Una novela de Osvaldo Roble

 

Relato en tiempo real.

El PRESENTE, NO ES UN LIBRO CRONOLÓGICO, CIENTÍFICO, TÉCNICO, EXACTO, POLÍTICO O RELIGIOSO Y NO INTENTA SER ATEMORIZANTE, APOCALÍPTICO Y MUCHO MENOS PREDICTIVO. SOLO NARRA UNA HISTORIA EN TIEMPO REAL TRANSCURRIDA EN LUGARES VERDADEROS, CON ALGUNOS NOMBRES FICTICIOS Y POR TAL, PODRÍAN EXISTIR ALGUNAS CONCORDANCIAS CASUALES CON LA REALIDAD.

Derechos reservados. Legajo N°: RL-2020-70174483-APN-DNDA#MJ

Cuatro autómatas provenientes de Xinebia, un planeta gemelo al nuestro ubicado en el mismo sistema solar de manera fantasma, llegan en su nave a la Argentina persiguiendo a Lhexia, la humana xinebiana enviada a la Tierra por los Esplenders, una cofradía científica liderada por sus padres. Lhexia sale de su planeta por primera vez, ya que los viajes interplanetarios están prohibidos por disposición del LYS, la entidad suprema que rige toda Xinebia, no obstante la emisaria logra su cometido y finalmente llega a la Tierra, pero con un plazo máximo permitido de 24 horas… La persecución espacial finaliza, cuando la nave de Lhexia colapsa debido a una gran tormenta sobre el Río de la Plata, lindero a la Ciudad Universitaria de Buenos Aires, ello provoca una interrupción en la rutina del joven vigilador nocturno Nícolas Cerwensky, quien no puede creer la situación que se le presenta ante sus ojos. La xinebiana llega con intenciones de ayudarnos a descubrir unos humanos impostores llamados Tirrens quienes portan un terrible gen y mezclados entre nosotros planean la conquista de la Tierra para colonizarla. Estos cuatro seres robotizados tienen un solo objetivo y es el de atrapar a la muchacha fugada y regresarla a Xinebia antes que se cierre el portal de transferencia entre ambos planetas, pero estas acciones son mal interpretadas por las fuerzas militares argentinas, pues comienzan a atacarlos y a combatirlos con consecuencias inesperadas para los soldados y también para los ciudadanos próximos. Además, la población debe soportar el hostigamiento de los maléficos Tirrens y sus aliados que se valen de la situación para generar mayor caos en su beneficio y en tanto esto ocurre, la emisaria xinebiana intenta contactarse con pares de buena voluntad que le ayuden a cumplir su valiosa misión, sin traicionarla.

 


“¡Humanidad! Tenemos un mensaje de otro mundo, desconocido y remoto. Se lee: uno… dos… tres…”

                                                                                 Nikola Tesla  




DESIERTO DE ATACAMA – CHILE


OBSERVATORIO ASTRONÓMICO ALMA


SEGUNDO DOMINGO DE NOVIEMBRE 

Hora 23.45

 En este sitio del hemisferio sur, las noches saturadas de diáfanas estrellas, permiten ver el universo a través de gigantescos radiotelescopios, desde aquí, penetramos en espectaculares vistas nocturnas, en busca de indicios que nos revelen nuestras perennes incógnitas: ¿De dónde venimos?… ¿Hacia dónde vamos…?

Congregados por el interés científico, varios países destinan recursos y profesionales para la exploración del espacio exterior. Dentro del complejo de investigación estelar, formado por múltiples radiotelescopios, cientos de ingenieros vistiendo guardapolvos, cofias y barbijos -como si estuvieran en un gran quirófano- deambulan por los pasillos internos revestidos de módulos electrónicos y en especial, en la sala de detección infrarroja; aquí, el silencio domina los espacios y el clima artificial, los invade… Con sus pisadas amortiguadas por calzados asépticos, cada técnico desempeña su rol enfrascado en su propia rutina, aunque en este preciso momento, la serenidad se ve perturbada, cuando una de las supercomputadoras se despierta con pitidos chirriantes, gráficos agudos y espectros de colores, indicando que algo inusual está ocurriendo, esto obliga al operador a dirigir su vista al monitor y tras verificar el origen de la alarma, se acomoda el micrófono para transmitir la información a su supervisor:

 -Señor, una señal misteriosa acaba de cruzar por nuestro espacio aéreo con dirección noreste y ya no la puedo localizar…

Desde la sala de comandos -repleta de monitores- el supervisor de turno -de rasgos orientales- abandona lo que hace, para atender el mensaje…


 -Y los sensores Doppler ¿no lo detectaron? –pregunta, mientras se reacomoda en su butaca.

