5.

Kappa no les exigía a sus lectores ni un par de monedas y enseguida los ponía al corriente de las novedades. No había mucho para decir. Pero él siempre ponía por escrito lo que sabía, lo que había pensado mientras miraba sus teleseries o meditaba coger con alguna señorita. Nunca se le daba así de fácil como en el pensamiento. Era un trabajo más bien urticante. Pero él lo ponía por escrito igual, así como le salía, que cogía y cogía bien y cogía mucho, era una charla barata barata para complicarlas a ellas en su rollo, como de otra época era el rollo ahora que lo pienso porque lo escribo. Los intelectuales recelaron de esto, desde luego, e, involuntariamente o no, contribuyeron a que Kappa convirtiera el mercado masivo de la lectura bloguera en un universo cerrado para pocos. Tras volar todos los puentes que lo conectaran con el mundo exterior, creó el gueto de Kappa. Era tremenda la correspondencia que recibía. Tenía verdaderos aficionados, que parecían muy bien orientados en esa clase de literatura. Aunque parecían sentir una especial atracción por su alter ego, el rumiador de verdades ásperas, ese no era del todo él, era ella. Le había puesto nombre de chica a la lanzapostas. Por ejemplo: si quería decir que se sentía bien mirando las noticias de escandalosos pillajes en el metro de Santiago, le hacía decir a ella, la temible e infartante Juliette (pelo en la cara rosa), cosas que nunca se hubiera atrevido a decir sobre el placer anal de los carabineros cuando les daban con molinetes infrarrojos entre carpetazos y silbatinas de endeudados de un suburbio salidos. Le sugerían seguir con esos cuentos de revancha y él los ponía y lo aplaudían en clave de ¡oh, rompes con las formas! En realidad, no decía nada. Todo lo había dicho antes la TV y él le cambiaba un poco las comas. Un día Kappa se dio cuenta de que los lectores no solo buscan información con su literatura favorita, sino que desean escribir para comentarla. Inició un correo de lectores llamado “Discusiones”, que resultó de inmenso valor para el desarrollo del blog. De esas cartas, de esas controversias, surgieron páginas hermosas que hoy se conocen como “letras de aficionados al género del subí vos que yo comento y al revés”. Era un reino o un club o un semimovimiento de seres medianamente marxistas, organizados, que, en última instancia, a lo que aspiraban era a dar el ejemplo. Un fenómeno desconocido en Europa. Ellos querían sobresaltarse y salir en todas las revistas, escribir en todos los correos y a todas las direcciones y poner siempre lo mismo: muerte a los atorrantes de los silo-bolsas, muerte al burgués, muerte a los proles que se pasaron al teleteatro, a las tiras cómicas de Nik. Esta broma interna se repetía cada año con nuevas convicciones mundiales. Eran unos campeones los caraduras en gritar obcecadamente habladurías sobre autores caros y lujosos, u otros de poca monta que salían en su misma revistita pero les parecían achacados de afeites. Eliseo Ramírez (“Psico d’ Helio”) ha saludado a Ángel Kappa (“Bandido Cascanueces”) en su muro como el padre de la Ciencia Micción no Tan Moderna… ¿A dónde te escapaste, malandrín? =P. Obviamente no fue tal cosa. Inventaban motes juguetones para provocar a los del blog de al lado, los Aoristos Segundos, una runfla de estudiantes de mitoescritura, que no pinchaban ni cortaban, pero a ellos los incentivaban al escarceo en malos modos (si te veo, te doy). Se habían ganado el apodo de los rudos, Ramírez y Kappa, por andar siempre atrás de los contenidos empacados. Estos bailan al son de las novelas baratas y escriben como princesas. Cantan alabanzas, sin dudas, a quien es su influencia muerta, Rubén Gorostiaga, el Profesor de Latines que solo ha cambiado un poco los adornos del paquete pero militó con fuerza en los ’70 contra las juventudes latinoamericanas. Creería acaso en el derecho de los fuertes y que él pertenecía al grupo, el enano. Hoy la popularidad de series de Flow como “Inflamados cantan de flema alabanzas a Rea, la boluda del momento” servía a modo de prueba de la ineptitud de la Cultura Clásica para darnos un mejor panorama holístico en lo que respecta al corazón de los próceres. Toda secta tiene su anti-Dios. Era comprensible que odiaran los tribunos