Diseño de portada Mica Fernández

24 horas de acción en tiempo real, en 24 capítulos… Los primeros 6 semanales, van gratis… 

Hora 01.00

Custodiado por su mascota, Nícolas sale de la cámara y va directo al vestuario del personal, mientras los truenos se escuchan ya en segundo plano. Cuando llega, agarra el primer uniforme de camarera que encuentra y un par de zapatos…

 -(Espero sean de su talle) –piensa.

Al regresar, comprueba que las luces ya funcionan normalmente, entonces carraspea.

 -¡Ejem! ¿Estás ahí?

 -Sí –responde ella, dentro del refrigerador y luego se acerca a él, sin manifestar síntomas de frío.

-Ponete esto –le sugiere el vigilador, sujetando la puerta entreabierta y luchando contra el deseo de curiosear.

Un brazo desnudo se asoma por la puerta y toma el uniforme, luego él le empuja los zapatos con su pie. En ese instante, suena el radio.

 -¡Pip! ¡Hola hola, Níco!… ¿Me copiáz? Cambio.

 “Sí Maqui, ahora sí. Cambio.”

 -¡Pip! ¿Todo bien por ahí? Había perdido la frecuencia, che, enzima no tengo vizual en eze zector… Cambio.

 “Sí Julián, algo se había chupado la energía, pero ahora está todo en orden, (creo). Cambio.”

 -¡Pip! Eztán viniendo fuerzaz militarez, me avizaron de la agenzia… Cambio.

 “¿Tenés grabado lo que vimos? Cambio.”

 -¡Pip! Zí ruzo, todo… ¿por? Cambio.

 “Ahora te digo, aguantá un poco. Cambio y fuera.”

 -¡Pip! De acuerdo, te ezpero… Cambio y fuera.

En ese momento, el vigilador toma una iniciativa, saca su arma, se mete en la cámara y apuntando hacia la extraña, le dice:

 -¡Bueno, escuchá bien Mujer Maravilla!; el momento de decirme ¿quién mierda sos, de dónde venís y qué querés?… ¡Es ahora!

El pulso firme de Nícolas, no condice con sus pensamientos temerosos y más ahora, que puede verla de cuerpo entero, ya vestida con el uniforme de camarera y sin la vincha en su frente.

 -Vuelvo a decirte –repite la joven mujer, de aspecto exótico y bello a la vez-, soy Lhexia, un ser humano como tú, con la diferencia, que yo no profiero palabras inapropiadas.

 -¿Y la diadema, Wonder Woman?

 -Está sobre mi nuca, es abatible.

-¡Aja!, pero te hice otras preguntas…

 -Provengo de un planeta igual al tuyo, llamado Xinebia, señor Nícolas Cerwensky –le informa, leyendo la identificación del uniforme-. Mi función es contactarlos, para dejarles unos documentos muy importantes. Y estoy por mi cuenta… ¿Satisfecho?

 -Mmm, me vas a acompañar a la guardia a esperar a las fuerzas de seguridad, sos una intrusa y mi deber es retenerte.

De cuerpo espigado y altura considerable, la extraña visitante da unos pasos y sale de la cámara de frío, bajo la severa observancia de su captor.

 -Yo no tengo inconveniente en ir contigo –le dice la visitante y desviando sus ojos verdosos hacia la entrada, agrega: pero los que me persiguen, lo dudo.

Por instinto, Nícolas gira y puede ver en la persiana de acceso, cómo se va dibujando un gran calado ígneo, provocado por un rayo que atraviesa el metal, mientras lo va fundiendo.

-¿Y eso? –exclama él, guardando el arma- ¿Trajiste compañía?

 -Son Rasters… rastreadores… Mmm ¿cómo le dirían ustedes?… ¡Autómatas! ¡Eso!

Entendiendo la situación, el vigilador le toma una mano y le ordena:

 -¡Vamos, tenemos que salir!

