Diseño de portada Mica Fernández

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                                                                                         Capítulo 6

Hora 05.00

La ofensiva militar, se vuelve en contra de sus propios autores, a causa -tal vez- de algún sistema de defensa de estos extraños seres, pues Nícolas y Julián permanecen inmóviles -como estatuas de mármol- y Pitu, parece fotografiado saltando en el aire, en el momento del estallido temporal. En todas las secciones, reina un pesado silencio y la atmósfera sin aire, entintada de un tono rojizo -como en un laboratorio de revelado-, alberga humo y polvo en suspensión. Afuera, todos los soldados se encuentran igual y a partir de ahora, el viento no milita, la luz no varía y la vida… la vida se detiene.

“¡Vamos, humanos terrícolas, no es hora de holgazanear!” –se puede leer en un holograma de palabras, proyectado frente a los vigiladores, aunque ellos, aún no pueden verlo.

Lhexia, hace su aparición vistiendo un uniforme médico del ejército, con el casco de la cruz roja volcado en su espalda y desde su vincha, comienza a irradiar un haz de luz en abanico, que impacta sobre ambos vigiladores y el can, ello logra la pronta recuperación de sus movimientos.

 ”Tomé un equipo respirador de una ambulancia militar y deberán compartirlo”-se lee a continuación, en otra holografía.

 -¿Qué eztá pazando? –trata de hablar Julián, ni bien aspira su ración de oxígeno.

Intentando verse en medio de esa atmósfera rojiza y pugnando por oxigenarse, debido al vacío ambiental, los seres aerobios comienzan a toser, pero sin emitir sonidos y se miran extrañados…

 “No intenten hablar, necesitan ahorrar energía –les proyecta la xinebiana, en tono amarillo-, tómense de la mano y limítense a seguirme sin soltarse, ya les explicaré.”

Convertida en doctora, la xinebiana coloca el equipo respirador bajo un brazo y con una mano sujeta la de Julián -tal si fuera la locomotora en un trencito- y este la de Nícolas, quien queda último pues lleva a Pitu. Alternado la mascarilla de oxigenación, los únicos cuatro seres activos del área petrificada, salen por la puerta entreabierta de la oficina, pero no precisamente caminando, si no con saltos acrobáticos formidables, como si lo hicieran en una superficie ingrávida.

 -(¡Ihujuuu!!!) –exclama Julián para sí, desbordado de asombro (¡EZTAMOS EN LA LUNAAA!)

Conteniendo el aire, Nícolas espera que la caravana se detenga, para volver a oxigenarse. A medida que avanza, observa la devastación a su alrededor, sin poder creerlo: Ventanales estallados y sus vidrios esparcidos -como pegados en un gigantesco collage-, paredes y escaleras de hormigón fragmentadas, árboles incinerados, puertas reventadas y rejas aplastadas… Y para rematar la escena, tétricas postales de soldados heridos por sus propias armas, mostrando expresiones de dolor detenidas en el tiempo, como una exposición de espeluznantes fotografías, de algún corresponsal de guerra.

 -(Dios santo) –reza el catamarqueño, mientras se acomoda la gorra-… (Si los robots no pausaban el ataque, los milicos nos habrían matado a todos.)

Como figuras de papel recortado, los protagonistas se desplazan entre los pabellones universitarios, dando brincos exagerados.

  -¿Adónde vamos? –pregunta Nícolas, con señas, después de tomar aire de la mascarilla.

 ”Debemos salir de la zona inerte” –proyecta Lhexia, desde su conversor.

-(¡La zangre de ezoz zoldadoz, ze congeló!) –cavila Julián, señalando a los heridos que quedaron estáticos -como trapecistas en el vacío- con gestos de estupor en sus rostros.

”Cuiden el oxígeno –aconseja la líder, proyectando una leyenda de colores cambiantes-, necesitamos llegar a la reserva.”

Con ese tinte infernal y lúgubre, el predio universitario quedó desconectado de la existencia sensorial, porque una fuerza superior decidió transferirlo a la zona inerte, una dimensión desconocida en la Tierra… Y todo, porque los militares los atacaron, tomándolos por enemigos.

“Debo quitarme este mono lo antes posible, para evitar que los Rasters nos alcancen” –continúa informando Lhexia.

