9. 

Entró a su consultorio odontológico el día 55 de la cuarentena con los permisos en orden, con el pelo bien teñidito. La Dra. Romero era chica de espaldas pero muy robusta en su forma de dirigirse a los colegas, clientes y servidores de su oficina u otras profesiones (aunque no excluyera en el plano moral una solidaridad con ellos). Había vivido nueve años en Alberta. Allí participó de grupos de estudio especializados en contagios de ratas in vitrum. No se reprodujo. Aprendió a investigar lo que fuera con biologías similares. Llevaba una en un distintivo en honor a los comienzos de los tiempos. Una rata. Participar de lo profundo del mundo observable era una manera de no quedarse sin un trozo de identificación, una representación que nos vuelva menos detestables, interactuar, ser fieles a un propósito. Sabía del momento que pasaba la Argentina y se vino con pasajes sacados por ella para ahorrarle al país tener que repatriarla. Se miraba cabiendo en ese antiguo escritorio y repasaba las llamadas con amigos de la profesión y las interconsultas, los borradores donde reescribía fórmulas de vieja data, hace tantos años que no podía resistir el contagio de la melancolía. Esos papeles en folios con sellos facturados por su propia marca no la revelaban a ella como mujer, más bien eran ella misma pero “mutilada”. ¿A dónde habían ido a parar todas esas indicaciones? ¿A qué bolsillos descosidos? El amor era imposible. Tanto o más, los proyectos, atestados de miles de aristas con las que congeniar en un ritmo desfasado necesariamente de las posibilidades prácticas. Por suerte, las soluciones éticas venían a encargarse de exonerarnos de cada una de nuestras esclavitudes. Amar es desear ser amado por un otro libre de toda coerción, como afirman los psicólogos bienintencionados (años de terapia conductual le habían permitido comprender este extraño automatismo de las pasiones). Después de meditarlo mucho, sabía que su proyecto podía considerar la virtud de la humillación. No había regresado al enorme archivo sin cura ni memoria de la enfermedad que era Argentina para proyectarse en algo absoluto e increíble. Al mirar la desnudez de su cuerpo podía razonar que los otros no tienen ningún secreto. Ella quería reivindicar lo circunstancial y recurrente de su condición. Ser otro episodio banal de una guerra relatada largamente por los perdedores. No habría ningún problema. Se instauraría en aquel conflicto circular y no haría nada para recuperar los años robados. Ahora prendía la radio y se ponía a escuchar cualquier merengue que pasaran. Era una imagen relatada como entre amantes tropicales en una burla o en un desierto con mucho dolor en el pecho por las continuas insolaciones. Se sometía a la voluntad de los amantes regulares. Total, mucho no había para hacer, siendo la alienación el único lazo posible con el resto, desde que la nada existía y se nos venía encima, simple y llana supresión de la plenitud primera. ¿A quién tenía que rechazar ahora para separarse absolutamente de lo que no le permitía “ser” el yo que era? Ponía la televisión y se humillaba viéndose insultar a los que saltaban el paredoncito del frente y corrían gritando ¡¡freedom!! No podés agarrártela con esos, Catalina. Igual lo hacía. Necesitaba negarse como alguien libre y agarrarse de cualquier pavada para sentirse atada a una causa. ¿Le traigo un café, doctora?, llamaba desde su asiento Marina Del Río, la secretaria. ¿No hay pacientes, verdad? Dígame la verdad. ¿Por eso me entretiene con small talk? No hay pacientes, doctora, hoy. La gente es capaz de someterse a cualquier clase de dolor con tal de preservar su vida. Otra vez era rechazada en nombre de la libertad de elección, el Bien Supremo de todo clan. Se negaban a seguir los consejos del cuerpo, pero no los que emanaban del Comité de Expertos, como era de esperar. Yo, rechazada por lo que soy y al mismo tiempo emblema de la Salud Pública, del National Health Care System, aplaudida y reconocida por miles de vecinos, tranquilos en sus casas con