7. 

Cómo escribir sin una tradición no era su problema, dado que otros ya habían escrito antes que él grandes cosas y también porquerías. La primacía de la porquería no estaba probada, pero la necesitaba para hacer algo alternativo. O mejor dicho, tenía que pararse sobre algún “cuerpo textual” al que rendirle tributo –aunque fuera vomitivo, menos que cero- para llevar a cabo el gesto asesino que tanto quería hacer contra todos los que no le tenían fe porque habían pensado que era malo para la matemática y también para lo otro o, directamente, no lo habían tenido en cuenta. A esto se le suman los grandes interrogantes. ¿Por qué se empeñaba en escribir, con toda la muerte y las malas perspectivas de un futuro aún más contagioso que había afuera? Iba a elegir una genealogía fantástica, una escuela de timadores, los Gildo Insfrán de la ficción vernácula: escogió a unos cuantos rejuntes de poetas villeros o paqueados y después los mezcló, gracias al programita nuevo que Eliseo le había mandado en un chat anterior, con los discursos de las revistas de sociología que cubrían la epidemia china y entonces pidió por favor que algo bueno saliera en medio de tanta malaria. Salió un copypaste medio tremendo sobre las manifestaciones internacionales que se autoproclaman herederas de dicha rama del género (Lo dije ¿no? El género especulativo o fantástico especulativo). Te quiero!!! Pero me dejaste sin reloj, le gritaba a la mujer en un chat interminable, mientras terminaba la edición del papiro maldito. Se había acostumbrado a hacer coincidir el trabajo y la vida personal en una misma plataforma virtual para no perder mucho tiempo. Una feliz vida multitareas en la que todo es posible lo iba acompañando en el ensayo autobiográfico de sus días de compulsividad y pureza por la falta de manifestaciones dominantes de una realidad única. Qué generoso hubiera sido acurrucarse bajo el ala de algún maestro, como él se lo permitía a los chicos del cyber de O’Higgins que lo venían a ver, y pedirle que dicte que “yo escribo”. Los temas clásicos se metabolizaban en sus páginas de quebrada composición a través de experiencias personales igual de agrietadas. Sin necesidad de extrapolaciones de cruda violencia urbana, su Speculative fiction tramaba fábulas en las que cordura y corrupción se convertían en sinónimos, con la imprevisibilidad explosiva, casi profética de lo que no pasó pero tiene que pasar, porque todo es trauma. Realmente estaba tratando de consolarse. La mujer no le hablaba o lo tenía colgado de un miserable chat. Y él, que dominaba un paisaje en el que no alcanzaría una victoria, se mantenía con las manos juntas en su trabajo, ajustadas a lo que pasaba por el monitor como cascarudos (se tiraban encima unos de otros), lo que hacía pensar: ¿para qué empeñarse tanto, si con seguridad no habrá nadie en el futuro en condiciones de leer su historia? Hacía pensar en eso. No quiere decir que él lo pensara. Habría que habérselo explicado y que el trazo se rompiera hasta la muerte, y que manchara, como en una venganza contra adversarios desarmados, que no esperaban el ataque. Sueña con hacer algo muy malo, con dividir a la audiencia, no compartir dividendos con ninguno de los socios. De cualquier lugar podía llegar un nuevo arranque de locura, pero no, nada se movía. Hasta que el fuego se apagó cayendo del cigarrillo y las cenizas que estiraban con el chasquido de la risa los dibujitos de papel de la revista de la infancia de tiernas tiras que ya no servían para nada, solo ser papel en un montón de literatura, se dieron, también, por muertas. Afuera el delivery estaba duro de miedo. Ángel pagó sus cosas con dos billetes grandes y el chico temblaba por el frío que le circulaba entre las manos contando, ya que era inútil luchar. Evolucionista, místico, espécimen, se inclinó su naturaleza: nada podía hacer Kappa contra los cortes que le inyectaba a las drogas respiratorias la sensación de verse excluido de la materia de sus textualidades cojas. Las palabras se le partían antes de quedar pegadas en el rectángulo eléctrico de la página. La imaginación podía aproximarse a lo real o podía ser el paradigma de lo extraño, esto lo sabían hasta los románticos que