Dando saltitos de ballet clásico, el grupo va llegando al comienzo de la reserva natural, en una suerte de huida forzosa, pero detienen su marcha frente a un vehículo militar.

 “Voy a activar este vehículo con cabrestante, espero sepan conducirlo” –les comunica Lhexia, por medio de la lectura holográfica, mientras todos se alternan para oxigenarse.

 -(¿Qué será cabrestante?) –se pregunta Nícolas.

La extraterrestre, ejecuta una acción con su convertor que hace cobrar vida al anfibio, pues este prende sus luces y todos lo abordan. Nícolas se pone al volante y trata de encenderlo, pero eso no ocurre… Entonces, interviene Julián con ademanes desesperados, señalando la toma externa de aire al motor, señas que la xinebiana entiende, pues proyecta la siguiente leyenda:

 “¡Aspiren profundamente y contengan la respiración! El camión necesita oxígeno… Vamos a salir de aquí.”

Nícolas toma una bolsa de papel para cubrir la cabeza de Pitu y la infla con el oxígeno, luego aspira él y su compañero y después, Lhexia toma el inhalador y lo engancha en la toma de aire externa del blindado. Mientras esto sucede, una encandilante luminosidad desde atrás, revela que fueron descubiertos por los cuatro rastreadores, que se les acercan a toda carrera…

 “¡Dense prisa, ya vienen!” –advierte ella, con un mensaje visual destacado.

Tras unos tensos segundos de insistencia con el motor de arranque, Nícolas logra que el anfibio expulse una columna de humo negro y se ponga en movimiento, gracias al oxígeno para la combustión. Y, apremiado por la falta de aire, el vigilador lo acelera logrando salir de la zona inerte, llegando así a la atmósfera habitual.

  -¡Ihujuuu! ¡Recuperamoz la normalidad! –exclama Julián, tras su primera bocanada de aire, llegando al puente que los une a la reserva.

A todo esto, los cibernéticos los siguen por detrás protegidos por sus escudos y portando sus armas…

 -¡Sí, mucha normalidad! –responde Nícolas, conduciendo -por primera vez- un blindado militar por una selva subtropical- ¿Te parecen muy normales, esos de atrás?

 -¿Y Pitu, dónde ze metió? –pregunta Julián, revisando el interior del blindado.

-Le quité la bolsa y subió a la torreta –responde Lhexia, ya con voz controlada-, seguramente fue a tomar aire.

Durante el accidentado trayecto, el vehículo todo terreno de seis ruedas avanza hacia la ribera del Río de la Plata, volteando arbustos a su paso y dejando un camino abierto, aprovechado por los perseguidores.

Hora 05.20 Escenario 3

En tanto, mientras que en la zona inerte impera la quietud y el silencio, en la parte externa de ese cascarón electrostático, la actividad humana hierve como en un montículo de hormigas decapitado.

 -Señor… No podemos entrar a esa zona con ningún recurso -le informa un oficial al capitán Benítez, dentro de un módulo logístico de campaña-, todo su perímetro tiene un campo de fuerza, que neutraliza cualquier intento.

 -¡Mmm! Con las armas, no puedo probar –farfulla Benítez, pensativo-. Tengo hombres ahí dentro.

-Y yo también -acota el supervisor Molinari, a su lado, aludiendo a Nícolas y Julián.

-Pero ¿por qué no se puede entrar ahí, teniente? –insiste el capitán.

-Hay un primer cordón que admite el acceso –le explica el oficial, exhibiendo imágenes en una computadora portátil-, pero al llegar a la niebla roja, todo se paraliza ahí… Hemos enviado drones, robots teledirigidos y hasta voluntarios con equipos especiales, pero a los pocos metros, perdemos contacto, los aparatos se desactivan y nuestros hombres mueren, señor.

-¿Y cómo sabe que mueren, teniente?

-Sus signos vitales no responden, señor.

-¡Mmm, bueno! Convoque de inmediato a la Organización UFO Americana… Quiero a los mejores científicos acá ¡ya!

 -¡Sí señor!

 -Demostremos a estos intrusos ¡quién manda aquí!

 -¡Sí, señor!