de Ángel Kappa. Ello no implicaba que todos creyeran que el género que leían y comentaban y tenía su Canon (Kappa) fuera el mejor del mundo. Simplemente no había otra cosa disponible. Aburría leer a los de al lado o a “los de abajo”, los milicos de la amargura del círculo nórdico de géiseres y de terror (historias de toda una generación que había muerto hacía un siglo con la decadencia y no sabían que lo que quedaba era la mueca del grito de ayuda). Lo más cercano a una revista de época era “Moscatel”, la revista del grupo de pintores que concurrían a las tertulias de Gustavo Flores, el editor favorito de las coristas del Teatro Municipal y las compositoras de tango en fusión, todas marcas que Gustavo había sabido llevar al estrellato del diseño de amigos. Gustavo y Ángel se conocían de otra época, del menemato. Ambos impartían clases en las cárceles de la conciencia, La Nueva Noticia y sus alrededores. Pero la revista “Moscatel” estaba dirigida a adolescentes. Lo más cercano a una revista constructivista soviética era “Salud y Celebración en el Manicomio”, una especie de aventura obstinada de correrle siempre algo más el velo a lo grosero, y no era muy buena. Tan prerrevolucionarias eran las publicaciones revolucionarias locales como sus equivalentes rosarinas o puerto-capitalinas. No tenían nada para contar del futuro y, en vez de alegrarse, etcétera, en general adoptaban posturas encomiables. ¿Quién podía escribir bien durante la época del “no sé qué hacer”? Los grandes Semanarios en verdad no necesitaban de ellos. No los convocarían hasta el próximo apriete grosso del Comité de Cultura y Extensión de la Nación. Los ignoraban olímpicamente con la conciencia tranquila porque de mentes tan irregulares no podía salir nada fundamentado, más allá del gusto de los aficionados de siempre que le compran todo al vecino gamba y no envidian a los de más allá, a los que sí saben pero viven del otro lado del arroyo. El mundo es, en gran medida, reflejo de un gueto. ¿A quién le podía parecer extraño que se quedaran ahí encerrados en sus laptops con buenas cámaras que los revelen más feos de lo que son? Por otra parte, las revistas hoy parecen haber agotado su papel. Es cierto que algunos quedan con la fantasía intacta de salir en papel. Ellos, los organizados de “Dogma”, la publicación semanal que Eliseo armaba con cuidado de filatelista amante del software libre, se mantenían. ¡Casi seiscientos vistos en una semana! ¡¡Es un montón!! Gritaba y respiraba descarrilado de ver saltar los mecanismos que dictan curvas de lectura y comprensión de textos hasta números altísimos para cualquier estándar de hoy (MUCHO POCHOCLO, MUCHO SALIR A CORRER EN CUEROS). Hoy –si se me permite citar más estadísticas-, Eliseo contó, la tendencia pública se alejaba cada vez más de revistas como “Moscatel” para acercarse a los libros que leen y comentan los autores de “Dogma”. No tenían afiches para decorar las guaridas de sus aficionados ni deliciosas ediciones rústicas, pero había una marea que los seguía y les estampaba el dedo para pasar de páginas y cosechar vistos, sembrar éxitos y disidencias, distancias críticas roces con la tradición. Luego otros propietarios robarían la idea de causar un gran daño al libro de papel. Por ahora se sentían amos y señores de su culto de la pantalla. Hartos de la bazofia, de importarla, preferían por ahora fabricar la propia. Tengo muchas ganas de joder –le explicaba Eliseo a Kappa- con unas teorías de la traducción a las que les presentás un repertorio local, te lo importan, y lo hacen compatible con escenas poéticas de otros tiempos, incluso linkean con revistas especializadas en nuevos dispositivos … “Yo aplico la ciencia, él la inventa”, decía en el muro de Kappa una frase escrita por Helio(Zeo)ntriK, dedicada al maestro, que en su concisión distinguía dos ramas de la revista: la corriente soviética que encabezaba él, armado hasta los dientes de bios falsas y microchips, y la fuerza fabulesca que le brindaba esa extrañeza tan rica de la mezcla de lo metafísico explicado con las razones de hoy, de lo urgente, que eran los temas de AndHell. La idea de hacer diálogos imaginarios con vidas de personajes de la cultura podía cumplir su cometido. Ahora, si uno hacía