(9) LA REBELIÓN DE RAMÓN SOBRANTE

Con porte arquetípico, aunque ligeramente historiado, luce una capa de capitán y una majestuosa horquilla con terminaciones de filigrana de cobre. Hay rumores de nuevos impuestos. La gente de la AFIP estaría por desembarcar en el poblado y aprovisionarse como fuera. Se habla de decenas de miles de bandidos que vienen de la capital, vestidos elegantemente, con los modales del diablo. Se acercan saqueando por el camino todos los pueblos y masacrando a la población. Estos primeros rumores que movilizan la dicotomía entre “nosotros” y “ellos” ponen de los pelos a los miembros de la clase obrera que exigen pan y trabajo. Vienen a robarnos. Nos van a sacar hasta las cabras. Impuesto a los nacimientos y a las defunciones, lo último. Es escandaloso. El mito de la edad de oro, con las mieses desbordando en los toneles, se entremezclaba con el de la Comuna de París y sus barricadas hechas de sujetos hacinados por pelear, en sus afiches y banderas laburadas. El sueño de un Estado sin impuestos -pasado imaginario que el mismo recurso de la alusión a la violencia campesina contra los recaudadores primigenios de su vestimenta dejaba sin efecto- les daba a los rebeldes la representación positiva de sus rechazos. La muchedumbre y sus símbolos. Hay que darles algo a los hambrientos y a los desamparados además de satisfacción estomacal: un estandarte del que agarrarse con las dos manos, signo de una ruptura en el tiempo. El comienzo y la realización del gozo de lo posible, una misma cosa. A simple vista, la estampa del granjero valiente podía parecer poca cosa en tiempos de humor por internet, una muestra más de confusión ideológica en pleno auge del multiculturalismo, o de mal gusto plebeyo -según el palo del que lo mire- pero Sobrante sabía que si había algo que le sobraba eran huevos. Daría vuelta el resultado natural de sus efectos desconcertantes con dosis de carisma y emociones intensas, que confundieran lo conocido con lo ilusorio de las esperanzas refundacionales, poniendo fin al temor de la persecución política, al ajuste y la incertidumbre por la ausencia de liderazgos de la masa sufriente y sudorosa que lo quería ver fuerte. El héroe se tenía fe para el mito. Creía en su capacidad de reflejar una experiencia colectiva en un par de emociones bien articuladas, que lo mostraran como un individuo bien formado en su personalidad y a la vez, dispuesto a superarse, envuelto en la misión histórica que lo elegía para el reto. Empezaría por demoler la Bastilla del morenismo, la termoeléctrica Rudy Ochoa, pero para eso iba a tener antes que asociarse a un nuevo empresariado nacional, que estuviera dispuesto a construir su fortuna sobre esos trabajos de demolición; es decir, individuos que tuvieran la suficiente capacidad intelectual para poder vincular en un mismo sintagma nominal y patriótico, destrucción y progreso. Con las piedras que proveyera el enorme edificio hecho con dinero de la corrupción, podrían satisfacer la demanda de reliquias de varias generaciones de nostálgicos de la dictadura. Y también, llegado el caso, vender piedras falsas, si lo exigiera el Movimiento (las chimeneas son lo más difícil de trucar porque el óxido las delata). Las llamarían los “Cimientos de Troya” y las pondrían en exhibición en las plazas principales de la República todos los días jueves, en aniversario del golpe popular. Y en los pueblos costeros, perdidos, de la llanura pampeana, los domingos, cuando hubiera algo más de afluencia de gente.

