EL MAGMA DE LOS APESTADOS (2). Romi, Flynn Paff

Ya en la barriada nos sentimos un poco indulgents with the moroccos. No nos íbamos a propasar con ellos pero tampoco nos íbamos a dejar saquear todo el girasol que era lo único que lambeteábamos desde hacía meses. Tenía una idea: gambetearlos. Tenía otra idea: ¿para qué salimos de casa cuando todo es malo y sucio en estos exteriores moribundos del suelo que me vio surgir? En ese preciso momento, debían estar entrando a descargar al puerto centenares de camiones repletos de cereales, cuando toda la mercadería que a mí me quedaba la podía trasladar en una cajita de cafiaspirinas. Le imprimimos un poco más de velocidad a la tardanza y tomamos en dirección contraria a la que nos habían dicho, para distraer a los que pudieran estar enterados de nuestra caminata, atentos al bandidaje y al resentimiento. La fulanita esta que me vendía los enteritos no podía estar muy lejos. Cuando le soplaran que estábamos cerca iba a venir en nuestra ayuda, y si le facilitábamos un montón de papeles dificilísimos de conseguir, seguro que nos conseguía un coche cómodo para viajar y hasta una matrícula y un sello para importar, aunque eso hubiera significado seguramente el fin de su negocio. Ella podría haber hecho un montón de cosas si le facilitábamos eso que hubiera sido necesario para que las hiciera, X (las personas tienen ideas inciertas sobre lo que quieren y eso incluye también lo que quieren a cambio de favores). No son de fiar las fulanas. Y menos si tienen como oficio peluqueras. Cuando me robaron por primera vez había peluqueras en ese sitio. Era un casino en Mendoza y yo estaba revoleando la chancleta hasta que encontré una mesa de blackjack compuesta en su integridad por personas con peinados rarísimos y, atrás suyo, los que apostaban de afuera les producían las pelucas, además de masajearlos para estimularles el pálpito. Solo a peluqueras putas se les puede ocurrir tener el vicio de ese modo.

Cuando llegó Gostanian a la parada de la 14 nos empezamos a mirar feo con Gus (Malthus para sus acreedores je je un chiste que siempre hacía). Lo vimos pasar dos veces y nos hicimos los sotas. No estábamos seguros de haberle pedido permiso, cuando es un severo seguidor del conductismo a lo Santa Claus y su ¿te portaste bien? ¿Qué te gustaría que te traiga? No olviden dejarme una rebanada de pastel. Gostanian lo sabe todo. Brillaba como una mancha de aceite en tornasol en el frígido asfalto nocturno, derramado y derramándose. La brillantina fue tomando fuerza en su textura hasta coagular y, finalmente, aleteó. Con dificultades. Como el asma, la gonorrea o la mala suerte. Now I lay me down to sleep, I pray my Soul to keep. If I die before I wake, I pray my Soul to take. Los microquejidos se escuchaban en frecuencia modulada en sintonía fea. Acá ando. Sin un mango. Pasando la gorra. Me peleé con mi marido porque me la pasaba en la cocina. Me echó. No le gusta que invada su espacio vital (Está loco Gost. Tiene problemas de personalidad, en dictadura). Eu, te llamé hace un rato cuando estaba en la lona, a punto de matarlo. Me pareció verte. Pasabas por el friso del bajomesada. Yo estaba pendiente de él y del filo de la pared iluminada, que en su triángulo escaleno parecía reflejarnos como en una versión algo agitada de Murnau. Las vetas de los veteaditos me opacaban en algo la consciencia, el lado límpido que restaba por empañar. Viendo así, con un solo ojo, no se podía asegurar si había más gente en la habitación o estaban solo ellos, los regresivos esos. Les pedí en mi mente que me dejaran sola, que tenía que terminar con algo y como él no paraba de sostenerse en la inclinación, me pareció que estaba entrando en contacto con vos o con alguna entidad superior, no porque vos no lo seas, sino porque tenés algo de materia, en forma de pintitas y los dioses dicen que son totalmente intangibles. Se percibía en la noche quieta cómo unos chisporroteos de luz alternaban con la penumbra, sin diferenciarse del todo de la poca o nula luz que compone la tiniebla. Era confuso. Le faltaba contraste a la diferencia lumínica para percibir como efecto de esta una discontinuidad de presencias. Lamentaba los cambios de formatos del ensombrecerse de la pared justo en un momento en que deseaba uniformidad de criterios para distinguir vetas, de sombras. Siempre supe que vendrías