-Te aseguro que nos conviene –agrega la muchacha de rasgos multirraciales, recogiendo su traje de invisibilidad.

A partir de este momento, se inicia una huida vertiginosa por los recovecos del pabellón, que Nícolas conoce perfectamente, seguidos de cerca por Pitu, liberado de su correa y al parecer, amigado con la extraña.

 -¡Qué incómodo este calzado! –se queja, la supuesta alienígena.

 -¡Ah perdón, no conseguí deportivos!

Hora 01.15

Entretanto, un gran boquete provocado por el rayo, se termina de abrir en la persiana y permite ver cuatro seres tenebrosos -con armas largas- que irrumpen violentamente. Lo más sofisticado de su aspecto, es que en donde deberían estar sus cabezas, sólo tienen una esfera -al parecer metálica- rodeada por un estrecho visor horizontal en toda su circunferencia, algo así como un globo terráqueo dividido en el meridiano, presunción de que quizás, puedan ver en todas direcciones, sin necesidad de giros o rotaciones y dentro de esa concavidad, un punto luminoso azul se mueve velozmente.

 -¡Dale! ¿Qué te pasa? –le pregunta el vigilador, obligándola a acelerar el paso.

 -En donde vivo, la fuerza de gravedad es menor –le informa ella-, aquí me cuesta moverme.

Sin soltarle la mano, en medio de una lluvia tenue, Nícolas apura la fuga para ganar la salida y así llegar al Pabellón II donde se encuentra su compañero… La ferocidad de la tormenta aplacó y sólo se ven algunos destellos de relámpagos en retirada.

-¡Pip! Qué paza Nícolaz, ¿veníz corriendo con una chica? Cambio –irrumpe Julián desde el transceptor, viéndolos por los monitores.

 “Sí, escuchame Maqui; apagá las luces del comedor y borrá lo que tengas grabado de esto. Cambio.”

 -¡Pip! Dale, ya lo hago… Cambio.

 “Cuando entremos, bloqueá los accesos a la guardia. Cambio.”

 -¡Pip! Y a la agencia, qué le digo… Cambio.

 “¡No sé, Maqui! ¡Tratá de ganar tiempo! Cambio y fuera.”

Sin saber si se trata de una persecución delictiva o simplemente de un rescate, Nícolas sigue su instinto y se juega por la intrusa.

 -¡Un poco más y llegamos! –grita, mientras cruzan el predio que los separa del Pabellón II, pero la extraña ya no puede moverse.

 -Lo siento –se disculpa ella, respirando agitadamente-, necesito descansar y alimentarme.

El vigilador no duda en alzarla y así, transportarla.

 -Sí, pero acá no podemos quedarnos –le comenta con voz entrecortada, por el esfuerzo de correr-, estamos muy expuestos y esos robots no traen buenas intenciones.

 -Es a mí a quién quieren, no te expongas –le comenta ella, con notoria debilidad-. De todos modos, sus armas no están diseñadas para matar, sólo pueden suspender la materia-másica en el tiempo-espacio… Ustedes dirían: paralizar.

Con Pitu en la retaguardia, casi llegando a la entrada, se dan cuenta que han sido descubiertos y detectan un silbido seguido por un haz rojo, que impacta sobre el perrito, dejándolo petrificado. Nícolas traspone la puerta y tras bajar con cuidado a la joven, vuelve para rescatar a su mascota que parece una estatua, allí siente el calor de otro rayo que lo roza y regresa.

 -¡HIJOS DE PUTA! Si lastimaron a Pitu, se las verán conmigo –sentencia el vigilador, tanteando el revólver.

 -No le hicieron daño –lo tranquiliza, Lhexia-, en un rato se despertará como de una anestesia.

Mientras observa azorado por las cámaras, Julián Rodríguez le avisa que ya abrió el acceso a la guardia, aunque en ese momento, acontece algo nuevo…

 -¡Pip! ¡Tranquilo ruzo! –le comunica la novedad por radio- ¡Loz robotz ze retiran!… Llegó el ejérzito. Cambio y fuera.