 -Lo estoy revisando, señor, pero no hay nada… ¡Pasó muy rápido… muy rápido!

 -Analice la estela que dejó en el espectro cromático.

 -Sin rastros, señor, es invisible a todos los sistemas… Se trata de algo, que no tiene registros previos del espacio exterior y lo que no entiendo, es cómo no lo vimos acercarse…

 -¡Mmm! Ninguna tecnología es infalible, muchacho –masculla el oriental, mientras intercambia información digital, con el comando de operaciones militares.

          -Le estoy transfiriendo la frecuencia infrarroja de su estela –le informa el técnico, con gesto de asombro-; es el único sistema que lo detectó, tiene la apariencia de un objeto volador pequeño, señor.

-(¿Un ovni? ¿Un misil? ) –son algunas de las diversas incógnitas que giran en la cabeza del supervisor, ya en contacto con el centro de operaciones militares- Páseme las coordenadas de su sitio de origen.

-¡No las tengo, señor! –añade extrañado el operador, mientras monitorea otros equipos- No puedo detectar su procedencia… Es como que vino de la nada…

-¡Hable con profesionalismo, operador! –protesta el supervisor, actuando sobre el teclado de su ordenador- ¡De algún sitio del espacio, tiene que proceder! Transfiera lo que tenga, entonces…

En tanto esto sucede y cuando ni han transcurrido tres minutos desde la extraña señal, otra alarma de incursión y de mayor magnitud, se dispara.

BUENOS AIRES – ARGENTINA

CIUDAD UNIVERSITARIA

SEGUNDO DOMINGO DE NOVIEMBRE

Hora 00.00 Escenario 1 (Pabellones III y II)

Del otro lado de la cordillera de Los Andes -frontera natural que separa a Chile, de Argentina-, en la ciudad de Buenos Aires se está desarrollando una colosal tormenta, de esas que el cambio climático viene generando cada vez con mayor intensidad y esta, además de vientos huracanados y rayos que conectan el espacio entre nubes y río, tiene la inusual particularidad de emitir unos extraños relámpagos de color violáceo… Los científicos dirán que es por la ionización del aire, el exceso de contaminación u otras situaciones atmosféricas, pero lo cierto, es que estas tempestades aterrorizan los sentidos de quienes les toque vivirlas…

Nícolas Cerwensky, un rubio descendiente de ucranianos, se gana la vida como vigilador nocturno en la Ciudad Universitaria de Buenos Aires, tarea que desarrolla desde que llegó de Catamarca, provincia donde su familia se instaló, finalizada la segunda guerra mundial. Como todas las noches, antes de iniciar su recorrido por los vastos pasillos del Pabellón III y acompañado por su bulldog francés, el vigilador salta canales en la pequeña tevé de su oficina.

  “Reiteramos… Dieron con el paradero del asesino que había matado a su madre para heredar sus bienes valuados en…”

   “A pesar de las negociaciones para restablecer la paz, los sangrientos enfrentamientos no cesan, la canci…”

   “¡Último momento! Al salir de un local bailable, se agarraron a las piñas y botellazos, dejando un saldo de dos jóvenes muertos, se cree que…”

-Por más que busque, amigo -le comenta a su mascota, de brillante pelaje negro-, las noticias son cada vez peores… Mejor sintonicemos un canal de dibujitos ¿qué opinás?

La Ciudad Universitaria, separada del Río de la Plata por una selvática reserva ecológica, es el mayor complejo facultativo de la República Argentina, concentrado en tres enormes pabellones. En el número III, esta noche tormentosa, el vigilador Nícolas Cerwensky, un ariano de veintitrés años, alto y buen mozo, inicia su recorrido iluminando cada rincón con una poderosa linterna y lo hace como de costumbre, acompañado de su perrito azabache, mimetizado en la oscuridad de la retaguardia.