habían llegado a diputados. Él se enteraba recién de que sus conceptos se parecían mucho a una sensibilidad tosca, en problemas. En este sentido, no es extraño que uno de sus retratos centrales, el de Nigel Mansell bajando a duras penas de una Ferrari con la panza de un brillante recaudador de impuestos, se le refiriera, ahora que estaba tomado por el ocultismo que dispersaba esta enfermedad por todos los rincones cerrados de la casa, como exploración de lo suprasensible. Era un desastre para el pensador ser principalmente una experiencia que no te permite explorar. Entró Pablo, el vecino, el del bajo siempre a todo funk, y le pidió el balde para los excrementos (él lo llamaba así al de su casa porque allí siempre quedaba revuelto lo que no aspirábamos a mostrar). ¡¡Esto que me das es perfume, animal!! Se estaba desinfectando con agua de colonia y recién lo percibía. La estética no era capaz de trascender los condicionamientos de la ciencia. Era un pelotudo que había mezclado las fórmulas; la del agua con la del alcohol no huele igual que el desodorante de ambiente. No solo no creaba conocimiento (lo unía mal en la página de su próximo homenaje) sino que emergía de su sueño laxo, ante un mecanicista como Pablo, con la pinta del abombado. Al no haber podido canalizarse como modelo epistemológico válido, la charla que le quedaba era: ¿querés pasar al baño o preferís un mate? Tomo amargo. La pregunta de él, tal vez, entonces: ¿No me preguntás a qué viene que yo esté acá? Él, quizás preocupado por legitimar la imaginación poética: No sería extraño que hayas tenido tus emergencias. Pablo lo miró como se observa a un caradura: te vine a traer los barbijos que le encargaste a Malena. Por Internet todo se volvía un desafío para el reconocimiento. ¿Él había hecho eso? Qué raro. Si poco o nada le importaban las vidas imaginarias de los otros. La pregunta es tal vez entonces: me los trajiste porque sí, porque la necesidad económica te obligó a rebuscártelas como fuera y golpeaste esta puerta, Pablo, a ver si yo me prendía en tu jugada artesanal, como yo también vivo de changas… El hombre joven, de aspecto desmejorado por el alcohol, le exigió comprensión o si no lo mataba. Sarpullido, quedate solo. No pensaba que sus modulaciones podían afectarlo al otro en su invalidez mental. Viniste a pedir plata en pose de combate, salí, por favor, que no terminé la novela. Pablo se puso el traje de motoquero y salió por la ventana de espacio chiquita que le había dejado Kappa. No pidió perdón por haber manchado la alfombra con grasa de caño de escape. La relatividad hace imposible las relaciones. Ángel y Pablo Navas en el suelo del living eran dos partículas que habían interactuado alguna vez, y podían entonces responder instantáneamente a sus recíprocos movimientos, sin embargo, era más fuerte el campo de gravedad que los expulsaba hacia afuera. En cambio, las partículas de Sandra Cruz y él, separadas hace años luz del círculo de lo óptico tangible, era como si estuvieran telepáticamente unidas. El encuentro postamoroso se daba por vía irreal o fantástica. Se podría ver a esos puntos trazando un mapa común de causas y consecuencias desde el espacio, si alguien quisiera explorar lo real de lo subjetivo. Ellos chateaban seis días a la semana. Qué ganas de compartir ese universo… Es interesante notar que con los años las parejas (sobre todo las divorciadas) perciben un mundo casi onírico en el que los fenómenos se observan poco explicables. La realidad conocida y la que trasciende esas limitaciones se proyectan tetradimensionalmente en un televisor que existe a niveles más profundos que el que podemos ver colgado todos los días de un mueble que no se limpia, ¿para qué? Ahí volvió Pablo Mambos. Olvidaba su dinero. Estaba dispuesto a recuperarlo como fuera. Ángel que no perdía el tiempo en porquerías, reconoció lo que le debía y lo dispersó como a la materia enferma, divorciada por completo de las emociones bien interconectadas, a gusto en un mismo sillón. El dinero lo atravesó y salió libremente de su ámbito. Quizás el rasgo más común del autor. Toda esta cuestión del asedio lo había dejado melancólico y chalado. Los cambios en el proceso de escritura le despertaron la confianza en su carácter provocativo. Le iba a escribir ya mismo a Cruz y le iba a exigir el culo. Si bien no le agradaba mezclar el clima político (no dejaba de estar metida con un funcionario) con lo conjetural, el conjunto de ficciones del cuerpo, esta era una confusión planificada. Descargar un poco de semen no vendría mal, escribió con antipatía por las formas. “¡No es poca mi dicha de haberte cruzado!”