así, en forma de holograma con mucho de opacidad, por eso me reventaban las idas y venidas de lo que no eras vos, seguramente, y creaba la sugestión de la noche. Él empezó a derramarse la baba en la rodilla y me pareció lo último que quería ver, más movimiento; más fluido no ayudaba a discriminar lo propio de lo ajeno. Tenía esa costumbre de mantenerse erguido por períodos cortos y después hacer alguna macana como acodarse en una puerta sin salida a la calle o tiritar por un breve lapso para después descansar (así llamaba a su necesidad supuesta), y ahora que teníamos que salir, que había quedado con esa conocida, me lo volvía a reiterar el colapso de la movilidad. Yo le pedí, por favor, que no lo haga pero no sé si se escuchó porque tenía la lengua muy seca. La ropi esa que tomamos me había dejado impotente para el aseo y yo siempre antes de salir necesito ir al baño y tomar agua. Le pedí por favor que se levantara pero no me escuchó. No tenía fuerza en la boca y en las piernas me empezaba a surgir un aleteo medio desenfrenado. ¿Contradictorio, no? En un toque me le puse a tiro, tipo marca personal. Se re asustó para mí pero no me decía nada por temor a que descubriera su malentendido. Gus siempre piensa lo contrario a lo que tiene que pensar. Tiene errores de cálculo en la pareja que lo llevan a estar mal y, como consecuencia de esto, me pasa su impotencia que se materializa en forma de desajuste de movimientos. Yo le quería decir que íbamos a estar bien, que aguantara un cachito más así caído, hasta que llegara Gost y me diera el consejo que necesitaba para salir de ese atolladero. Pero el tiempo transcurrió vacío.

Una mancha romboidal se apoderó de la mitad de Romina. No la dejaba pasar a donde sea que fuera. Era de noche y el ruido de los coles no existía, ni sus ruedas en marcha, lo cual impedía en parte la opción de la salida rápida. Se puso nerviosa porque se dio cuenta y Malthus estaba a su lado. No podía haberlo tratado así. Cuando pensó que era un pajero por estar todo andrajoso, mal ubicado y sin ánimo para nada, se equivocaba de tipo, él siempre la acariciaba con unas manos firmes de hombre que no podía significar otra cosa que amor maridal hermoso. El tipo la tenía atada (el otro, el descarnado): cada vez que los amantes querían dar un paso al frente él se giraba 180 grados y daba marcha atrás, como indicando la superación en todas sus formas. No había manera de salir del romboide. Por eso tenían que inventar alguna cuenta rápido. No se acordaban mucho del seno y el coseno de la escuela pero maquinaron una cuenta medio atolondrada y les pareció por primera vez, en todo el rato que llevaban debajo de esa escarcha abarrileteada, que le doblaban la hipotenusa y se le salían por los lados. Igual, era su amigo. No podía dejarlo así solo, ¿lo había hecho seguirlos hasta ese lugar en los confines de lo urbano razonable para nada, pensaba Romi, para esquivarlo como un bulto? Se las iba a cobrar el Gost, no le quedaban dudas, tenía fama de pegador. A Malthus le había empeñado un arsenal. Estaban en la cuerda floja porque no habían hecho la revolución y tampoco habían ganado plata. El Movimiento estaba desabastecido y repleto de bombas a la vez. Pero había hambre en el pueblo, o en esa parte del pueblo y todas las transacciones parecían algo menor, injustificado, al lado de esta realidad mucho más inquietante. El barrilete subía o se dejaba caer, según el viento. Los pibes de la Central se debían cagar de risa, viendo por las camaritas los desbarajustes que hacíamos para ir a comprar un sweater a una despensa legal. Me había olvidado de que era narrador y no narradora. Tenían el tiempo contado. A las 9 cerraba todo en el ala oriental del campo, aunque ellos vivían un poco más lejos y los controles se relajaban porque no llegaban a tiempo a barrer todo el perímetro. Calculaban que a las 10 tenían que estar en casa para no tener problemas con los otros, que les iban a tirar la bronca porque ayer tampoco habían cocinado y quedaba cargar la garrafa y cerrar las cortinas de chapa pesadísimas del año del ñaupa. Sus pasitos eran entrecortados pero rígidos en la forma de prosperar. De a poquito se iban acercando a la fábrica de cócteles. Malthus Marcelo sintió placer en probar un nuevo trago y le exigió a Romimecha que se apure, que estaban llegando tarde para la hora del vermouth. En