parecer necios a los entrevistados y se guardaba todas las salidas agudas para estamparlas junto al nombre propio, no era bueno. Podía funcionar si hacías como en la vida real en la que ningún tema se agota. Por consiguiente, los diálogos de Ceo (con Z de Último) vagabundearían hasta cansarse y buscar provisiones: con ayuda del azar una mente recibe a la otra. Sin lo elaborado, sin lo repetido. Desarrollar un solo elemento de principio a fin no era un tema para la composición. Al lector moderno le cuesta tener arrojo, ganas. No se encuentra en el texto, en el autor, ni en el medio. Sus individuos serían rejuntes de civilización y etapas pasadas presentes en extractos de libros que alguna vez subrayaste porque tal fragmento te parecía índice de algo. Porque el alma está hecha de trozos, de trozos estarían hechas las semblanzas de las declaraciones imaginarias de los figurados. ¿Habría espacio para revelaciones entre tantos cortes que le infligiría al entrevistado con la claridad del rata? Sí. Algo siempre quedaba más allá, más al fondo o, directamente, fuera del tiempo y de lugar. Rechazaban el pasado y en realidad lo expresaban. Era raro ser la figura de la semana elegida por Eliseo para contar algo profundo que sume a la vida habitual. Esa semana le tocaba a Charly, un poeta de buenas intuiciones en contra de lo formal o lo cortés adquirido. La otra semana, Brecht: inconformista, ídolo de los más pobres y de los más jóvenes. Lo que se celebraría en esos momentos sería la “libertad”. Sin duda, todavía podía haber una explicación para lo primitivo y toda la decadencia que se veía. Eso perdura. Se podría usar a Brecht, incorporando en el cuerpo del texto Baal, el tema principal de lo juguetón en declive. Idealista antiguo o histórico, en este como en otros aspectos, el Modernista ejemplar, con sus marcas específicas, se definiría identificable para el lego o el travieso de naturaleza. ¡Moderno militante! Eliseo quería darle al lenguaje literario un golpe de composición que lo trajera de nuevo acá, a las expectativas y disposiciones y conexiones infohabituales, aunque tendría efectos más duraderos en la infoesfera. Literatura de la polarización, el ensayo bio-bibliográfico le daría a la revista un toque de distinción sobre las otras expresiones del grito y la protesta marrana. Dentro de estas condiciones específicas, podrían surgir aspiraciones políticas, otras reaccionarias: un lenguaje nacional y puro o un lenguaje de la autenticidad más allá de las prácticas y las formas conflictivas provenientes del ambiente. Estas últimas, muy divididas, deberían dar un análisis socio-histórico muy complejo. Lo dejaba para otros. Él se consagraba a escribir los zócalos con la imagen pegada o incrustada con o sin marco (zonas fronterizas lingüísticas o multimodales / un tipo de formación cada vez más importante y pixelada) y le dejaba a Ángel lo otro, la lengua dominante y la práctica de la rememoración. Era muy bueno recordando cosas: casos y maneras diferentes de tratar. Donde regímenes políticos los expulsaban, él narraba nuevos sistemas (ajenos pero accesibles) posibles para grupos y facciones específicas. Una vez contó la historia del escritor que era traductor y un bromista (un complejo de escritores y jugadores). Se llamaba CORDES o COURBET y elaboraba paradojas. Lo reconoció en una bio y muchos improvisados, seguramente, tuvieron que ir a corroborar si los datos eran falsos o seguros. Por cierto, era inevitable que fuera así. Nada de esto, como grupos distintos y separados les aclararía las ideas. Hubo entonces grieta, no sucia. Algunos blogueros se quedaron con ideas hoy familiares de tipo ideológico. Otros encontraron entre el lenguaje antiguo de Ángel (mezcla con el de Courbé) formas culturales asentadas y se las autoimpusieron pero nunca en un único nivel de vivencia. En cada uno de estos polos, en los usos, seguían existiendo otros grupos como sociales. Era imposible limpiar, tanto de clase como de género, la maldita dominación de la realidad. Él y Ceo bajó un toque de su conexión de comunicación imprevista en la nube y le pidió un favor a una amiga, si le andaba rápido Internet que le mandara unos datos, que no podía él; por entonces su contenido se había desdibujado un toque.

