en la celosía del piso de abajo, no llego desde acá a destrabarla sin rodar al vacío y precipitar otra muerte. Antes, lo primero. Para fundar una comunidad, hay que comer: axioma científico clásico. Salió a rebuscárselas. Todo indicaba que se negaba a hacer obra de clausura. Mostró unos papeles en la esquina y le dieron soga para que pase y se aleje, la misma estrategia que repetirían con todos los que andaban desalineados, por pedido del gobierno de no mandar al frente a nadie con problemas más graves. Todos falsos. Expresaban la muerte. No la encerraban allá lejos, la habitaban. Alivio vergonzoso no salir. En posdictadura no salí nunca por miedo a que me pisen con un patrullero o tanque. Los dolores debían ser terribles antes de partir. Ángel Kappa no lograba caer –como todas las mentes huecas-, no comprendía que el registro paranoico había que dejar que se manifestara en los libros y que no afectara la percepción de él o de ellas, del colectivo que sea que estuviera bajo amenaza de desintegración. ¿Sos pelotudo, Ángel Kappa? ¿Qué quería? ¿Que le dijeran así los de Salud y Ambiente (municipales), que existía un riesgo y no del total extravío, del agigantamiento excesivo del yo, de la apatía neoliberal, esas enfermedades y ficciones sociales que él regulaba desde sus notas por Internet, con esos títulos, varias veces a la semana? No es joda esto. No es digresión. Esta genera un elevado desgaste. Si no te lleva, te deja en cama, perdido de toda relación, con el ser y su interioridad partida por la mitad para lo que quede del encuentro. Fue y cruzó el estacionamiento de la estación Shell. Administrando, optimizando y asimilando voces diferentes que le pedían que no lo haga, que no compre nafta en un botellón de Agua Cimes, que lo iban a descubrir y a denunciar. Se obstinaba en seguir haciendo literatura, en funcionar mal. No sé por qué pero se condujo así. Le habló al playero que estaba correctamente vestido y se sirvió varios litros de nafta de bajo octanaje para beber, supongo. Lo real era también un cuento único dominante. No lo tendrían que tomar en serio si explotaba. Tiene la palabra. ¿En esa dinámica de poder podía hablar? No. Lo redireccionarían porque –como piensan los que votan gobiernos demócratas- si dice algo lo conoce. En el lenguaje -aunque límite del conocimiento-, lo real sucede como material y, viceversa, es redimible todo aquel que se deja conocer, no habla mal pero tiene catarro, algo eclosiona y crea un nuevo orden de realidad. La tos no le pasó desapercibida al joven de visera que atendía el surtidor de Shell. ¡Si se da y salió de la cárcel y tose, nos va a matar a todos! El autor no sabe qué hace con el bidón de nafta ni para donde va a salir. Lo deja hablar. La verdad de la comunidad solo podía encontrarse en el uso ético de la palabra. Hay cada malandra que crea oraciones que crean realidades disparatadas… Yo lo que prefiero es el conflicto, el cambio como bifurcación múltiple. Él, en el peor momento de un caos turbulento, que se arregle con lo que tenga. Activó y encontró su pilar: la conversación. Afirmar los valores de la verdadera identidad, la que guía a la derrota nacional, era suicida: el otro también tenía nafta.