Hora 05.25 Escenario 2

La serena Reserva Ecológica, de pronto se ve irrumpida por un vehículo anfibio, avanzando como si fuera una topadora de desmonte y tras él, cuatro robots a los saltos por sobre la vegetación derribada. Estas cinematográficas escenas, se potencian cuando en la torreta artillada del blindado, un soldado –que hasta hace unos instantes estuvo paralizado- despierta, con un perro mordiéndole una pierna.

 -¡Ay ay ay, salí de acá, perro endemoniado! –grita el operador de la ametralladora, sacudiendo su pierna para sacarse al can de encima- ¿Pero, qué es esto? –se pregunta, tratando de entender la situación- ¡Ah, ya recuerdo! –reacciona enseguida y gira la torreta de disparo- ¡Son los robots invasores!… ¡Y nos persiguen!

El soldado abre fuego hacia los Rasters y comienza a dispersarlos, mientras sigue sacudiéndose el animalito prendido a su pierna. Tras la sinuosa carrera del blindado, las ráfagas de metralla van volteando árboles, dejándolos cruzados en el camino, mientras las tremendas detonaciones, hacen gritan de terror a los tripulantes…

 -¡AAAAHHH!!!

-¿Y esos tiros? –exclama el conductor, ojeando el espejo retrovisor.

-Zeguro, que ez otro paze mágico de nueztra amiga.

-¡Yo, no soy! –aclara Lhexia, con el casco puesto- Arriba hay un arma pesada y no creo que tu monstruito sepa dispararla.

Las vainas calientes escupidas van cayendo al habitáculo, quemando a quien toque, entonces Lhexia se dirige a la torreta y actúa.

 -¡ES SUFICIENTE, SOLDADO! –le grita con resolución, asomando sólo su cabeza- PUEDE DEJAR DE DISPARAR, LOS INVASORES QUEDARON ATRÁS.

El tirador se sorprende, pero no deja de accionar su arma.

 -¿QUIÉN LO ORDENA? –exclama en voz alta, aturdido por los disparos.

 -¡PRIMERA TENIENTE… PLEN-DERSKY, EN COMISIÓN! ¡OPERACIONES ESPECIALES, FUERZA AÉREA! SOLDADO.

Ante la convincente actuación de la xinebiana, el comando -bañado en sudor-, depone su accionar y se identifica, haciéndole la venia:

 -¡CABO PRIMERO HORTIGOZA! ¡ARTILLERO DE TORRETA, VAE 134, ARMADA ARGENTINA! MI PRIMERA TENIENTE.

Después de las detonaciones y cuando los oídos ya se ventilaron, sólo se oyen los gruñidos de Pitu, aún prendido a la pierna del comando…

  -¡ (Bieb), descanse cabo primero! Un percance en mi misión, me obligó a usar este uniforme de médico.

 -¡Comprendido, mi primera teniente! –responde el infante de marina, de rasgos delgados y nariz prominente, con su ametralladora aún humeante.

 -¡Pitu, vení acá! –le ordena Nícolas, deteniendo la marcha del blindado.

El pequeño bulldog obedece y se arroja a los brazos de su amo, moviendo su colita, mientras Julián asoma la cabeza y mira hacia atrás, para asegurarse haber perdido a los obsesivos cazadores.

 -(A ezte zoldado, lo rezuzitó tu amiga) –susurra Julián, al oído de su compañero-. (¿Y eze apellido, de dónde lo zacó, ruzo?)

Nícolas, coloca el dedo índice delante de su boca.

 - (Bieb)–continúa la xinebiana, con su postura actoral-, ahora, nos esconderemos en la vegetación, este es el plan: Usted, agente Rodríguez… Recoja las provisiones que encuentre. Usted, cabo primero… Hágase cargo de ese can y usted, agente Cerwensky… Oculte el vehículo, después lo vamos a necesitar.

Luego de impartir esas órdenes, la xinebiana se acerca al oído de Nícolas y le sopla:

 -(Debo quitarme este mono…)

Hora 05.40 Escenario 3

Convocado por el capitán Benítez, el comité de científicos investigadores de UFOs, se va congregando en un enorme remolque militar. El primero en llegar, es un barbado profesor de origen italiano, vestido con chomba salmón, jean gris y zapatillas náuticas, quien después de interiorizarse de la situación, se expone a las primeras consultas.