la puerta había varios patovicas doblados. Les habían pegado con una barreta unos chorros o se habían apurado a dormirse antes de tiempo. Como ven, eran varias las posibilidades de la rareza. Él entró primero y le pidió a su amor que lo aguarde, que ya volvía. Se trajo un biberón lleno de azufre on the beach, una guasada el ponche ese. Lo volteó dos veces para que la “suricata” subiera y le pegara fuerte a la pulpa. Después se embebió los labios con él y lo masticó de lo lindo. Succión no hubo pero sí ardor de cuencas. Le llegó hasta la vista la sulfurosa. Medio que se lo retaceaba a la Romi. Le pedía de cuclillas que fuera generoso con su necesidad pero este demostraba poco interés en soltar la cuchara. Le pidió algo de plata y después de efectuado el soborno la invitó a correrse de las luces que la podían delatar, y a darle un beso al “estofado”. Se sentían por las nubes los dos por privar a la reglas de su cometido, la negación del bienestar, y por tener la cabeza a la miseria de ese modo. Finalmente, podrían descansar, cuando llegaran a casa, después de lo que le quedaba al tour de compras. “Me dejaste helada, yo quería tomar té y ahora tengo que seguir con este dolor de cabeza andando”. Caminaron en diagonal varios metros y después trazaron un semicírculo pleno a la luz de la luna. Estaban descarrilados. Debían ser más de las 10, pensaban. Se había hecho tarde por el tráfico, dirían. Iban llegando a la rotonda del barrio Esperanza. Asomaba una luz en la Fortaleza Protectora. ¿Eran platos voladores o el parque eólico echaba fuego? Una luz metafórica, corrigió Malthus Marcelo, muy adepto a la figuralidad. Se sometían a pasos y pasos de espera hasta alcanzar una puerta con un nombre que dijera tienda de ropa, lo de Pachi. En el paso había un montón de zapatillas caídas de las empalizadas. Debían ser de los otros que querían escapar y terminaron en un zanjón lleno de pegamento. Los paraban con la treta de que eran zapateros, que ellos eran chicos con problemas y tenían el remedio para su poxiran. Y como todos eran adictos a algún problema en esta zona de mierda, se subían al móvil y nunca más volvían. Después tiraban las zapatillas atadas por alguna cuneta para que supieran las personas de a pie que la vida era algo serio de perder.

Lindas túnicas. Miren para allá. Hay frigoríficos enteros empotrados en tiendas de gurús del régimen. Livideces deberían surcarles las carnes por ser amigos de la mazorca. El fantasma amigable los acompañaba sin bajarles línea de lo que tenían que hacer, con compás dormilón de poca ayuda pero afín a la ocupación de no emitir sobresaltos. Una nube los secundaba. Su prístino miriñaque alumbraba hasta los tendones más finos de los excursionistas. Guía vitalicio, sé. Las pequeñas motas azulinas que se desprendían de la capa de la especie nubiforme le salpicaban el rostro a Gusmalthus y lo volvían claro por un instante; angostaban el diámetro de sus pensamientos puercos. Volver al trabajo sería lo peor ahora. Un respiro podría tomar por siempre acá en esta mazmorra por demás aireada, en compañía de los que me transportan lento pero seguro. Felizmente ausentes los recuerdos de la compañía de seguros le hacían ver a él que aún lo más espacioso en cantidades temporales parecía remoto y anulado desde los ojos de un felizmente ausente. La bruma de sonidos que les pasaba por arriba le hizo creer a Mecha que los perseguían los carteles. Una mujer estrecha de caderas salía parapetada de atrás de un cubo de residuos frescos en una de sus salidas de baño, que parecía rosa descolorida, y le gritaba con poco tacto que tomar pepsi en cantidades publicitarias te dejaba el vientre reventado, así. Se abría el batín y lo que se veía parecía un rostro sonriente de un recién nacido desfigurado por el azúcar. Las encías endurecidas y los labios demasiado finos como sin capacidad de gesticular un te quiero, te odio. La mamá con movimientos de espantajo le pedía que se guarde de los flashes y Romina espantada lo quería echar para atrás, sin ganas de tener problemas con la anoréxica de la madre. Todo esto sucedía a pasos de Gusmalthus y Ghostanian pero ninguno de los dos sabía que la realización de una pesadilla se hacía carne en su acompañante. Los miedos más atroces la tomaban entera pero, dura por el tranquinal y el cóctel tempranero que le había suministrado el otro, no