Tulio zurcía unas medias viejas en la oscuridad del cuarto. Hacía tiempo. Cuando se hicieran las doce tendría que salir a patrullar la ciudad. Su hija menor dormía cruzando la galería, del otro lado del patio, y su mujer, Aurora, dormía en el cuarto que daba a la calle. No veía que saliera luz de la hendija que separaba el borde inferior de la puerta del piso. Ya debía haber terminado de rezar el rosario. Dormía. La noche lluviosa auguraba nuevos espantos, pensó. Pero no podía hacerse el boludo. Afuera había una guerra. En las calles se libraba una guerra silenciosa, se dijo, y hundió la aguja un poco más hondo en la costura remendada.

Todos los chicos tienen algún hobby. El mío era hacer bombas. Le pedí a René que me recomendara un buen libro para leer cuando entré al seminario, pero me prestó uno de Bernardo Verbitsky, una mierda. No pude dejar de armar bombas durante los ocho años que viví encerrado en el seminario, siempre después de los maitines. Yo le llamaba la hora de los bombones porque las confeccionaba con la paciencia del chocolatero y después las apilaba en el armario de mi cuarto envueltas en papel celofán dentro de cajas de huevos para que no se cacharan. Nunca me consideré un tipo jodido, pero me gusta la violencia organizada. Con mis amigos, de pibes, íbamos al polígono a tirar. Mi viejo era cero guerrero, pero yo mamé de muy pibe la afición por las armas viendo dibujitos. Cuando crecí empecé a ir al cine después de la escuela con los compañeros a mirar esas maratones de películas del salvaje oeste. Moría por cargarme a los mismos mejicanos barbudos que el duro de Clint Eastwood. Tampoco le tenía miedo al sheriff. Su chapa no intimidaba a los de mi barra.

Decía: mi papá era un muchacho trabajador. Administraba una propiedad horizontal herencia de mis abuelos. Con esa poquita plata había abierto un local de Quini Seis y otro de lotería de la provincia y con los exiguos ingresos que generaban compraba lechones, los reproducía en un terreno arrendado a una familia muy pobre que apenas sabía contar el dinero que papá les daba contante y sonante, los lechoncitos daban una leche riquísima que tomaban los pollitos del corral de al lado y con la faena de los pollos crecidos, que comercializábamos con los frigoríficos de la zona, compramos el primer departamento. Por eso me pude ir a estudiar a La Plata magisterio. Lo que pasa es que no había plata para comprar los materiales; papá no daba abasto con todo el trabajo que tenía y tuve que buscarme un laburito. Así entré en la parroquia Nuestra Señora de Fátima de secretario del párroco Vicente. Él me hizo entrar al seminario. Me dijo que con las notas que tenía no iba a hacer falta rendir el examen de ingreso. Fui ese día igual a rendir aunque llovía a cántaros, porque no quería que tomaran el ascenso como producto de un simple pacto o felonía acomodaticia, pero no me hicieron la prueba porque se había llovido el despacho del obispo.

Embolado, miro la NBA. Es como un bailarín ese pelotudín de Curry. No aguanto más. Quiero salir a tirar. Afuera se escuchan ruidos de frenadas, ya debe haber empezado el patrullaje. El ventilador del auto no funciona y el radiador pierde algo de aceite. El lunes temprano, cuando abra el chapista, lo voy a tener que llevar a arreglar. Las noches de verano son las peores para andar. En el bajo el aire estancado cobra una consistencia grasosa cuando se funde con los vapores que despiden los generadores de la Termoeléctrica. Después no puedo sacarme ese olor pringoso a urea granulada de la garganta por días. Es como el olor a muerto. El aire del salitral no es mucho mejor. Me jode los bronquios. Por suerte pocas veces me toca hacer trabajos en esa zona.

Tulio recordó sus primeros viajes a la Capital, cuando lo enviaban como seminarista a cargo de las colectas del Rotary Club. Los rotarios eran gente macanudísima. Una logia de primera. La fiesta estuvo bárbara. Brindamos en nombre del Padre. Hombres y mujeres presentes en el recinto nos distinguíamos por la misma superioridad de espíritu. Al convite acudieron los indicados. La atención fue óptima. La recaudación, excelentísima. Luego de un tiempo, recibí algunos llamados y me invitaron a formar parte del club, pero el padre Antonio se opuso por oscuras razones. No me dejé intimidar por sus sermones dominicales repletos de insinuaciones y palabras mendaces. Por un tiempo fui cauto. Más tarde dejé que el plan se desarrollara con naturalidad. Me lo cargué una madrugada tan fría que la helada hizo que la sangre coagulara tan rápido que no se derramó.