sus conciencias. Marina, traéme la bata. Elijo tomar un baño de inmersión. Miraré un poco más mi desnudez e intentaré recuperar lo que no se le ha dado: una mirada de serenidad engendrará un tibio tocar de aguas fecundas. Nunca fecundada, la doctora permanecía amiga de su cuerpo, pero un poco desaprovechada e irritable por momentos, a causa de las durezas del círculo cerrado del destino. Poneme a Simone Robert al teléfono, Oficina de Infectología Viral, Instituto de Máximos Cuidados Intensivos, Toronto College, Ottawa. Aquí hago un paréntesis: se explica mediante este diálogo la importancia de la vigilancia profesional. Seis a ocho días tomábamos un café con medialunas en la Central de Radioterapia, claro, realmente crudo, sí, tomará tiempo, la conclusión es incuestionable, sin arrepentimientos, por el bien de todos, me niego a ser nada que no sea objeto de su voluntad, se está condenando solo, sí, pero tiene apoyo. La charla fluía, aunque ocasionalmente se cargara con el peso de las críticas. No hay de qué asombrarse, la perspectiva que elige relación entre consciencias sin intermediación del Estado y la del compromiso ciudadano están activas ambas cepas, son posiciones, sí, en partie masochistes, y sí, descansan en ideas de otros, me gusta donde vivo, está mi hermano a la vuelta, uso mi libertad en contra de mi libertad, sí, Simone, d’accord, soy el instrumento ideal para esto, “elegir”, “elegir”, nous n’avons jamais convenu, merci, mais oui, merci beaucoup. Golpearon la puerta. Con fuerza vegetal, una voz se asomó. Era Matías, el hijo del querido José Marcel Iglesias, fallecido en 2006 por un terrible cáncer de vesícula. Ya te dejo, querido. El Dr. Iglesias hijo no veía la hora de meterse en el útero cerámico de la tina y olvidar las groseras muecas de fascinación de los enfermos de siempre. Lo incomodó, a decir verdad, ver a la señorita Romero envuelta en toallas con los pechos turgentes saliendo de su pequeño porte. Seguramente había sido un desliz. Se negaba a tratar esa actitud como parecida a la del amor. Romero se empeñaba, por el contrario, en verlo como un objeto entre otros, alguien a quien se le puede exigir todo el tiempo ser algo, ser útil, acostumbrada al respeto que se les debe a las amigas de la familia. No había de qué asombrarse, por consiguiente, de que Matías se sintiera un poco apenado por haber empujado la puerta con la cabeza acechante y la voz del zalamero gato. La perspectiva de Catalina Romero se parecía demasiado a la del hijo de su ex socio, como para pasar por alto la coincidencia ética. Los Iglesias tenían deudas con ella. Pero aquellas deudas, estaba por completo segura de que se harían más flagrantes aún, si en un intento por fascinar al otro, adoptaba la posición de la masoquista o perdida. Una especie de vértigo la tomó. El abismo de su persona, sumado a la representación de esa presencia que intuía en ella a los ojos del otro habría sido clínicamente angustiante, de no estar tan ceñida al suelo de las cosas. Dejarse poseer por la vista de ese muchachuelo inhóspito tendría entonces la ventaja de liberarla de la condena de la libertad, el anhelo íntimo que le impide a la mujer ceder fácilmente a ser situada en la posición de objeto de vergüenza. Rozaba sus muslos contra la tela fina de una gabardina bien ajustada. Sorbía ahora un jugo exprimido que Marina gentilmente le dejó en un estante del vanitory. Y se acomodaba la remera con la paciencia de la masturbación. Grosero es el hecho de simular ser algo para alguien que nada se imagina. Creía haber alcanzado mi objetivo –escribió Romero luego en una hojita de recetario refiriéndose al acto impuro- pero en realidad todo se había derrumbado. Porque una vez que la antigua doctora se dejó tratar así, como algo sin fuerza, como una piltrafa haragana rogando que se la metan, las cosas no recuperaron la cualidad inicial, la virtud que separa las conciencias por vergüenza o falta de voluntad. El joven Iglesias estaba enorme. Guardaba un pene gigante disimulado apenas por los