La bandera del movimiento vecinal salafista ondeaba hexagonal, dividida en segmentos cónicos que partían de un centro circular y homogéneo. Los conos que evocaban los rayos solares y cada una de las regiones iluminadas del suelo patrio, a su vez, tenían particiones de orden cronológico. El eje temporal atravesaba verticalmente cada damero, otorgándole un sombreado diferente. Componían las Edades del Hombre. La infancia: identificada con el mono y la fechoría elemental. La adolescencia: el masturbatorio culto a la libertad sin reconocimiento de ningún orden simbólico suprasubjetivo, los años de la bohemia martinfierrista. La primera juventud: una sombra aún luminosa de pequeños arrebatos al Estado imberbe, el asesinato en joda de Rucci y los montoneros saliendo de copas y jugando al billar con armas en los cinturones y caras largas que disimulan la diversión. La edad adulta: una estatua desfigurada y, por lo tanto, ambivalente de José Ber Jel-bar dándole la mano al demócrata cristiano Balbín y con la otra, apretando el puño con fuerza para que no se le escapen los precios. Atrás se puede ver, aunque algo deteriorada, con un efecto vintage (tal vez el artista intentó eliminarla con un punzón) el esbozo de una multitud llevando en andas una momia egipcia con unos pechos voluminosos y rosados rompiendo las ataduras de los vendajes, que podría ser perfectamente un criptograma del Estado de Bienestar o la democracia burguesa, o de la misma dialéctica de la Historia, descuajeringada por la violencia interpretativa de sus suscriptores. La madurez: sexagenarios con enormes trastes de burócratas, vestidos con ropa deportiva de marca extranjera de la que sobresalen cuellos de brontosaurios de una elasticidad entre promiscua y amanerada, con pelucas frondosas, mordiendo la copa del ceibo, contradicción semántica que no hace mella en el significado del vodevil vitalista y gastador de las décadas posteriores a la caída del muro. No se trata, por otra parte, de símbolos aislados, sino de todo un sistema de ideas-imágenes interconectadas por gárgolas que le dan la apariencia de catedral gótica al fresco, de edificio admirable por su aspecto pero re veterano y siniestramente persistente en el tiempo. Sobrador sabía perfectamente que además de esta fachada articuladora hacía falta una acción destructora, cuya materialidad animara a las masas a hacer pasar a la historia a los antiguos. La representación cruel debe investirme. Pero ¿cómo guillotinar el cuerpo sublime de la antigua legitimidad? Empezarían por matar a alguien al voleo. ¿A qué llamamos, concretamente, matar? ¿A qué llamamos, concretamente, imagen? Las preguntas le jodían la acción. La vida está hecha así, a base de pequeñas soledades, se decía.

Mambeaba con todo. Mambeaba y pegaba el pibe Traumi. Era el escudero del rey. Lo tenía sujetado con una correa para que no lastimara al resto de la compañía. Tenía los ojos inyectados en sangre como un raro mamífero subtropical que, por escarbar en el nido de las avispas, se llevara un buen combo con la miel. Su relación con las masas dejaba mucho que desear. Sin embargo, no lo separaban porque estaban confiados en que sus malas formas, su olor y su ineptitud general horrorizarían a las primeras líneas del ejército de ocupación, formado en academias de primerísimo nivel (no del mismo escalafón que las prusianas pero semejante, no es por exagerar). El Morigerador tenía muy bien a la gente que se encargaría de cuidarle el culo cuando las papas quemaran. Ganaban aproximadamente el sueldo del gerente del Banco Nación, que equivaldría a una cuarta parte de lo que ganaba cualquier interventor provincial y, no obstante, era un sueldo de elite, semejante al de un recaudador de segunda línea o al de un neurocirujano. Los milicos eran de primera en un gobierno bastardo que se aferraba a las charreteras como su única esperanza en un clima de descomposición generalizada que, a la larga o a la corta, les iba a traer problemas. Las falanges de Sobrador, por el contrario, no estaban bien programadas. No quedaban del todo claros los límites de una división y otra. Los que estaban acá en un momento, en un momento posterior se pasaban allá, por razones que no siempre eran claras, incluso para los propios protagonistas de los hechos. No podían mantener un orden estricto en lo que hacía a cuadros o a equipos, con un capitán y un subteniente que lo siguiera en todas sus decisiones, por desconfianza en lo que podrían ser ideas poco fundamentadas, ya sea por falta de lectura o conocimientos probados de buena fuente –no se los veía muy leguleyos a los altos mandos, no frecuentaban cafés, ni andaban con libros abajo del brazo en los ratos de ocio y la compañía no era tonta, percibía su indiferencia en lo respectivo a la cultura. Lo más cercano al esnobismo en el grupo era el Loco Roni –aféresis de Roncoroni, su apellido, aunque se parecía por lo rubión a Ronnie Peterson, también. Como consecuencia de su manía obsesiva de querer igualarse a las máquinas espartanas de guerra sin ningún sustento en la realidad, le decían “Estomba”. Como decía ser el hoplita de más edad, se ponía al frente de la tropa y llamaba a los esclavos ilotas para que le trajeran las provisiones necesarias para hacer los sacrificios a los dioses, algo de kerosene y unas chivas o lo que fuera que tuviera vida y pudieran sacársela medio rápido para ofrendársela a aquellos otros que miraban, supuestamente, con agrado desde lo alto de una nube la macumba bendita. Los obligaba a acampar en círculo y elegía a uno de los mersas con el objetivo de vigilar los flancos del ejército en el exterior del campamento y también el interior y prevenir que no hubiera buchones entre los aliados o esclavos, y cada tanto miraría que el fuego sagrado no se apague -como era el único fuego sagrado que tenían, debía asegurarse de que siempre estuviera bien alimentado para que los soldados que quisieran hacerse un churrasquito a mitad de la noche pudieran hacérselo, y así tener contenta a la chusma y que no le dieran guerra antes de tiempo. Practicaban ejercicios atléticos la mayor parte del día para no perder la forma y, tras los ejercicios de la mañana, Sobrador pasaba revista a las tropas, tomaban el desayuno, cambiaban la guardia y sacrificaban animales a los dioses. Después de los ejercicios vespertinos se cenaba, se cantaban himnos y se declamaba poesía. Al que dijese la mejor poesía se lo premiaba habitualmente con carne para el desayuno. Al día siguiente, marcharían hacia la usina en completo silencio, siguiendo el ritmo que proporcionaran los flautistas, concentrados en mantener unidas las filas de la falange. Si venían los de ARBA, les presentarían batalla.