Desde el monitor que muestra la entrada al complejo universitario, Julián puede advertir la imponente acometida de un tanque de guerra, seguido por vehículos de asalto que van tomando posiciones. Esta acción, más el sobrevuelo de helicópteros de combate, habrá sido disuasiva para los extraños seres, pues desaparecieron de escena.

 -¡Por fin! –suspira Nícolas.

Trasponiendo la puerta blindada, los agitados perseguidos se tiran en el sofá, bajo la estupefacta mirada del vigilador local.

-Ho-hola… Mucho guzto, zoy Julián –se presenta ante la singular visitante, el vigilador que se asemeja a un barril con uniforme.

-¡Igualmente, Julián! Soy Lhexia, de Xinebia –responde la muchacha vestida de camarera, devolviéndole el saludo, con un intenso abrazo.

Ni bien se desprenden, el obeso vigilador toma una servilleta de papel y comienza a desempañar sus anteojos de gran aumento, sin dejar de mirar a su compañero en espera de alguna explicación.

 -Tranquilo Maqui, es una amiga interestelar –le informa Nícolas, quitándose la gorra-… Deberíamos darle la bienvenida, el problema es que la persiguen unos hostiles y desconozco el por qué.

 -Entiendo, zí zí –responde Julián, con sus ojos desorbitados, manifestando incógnita.

La muchacha empalidece y busca dónde sentarse, entonces y acordándose lo antedicho, Nícolas se dirige a la pequeña heladera de la oficina, agarra un envase de chocolatada abierto y se lo alcanza.

 -¡Gra-gracias! -responde ella con naturalidad, entre sorbitos- Durante la trasferencia a tu mundo me debilité y necesito recuperarme, aquí debo emplear mucha energía para moverme.

 -Ah, mirá vos –se sorprende el catamarqueño- Y uno piensa que las alienígenas no necesitan comer y son invulnerables.

 -Loz de Invazión Eztraterreztre, comían rataz…

 -Tu compañero Julián, ¿se llama así o se llama Maqui? –pregunta ella, un poco confusa.

 -Le decimos Maqui, por su fanatismo hacia un pensador de otra época de apellido Maquiavelo.

 -Ah, sí –asiente la xinebiana-. “El fin, justifica los medios”

 -¡Ah, no no! –le salta Julián- Ezo no lo dijo él, zeñorita, eztá mal informada. Ezo lo ezcribió Napoleón Bonaparte, en la última página de un ejemplar de “El prínzipe” que había leído. Y juztamente, eze libro lo ezcribió el gran Nicoláz Maquiavelo…

 -Ah, perdón, entonces mi base de datos no es correcta y seguramente habrá otros errores… Sabrán comprender.

 -¡Pero che! –bromea Nícolas- ¡Te equivocás, como si fueras de otro planeta!

Hora 01.30

El movimiento militar en los monitores, es contemplado por los vigiladores y la misteriosa visitante, quien no pierde de vista su traje de invisibilidad.

-Che, Maqui, ¿esa, está encendida ahora? –le pregunta Nícolas, sobre la cámara interna de la oficina que se conecta con la agencia central.

-¡Ah, no me di cuenta ruzo, perdón! –le responde Julián, interrumpiendo rápidamente la transmisión hacia el exterior- Ahora la puze en zircuito zerrado.

 -¡Qué cagada! –lamenta Nícolas, señalando a la forastera, quien los mira con cierta ingenuidad- Ahora deberemos blanquearla.

 -Igual, zólo graba imágenes, porque el micrófono no anda –le revela Julián, con cierto sentimiento de culpa.

 -Ajá.

En pose de perro de caza señalando a su presa, Pitu se despabila y comienza a ladrar, mientras es iluminado por el reflector de un helicóptero. Nícolas lo escucha y le abre la puerta de acceso.