arabescos de la cortina del baño. Así, el objeto cortante, alienado en su fascinación obscena, permanecía imposible de aferrar. A simple vista, lo que se podía ver es que Romero desvió la mirada para no atiborrar al otro con las falsas expectativas del polvazo. No sería él ante quien se humillara. Por más que la hiciera existir francamente buena, con las piernas versátiles y mansas, dispuestas a jugar con su verga, no poseía el “secreto”. El dolor comenzaba a surtir efecto. Catalina dejó caer una fina gillette ensangrentada en el punto de juntura de sus muslos, donde comienzan a curvarse y a desenvolverse hacia el interior femenino, y rasgó (solo para el otro) su instrumento inanimado. Era imposible no percatarse de que Iglesias debía comprender el sufrimiento autoinfligido por esa mujer para dejar de actuar como el superado, el mirón que espía desde arriba lo que se coge. ¿Qué es lo que tenía ahí? Solo un cuerpo ensangrentado por el que luchar para apoderarse de él. Tampoco era un gran cuerpo, era más bien una pequeña destilación de un caso que inicialmente pudo interesarle a alguien y fue finalmente desechado. Las mujeres vienen al mundo para sufrir. La lucha por el reconocimiento las deja tan agotadas al cabo de una vida que solo entregan, al final del proceso, un despojo. Del otro lado de la cortina, la debilitada Romero hacía el gesto de estirar un brazo sin ser capaz de alcanzar lo que se proponía. El brazo antiguamente ágil de las cirugías se manifestaba neutro, cruel con su reputación, aquello de “tener buena mano”. Dadas las características de esa situación, el resto-despojo del pene -ahora fláccido- del pediatra captó a su semejante como una muerta costra flotando en aguas inmemoriales y ya no insistió con sus pretensiones de colmar una plenitud sensible. Ya no sabía cómo usar o ingresar a esa carne sin procesarla como una indiferenciada nada, que estaba ahí para nada. El saldo era claramente negativo. Iglesias hijo reculó y se volvió a vestir, cerró su chaqueta, la colmó de ganchos, de cierres herméticos y se forjó una cara de espanto que insinuaba su particular odio a sí mismo. La transformación de la supuesta habilidad en impotencia lo describía tal cual era, nítido en su total falta de inteligencia. Qué bien que estábamos cuando estábamos mal, dice el chiste. ¿Cómo se puede pretender engañar a la esencial Separación? Estos dos sí que estaban listos.

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10. 

No se hace genio. Se nace genio. Y se deshace al que no piensa igual. O yo los haría cagar. Los sumergiría en una buena fuente repleta de secretos femeninos, bombachas y corpiños con revólveres de piel de juguete adheridos. No saldría ni un solo poeta, aun habiendo tenido contacto con las partes más íntimas. La estupidez del profano obliga al sano a fingir que no es lo que es. Ángel Kappa parecía desorientado en la conversación. No pasa nada, son solo listas virales, repetía Calenturiento Parsons, que no quería decirle que no era así lo que decía por temor a que el otro se pusiera sádico de un modo implícito, en función de “salvar a la sintaxis de la nada del amor”, como siempre gritaba cuando el alcohol lo enloquecía. Contra la estupidez del amo y su propio sistema filosófico en sentido desfigurado, Eliseo explicó que la cadena de mensajes la había enviado un amigo de la Muni. Era un chiste medio tonto, decía: “No te ilusiones. Renunciá por adelantado”. Y se veía a un vagabundo con cabeza de poeta racinguista canoso que aun farolea de Stone (medio busto), rogando por una migaja del sándwich de otro en el andén de una estación ferroviaria moderna con hermosos escaparates dedicados al arte cubista contemporáneo privado. No se comprendía la función ni el sentido exacto del fracaso del escritor callejero. Pero era obvio que había malicia en la representación. ¿Esperaba seguir llenando su ser con conmiseración retronoventista y por eso vestía Toppers y fumaba tirado en las vías, como en un disco de Flema? No se entendía nada de lo que habían