El gesto singular del docente apuntaba al home office, al compromiso con unos generadores por si la electricidad se acababa y el trabajo seguía viniendo en forma de cursos de escritura a distancia. Eso decía. ¿Se dan cuenta ustedes, lectores, que tienen que empujar, poner el hombro y hacer que esto camine? Nunca se pierde en la pregunta. Pero claro, sus propios fundamentos eran interrogados, ya que suponían la confrontación con otros paradigmas. Puede decirse que el modelo que Kappa propone es la unión de lo desesperante, del conflicto que resulta de las relaciones de los elementos que componen lo conocido deseable, con aquello nuevo e impuro, fuera de la lógica positiva de “acepto lo que conozco en sus partes”. Así no hay síntesis posible entre lo nuevo y lo viejo. Menos si te lo dice la policía. Porque la fuerza llegó al lugar y venía a proponerle que respete la necesidad del equilibro. Que para que todos estén bien, unos y otros tenían que estar cuidando lo que es de uno y es de todos, porque todos tenemos mayores… etc. Él era mayor. ¿No lo notaban? ¿Es que acaso se veía tan bien, inflado en los pantalones Asics del decenio anterior al boom de la soja? Un intercambio equilibrado entre sistemas de pensamiento nunca está de más. La estética de la impureza le sentaba tan bien que lo confundieron con un joven transgresor. Tener como meta utópica mantener una distancia óptima le parecía exagerado. No estaba por encima del playero, o su conversación, estaba al lado, un poco de frente, con los billetes justos para terminar la compra e irse a cumplir el resto del encierro programado. Pero incluso el concepto de impureza se bifurcaba complejamente. La búsqueda de ser él y a la vez olvidar esa búsqueda lo llevó a conciliar solo ocasionalmente con la voz de mando. No puedo irme ahora. No terminé de pagar. Superficial y profundo, el otro, el de más rango, aceptaba el conflicto con la única condición de que una de las partes se componga y se ponga en marcha. Somos impuros porque somos ecos de infinitos traslados, vivir acá, después allá, después elegir una salida fácil o difícil más lejos más tarde o más atados a aquello que nos excede. Le pedí perdón y le dije que no lo iba a volver a hacer, que era antiguo. Me había equivocado y tenía que rever algunos movimientos internos y externos –siempre conflictivos entre sí. Tranqui, me dijo. Vaya y pague las deudas. Era joven el oficial. Sonaba afectuoso todavía. Somos impuros porque de lo real hacemos con nuestro lenguaje formas parciales. Ellos me agradecerían por haber estado ahí, sensible, atento al día. Porque era un día magnífico a puro sol, además de fábrica colectiva. Eso es lo que se esconde en definitiva detrás de la máxima del aplomo: continuamos en la disimulada e irónica espera por una revelación que nos guíe. El desastre es nuestra única construcción y continuamos. Las máximas se exceden en su totalidad que nos trasciende. Aceptaban el extravío pero en definitiva anhelaban un yo fuerte. Eso querían. Parecerse al legado. Detrás de las muertes había muchos experimentando una ética. Porque en parte es cierto lo que afirman, que la acumulación de ser es peligrosa. Debe existir el valor de guiarse por lo que venga. Seis semanas más: no importa. Una visita cada tanto al dentista alcanzaría para remediar la pérdida de la voluntad.

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4.

Son las tetas del escritor. Esa es la mitopoiesis. La verdadera libertad es la disidencia, así empezó en su muro el día. El germen de la especulación, ese te aparta del contacto con lo que te despierta. Con frases fuertes buscaba trascender la organicidad perfecta y cerrada en sí misma de la experiencia de la comunidad que a tantos convencía por entonces. Kappa quería que lo otro emergiera y se manifestara en una relación, aunque fuera por unos segundos en una pantalla. En ese sentido, el ser-ahí del mensaje electrónico no puede ser sino un acontecimiento en devenir constante. Y es que hay muchos desconocidos como yo, que buscan en una Casa lo insondable y no el cobijo. El resto persevera en el aire. Aunque siempre existe energía, se dispersa fácil. Pero hay algo que prevalece y te rota. A eso apuntaba Kappa. A ser el sujeto con la potencia suficiente que te coloniza. Yo he visto que nadie es algo por sí solo. Son costumbres: ser así y pensar de una forma. Y las costumbres vienen de otros. En este momento, por ejemplo, nosotras