¿Qué pasa? Sí, ya me acuesto. Saco la basura y voy. Todas las noches a la misma hora Aurora se despertaba para ir al baño y chequeaba que estuviera la luz de la piecita de atrás prendida. Todas las noches desde hace veinte años. A mí no me importa mentirle. Total lo hago por el bien de nuestros hijos y los de la cuadra. Si yo no saliera a limpiar la calle de malandras ¿quién pondría el pecho por mi gente? Saco la escoba y barro. Barro, barro, barro hasta que me duelen las articulaciones de los brazos y de las manos y el codo se me inflama. Gasto dos escobas por noche. Por eso las tengo preparadas de antemano. Compro la cerda en un mayorista de Calle Don Bosco al fondo y me pongo a pegarla a la hora de la siesta después del rosario. Los palos los confecciono con los restos de madera que la carpintería de acá a la vuelta saca a la calle una vez al mes para que los crotos se hagan las casas. Son palos de madera balsa pero de buena consistencia.

Las tres de la mañana. Me cuesta arrancar. Hoy está dura la calle. No tengo ni para empezar. Cuando venga Anita a vernos a la vieja y a mí con los chicos, como hace todos los sábados después del catecismo, le voy a pedir guita. No me alcanza ni para las agujas. Zurzo para pasar un poco el rato porque se me hace larga la tarde si no. Ayer vino el chico de las viandas a traerme un poco de pastel de papas que le sale riquísimo y lo cobra barato. Le pregunté por Anselmo, el hombre de la otra cuadra, el que trabajaba en el correo, que sé que también le compra y dos por tres sabe sacar a la calle una madera buenísima y hace rato que no lo veo pasar, ¿le habrá pasado algo?, pero no me contestó. Debía estar apurado. Capaz que tiene alguna minita. Los sábados viene otro amigo suyo a vender, un señor de barbita con cara de colifato. El tipo dice que trabajó en la Isaura y en la época de Menem lo dejaron en la calle, pero para mí que fue antes. ¿No fueron los militares los que vendieron la Isaura, en la época de Lanusse? ¿O fue San Martínez de Hoz? Yo tendería a creer que fue en la época de Isabelita, pero tampoco soy tonto como para reivindicarla. Parece un bohemio. A veces me trae unos cuadros que dice que pinta con un aceite que junta de unos tubos de tungsteno, o no sé qué cosa. Pero le salen bien los óleos. El que más me gusta es la réplica de Warhol de la réplica de Van Gogh. Parece que tenía una chacra y se la embargaron por falta de pago. El de los zapatitos con purpurina. Y ahora vive de prestado en lo de un amigo que tiene una despensa con una bodega. No paga expensas y por eso le está agradecido al gobierno. Pero, por cómo viene la mano, esto se va todo a la mierda. La otra tarde salimos a la calle con Aurora y un motochorro nos frenó para preguntarnos por una dirección. Yo lo mandé a cualquier parte. Que se gane la vida de mejor forma. Pero a la noche es distinto. Hay tranquilidad. Se respira otro aire. Salvo cuando me toca ir a trabajar al bajo. Ahí no te dan respiro los malandrines. El otro día corrí a uno que me quería enseñar a trepar postes telefónicos y a cortar cables de baja tensión. El tipo no tenía un cobre y quería robar el que llevaban las líneas. Yo lo cacé al boleo y le dije que no estaba para jugarretas. Que no me comprometiera. Que era policía. ¡No me toquen no me toquen! Zurdos de mierda. Soy de la DDI. Y rajé para el medio del monte.