. Citaba unos versos de Gerard de Nerval para tirárselos a Sandra y que esta se sintiera estrechada, antes de que sus manos se le posaran encima con desvergüenza. “¿Qué pija querés?” Cruz no era tonta, sabía que el otro le hacía la “embajada paralela”. Ángel Kappa era un machirulo, esos guapos del novecientos que vivían de prestado (en este y en otro mundo), no tenía ni donde caerse muerto y le echaba polvos literarios todo el tiempo, porque ser un mufado era su virtud. Cuando la biografía pesa, como en su caso, una mujer no puede ser fantasmagórica obra febril, propia del mito, y quedarse callada esperando la publicación, el posteo donde narre que le abrió las piernas y el viento del simbolismo llegara a su mundo en ráfagas de asfixia. Estaba organizando su primer museo y le tocaba a ella y algunas otras hacer presencia, señalar “el carácter colectivo de las prácticas ligadas al conocimiento de la naturaleza”. Cuando tenés dieciséis años y compartís clase con Ángel Kappa como maestro, seguro que te cogen como a un “prodigio de estilo”. Era bueno el estilo, pensó Kappa y lo dejó. Esta vez se volvería en contra de sí mismo su homenaje. Iría uno de él en la portada del blog y pegaría fotos de Cruz desnuda o en bombacha con las piernas abiertas mostrando un poco el chocho para embromar y manosear algo más su historia personal, ya que se sentía empantanado, olvidado de la pureza. Y no se equivocó. No era elegante. Firmaría esta vez su nota con tragedia. Cuando una amiga de la Academia le explicó a Cruz que estaban sus nalgas en una imagen zoológica del farabute de Kappa colgada en la web, pensó en sus hijos y en el dolor que les causaría verla así, de atrás, con sus agujeros oscurecidos por el sexo y un amor no correspondido, lucidos en una revista del ambiente. Ese modelo, parodiado de algunas ficciones de los ’70, concentraría fuerza y el ensayo intervendría en lectores cada vez más ávidos de sexoinformación y exploración de novedades de índole diversa. “Mi culo está en las revistas”, llamó Sandra Cruz, pegoteando todo el tablero de fluido, porque pajas se había hecho recientemente explorando esos estados de excitación mezclada con información (de otros). “A propósito, lo hice a propósito”, señalaba el hombre de Letras. “Mantenerte completamente aislado te vuelve más viejo y verde que las masas copulares”. Sandrita lo odiaba ya desde la otra vida, la que tuvieron alguna vez, previo a los escándalos de corrupción por excesos, disputas de poder. “Una decisión riesgosa me hizo terminar con vos, enciclopedista formado en valores que explican el origen del hombre, con el garrote en una mano manchando con la otra las cerdas de colección de la amante paleozoica”. “No te admiro más”. “Siempre supe que no eras ningún poeta o eras uno que compaginaba periodismo con teatro de revista, imprentero, agujero negro financiero, aprendiz”. O sea que ellos no habían podido terminar bien ni tenían un paraíso perdido. De su literatura Cruz nunca se olvidaría, consideraba ÁnHell con saña de enamorado. En 2007 tuvo su primera muestra de locura clínica. Entró y salió, pero nunca tendrían que haberlo diagnosticado curable. El panfleto endemoniado seguía contra él, un ángel encadenado a la manía aguda de la incurabilidad. Así que Nerval escribe: “un poquito más de culo, mi amor. Ya te lo tenía olvidado. Era como sudar de inmortalidad cada vez que lo avivabas.” ¿Volverían a ser felices alguna vez, juntos o por separado? Quería drogas, cannabis, que consumía con la pasión homicida de Dios en tiempos de toscas y turbias apariciones de los “lugareños del lugar común”. Odiaba que lo trataran bien: “Bebé agua y rendite a una familia todo el día por el precio de una vida perdida con Cannabis”. Tan aguda era la manía, que inspiraba superioridad en sus