 -¡Vamos Pitu, vení con Níco!

Una vez dentro, el can salta a los brazos de su amo y le lame la cara, ante la mirada de asco de la alienígena.

 -¡Che, Níco! Ahí llega el zupervizor –le informa Julián, viendo por el monitor la arremetida del patrullero de la agencia Sesna.

 -¡Rápido! Subí la persiana del pabellón III –le propone el rubio vigilador, organizando un plan.

 -Zí, ya mizmo…

          -¡Mmm! No creo que haya visto la grabación -murmura Nícolas, refiriéndose al supervisor-. ¡Bueno amigo!… ¡Prestá atención a lo siguiente!

Hora 01.35

Suena el timbre en la sala de guardia, el primero en responder, es Pitu con un ladrido ahogado y luego, tras verificar las identidades del supervisor y los dos comandos que lo secundan, Julián les abre.

 -¿Qué está pasando acá? –gruñe el supervisor Esteban Molinari, pitando un cigarro electrónico- Espero puedan justificar esta activación del protocolo de defensa, ¿eh?

 -Buenaz nochez don Ezteban, ehh bueno, tengo la captura de unoz objetoz verdez que pazaron volando zobre nueztraz cabezaz hazia la rezerva y pareze cayeron en el río –le informa Julián, exhibiendo en pantalla el recorrido de un objeto pequeño, dejando una estela verdosa y luego, la incursión de algo incandescente -de mayor tamaño- con un bramido ensordecedor.

 -¡Pasó muy cerca! –agrega Nícolas, observando las imágenes, con la gorra colocada- Pensé en un avión en problemas…

Flanqueado por el capitán Benítez y su ayudante -equipados como para combatir en la Guerra de los Mundos-, Molinari, un hombre excedido en su peso, de aspecto iracundo, barba de tres días y traje ordinario, recorre visualmente el recinto, sin quitarse el cigarro artificial de los labios.

   -Aeroparque no reportó ningún vuelo extraviado –revela entonces, exhalando cuantioso humo blanco, mientras repasa los monitores a la espera de más respuestas- y los radares no detectaron nada extraño; aunque usted, por radio mencionó que un ser invisible caminaba bajo la lluvia, dejando huellas negras, ¿tiene registro de ello?

-No, de ezo no, zeñor… Quizá me confundí con tanta lluvia y me parezió ver cozaz…

-Así que “le pareció ver cosas” ¿eh? –ironiza Molinari, abriendo la puerta de una pequeña heladera, para sacar una gaseosa.

-Azí ez, zeñor –responde Julián y le informa: zon todaz lightz, eh.

-Ajá –bufa el supervisor, no muy convencido de ese relato.

Molinari, es el típico jefe rezongón y mal visto por todos sus subordinados, tal vez, para esa jerarquía, se trate de una atribución natural que lo convierte en blanco de maldiciones e insultos y casualmente, en este momento, acontece algo raro, pues antes de abrir la gaseosa, se le revienta en la mano, derramando el contenido en su traje.

-Las autoridades chilenas, nos alertaron sobre unos OVNIs –prosigue luego, tratando de disimular el percance.

-Que después de sobrevolar su espacio aéreo se dirigían hacia aquí –agrega el capitán Benítez.

Nícolas, nota algo inquieto a Pitu en un rincón de la sala, tal vez, porque el animalito está olfateando a alguien que no se ve.

-Y en estos momentos –continúa Molinari, mientras se va secando la chorreadura-, a pesar del mal tiempo, la Armada está examinando el río. Así que ahora mismo, nosotros iremos a investigar qué sucedió con estos objetos voladores.

Justo en ese instante, se corta la energía eléctrica y los comandos se ponen en guardia, activando las miras infrarrojas de sus armas.

 -¡Rodríguez!… ¡Encienda el equipo de energía auxiliar! –le ordena el supervisor, desde la oscuridad.