Me estoy por poner la máscara, pero antes tengo que pegarle el elastiquito. Voy a la cómoda y saco un boxer nuevo que me quede bien, me la enchufo y salgo al ruedo. Lo que más lamento de la vejez es la pansa de sapo. Me llevo el walkman por si me embolo en el camino. Los espejos dicen la verdad. Luismi va a andar bien para este viaje al centro de la noche. ¿Tengo pilas? La cola se me cayó, pero todavía tengo los huevos duros. Voy a la nevera a buscar un refresco. Me gusta el agua helada antes de salir de excursión. Don Bosco es lo más. La virgen, también. Mi vieja desde el cielo me guía entre tanto motochorro. Voy hasta la esquina a ver si pasa el vigilante ya vuelvo a la vuelta entro el auto. El posmodernismo es un arte hermoso que no entiendo. Luismi me mima la oreja que vigila. Tengo caramelos de eucaliptus querés botón. Comprate unos borcegos más piolas rascún. Para qué te pago el sueldo. Las luces de sodio me tranquilizan. Verlas oscilar entre las copas de los árboles con el viento me da paz. Si tuviera plata me iría a Bolivia a traer minicomponentes llenos de droga adentro. Si fuera feliz tendría un arsenal en mi casa. Cuando vaya a Camboriú este verano me voy a coger a una negra sidosa. Si tuviera plata iría hasta la gruta de Lourdes para que este año nos traiga pan y trabajo a todos los argentinos. ¿El desierto vino a pasar la noche a la ciudad? Sí. Las luces de emergencia para la piecita de atrás dónde se compran. Tengo un Taunus ‘83 que come un montón. Cuando iba a la milonga las viejas se quedaban dormidas esperando a las hijas. Tengo un montón de problemas con la Claudia. Ya no me fía el tío de la Claudia. Cuando me separe me voy a Gesell un finde y me tiro toda la plata en el casino. Tengo una pendeja en el watsap tiene unas tetas. El viernes tengo al nene en casa. Mi vieja se compró un tele en cuotas y se lo paga mi cuñado con la tarjeta que le dieron en el trabajo. 

-A ver, disculpame. Voy a ir a mirar.

De noche en la calle hay una guerra, pero cuando yo voy a mirar nunca pasa nada. Y a la tarde cuando salgo a comprar el pan y la mermelada me cruzo a vendedores ambulantes que ofrecen todo tipo de baratijas. ¿Quiere medias? ¿Por qué no me compra unas medias? Porque ya tengo medias. ¿Y cuándo ya no tenga? Voy a la mercería y listo. Tengo cuenta y todo. ¿Qué quiere, que salga a robar? Si no me compra en este mismo momento me hago chorro. La concha de la lora. Qué dilema, viejo. Paso siempre por acá pero nunca le compro porque no me animo en realidad. No le veo cara conocida. Yo tampoco, pero mire que me hago chorro. Yo no puedo hacer nada yo no puedo hacer nada, dije, y salí al trote. Le voy a decir al zorro que le haga una multa. Voy a llamar a una grúa para que se lo lleven del frente de mi casa. Pago mis impuestos la concha de la lora por qué tengo que ver pobres todo el día en la calle, decía Tulio indignado. Y el chico de la linterna lo miraba con cara de mogo. Le hacía burla, al parecer. Siempre me dio la impresión de que a los jóvenes nocturnos que patrullan la calle por encargo les encantan las bromas. Una vez llegaba tarde a casa la cena ya debía estar lista mi mujer esperándome con los platos en la mesa fríos sin comida la olla esperando a su lado mi venida caliente llena y yo iba con los pies cada vez más ligeros hasta temía enredarme en los cordones y darme un porrazo de lo ligero que iba y entonces cruzando la esquina de Pilcomayo y Juana Azurduy lo vi vestía una polera de lycra azul como esa que usa Charly García en los shows y en la cabeza un birrete de policía me resultó extraña la situación cruzamos miradas de refilón pero seguí con mi marcha rápida y bueno a los pocos pasos me chifló y yo corrí lo más rápido que pude hasta llegar a mi casa corrí dos cuadras echando putas cuando pasé el umbral de la puerta el tipo venía doblando recién agitado como un viejo y con sus últimas fuerzas con la luz de la linterna atinó a darme en el rostro y me cegó.