-¡Qué nochecita, Pitu!

Destellos violáceos, se reflejan en el mobiliario interior, anunciando truenos encadenados.

 -¡Holalá! –exclama Nícolas, tras un trueno que hace vibrar los ventanales- Esta primavera viene complicada, amiguito.

Desde hace dos años, Nícolas Cerwensky trabaja para Sesna, una agencia afectada a la seguridad del mayor campus de la Universidad de Buenos Aires y a pesar de su cuarto siglo de vida, ya es el quinto empleo por cual transita. Frontal y de temperamento impulsivo, para no tener contacto con la gente, logró establecerse en el indeseado turno noche. Su uniforme se compone de gorra azul con visera negra, camisa blanca de mangas cortas, con una bandera argentina en la izquierda y un escudo institucional en el bolsillo; también lleva corbata y el pantalón es azul con vivos grises. Por último, su arma es un revólver Colt, calibre 38.

          “Ilumino acááá, ilumino allááá… Y un camino largo que baja y se pierde…”

Para atemperar la soledad de los sitios que va enfrentado, el vigilador catamarqueño, camina entonando entre dientes la melodía de una zamba criolla, aunque la letra, no es la original…

         “Nada por acááá… nada por allááá… Y un camino largo que baja y se pierde…”

Hombre y perro, unidos por una correa extensible enganchada al cinturón, se movilizan a paso medio, por la escalinata que antecede al patio de comidas. En los sectores principales, la iluminación general se apaga a la hora cero, quedando sólo unas pocas luces de emergencia y por tal motivo, Nícolas nunca olvida de controlar el nivel de carga de su linterna.

         “Paisaje de Catamarca…” –canta con su tonada norteña, el joven de ojos claros.

-¡Bueno, amiguito!… Ni bien terminemos la primera ronda, me voy a tomar unos matecitos con las tortas fritas de doña Erme y vos irás a tu camita, con tu comida chatarra para canes ja, ja, ja –le murmura al jadeante perrito, quien lo mira con indiferencia.

Pensando en las masitas que prepara la anciana del hostel donde reside, el joven vigilador va llegando al sector gastronómico, ubicado bajo un gigantesco techado de claraboyas de vidrio.

         “Ilumino acááá, ilumino allááá… Y un camino largo que baja y se pierde…”

Mientras las refulgencias de la tormenta se traslucen por esas claraboyas, el vigilador avanza sobre el piso brillante, controlando cada rincón con su linterna. Así, en la penumbra del lugar, se puede ver el haz de luz enfocando los sitios más oscuros.

          -(Mmm, se ve todo normal) –masculla, mientras continúa con su inspección ocular-. Veamos, las dos torres de ascensores: Cerrados y en planta baja, perfecto… No se huelen pérdidas de gas, no se ve agua en los pisos, no quedan sahumerios encendidos, no hay bultos extraños, no hay escorpiones, ni lagartos, ni murciélagos y las ratas no están a la vista, ja, ja, ja…

Nícolas, alude a la constante incursión de insectos y bichos rastreros, que comúnmente provienen de la reserva silvestre, ubicada a espaldas de los tres pabellones, una especie de miniselva subtropical de 18 hectáreas, que nace a orillas del Río de la Plata.

 -¿Te asustan los truenos, Pitu?… Tranquilo… Yo estoy más cagado que vos ¡je, je!

Ni bien termina su comentario, un increíble resplandor verde fluorescente desde el techo, seguido de un bramido estrepitoso, lo petrifica.

 -¡MI MADRE! –exclama por el susto y se le cae la linterna- ¡Este Boeing, le erró a la pista!

El vigilador, supone que algún avión de pasajeros se desvió de su ruta habitual, ya que la Ciudad Universitaria, se encuentra muy próxima al Aeroparque Metropolitano.

  -¡Se va a estrellar en la reserva! –agrega espantado, viendo el resplandor perderse en la vegetación.

Pitu gime y corre hacia la protección de una mesa, hasta que la extensión de la correa se agota y hace tambalear a su amo.

          -¡Pip! –suena el transceptor enganchado a su cinturón y lo toma, al tiempo que recoge la linterna.