querido mostrar, la verdad, los de esta gestión, pero no era para poner las cosas de ese modo. La diferencia era abismal entre llenar las salas públicas con arte bien construido, con oficio de maquinista, y tomar la postura de la negación de lo intencional en las artes, por la que abogaba el referente de los poetas en el antro de humo y locro que era el departamento de Kappa, violado de gente con modales de artistas. Los escritores viejos y modernos también “eran del palo”. ¿Qué tenía en contra de ellos?, Eliseo se preguntaba con los lentes algo caídos por culpa del vapor que echaba la pipa de agua del tamaño de una vaporera del maestro, donde terminaba de cocinar los zapallitos y ya arrancaba una tanda de faso. La respuesta era lógica. Era un fantasma. Lo consumía su propio fracaso consciente: no haber podido nunca llegar a ser expuesto en esos museítos pitucos, a cielo abierto, e itinerantes porque su obra era poca. Hablaba más de lo que hacía. Pero Eliseo, realmente, no lo veía así. Incluía al teórico soñador Kappa en la categoría de los personajes que se recontra rescatan entre la bosta estúpida de la realidad de esta ciudad fea como sus casas de entretenimiento y sus plazas secas y sus embarcaderos de alta gama. En China hay fuga de capitales, decía una mujer de gorrito, Susana -Sussy la llamaba Parsons, con quien tenía una relación de amistad, se notaba por la cercanía de los vasos y demás pertenencias de ambos. Eliseo no entendía a qué venía el comentario. No sabía que Susana era una mujer que venía del campo. De allí partió a la ciudad y se embarcó en la carrera de Ciencias de la Computación y finalmente en 1996 se doctoró en Economía de Mercado y Planificación Financiera. Ese pasaje de la noche era raro, angustiante, para los que acostumbraban leer otra literatura. No había dudas de que ese comentario era una crítica a los valores de una cultura nacional fuerte, defendidos en lo que iba de la noche. Contra la estupidez del alcohólico Kappa que estaba sentado al piano pidiendo tocar unos valsesitos que le cantaba la abuela venida de los Abruzzos con tres dedos locos y sin pose para llegar a lo más alto y lo más bajo de la escala musical, Susana al menos tenía algo para decir, tenía un sistema propio. A Eliseo le temblaba un poco el cuerpo, como en ese estado que llaman timidez en el que se sienten llamas en la planta de los pies subiéndote por la cara hasta totalizar por fin el conjunto de espalda, hombros y brazos y cerrar el círculo de la posición subjetiva. Un anillo de fuego se revelaba entre el cuerpo tembloroso de él y el de sus compas. Aunque la indiferencia se posara sobre el reducido radio de ella, carecería de los fundamentos que podrían desintegrarla. El fuego era poquito, como ocupado en apagarse o rodearlos a ellos, los mansos de nacimiento. Por ejemplo, abriendo las bolsas, desarrollando el mercado de bonos para que pueda entrar capital internacional sin ninguna restricción, los intereses también se liberalizarían y el ahorrista podría mejorar la rentabilidad de sus depósitos. Esto pensaron los reformadores y resultó. Era muy fuerte el cambio de opinión, el cambio de voces y de sucesión o armonía de los tonos que acoplados forman un lindo anuncio económico también. Eliseo creía que estaba “flasheando”, que el porro era faaa. Qué loco. ¿Quién la invitó a esta mina? “Ricura” Parsons estaba en otra, afilando una navaja con la que raspaba un corcho para desorganizarlo en una lámina con pegamento natural del guiso y dejar así una bonita impresión de la noche. Kappa la miraba con los labios salidos para adelante y los ojos en V, como pidiendo una explicación mejor para el cambio de rumbo en la fiesta de apertura de la cuarentena. Se sale no mediante restricciones como hasta ahora. Se necesitará una reforma financiera completa que haga atractivo invertir en China. ¿Y el resto del mundo? ¿Qué opinás de nuestro país? Porque nuestra realidad es diferente. Acá hay causas estructurales de la desigualdad. La charla se volcaba de nuevo hacia el proyecto