Tenés que imponerte Tulio tenés que decirle a Anita que deje al sinvergüenza ese que no quiere trabajar tenemos que pensar bien cómo se lo vamos a decir que acá al degenerado ese no lo entra más lo que me rompe el alma son los chicos es el papá pero que acá no vuelva a entrarlo porque lo que nos hizo la última vez no tiene nombre a nosotros que le dimos la plata para que cambiara el auto lo convencimos de que se metiera en ese plan para el Corsa y por si no salía sorteado le dimos la plata para que licite y se sacara el coche rápido y el tipo en vez de ser agradecido nos paga así ahora deja a la familia y se va de gira una semana a la costa porque el municipio allá le da los viáticos que habrá que ver si es cierto porque es tan sinvergüenza mirá a tocar con esos negros. Aurora tenía una boca… me comprometía siempre quería ponerme en contra de Guillermo yo lo quería porque hablábamos de fútbol era de Independiente como yo y cuando lo hice entrar al negocio nunca me faltó plata ni nada era muy buen administrador en esos años Guillermo crecimos anexamos un local del fondo de la manzana porque sabía vender y en los precios era bárbaro el otro se fundió y nos tuvo que vender el fondo de comercio salimos adelante ganamos mucha plata en esos años pero ella ya no se acuerda porque siempre está buscando algún motivo para hablar mal de la gente ya no se acuerda del otro del hijo de la parienta suya que nos robó porque andaba en la droga el verano pasado se mandó un asado bárbaro Guillermo allá en la casa de Pehuén trajo el espiedo especialmente compró una picada bárbara con fiambres de todo tipo había salamines de Tandil un vino que debía ser carísimo que le había traído un amigo de Mendoza según contó en la sobremesa pero nunca le reconoce lo que tiene de bueno Guillermo a mí me gustaría que se fuera algún día con la Olga a Mar del Plata o a las cataratas con alguna de esas viejas a alguno de esos tours para jubilados que se pagan en cuotas y que me deje tranquilo unos días que yo me voy a patrullar con el pibe que es pibe está en sus cosas y no me rompe las bolas.

Un día, sobre las nueve de la mañana, tocaron timbre en la casa de Tulio. Era la policía. Lo habían encontrado muerto a Guillermo. Se había encontrado un revólver en el asiento del acompañante de la F100, pero el tiro se lo había dado del lado izquierdo de la sien. Él era diestro. Lo primero que pensó fue en llamar a su amigo el abogado. Él sabía hacerle algunos trabajos. Hacía unos años cuando el pibe, el falopero del hijo de la Susana, los denunció al ministerio de trabajo porque lo habían echado sin indemnizarlo. Hijo de puta, encima de malandra, jodido. Le pegó un tubazo al cuervo y en seguida se puso en acción. En esa época estaba bien Eduardo. Se lo veía seguido en el café de la esquina de la plaza con los amigos bacanes esos que tenía, conocidos del Rotary. Yo me abrí de todo hace años. Desde que me casé no volví a meterme en política. Pero bueno, como decía, lo llamé a Eduardo para ver qué podía hacer por mí y el tipo no me reconoció, no sé, parece que le había dado un ACV, y la empleada doméstica de una de las vecinas del edificio donde vivía lo cuidaba. Parece ser que quedó reventado de la bebida. Cuando uno es joven hace desarreglos. Por eso dejé de ir al club. Me gustaban las bochas, pero se tomaba mucho. Bueno, como decía, el tipo estaba en las últimas, se nos iba Eduardo, entonces lo llamé a este muchacho Martini, el gordo Martini, para ver si seguía teniendo a ese conocido en la DDI. Y no, la hija se había separado, me contó. Un montón de quilombos tenía con el yerno que le pegaba y ella después se fue al sur a buscar trabajo a Comodoro, pero le dejó a los chicos primero por un temporada y después se los terminó dejando otros dos años hasta que no aguantaron más y se los mandaron por colectivo, el Don Otto, viste que va para allá yo viajé una vez hasta Gallegos en ese lindo viaje. Bueno, y de lo de Guillermo me dijo que no, no conocía a nadie que le hiciera gauchadas en el ministerio como en la época de Alfonsín. Así que fuimos con los milicos a la comisaría. Hicimos la denuncia y nos tuvieron como dos horas para hacernos las huellas y sacar unas fotos para el expediente o no sé qué mierda. Después fuimos a comer unas pizzas con Aurora y las chicas al centro y nos acostamos. Al otro día tempranito lo velaban. Llovía no saben lo que llovía no podía sacar el auto. Agarré un pozo y se me movió todo el coche. Nos pegamos un susto con Aurora y las chicas.

No volví a salir a patrullar y ahora la cuadra se llenó de chorros. No volví a ser el mismo. ¿Y ahora quién podrá defendernos? Tengo arranques por ahí. Cada tanto me armo una granada casera y salgo a despuntar el vicio, salgo a dar un vistazo por si alguno se anda haciendo el loco. Pero tampoco muy seguido. Tengo ganas de volver al polígono. Me estoy bajando unos manuales de internet para fabricación de armas caseras, ahora que tengo internet que me puso Anita. Del rotario lo último que supe es que murió. Me contó el pibe de la vianda, el que me trae la comida. No fue nadie al entierro por temor a la radiación.