El perro Escaramuza lo miraba a Estomba con cara de verga. Había pasado una década y media adentro, aproximadamente, entre las salidas transitorias y la salida definitiva. ¿Quién era el logi este para vigilantearlo a él que tenía un par de ratis muertos en la boleta y una estructura que lo respaldaba, ahora, con municiones y una buena causa por la que bardear? Andaba con unas ganas locas de reventarle la cabeza a ese porfiado. Ya se lo iba a encontrar afuera de algún boliche. A la vera del camino, medio en curda, lo ponía seguro. Muerto de ganas de matar también, Sobrante se acomodaba la pechera con las medallas de activos guerreros en la que flameaba, por encima de todas, la del ’26 en los campos de Loma Campana, cuando con una ráfaga inadvertida de metralleta se había cargado a toda la seccional Neuquén-Sur de Halliburton Argentina, que trabajaba en un pozo a seiscientos metros de profundidad: les echó fuel oil a los cuerpos para que no despidieran olor y con el vapor no convencional que emanaba de la compresa del shale y las altas temperaturas, producto de las inyecciones de arena saliendo a miles de metros cúbicos por centímetro cuadrado de roca, se hicieron butano en cuestión de segundos. Los altos jerarcas los habían vendido en forma gaseosa al extranjero sin miramientos, se decía en el gremio, privatizados como estaban por la muerte. Pero a Ramón le chupaba un huevo la política, para eso lo tenía al pibe Traumi. Ante cualquier invectiva de la patronal se los echaba encima, nunca había visto una mejor mordida. La estimulación por fracturación era una técnica que le agradaba, estaba entre sus imágenes favoritas, por eso la llevaba colgando de su esqueleto en un grabado de 6 x 9. Después estaban las agresiones por baja fricción que le agradaban también, particularmente. Se sentía muy a gusto con ellas porque, al aplicarse por perforación horizontal, no dejaban magulladuras ni residuos que decantaran luego en un manchón bandera. La fracturación multietapa es linda porque le vas dando tiempo para la recuperación a la piedra, siempre que se inyecte suficiente fluido para mantener la presión y soportar la carga. A veces cuando nada daba resultado, se aplicaban estímulos térmicos, si la inyección de fluidos de baja viscosidad no les abría los canales suficientes y veían disminuir en picada la rentabilidad los jefes, por culpa del mal método. Bombeábamos chocando por la sed de sexo en época de pozo plano –seis meses al año- un fluido que se introducía en las fracturas creadas con el objetivo de que se mantuvieran abiertas el mayor tiempo posible como para aumentar la descarga. Después de dejar de aplicar presión, cesábamos en la maniobra: una vez creada la vía de comunicación entre el yacimiento y el pozo, no había necesidad de más bombeos que ayudaran a incrementar la tasa de producción, cuando esta ya estaba al tope. Solo nos guiaba un objetivo: crearle la mayor cantidad de fracturas a un objeto. Si la fracturación era excesiva, se nos pedían de vuelta las partidas asignadas y todo hidrocarburo que estuviera en nuestra cuenta volvía a los surtidores de la compañía, por fallo unánime de un tribunal de la tundra, entongado con la empresa del Estado, claro. Si la fractura seguía propagándose, no iba a haber más remedio que darles fracking. Para que fluyera más fácilmente la herida, le echaríamos tierra y eso la mantendría abierta, permitiendo mayor permeabilidad y rotura. Era hermosa la presión que se ejercía en el pozo, decía Sobrante, con aire soñador. Sus rasgos finos de mutilador competente lo volvían una amenaza de fractura continua para todos los que no conocieran la vida productiva, el mundo del trabajo que quiebra. Lo verían entonces como una vía de conducción obligada. Hacia allí tendrían que fluir los metales preciosos y las mercancías que alimentaran su codicia, todo con tal de tenerlo feliz y ocupado en la extracción. Cuando vinieran los otros, los del gobierno, y lo vieran a Ramón, exultante, fino y cubierto de oro, más que expropiarlo iban a rogar poder asociarse con él, lo que incrementaría notablemente su producción, esta vez correspondida, y mejoraría el precio de las acciones del Movimiento.