podía conciliar el sueño, aunque lo deseaba con toda la cabeza cagada a palos. ¿Podemos parar un cachito así recargo las baterías? Me parece que hay unos cachorritos ahí en la tapera esa, que necesitan ayuda. Les voy a llevar un cacho de pan que traje. Pero era muy peligroso parar. Si seguían perdiendo tiempo se iban a cansar de boludear y no salir a levantarlos los que se encargan de la intimidación nocturna. ¿Podemos parar un cachito que quiero hablar con mi amigo Ghost? Romina insistía con encender las alarmas y tirarse al costado de la ruta. Pero era muy peligroso. En caso de que siguiera insistiendo iban a tener que dividirse los caminos y eso lo apenaba profundamente al bueno del novio que la quería por un tiempo más, suponía. Unas balizas hicieron fuego a la distancia y Gostanian, derramado y derramándose, dando un giro fantástico corrió hasta allá y con un soplido poderoso las apagó. No sé quién sería el gil que andaba prendiendo nafta a esa hora, con los chicos durmiendo cerca del brasero. Era muy peligroso parar. Había que pasar. Pasarlos a todos. Pasarlos de largo. Los cachetes le iban cobrando a Romi una tónica algo demasiado enrojecida para su edad. No había médicos por ahí para pararlos y preguntarles los motivos pero hicieron un juego de adivinanzas que supliera la falta de averiguación. “Si me pica o me rasco es porque me saco… / si se me infecta y perezco ventílenme por un buen rato…”. Las rimas estaban bien pero no se adivinaban buenos frutos en cuanto al futuro curativo de la paciente. Había que llevarla de a poco para que no se sintiera invadida por dedos, forzada a vomitar, aunque esto habría sido lo mejor en ese momento para ella. Teníamos que soltarla de a poco, que fuera libre de desabastecerse donde pudiera.

Estiramiento precisaba. “Dale un flynn paff y tapala con papel de diario, vas a ver cómo se le pasa”. El fantasma coaguló esa representación mental pero otro fue el rumbo del desagote. Los marrones se desabastecían de piedras del tamaño de cabezas a nuestro paso. Se había vuelto un deporte nacional desprenderse de cosas regias. Caían alhajas, relojes, botines de fútbol y preparados patagónicos, onda ciervo a la vinagreta en envases bacanes, desde el interior hacia el exterior de los lotes. Debían rendir sacrificios periódicos a los tótems de la Oficina Central que daban en dirección al Este y lastimar y rajar las superficies de los que pasaran sin dirección definida, siempre que fuera posible, creían los pobrecitos. Me daba pena verlos confiar, bien peinados con sus libritos de orar abajo del brazo, a la altura del corazón. Eran chabacanos de por sí pero ahora encima se sumaba esto de la espiritualidad plañidera y poco contemplativa de los intereses de los demás. No les teníamos miedo Romi y yo (ella algo moribunda por el momento). Nos las re bancábamos si nos cerraban en la empalizada, echaríamos a correr y la pondríamos a ella en manos de Gost, pero no lo hicieron, porque no quisieron o porque no pudieron -con lo rígidos que eran sus horarios- adecuarse a nuestra repentina aparición. Los dejamos atrás rápidamente, aún viajando en cámara lenta como íbamos por los malos tratos del milieu. La maquinación nos duró unos segundos y ya estábamos otra vez recompuestos en nuestra vía cuando la lámpara de alabastro se prendió y nos tuvimos que apurar. Era una señal de nuestro contacto en la zona de que teníamos que estar en menos de diez minutos afuera del cilindro. El tiempo debían haberlo estipulado los moroccos mientras yacían atrincherados en sus cuevas sin dar noticias de su mayor o menor repudio hacia nuestras personas. Que no se expresaran en público no significaba que no nos tuvieran en cuenta en sus asambleas. De hecho, es algo que sabíamos de antemano pero no es una carta que hayamos querido jugar para no alterar en nada el tablero de operaciones. Los conocíamos de memoria porque uno de ellos, el cabeza, vivía en casa. Le pedimos un consejo antes de venir, después del moco de la zapatilla y la inútil invitación de Romina de ir a visitar a un dibujante a plena luz del día y la nula aparición a tiempo del fantasma conocedor del paño, pasados. Esos desaciertos seguidos nos habían vuelto un poco más vulnerables a la mirada del otro, a decir verdad, y decidimos que lo mejor era no cortarnos solos.

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