somos un poco otras. Para poner un ejemplo. Y la casa nos ovilla. Nos dice que sin nosotras no hay casa. Pensaba con metafísica y política de la igualdad. No sé. Metas para la sospecha de que ningún sujeto tiene entidad propia hay; casos, también. Ser es existir en dependencia mutua con otras cosas. Ángel pensaba en todo esto y también en su madre a quien hacía meses que no telefoneaba. Era obvio que no la amaba. O no la amaba lo suficiente como para preocuparse por su asma y sus ganas desaforadas siempre de salir a hacer algún trámite -hoy el berretín que más causas de muerte trae. Uno se enferma cuando hace malas combinaciones. Si mezclás relaciones venenosas porque no tenés fuerza para la fuga, entonces, ¿cómo no se te va a descomponer el cuerpo o te va a fabricar tristeza? Es lógico. Estancarse es culpa de la compañera melancólica: la Marca de la distancia de lo extraño. Un nombre de una indescifrable naturaleza, eso era María Angélica, la madre de Kappa. Al público le calentaban los problemas de salario, a María Angélica Kappa, no. Le molestaba no tener sus alquileres al día. Lo que comenzó a irritarla fue que no pagaban y cómo hacía para concentrar la mayor cantidad de recursos para afrontar gastos. Necesidad infinita, hacer una patriada… No podía comprender por qué le pedían tantos esfuerzos si no podían adelantarle, apenas, alguna genuina invitación a participar de una salida mensual a la costa, donde pasar el tiempo y circular en retirada. Consumo no tenía. Solo proponer un poco de espacio libre no representaba nada, venía a plantear menos que un individualismo narcisista. Pululaban los shows televisivos instalando su discurso, el de Mari no, este no se adhería al entusiasmo de ningún tinte. La necesidad de darles tolerable ayuda mediática era buena para los que vivían conscientemente, enredados en consorcios económicos, familia, hogar, mascotas, una hija que entretener con pinturitas. Curiosamente, otra era la historia contemporánea de Mari. Apenas menos que una sorpresa fue entonces leer bajo el slogan de “URGENTE”: “Moratoria como al empresariado”. De la construcción de una figura política emergía un mensaje clarificador. Ya venía sucia de entrada, pero ahora era lo de menos, lo importante era entender. Inevitablemente, reclamadas por la coyuntura, se ponían a disposición viviendas, casas; maniobra lógica, maniobra histórica, desprendimiento de lo humano, para seguir soñando con antiguas utopías de igualdad y propiedad colectiva. Horror de seguir viva, tras un breve período inicial de aumento de las oportunidades. En el barro de la política todo se sumergía. Política de generar un cambio real en la vida de la que tanto hablaban los Laboristas. Sin embargo, fue claro al respecto. No se podía salir. Se trataba de la legítima intención de mantener a un hombre limpio. Tal vez fue el cansancio. La incomodidad del cansancio comenzó a generar la especulación política de la que tanto hablaban. Creyó. Pero la alejaban. Siga soñando. Como un buen empresario, Mari sabía generar un excedente amable con dólares guardados con esmero, dispuesta a terminar con la voracidad estatal. El problema era cómo hacer para autofavorecerse más allá de ese ahorro que era para la vejez, aunque la vejez ya era. En ese contexto, lo que hizo virar los vientos de cambio 180 grados fue la prepotencia del chirolita de Massa, para pedir paciencia, contribución, energía. Mari sigue buscando una forma de habitar con energía pero no le basta, tiene gastos. En ese sentido, era una subjetividad liberada de lazos y, no obstante, se encontraba en un lugar específico del proceso. Para sostener cualquier rígida ideología materialista hay que tomar de los otros lo que precisás y repartirlo con los tuyos, los que te votan. El yo es móvil. Es constante pero siempre quiere irse. Salir de paseo. Acá te atan a un acontecimiento, que son relaciones que los cobijan. María Angélica estaba que no podía más con estos inconsecuentes. Una constelación se forma: uno a uno los cobija. Uno: siempre expuesto en la relación. Desgraciadamente, se basaban las instituciones en estos absolutos-para-sí. En ese sentido es que los grupos de los Lousteau, los Negri y los Asís son para ella funcionales al Régimen de los Moyano. Ninguna alianza es indigna si hay ideas justas y metas adecuadas, sabe Mari, lo que modifica las circunstancias es que todos en este camino transitan la combinación menos conflictiva: darle a la clase media, que nunca convence, y constituye sin duda lo mejor que podía extraérsele a la realidad. Es en virtud de esa elección que la subjetividad de Mari se resentía y se volvía hosca. Las llamadas telefónicas a su hijo habrían podido representar un intento de tramitación del derrotero vital que la ubicó en el lugar donde se encontraba, pero carecía de la comprensión justa de su vínculo. Por el bien de la satisfacción inmediata, era preciso anular las diferencias entre uno y otro. El yo castiga por atención o desatención urgente del deseo. Un manotazo de ahogado no habría estado mal si el otro no babeara por su droga o diera mordiscos sanguinolentos, reprimenda brutal a quien lo educó libre, sin sufrimiento ni un placer tan grande que aturda. Lo llamaría y le comunicaría la medida. ¿Escuchaste a los turros del gobierno? No. No quería neurotizarlo con las normas. O sí, que sufra. ¿Sabe este lo que es ser un animal humano mujer, siempre descartable entre los distintos orificios? Nadie va a ser nada que valga la pena, si no lo educan. Yo lo eduqué así, para que sea la imagen excesiva de lo orientado a la autogestión de uno mismo. Que se mantenga amo/víctima de sí, y no se aturda tan fuerte con instintos que sean, piense, la única forma de libertad. Por momentos es posible encontrarse en el ascenso de la supervivencia. Tendría que alimentarse y ser positivo. Es caprichosa y busca límites esa facción que encarna Ángel, pero no importa, tenía que llamarlo y preguntarle cómo está llevando esta condena y que se lo pregunte después a ella, que le reafirme o le refute el hecho, pero que no le niegue absolutamente la palabra. Mari quería charlar. Con mucho gusto le hablaría de Maravilla Maravich pero no creo que conteste, sostenía a su tiempo Ángel. La lluvia es mi fenómeno natural favorito ¿no te acordabas, ma? Llovía a cántaros y había libros de dibujitos desparramados por la mesa. Ángel llamó a María Angélica y ella esperaba esa llamada, absolutamente. ¡Maestros del universo! Jugá a colorear. Yo le decía. Y ella me contestaba que no se acordaba de ese libro, pero que tenía otros, que ya se los iba a llevar cuando parara la lluvia. Ahora no podía. Estaba encaprichada con la invalidez. Primero lo de los ahorros, ahora que no podía pasar a la costa porque la iban a demorar, que tenía que pagar y no podía, que no llegaban los fondos de los alquileres, era todo un rayo de angustias, de emanaciones de enojo y sabores a poco lo que le dejaba la lucha diaria en contra de la bacteria. Ella prefería lo otro: vivir con plata y no pasando miseria. Había ido el tío y le había dejado una plata que le correspondía de la sucesión de los padres. ¿Hace años que no viven y él la esconde? No pregunté. Pero parecía casi segura la respuesta del truco, del falso fondo en el placard y los chicos que no vean, aunque ahora eran grandes y trabajaban por la compu, como todos en este reino de desventuras infantiles en el que se había convertido el hemisferio sur y el hemisferio norte, con los precios del petróleo en niveles mínimos históricos. ¿Qué te dijo el tío? Que me iba a ayudar, pero que yo me tenía que dejar ayudar. Y eso no podía, porque salir no podía, no se puede. Pude abrir con el portero y que suba y me de la plata. Charlamos de los bancos. Va todo el tiempo a uno que le queda en Zelarrayán lejos. Incomodísimo, pero viaja en auto. Lleva las cuentas no sé si bien. El negocio no sé. Siempre está fundido. Ahora con las demoras en las cadenas de pagos los cheques no se levantan así nomás. Comprensible si no venía toda la plata al día en ese sobre. Calma, mami. Te pongo plata en una transferencia si te faltan los dólares. Ella tenía pero no los quería tocar. Le parecían imprescindibles para lo malo que viniera. O lo peor, que era lo mismo. Por suerte vos saliste a nosotros. Sos de juntar para mañana. Sí. Gasto por Mercado Libre, le dije. No le conté todos los libros que tenía nuevos y los que venían en camino. El enigma de la espada mágica, me salió decirle. Era lo que estaba leyendo en las soluciones del libro para pintar. Qué viejito que era. Cuántas secuencias del orto pasaron desde que él y yo nos vimos por primera vez. Otras fueron buenas, pero no las tengo ahora presentes, ahora que hablamos con mamá, después de no sé cuántas peleas. Cuidate. Los demonios de las profundidades, leí en la parte trasera. Maman est morte. Solté el tubo y me fui a descansar.