                                                                                          *  *  *

6.

Rugía ella: no puedo más. Me alimentaba de alucinaciones. Que dramática es la locura. Estaba patológicamente preocupada. Fui a ver a dos médicos y les pedí, por favor, atención para el niño. Recibía una educación. Cumplía con todas las tareas y sin embargo no dejaba de contradecirse y curiosear en su nariz y en lo bajo de su pantalón y en el de su papá, un empresario gastronómico respetable. ¡Yo soy el tenebroso!, gritaba. ¡El viudo!, decía. ¿De dónde saca esas palabras a tan corta edad? Un ser estrafalario era, sin duda, el niñe. La escena merecía atención. La condensación de discurso científico (acreditado) y el pseudocientífico con elementos irracionales era frecuente en los más pequeños. El método caricaturesco llamaba la atención. Los sentimientos -que se confunden con una fe, una religión a esa edad-, deformados por la lente del grotesco, parecían la doctrina de un divorciado. “Necesito cierto misterio profesar. No me pregunte por qué”. No me gusta que hables así, Marquitos, como un sabio loco, un tipo totalmente original, rogaba la madre con la pinta de las empleaduchas desesperadas por cobrar. Probarían con disecar su mente otros asesinos. Él no haría nada. Le daría una consigna fácil de retener para que pueda volver a su vida común y olvidar la genialidad. Lo “maravilloso” es lo inaceptado por las instituciones científicas. Ni bien un desplazamiento se produce hacia el misterio, con más o menos matices, este sujeto ya es perfilado como mentiroso. Se espera de él una educación a través de la literatura o el periodismo, formas alienadas, géneros de charlatanes y curanderos retrovirales. Este enano transformista encarnaba perfectamente una figura alquímica. La fantasía resultaba en él proporcional a lo inverificable. El deseo de Iglesias era chequear si pertenecía a alguna raza o secta especial, pero no contaba con los medios necesarios. Marina Del Río, la secre, no venía. Revolver en los archivos era su trabajo. Lázaro vegetal, dormía como el sueño de la vida. Lo novedoso concentrado en su consultorio esbozaba la necesidad de una nueva educación. El trabajo de Marina siempre avivaba polémicas, por otra parte. ¿Era necesario sumarle a esta fantasía una nueva voluntad crítica? La llamé y me atendió desencajada. No habría tomado su Lexotanil de la tarde. Vení, quilombera, te necesito. El doctor Iglesias necesitaba recurrir a pruebas. Los de la Sociedad de Deformidades no le iban a creer cuando les dijera que en una especie paradójica de cuatro años cabían muchas ideas. Para no herir la susceptibilidad de sus amigos, Marina tendría que sacar algunas fotos o imágenes en movimiento y llevarlas hasta el Círculo Médico donde la atenderían de inmediato. Cazaban novedades los expertos, en cuarentena. Hay grandes cuadros, de dimensiones intragables, donde las víctimas de un cerebro “difícil” pueden expresarse a la distancia, sin molestar a nadie. Estos fotografiarían su psiquis y la pondrían a descansar en alguna vitrina. Nada malo. “El más allá se adivina”, escribió Del Río por whatsapp, con modales escandalosos para los parámetros normales de cualquier oficina médica. Iglesias presenta a Del Río como “autora de verdaderos ensayos de observación”. No se trata de una mirada inexperta, eso quería decir. No importaba si la calificación fuera científica o irónica, lo que proponía era contrabandearla en la discusión. Debía lograrse un efecto: presentar a una mujer en la sala generaría una distancia humana iluminadora, que el hombre, reputado rufián, no alcanzaría nunca a llenar, aplastado por las acusaciones de quebrar la ley de vidas inocentes más seguido que nunca. Del Río, mire esto (la trataba de doctora). No hay nada malo en fantasear con la secretaria hablando como una observadora principal. Agregaba una dimensión nueva al universo de su propia creación. Ella se tomaba las manos de una manera muy particular: parecía pedir un aumento ya antes de saber de qué se trataba el trabajo. La fantasticidad del momento se constituía en la tensión entre una lectura normativa y una