 -Ezo intento zeñor, pero no arranca.

Los soldados tratan de comunicarse, pero los radiotransmisores están inoperantes, al igual que las linternas con las que intentan iluminar. Molinari pita con insistencia su cigarro electrónico, intentando que su tenue luz pueda darle un poco de visión, también en vano, entonces Nícolas prende el encendedor del almacenero y recién ahí pueden ver algo. Todo transcurre en un silencioso clima de tensión, interrumpido solamente por los ladridos de Pitu… Esta situación, recién se normaliza cuando a través de la puerta abierta, les llega una resplandeciente luz desde un vehículo militar…

 -Todo está bajo control, Molinari –le comunica al oído, el capitán Benítez, ya interiorizado-, se trata de una ausencia de energía en este sector, estamos trabajando para establecer su origen.

 -¿Y usted, Cerwensky? ¿Por qué no estaba en su objetivo? –lo cuestiona tardíamente el supervisor, retomando su pesquisa en penumbras.

 -Estaba en el III, señor, pero hubo un desperfecto en la persiana del estacionamiento que la dejó enrollada. Por eso vine a ver el tablero central, pero no lo pude arreglar.

Obviamente, este relato esconde un plan de protección a la muchacha interestelar y Nícolas, se ampara en que las fuerzas de seguridad no detectaron lo que realmente pasó; aunque el mal entrazado supervisor, tiene sus dudas y está decidido a investigar el recorrido de ese “ser caminando bajo la lluvia” denunciado antes, por Julián.

-Bien Cerwensky… Póngase equipo de fajina, me va a acompañar –le ordena Molinari, en tono arrogante.

Respecto a la actitud del supervisor, Julián murmura una frase, citando a su venerado Maquiavelo…

“Todo el mundo ve lo que aparentaz zer, pocoz ezperimentan lo que realmente erez.”

Hora 01.45 Escenario 2 (Reserva Ecológica)

La ferocidad del clima disminuyó, ello permite que la comitiva investigadora se movilice ágilmente bajo la observancia de tácticos ocultos. Helicópteros sobrevuelan el amplio predio con sus reflectores encendidos y uno en especial, enfoca al pelotón encabezado por Molinari y el capitán Benítez. Luego de recorrer los cien metros que los separan de la Reserva Ecológica, los expertos -munidos de equipos electrónicos- comienzan el rastreo. Al llegar al puente rojo de madera, Molinari se agacha dejando flotar una nube de humo de su cigarro y explora unas extrañas concavidades negras, similares a pasos “marcados a fuego” y les solicita a los técnicos, el análisis de estas pruebas.

 -(Conque al gordito “le parezió ver cozaz”) –piensa entonces, burlando a Julián por su pronunciación.

Nícolas, vistiendo uniforme militar, casco y capa de lluvia, al ver esas huellas recuerda las pisadas candentes en los cartones del comedor.

 -Parece que alguna vez alguien pasó por aquí y dejó su huella –le ironiza el vigilador, a quien no es de su simpatía.

 -Así es –asiente el supervisor, poniéndose de pie. Y mirando hacia el complejo de cemento y vidrios, reflexiona-… Pasó, pero no regresó.

 -Tal vez alguna práctica de Arte, de los estudiantes –comenta Nícolas, en un claro intento de desviar la conjetura del investigador-, parecen hechas con una plancha, ¿no?

Mientras los peritos dialogan entre sí, Molinari no deja de mirar hacia el complejo universitario, separado de ellos por un foso de agua estancada. Luego de un instante, se aboca al seguimiento de las huellas.

 -¿Podemos rastrear de dónde provienen estas… pisadas? –pregunta entonces, al operador del detector Geiger.

El técnico asiente, pero le indica que necesita la orden del capitán Benítez, quien a su vez responde a un mando remoto. Al cabo de dos minutos, comienza el despliegue de la infantería, que se interna en la empapada selva subtropical con perros rastreadores.

Continuará…