nacional y popular, por obra de un tal Zambinelli, un dirigente de la antigua juventud radical, convencido de la necesidad de la expansión fiscal y monetaria en ciclos económicos recesivos. ¿Lo trajeron a Milei? ¿Qué onda? Un amigo que había venido con Zambinelli boqueó y la mujer no aguantó las ganas de servirse un vaso lleno de vino y tragárselo junto a su formación no requerida por el bien de todos. A Eliseo no le alcanzó esa intervención cercana en lo ideológico para separarlo de una actitud de dependencia con un elemento de esta dama, que por ahora se le escapaba, pero no le impedía desear llevárselo a la boca. La noche siguió así y se mantuvo así (en ese límite) todo lo que duró el saber de esa rara aparición. Susana, luego de ese episodio, dibujó, filmó un poquito lo que pasaba en la parte alta de la casa, en la zona de las escaleras y el pasillo que daba a las habitaciones, y 3 y media dejó la casa con un riquísimo perfume a libertad. 5 menos 10 terminó la joda y tuvieron que despertarlo a Eliseo, que se había quedado enredado en sueño en el sillón del living comedor. ¿Dónde fue Chica China?, se le escapó en un susurro ebrio en el oído de Kappa, su conductor, el que lo llevaría hasta el tacho y lo pondría a resguardo de los capitalistas, navajeros, trolos. Mentira. No haría nada de eso. Trajo una sillita y se la metió en la espalda para dejarlo erguido y poder invitarle un trago más, hablarle un rato más. Eliseo quiso abrir los ojos, pero no pudo. Entonces tanteó el teléfono y se fijó en un número de remís y llamó y se fue.

En el taxi pensó en dos cosas: en la ilusoria búsqueda de una esencia del otro que elimine para siempre la angustia (una pelotudez terrible, la verdad) y en sus amigos, a quienes amaba, pero por momentos le parecían una perfecta sociedad igualitaria hecha de raquitismo y odio al burgués, que no le hacía bien, porque no construía nada, ensuciaba lo que había nomás. Pensó en armas largas, como las que usan los héroes en la novelita El Eternauta contra bichos que secretan poder maléfico, pensó en enormes empresas con corredores enormes en los que nunca entraría porque un título de Historiador del Arte te emparenta necesariamente con los grandes paranoicos, los que se esconden en un armario tres días a la semana para no sentir que viven con tranquilidad los vínculos sociales, no se afeitan, y no tienen ganas de que les vaya bien. Pensó en un inmenso vestido de novia en el que esconderse mientras los padres procrean en otra habitación, separado de ellos por el húmedo manto de la capelina, pensó en gasoil y el olor de las cosas que no te abandonan, en una mañana linda de invierno amaneciendo con alguien amoroso (una chica china) con la cama de espaldas a un césped prolijo suave con plantas de estación colgando de la ventana, pétalos de colores mixtos, aterciopelados, lilas y blancos, amarillos y fucsias. Qué vomitivo dolor de cabeza. El elemento mágico se dispersaba como ebrio entre las florzuchas de los canteros de las veredas. Eliseo era su propio judío, su propia mancha en el cuadro. Pedía por favor tener trabajo y flores para regar y suerte, alguna vez, suerte con los cambios. Esta vez lo que salía tenía que dejar de ocupar un espacio innecesario en las inmediaciones del bienestar, tanto en sus comienzos como en el futuro turbulento final. Eli escuchaba voces muy suaves como de alguien sirviendo un té con una vieja lata de tetera mientras lee entre susurros, una especie de motivo literario que cabía perfectamente en su orgullosa vida de mediocre. Tenía que dejar de hacerse el canchero con Parsons y toda la banda de socios pueriles y comprarse una notebook más grande con un mega procesador que lo meta en todas partes. De cabeza, de cabeza, repetía en el desierto de lo real de sus fantasmaspensamientos. Cruzó el pasillo de la vecina y olió que de la ventana de la hija menor salía porro, o eso le pareció porque era menor de edad y casi seguro no tenía acceso. La puerta de entrada estaba abierta y las cosas estaban en su lugar.