exhibicionista, fantoche. ¿Qué iba a ostentar ahora Marquitos? ¿Sentimientos acerca de qué lugar común subrayado como elemento programático en los manuales de análisis del discurso de cualquier facultad de periodismo? Tampoco es que se decidiría en los próximos minutos de exposición infantil si el hombre descendía o no del mono. Habría que hacer un esfuerzo para no olvidar que se encontraba ahí y provocarle un gran desconsuelo. La ansiedad era su amante. Lo perseguía, borrachina, si bien no era él su único amor. Cultor del yo en grado tal que se creía víctima de una conspiración de sabios a los que él mismo vino a consultar rompiendo el aislamiento, el niño Marcos, delgado, de cabello negro (de apariencia saludable) y pantalones gris claro, dio unos pasos hacia adelante para que la doctora lo pudiera examinar. Se notaba en su cara cierta gracia y, sin embargo, su expresión era la de un hombre que había pasado la vida en empleos feroces, dignos de un alcohólico personaje sin remedio. “La vida es como un acertijo y yo estoy muy drogado, o él o los dos, no sé, lamentablemente”, pensaba Matías Iglesias, que no había tomado ni una gota de alcohol todavía, pero se sentía incapaz de enfrentar sobrio ese mal trago. Alteraciones de la sensopercepción: ideas de grandiosidad, culpa y muerte. El chico tenía mucho amor propio y no podrían sacarlo así nomás a la calle a hacer el papel de loco. Su carácter constaba de una demoniomanía acentuada y en vías de expansión. Si llegaba a la calle, el dinero o las formas de consumo y circulación lo pisarían seguro y lo dejarían tirado pidiendo una moneda o un número de sanatorio. Se dejaría clasificar y se iría, para acabar con la indiferencia de los diccionarios. Trasnochará en barrios bajos. Ideas de culpa y de autoeliminación lo cercarán hasta que todo tome un aspecto doble y lo insensato lo someta, oscuro, al desorden y la rotura completa. Los monstruos se despojarían de sus pieles y le señalarían un camino bordeado de velas donde conseguir un cuerpo tan extraño como el de ellos. El planeta se iluminará. Hallará su vestido de hombre enredado en una cerca de un orfanato, al final del empedrado. El aire divino le enseñaría su figura, bendecida como la de los peces y los pájaros, amantes de las charcas. Algunos días y algunas noches saldrá a caminar. Los campesinos y los obreros charlarían con él, revelando diversas facetas. En otros momentos, irá a un mercado, cenará en un café, arrojará monedas al aire, como un gracioso destructor de la riqueza. Viviría alegre un tiempo como todas las cosas que babean con ahínco y se esfuerzan por no desaparecer. ¿Para qué vine?, dirá su alma borracha de vino, una noche de noviembre a la salida de un cine. Quiso saberlo todo, pero mezcló los mensajes y escribió un mamarracho, constatarán sus amantes y amigos dopados en el funeral. ¿Qué le pasa, doctor? ¿Por qué lagrimea?, musitó Del Río. El tedio, contestó Iglesias. No se sabía si compadecerlo o envidiarlo por la agilidad y riqueza de su prosa. ¡Qué quejas más punzantes! No hay tutía. Es trastornado, gimoteaba el padre con cara de arruinó esta, su única vida. Se notaba que llenaba con palabras los vacíos de su ciencia. Era una imagen lo que perseguía, nada más. ¿Su espíritu desencarnado pretendía así refutar su locura? Todo hombre, del tamaño que sea, merece disponer del derecho de contradecirse, no obstante. Por eso le dábamos un rato más de exposición al demonio que hablaba frente al espejo y que fuera lo más real o metafísico que pudiera, ¿quién era uno para juzgarlo? El sueño desbordaba la realidad y, en el fondo, era un sueño muy divertido. El autor, el sueño y el personaje se compenetraban hasta tal punto que su imaginación de tan vagabunda era imposible de seguir. “No entiendo nada de lo que dice este chiquitito”. Las palabras de Salustri tenían el hielo del número desnudo. ¿Qué pretendía? ¿Saber? Si no había estudiado. Por otra parte, era chocante para los padres que necesitaban verla más animada, como receptiva al derrame de deformidades que decía el mamífero de escala menor, es decir, su creación. En ese espacio subterráneo, mezcla de guarida y gabinete