acompañantes a cada paso. Las quimeras poblaban sus caminatas alcohólicas, personalísimas. Pero nadie quería volver del trabajo con él porque apestaría a toda la familia sin haber probado bocado de ese ácido fulminante. ¿Te lavás las bolas, por lo menos, Ángel?, flasheaba que le deseaba ella con leche de cannabis en los dientes. “Ya no lo hago. Ser puro y moderno hace que me persigan.” “¡Ángel, sacátelo de la cabeza! ¡No te voy a coger!” Las idas y vueltas por internet con su ex mujer lo extenuaban. Pero ese culo daba para más. Qué sé yo. Pasó casi una década, pero su recuerdo estaba intacto. Entre delirios y ritos más bien extraños, el bloguero fantasma estaba creativo. ¿Por qué no iba a convivir con lo invisible si, en lo esencial, le funcionaba para su obra? Era la época en la que peor se encontraba, de todas formas. Pero trabajo tenía. Un poco de romanticismo, unas píldoras para la salud y el recuerdo del culo mojado de su mujer que ya no estaba lo mantenían con buena vista, o sea con ganas de barrer y cobrar por internet los chequecitos de los suscriptores, que eran seis más la publicidad. No se ganaba ni para la falopa. 

                                                                                                     
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8. 

Hot Chiesa estallaba de la risa en sus dientes ácidos, a prueba del vacío de la Ley. Ellos, aún en su inercia mineral, eran un mundo aparte, o eso creían, indiferentes al fraude de los vivos y su obediencia a reglas estereotipadas. El drama residía en las consecuencias inevitables del acto haragán y libre. Chiesa comprobaba que tarde o temprano su impureza llamaría a los médicos, y los médicos siempre atraen a la policía. Ninguna excepción se constituye cuando la boca duele y se revienta, semejante al rojo muro de carne de puras encías del carnicero. Nadie soporta, ni en el crimen, el derrumbe de la fisonomía. Estaba más muerto que cualquier bandido o personaje teatral que encarna la libertad, poco serio. No hacía más que gestos, dirían después los comentaristas de su obra de descomposición. Tomaría una píldora más y manifestaría su desamparo con aburrimiento o algo tal vez más abyecto… ¿Qué tal si empezara por proponerse hacer lo que le diera la gana, lejos del cielo de los valores? Caprichoso o roto por dentro, solo obtendría malentendidos como respuestas, dado que siempre había sido así. Desde los orígenes el hombre está condenado a que le digan que no. Separado de lo esencial, le daba igual. Se rebelaba. Fue a buscar hielo y se lo situó en la parte alta del mentón. Dejaría lo sórdido y lo bajo para después, para otros proyectos. Como la creencia ya no iba de suyo, en esta época fundamental la cuestión era poder decir sí o no y porqué. Sabía que quería una segunda oportunidad, que se había enfrentado fuertemente a los católicos en un tiempo lejano de su crecimiento que ahora sentía tibio y arropador, y prefería suprimir a su padre y a su hermana de su vida, figuras de la divinidad “radical”. El pecado es el pecado, papá. Algo te castiga porque le caíste mal desde el principio, canturreaba Hot en una lengua antigua con bombos y estrechos silbidos de flauta. Nada sé de lo que nada es. Me rindo. Y se frotó la cara con pomada descongestionante. Llamaría a Marcos Halperín de inmediato y le pediría una prórroga. No estaba listo para acabar en seis años con una tesis sobre la Vida y sus alrededores, los corredores de la muerte. ¿Qué podría hacer él para disculparse con el Comité Técnico de Investigaciones? Si escribía el mamotreto de la heterotesis, estaba arrojado a repetir las boludeces que otros habían dicho antes que él, con otra ilación y un “encastre especial”. Pero si no lo hacía era sumarle un agujero más al trauma. Se condenaba, por lo tanto, a hacerla, aunque los móviles fueran flojos y nadie nos espere al final del camino para felicitarnos con la convicción suficiente como para dejar de adquirir nuevo dolor. ¿Saber esto, de verdad, no hacía más liviano su paso por la inexistencia? A su muela sí le pasaba amar el oxímoron de la opulenta gratuidad de todo, a él no, que se había criado en una casa de padres separados y soñaba con algo mejor para su