“Sí, escucho, cambio” –responde, mientras agita la linterna para recomponer su luz.

           -¡Pip! Hola ruzo, zoy Julián… ¿Qué fue ezo? Cambio –le pregunta su compañero del Pabellón II, desde donde opera los monitores de vigilancia del complejo.

Julián Rodríguez, apodado vulgarmente Maqui por su idolatría al pensador Nicolás Maquiavelo, padece una anormalidad fonética en la pronunciación de ciertas letras, denominada “ceceo” -además de sobrepeso- por su adicción a las golosinas.

“¡Hola Maqui! No sé, che… ¡Pero jamás vi algo igual! Cambio” –le responde Nícolas, intentando recuperar su mascota.

          -¡Pip! Zí zí… ¡Acá, ze apagaron loz monitorez, penzé que era un rayo! ¡Eze rezplandor se habrá vizto dezde Uruguay! Cambio.

          “¡Mmm! Un rayo así, nunca vi, che; pero bueno… con estos desarreglos climáticos, todo puede ser, ahora hay hasta relámpagos de color violeta… Cambio.”

-¡Pip! Y, el tiempo haze lo que quiere, ¿no? Pero quedate tranqui, porque ziempre que llovió, paró, eh. Cambio.

Julián es un empleado eficiente en su tarea de monitoreo nocturno, tarea que viene desarrollando desde hace cuatro años, paralelamente a sus estudios facultativos.

“Ja… ja” –festeja sin ganas el vástago de ucranianos, ingenioso y creativo, quien quitándose la gorra, mira pensativo hacia la cobertura vidriada.

 “¡Esto es raro, Maqui! Voy a buscar el largavistas para ver si descubro dónde fue a parar esa cosa. ¿Por las cámaras del río, podés ver algo? Cambio.”

 -¡Pip! Por enzima de la rezerva, no ze ve nada, Níco. Laz voy a elevar para monitorear el río, pero con tanta agua, no ze puede diztinguir mucho… Cambio.

Hora 00.30

La lluvia arrecia contra los ventanales de los pisos superiores y construye senderos verticales mal demarcados, que dificultan la visión. Con su prismático al cuello, sosteniendo a Pitu y la linterna en la mano, Nícolas sube a doble escalón al primer piso, luego al segundo y cuando llega al tercero, se encuentra con algunos ventanales abiertos, por dónde arrecia la tempestad.

-¡La puta madre! –protesta, dejando caer a Pitu- Como de costumbre, estos inútiles las abren y después no se toman el trabajo de cerrarlas; para eso está el boludo de la noche, ¿no?

 -¡Pip! No ze ve nada anormal, ruzo –irrumpe Julián por el radio, desde su sector-. Y el “dron” no lo puedo zacar con tanto viento… Cambio.

 “No te preocupes Maqui, algo puedo ver desde acá –le transmite, mientras otea la vegetación que antecede al río-, semejante cosa y desapareció, es como que se la tragó la jungla… Cambio.”

 -¡Pip! ¡Ezperá un toque! –transmite Julián, retrocediendo imágenes en sus monitores- Unoz trez minutoz antes, hubo otra luz verde, pero máz chiquita… Cambio.

 “¡No jodas! –se sorprende Nícolas- ¿Podés pasarme la captura al celu? Cambio.”

 -¡Pip! Zí zí, ahí va… Cambio.

Mientras en el celular se van transfiriendo los datos que formarán las imágenes, el vigilador alto y de complexión mediana, explora con el largavistas el paisaje borrascoso.

-¡Ay amiguito! –le comenta a quien -lengua afuera- lo corea con su ronroneo-… Esta noche, ya no es igual a las demás.

Ni bien se activa su teléfono móvil, Nícolas puede ver en la pantalla, el trayecto de una pequeña bola incandescente verdosa.

 “Parece la cola de un cometa chiquito, Maqui –emite enseguida, sin levantar sus ojos celestes de la pantalla- y no estamos en navidad, para pensar que se trata de Papá Noel. Cambio.”

Ni bien acaba de decirlo, observa algo a través del ventanal, que lo impulsa a tomar el binocular, nuevamente…

          -¡A la mier-da! –tartamudea- ¿Y esto?