  -Disculpe que lo sacamos de su cama, profesor Renatti. Por favor, dígame si existe alguna manera de entrar ahí, sin esfumarse luego –le pregunta Benítez, entregándole una identificación con nombre y cargo.

-Mire capitán, usted es un militar que tiene experiencia en cómo combatir enemigos –le responde el profesor, desconociendo cuánto tiempo pueda permanecer esta burbuja, sobre la Ciudad Universitaria- y yo soy un científico, que junto a otros, estudiamos los fenómenos extraterrestres, pero aún no contamos con experiencia en cómo interactuar con ellos. Con esto, le quiero decir que desconocemos su tecnología y necesitamos mayor información y más tiempo para estudiarlos ¿me explico?

-¡Mmm! Entonces… ¿Qué sugiere? –pregunta de mal modo el militar, rodeado de subordinados ansiosos por combatirlos.

          -Necesitamos examinar el interior de esa cáscara, para descubrir qué sucede ahí dentro; ignoramos, si se generó una manipulación molecular masiva, se propició un desequilibrio en el espacio-tiempo, o si hubo un salto cuántico dimensional, ¿me explico?

 -Bueno bueno bueno –resume Benítez, superado-… ¿Entonces dígame qué precisa, Renatti?

-En el sur, reside una destacada ingeniera física que podría entender estas complejas reacciones, la doctora Ángela Hérzler, da cátedra de física cuántica en el Instituto Balseiro.

 -Ya lo oyeron –se escucha una voz autoritaria en el lugar.

Y esa voz corresponde al general de división Hernán Fulkner, que presentándose en el módulo operativo, impone su mayor jerarquía.

-¡AAAATENCIÓN! -se escucha en voz del oficial más cercano a la puerta y todos los militares se cuadran.

 -Descansen –ordena Fulkner, quitándose la gorra de su uniforme diario-, me traen a esta doctora, de inmediato.

 -¡Sí, señor! –responden dos suboficiales y salen vertiginosamente del remolque, hablando por sus radios.

 -¿Cuántos hombres quedaron ahí, capitán? –pregunta el general, observando en las pantallas, una casi imperceptible cúpula, encima del complejo universitario.

 -Toda la Compañía de avanzada y parte de ingeniería táctica… Unos 150 hombres, señor.

 -Más los dos vigiladores del complejo y tal vez, la novia de uno de ellos –agrega Molinari, pitando su inseparable cigarro electrónico.

 -Ahora, diganmé que un tanque, no puede atravesar ese escudo -suelta al aire, Fulkner.

 -Hay como un primer cordón, que se puede acceder con personal y equipo –rebate Benítez-, pero unos pasos más allá, comienza una bruma rojiza y todo desaparece… Estimo peligroso disparar explosivos ahí dentro, general, porque desconocemos si nuestros muchachos están muertos, o no…

 -¿Cómo? ¿Que no me sabe si están muertos, Benítez?

 -Si me permite, general –interviene el profesor Renatti-, por lo que pudimos observar, dentro de ese domo impera un microcosmo, que neutraliza cualquier forma de existencia sensorial-material, por eso creemos que fue un shock inducido, el que provocó ese detenimiento del tiempo y ello pausó “todo” lo que allí se encontraba en el momento de ese pulso de luz… Y tal vez ese “todo”, en algún momento regrese a la normalidad… ¿Me explico?

-¿Usted insinúa que podrían estar desaparecidos, pero vivos? –reflexiona el general, bajo la desafiante mirada de Benítez.

-Digamos…

-Serían, como prisioneros –cataloga Fulkner, tratando de etiquetar la situación.

-Prisioneros en el tiempo, general –aclara Renatti-. Y debe entender, que por más explosivos que tire ahí dentro, no van a explotar… Sólo van a quedar neutralizados…

-Usted sugiere, que en algún momento, ¿ese domo podría desactivarse?

-Ajá.

-¿Probaron con sensores infrarrojos, Benítez? -pregunta Fulkner.

-Sí señor y no se pudo detectar actividad térmica… Se experimentaron con todas las frecuencias del espectro, sin obtener resultados.

-¡Escuchen bien!… ¡Me convocan a una reunión con los oficiales de operaciones, a las 6.30 horas!

-¡A la orden, señor!

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