psicopatológico, la vida bullía, aunque tuviera la apariencia de un cementerio de seguridades. La indistinción visible de lo superficial y lo recóndito, no obstante, era un motivo para preocuparse. En ese estudio prevalecían las sombras. No podían disimularse con focos de bajo consumo. Hablaban de una historia y un saber perdidos. ¿A qué viniste, Del Río? Ahora la echaba. La razón: había pasado por ahí y en vez de oficiar de nexo entre un ámbito y otro (de un lado los desesperados y del otro, los capaces que, a pesar de las contradicciones, merecen respeto y buena paga) se había dejado llevar por la trama del personaje marginal. El relato enmarcado se postulaba, en ese sentido, como producto de un viaje. Ella (muy lejos de parecer aspirante a alguien inteligente) creía en los monstruos y, adentro del viaje personal de la Cosa que cuestiona los conocimientos tenidos por verdaderos, viajaba el chiquito, el malandrín, que requería urgente un proceso de reconversión, pero ni lo intentaba y seguía con sus demostraciones, en cambio, de teorías descabelladas, requete malandras. Las palabras particulares del “educado”, en este contexto de supervivencia del más apto, devenían bildungsroman. De hecho, el flash abría así: un muro inmenso, plateado como el acero de la espada del bárbaro Temístenes, fundida luego de la toma de Firenze en una cripta palermitana, cubriendo un archipiélago norpatagónico, escondido para los ojos del biólogo, en cuya superficie está escrito (heterotopía extrema), como un graffiti, el nombre de MARILYN MANSON y una fecha, 1997. Tenía que ser una leyenda leída desde el presente de la escritura. El pibito la evocaba para él, para que la volviera perdurable, ya que era bastante importante. Sin dejarse embaucar por ninguna hagiografía, sabía cualquier lego que Marilyn era una estrella del cine norteamericano y Manson, un asesino, una lacra de esas que el cine de emociones violentas vuelve destacables. ¿Qué aprendizaje quería descubrir el doctor Iglesias con ese acertijo, desdoblado en personaje, lugar desde donde hablaba con autoridad? Museificarse e irse del lugar del hartazgo podía ser una salida pero no la hubo. La pulsión narrativa, a la vez que transitoriamente iconoclasta, le pedía que siga, que a alguna propuesta tenía que llegar. Uno no es un prócer hasta que no se vuelve tema de conversación en alguna Facultad. Iba a pedir silencio de nuevo porque estaba en algo grande. Iba a decir que le parecía necesario fumarse una pipa, pero la había olvidado en el apuro de salir encapuchado de su casa, sin los permisos necesarios. Un hombre muy célebre los ha tocado soñaba que decían sus discípulos del futuro a los estudiantes de bigote avanzado, luego de la lección de anatomía impartida por el cassette del pediatra, contando esta anécdota que lo llevó a la verdad, entre tanto tufo milagroso. Los rasgos paródicos del “sabio loco” también podían quedar a la vista en la estructura pedagógica de la lección, con algo de inteligencia práctica de un receptor capacitado, temía el narrador. En contraste con este adalid de la desmesura, estaban los ojos desenfocados y la cara de burro de Del Río. ¿Se opone a las leyes de la razón?, le pareció que decía el médico con una muequita de odio que hacía cuando se sentía perdido por algún comentario hiriente de la secretaria, acerca del desorden de su escritorio. MARILYN MANSON es una banda, dijo Marina, ya que se lo preguntaron. El relato de Iglesias carecía de la sustancia conjetural que lo vincule con el género de la medicina, al parecer, como se perfilaba en la voz mezquina de la otra doctora o impostora. Estos tipos dramatizaban las disputas entre compañeros de aula o eran idiotas. El pibito, la mamá y el papá, medio brutitos, empezaron a pararse y a llorar por no saber qué hacer. Se refregaban las lágrimas con los codos como pedían las autoridades sanitarias. Se subían a las sillas del gabinete y pedían la cuenta. Era hora de marcharse, fuera quien fueras. “Ustedes los sabios son unos señores bastante originales”. El comentario mordaz que hace el padre de la criatura lo deja a Iglesias con el ánimo destrozado y susurrando “perdón”…