Entre los surcos que dibuja el agua de los vidrios, las lentes gemelas le permiten divisar una figura mimetizada en la lluvia, una figura de aspecto humano, pero sin masa física, algo así como un contorno que emana vapor, aunque adentro, no hay nada…

“Che Maqui, no tengo idea qué sea lo que veo, pero por las dudas, andá poniendo al tanto a la central. Cambio.”

Surgido desde la vegetación que antecede al río, se ve el contorno de un cuerpo invisible, avanzando. Los dedos del vigilador actúan insistentemente sobre el regulador de alcance, para lograr una aproximación a tal rara imagen…

-(¿Estoy viendo un fantasma?) –se pregunta, intrigado.

Como si se tratase de una escultura traslúcida, con forma humanoide, la silueta que el aguacero transforma en vapor, se aproxima al Pabellón III y lo hace, atravesando el puente de madera que los conecta con la Reserva Ecológica.

 “¡Maqui!, ¿estás viendo eso? Cambio.”

 -¡Pip! Zí zí y lo eztoy grabando, ruzo! ¿Qué ez? Cambio.

A pesar de la persistente lluvia, la misteriosa silueta va dejando tras de sí, sus pasos “marcados a fuego” en el puente de madera, unas huellas imprecisas, que no revelan identidad ni origen…

 “Se acerca a la entrada del estacionamiento subterráneo –advierte Nícolas-. ¡Voy a bajar! Cambio”

 -¡Pip! Tené cuidado, amigo –le responde su compañero, mientras toma el micrófono que lo conecta a su central-, te voy a zeguir por loz monitorez, que funzionan… Cambio.

Hora 00.58

Nícolas no duda en colgar el largavistas en una manija del ventanal, en donde también ata a Pitu y con pasos ágiles, comienza a desandar las escaleras de los pisos y entrepisos, sosteniéndose la gorra. Mientras baja velozmente acariciando los pasamanos, consulta la hora en su reloj pulsera, quien le revela el nacimiento del lunes. Es común que a la medianoche, su primera ronda esté concluida, pero hoy… Hoy es distinto.

 -(¡Vamos vamos!…) –se alienta, para darse ánimo- (Bajo un piso más y al subsuelo.)

 -¡Pip! ¡Lo perdí en la entrada del eztazionamiento, ruzo! Cambio.

 “Prendé las luces, Julián, estoy llegando. Cambio.”

Con su linterna encendida, el vigilador accede por la escalera interna, destinada a los peatones.

-¡Pip! Ya laz prendí, pero laz cámaraz no captan nada, ¿dónde ze metió? Cambio.

Dentro del estacionamiento subterráneo, el tronar de la tormenta se acalla y pasa a segundo plano, aunque aún en las paredes se reflejan los destellos violáceos de relámpagos en decadencia.

 “¿Todos los circuitos, encendiste? Cambio.”

 -¡Pip! Zí Níco, ¿por? Cambio.

“Porque en la entrada al almacén, está todo oscuro. Cambio”

 -¡Pip! ¡Pero acá me figura como luzez enzendidaz! Cambio.

El único nivel del estacionamiento, se vería desierto si no estuviera la camioneta del almacén en la entrada de proveedores. Nícolas, revisa primero la persiana metálica de acceso y descubre un boquete regular -aún humeante- como si lo hubieran seccionado con un soplete.

 -(¡A la mierda!… ¡Como la llegada de Terminator!) –balbucea para sí, asombrado- “¿Estás viendo lo mismo que yo, Maqui? Cambio.” -modula luego, en voz baja.

 -¡Pip! ¡Zí zí! Pareze que hizo eza abertura para entrar. Eztoy avizando a la zentral… ¡Pero voz zalí de ahí, che! Cambio.

Lejos de acatar el consejo de su compañero y obedeciendo a un arranque de curiosidad o tal vez de responsabilidad en su función, Nícolas suelta el retén de la funda de su arma y comienza a inspeccionar el playón.

  “Voy a la entrada del almacén, cambio.” –le adelanta por el radio, sin titubeos.

Casi llegando al sector oscuro donde se encuentra la camioneta, ocurre, que las luces parpadean, se apagan y se vuelven a encender.

 -(¡Hum! Qué rico olorcito a perfume… ¿Se habrá roto algún frasco por aquí?)