vida. Ácida, se autocondenaba y autodefinía “natural”, lo contrario a otras cosas al nivel de los idiotas. Jojojo me hace reír la pelotuda. Chiesa fusionaba en la fisura su espanto y una cadena de contenidos patológicos que transformados en consignas parecían saludarlo con una mano muy blanca de anciano de ideas firmes con el correr de los años. ¡Conserva tu vacío!, escuchó que le cantaba el cacho de silicio. ¿¡Qué querés, agujereada de mierda?!? Traduzcamos: la voluntad te ha sido vedada, no porque lo afirme yo. ¿Quién era? ¿Por qué hice tal cosa? Las preguntas insistían en atravesarle las orejas y metérseles en el centro bajo del lugar de las respuestas. Un poco más arriba. Era un mito la verdad por cómo se acercaba. La idea de un agujero quedaba adherida a un objeto. ¿Verdad? Ese residuo sabio se metamorfoseaba (raro) en lo problemático, aquello que arrincona y plantea cuestiones que de la nada uno nunca expresa. Porque lo que somos se lo debemos a las metáforas que instalan las ficciones más visitadas en la criatura in-significante (sin símbolos ni significados previos a los que referirse). Agreguemos el mito de origen que el padre le contaba en momentos de caída de las perspectivas argentinas de bienestar acerca de un futuro perdido en el Norte, cuando lo citaron para sacar adelante un establecimiento agrícola-ganadero en la fría llanura de Alberta y no accedió por temor a perder la lengua, o el problema del odio perpetuo entre familias (clanes), herencia de Shakespeare, que una abuelita cultivó con pasión insidiosa en tiempos de inmadurez mental del ígneo Chiesa, acerca de un padre empeñado en un crimen primitivo, el abandono de hogar y el descuido de obligaciones contractuales. Acusar al enemigo no nos hace menos responsables del destino masoquista del torturado que tortura porque no sabe, porque no entiende. O sea que el agujero en la muela cada tanto le planteaba estas cuestiones. Y él les hablaba entonces con bastante claridad a todos los polemistas del lucro de turno. El infeliz se precipita sobre los comunistas y los vivos y los formadores de precios para matarlos, cuando en realidad el escándalo que representan nos involucra a todos. Qué sé yo. Más allá de una posición política. El padre de Chiesa era un ferviente militante del amor al prójimo, aunque de jovencito corneaba a la madre con cualquiera que lo quisiera para un rato. Así, acusarlo retrospectivamente parecía fácil; la verdad es que no solo es falso el que te dice que te ama y se empapa de semen con otras, sino el que afirma a priori la posibilidad del hombre integral. Todos son culpables. La realidad de un sistema perverso, inhumano y criminalísimo era más universal de lo que parecía a los ojos de la abuela Delia.

En ese momento probó una empanada del freezer. Había olvidado el agujero de la discontinuidad entre sus actos y sus móviles. Ahora era más feliz que antes, eso estaba claro. Aprovechó el bache para ser consciente de lo inevitable de la alienación en cosas como la Carne. Qué ricas estaban las de carne cortada a cuchillo. Probó una más y revisó el teléfono, a ver si tenía mensajes del Centro de Estudios en Teoría y Estética de la Recepción de Rosario. No había nada que lo notificara de haber sido elegido para satisfacerle sus altas aspiraciones, ni él a ellas. Era hora de decidir y putear los ideales puros de la ingenuidad de una vida hecha en continuidad con lo crítico que además te deja en paz. Llamaría a Halperín y le pediría renuncia total y definitiva a los papeles de la beca. No estaba hecho para él ser un manso. Pondría en venta toda la información colgada en la web. Casi seguro habría interesados en obtener los derechos de la hipótesis de la torsión de la metafísica en los adelantados de la ciencia dicción total del tecnopresente en ruinas. En esas páginas de miles de asociados, los interesados en tener alguna idea de esta parte del continente que venderle a un vasto público de sangre castellana llamarían de un momento a otro. La risa flúor se le salía de los dientes con el agujero en lo simbólico rebotándole como chicle, frente a los hot garabatos del ordenador. Los caracteres impresos en negrita de la famosa firma de papers se le venían a la