A los seis días le llegó una invitación para verse en un recital con amigas del colegio. Criticó el motivo del llamado y cerró esa ventana y otras (todas las que tenían información sobre política y sociedad, cultura y comunicación). Asimilarse a un grupo inexistente y privado se le antojaba motivo de linchamiento en una utópica sociedad de individuos fuertes y apasionados. Igual, prefería la sociedad esta legal y anónima. Subsistir, pero sin gracia y sin tareas inútiles negativas que te llevan a la bancarrota sentimental. Acomodó los almohadones y se tiró en el sofá cama que lo había visto estirarse de tamaño y ceder a la volubilidad de otras formas, con olor a cuero de plástico negro, lugar de sus amores. Allí rodó cien veces sobre su amada Katia. Allí prendió su primer cigarro a escondidas de sus tíos que cuchicheaban en la cocina, ¿o era Rial y sus bien condimentados chimenteros? Desde allí siguió carreras por televisión, a miles de kilómetros de ese estuario, en pistas bien asfaltadas, con publicidad cara y públicos estudiosos. Caliente persiguió a las estrellas de cine cautivas de sus desajustes emocionales en pequeños cuadros de 14 pulgadas. ¿Qué es eso que se escabulle allí? Recordaba la voz de sus amiguitos de la primaria. Y la tía que cuando volvía a su casa lo sentaba aparte, esperaba que el tío se fuera a trabajar, y le decía: ellos también son judíos, no saben a qué vinieron al mundo, y para otros también serán intrusos. Las situaciones se repiten con mínimas diferencias infamantes. Esta condición originaria que la tía alguna vez le describiera con la inteligencia de los profetas y los seres que vivieron una guerra despertó para siempre en Eliseo los demonios de la insatisfacción. Rechazaría por igual a los que se le acercaban en tono afable y solidario con un cacho de pizza en recreos o birras en fiestas de comienzo de algo, lo mismo que a los que ostentaban una identidad miserable. Lo cual hizo también que, aun participando de las grandes gestas patrióticas, marchas a favor de los jubilados, recitales de rock visionario o tipo desafiante, no se fundiera nunca en la alegría de la manada o amistades, dos o tres en curda, simpáticos, es lo mismo. En realidad, no hizo más que llevar al extremo un hecho ante el cual todo el mundo se acomodaba perfectamente: la desaparición de prácticas democráticas que involucren la propia desujeción de los principios personales, defendidos de modo poco compasivo (defensores de la democracia, sus coetáneos se eliminaban unos a otros con pasión e indiferencia aplastantes). Una vez robó. ¿Qué creía que era? ¿Un ladrón? Era solo un chico. Robó para disfrutar de su banda favorita en una clásica revista de rock. Robó y lo agarraron. Pero no lo pusieron contra una pared para obligarlo a pronunciar las drásticas palabras “soy chorro”. No, su suerte no estaba echada así al diablo. Lejos de petrificarlo en un ser que venía de otras identificaciones, previas a él, circunscriptas a alguna naturaleza social o humana mala del todo, el tendero comunista lo perdonó. No le dio un beso, pero lo dejó ir. Libre de la alienación en palabras chotas, se guardó la mirada de ese oscuro mártir que fumaba con la insolvencia de los apóstoles y lo perdonó en su tienducha sucia. No hay paraíso para nadie. Gracias, maestro.