Pozo no tratado, inferior, Escaramuza hervía por traicionar y acopiar riquezas en un Fiat Regatta todo choto que le había sacado a un cobani, en su último homicidio por la espalda -a su viuda, en realidad. La huelga es su derecho, el mío, trabajar. Se sentía eficiente al máximo liquidando las esperanzas de congregación de los roñosos esos. Bolches sin plata, los mandaría a todos al aserradero ni bien pudiera abrir su propia fábrica, si lo de los enlatados no se daba (fiel a su progenie de metalúrgicos ortodoxos, lo intentaría, de todos modos). En cuanto lo descubrieran prendería ahí nomás la motosierra que tenía acovachada en el baúl del coche. Voy a cortar leña para el sacrificio, ya vengo, amigues. Y en un santiamén los rompía a todos, con la cuchilla afilada como estaba y bien engrasados los mecanismos. Le faltaba chequear la reserva de gasolina. Si le quedaban una o dos horas de marcha rápida no podía saberlo. Con seguridad iba a tener que apurarse para hacer los cortes más gruesos y dejar lo más fino para el Tramontina. Con el Traumi andaban medio a los tiros, se les notaba en las miradas y en el tacto cada vez que chocaban en un scrum o les tocaba hacer la rueda de reconocimiento juntos o el gallito ciego, todas las rutinas que les encargaba Sobrante para que se conocieran mejor y fueran desestimando la traición aquellos a los que podía gustarles la idea. Los buches de Sobrante como el criollo Lechiguano andaban siempre atrás de él adobándole el pavo, haciéndole el caldo gordo. Había que cuidarse de esos giles. Primero venían con la pavita. Se cebaban unos verdes al lado de uno y se hacían los que escuchaban, los que les ponían el hombro a los que andaban caídos o perdidos, por la pinta que traían. Muy poca frase sentenciosa. Algo esquivo el lenguaje de la sabiduría resignada del hombre de pueblo en estos. No le pondrían fichas a ese estereotipo. Se inclinaban más por el del compañero. Te banco, te banco y se tocaban el pecho. Respiraban hondo, tipo contacto natural, fusión de organismos, pneuma y natura, una sola función. ¿Se pensaban que me olvidaba de “soma”? Si me lo sabía de memoria el verso de Huxley. La dominación empieza por ahí, por la educación física. Yo los traía para acá, vengan, vengan. Vos cebame el matecito, dale que yo te cuento de Devoto y de los ángeles entrando y saliendo de los calabozos y yo amasando libros de algún putazo, algún poeta, celebridades de otra época, cuando la protesta contra el materialismo burgués garpaba y hacerse el loquito. Pero esa ya no me la creo. No tengo nada en contra de ustedes ni de sus verdades dialécticas pero a mí no me jodan. No me quieran encasillar. No soy ningún Santo. Estuve tras las rejas, privado de la libertad, cumplí y ahora vivo entre los míos. Me mandé las cagadas que sé que me mandé. Ahora estoy tranquilo, no me meto con nadie. Las llevo todas acá en el cuerpo. Este tatuaje es de una trifulca en el Molino, el boliche de las Estassy, unas negras que te pagaban por garchar. Yo me acuerdo de todo. Este es Lynch, un pituco que me dio setecientos pesos de antes para que le arreglara un asunto con un tipo que le gorreaba la mina y se la hacía trabajar. Lo fui a buscar en un Mercedes a todo trapo que ponía el fiolo y lo invité a correr una picada (acá está el despelote en la Panamericana, acá están los medios llegando tarde y hablando de lo que no vieron). Íbamos a doscientos cuando llegamos al río. Le hice señas para que baje y el otro que pensaba que se venía toda la historia de la amistad y los fierros, ahí nomás lo amasijé de tres tiros en la consola. ¿Y estos qué hicieron en la vida? Que no me la vengan a contar, eh. Una cabeza colgando puede más que un rejunte de vivos para toda la muerte.

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