cabeza y lo convocaban a una reunión de acreedores, como si él pudiera decidir por ellos qué hacer y qué comprar barato y rápido. En la aventura imaginaria parecían todos graduados de ciencias económicas los que escogían qué vender y qué desechar. Agarraban un librito de tapa violeta que se te escapaba de las manos seguro si caía de un anaquel de usados, y leían con carcajadas augustas las desesperadas letras de una contratapa repleta de faltas de sentido. La globalización era (manifestaba) diacrónica y fenoménicamente una operación estructural del tardocapitalismo (¿? Acá las risas se hacían de molde y furibundas) consistente en la universalización de lo Uno, evitando con ello el efecto desorganizador de la diferencia que segrega su misma máquina discursiva. Los pobres, es decir, los accionistas minoritarios, se agarraban la cabeza y lloraban aplastados desde lo simbólico. No entendían para qué estaban ahí ni para qué les hacían leer esas canzonettas de batallas destotalizadoras. En su limitada estructura, decretaban la inanidad del dramático espesor de esos gritos archivados con nombres y estilos estridentes, replicando la probada relación de indiferencia del colonizado hacia el colonizador. Los graduados de ciencias económicas que dirigían la empresa desde Houston se vanagloriaban de habérselo dicho desde el primer momento. Me petrificaban desde sus ideas, aunque parecía yo estar prestándoles las ideas. Chiesa aliénabase, a través de ellos, en las palabras propias con las que lo acusaban de vender mierda. ¿Todas estas pelotudeces de dónde salen? No me reconozco fijado en las palabrerías del niño. Ellos hacían algo con lo que él había hecho de él para ellos. Fijarse había sido su gran tarea todos esos años. Escribió todas esas maravillas de la ciencia, palabras razonadas bajo el deleite de lo no dominado, estaba seguro. Ahora era consciente de que lo empastaban en algo con lo que no estaba seguro de coincidir. ¿Pelotudeces? Capaz. No es tan fácil renunciar a una carrera cuando el público te devuelve un ser que robaste por años, a expensas de los consejos de tu madre de no volverte un guitarrero, un cantor de protesta y, de repente, lejano se te presenta bajo la forma de otro (una arcada te sentencia a odiarlo). Hot se mandaba una pizza ahora y abría la birra que le aseguraba ser libre de los tontos. Festejaría con las sombras, ya que amigos no le quedaban ahora que se manejaba íntegramente por la computadora. Las ganzúas que rasgaban los pedazos de queso y salsa se le partían desde la raíz hasta las centrales del gusto, asaltando la integridad de la pizza, tomándola por asalto, con una espontaneidad impropia para tamaño bulto. Iba a tener que salir rajando a la guardia si seguía supurando el huevo que disimulaba la falta. Pero no. Comía, rascaba, rajaba. Había hambre. La píldora adobaba el proceso de hurto del ser de ese complejo de ingredientes destinados a cualquiera. La ruptura con el mundo se hacía visible y a la vez imposible de captar con la percepción o el concepto. Le costaba arrancar para el hospital o buscar ayuda en algún directorio telefónico. La madre estaba agendada en su teléfono, también la hermana. Esperanza podía pasarlo a buscar de inmediato si se lo proponía. Ordenada tenía la cuadrícula de los días, pero un ratito se iba a hacer, aunque fuera de noche, para el hermanito traga, que a los 30 vivía de prestado todavía, con un alquiler menos que pagar y servicios de Internet gratis. Ella sabía todo lo que la madre le daba para mantenerlo tranquilo en una casa, debido a su “condición”. Hot rompió unas piezas de plástico farolero del equipo de música y las usó como escarbadientes. En verdad quería saber qué salía si apretaba el hoyo rabioso de su maxilar sometido a operación. El invinculable le llamaba a espaldas suyas la hermana cuando se juntaba en la casa de la madre a comer y bromeaban sobre las rarezas del hermano de sangre. Ya no sería más el kurdo, el invinculable, no extraería más su concepto de los otros, ni de ninguna relación recíproca. Ahora, a morir, decía. Y se llamaba a silencio, aunque clavarse un plástico tan agudo en el cachete inflado de líquido inmunológico no parecía una razón para estar estable.