El vigilador guarda la linterna y desenfunda el revólver, mientras desde el Pabellón II, Julián Rodríguez va siguiendo sus movimientos por los monitores.

-¡Pip! Eztáz por llegar a una zona donde no andan laz cámaraz, tené cuidado… Cambio.

 “Dale, te voy modulando: Ahora estoy en la harinera, sin novedad y voy al depósito de bebidas… Cambio.”

El vigilador explora cada sección con el revólver gatillado y cuando llega al depósito de bebidas, escucha una sinfonía de pequeñas detonaciones, que le llaman la atención… Entonces, toma la linterna, dirige la luz a los packs de latas gaseosas y ahí descubre que van reventando por sus anillos de apertura, pero no se detiene a investigar y sigue.

 -(Qué cosa rara… las gaseosas revientan solas… ¿Será que los aerosoles, también? ¡Mmm!… Parece que este perfume dulzón, ahora se intensifica…)

Mientras Julián aprovecha para alertar a la central de la extraña situación, Nícolas avanza con cautela y cuando llega a un sector oscuro de la cámara de frío, alumbra y no ve nada, pero se asombra al oír el insistente ladrido de Pitu.

 -¡Hey! ¿Te soltaste, amiguito? -le pregunta, a quien le vino siguiendo el rastro- ¿A qué le ladrás? Acá no hay nadie, che.

Muy nervioso, el animal insiste, hasta el punto de enronquecerse. El vigilador avanza un poco más y descubre un cartón de leche, abierto. Justo ahí, se apaga la linterna.

          -(¿Y ese ruido?) –se pregunta, girando instintivamente hacia la puerta de la cámara de frío- (es raro, que ladre tanto este animalito…)

 -¡Pip! -irrumpe por el transceptor, su compañero-¿Y, Níco, cómo va? Cambio.

El vigilador intenta responder, pero el radio ahora no funciona y entonces deduce que está por su cuenta.

 -¿Ves algo que yo no, amiguito? –le consulta a su bulldog, agachándose para tranquilizarlo.

Sólo algunos truenos -ahora lejanos- hacen de eco a su pregunta.

 -Bueno, tranquilo amigo…

Con el revólver en una mano y la linterna sin funcionar en la otra, Nícolas se acerca con sigilo al cartón de leche abierto y comprueba que está frío, entonces mira hacia la puerta entreabierta de la cámara, tantea el interruptor de la luz, lo acciona y no enciende…

           -¿Quién anda ahí? –interpela con firmeza, a la absoluta oscuridad.

Silencio total.

  -(¡Mmm!… Mejor voy por luz… Así, llevo las de perder. ¡Ah ya sé! Seguro que Ramoncito, tiene los puchos en la chata).

Como conocedor de los movimientos internos del comedor, Nícolas sabe que Ramón -el chofer de la camioneta y fumador empedernido- siempre tiene cigarros. Una vez en el vehículo, abre la puerta y comprueba que está en lo cierto, toma el atado con el encendedor dentro, lo saca y vuelve al refrigerador, con este prendido.

-¿QUIÉN ANDA AHÍ? –vuelve a preguntar en voz alta, apuntando con su arma.

La tenue luz del encendedor, le permite descubrir unas manchas negras en los cartones del piso, algo así como pisadas. Siempre con el arma en su derecha y ahora, el encendedor en la izquierda, el vigilador se anima a entrar a la conservadora de alimentos.

 -(¡Hum! Ese olor a perfume, aquí es más intenso)

Con un cerrado silencio, sólo cortado por el insistente gruñido de Pitu, el investigador recorre las estanterías de fiambres, verduras y lácteos, en busca de algo que no ve, pero lo siente ahí y hasta lo huele…

 -(¡Mi madre, este olorcito me excita!… ¿O será la adrenalina?)

De repente, Pitu se abalanza sobre la nada… es decir sobre algo que no se ve y logra prenderse con su bocota a ese algo que no se ve…

-¿Y ahora? –divaga Nícolas, en voz alta-… ¿Lidiamos con otro Depredador?

  -se oyen unas extrañas palabras en el ambiente, mientras Pitu –aferrado con su mandíbula a algo invisible- se sacude de un lugar a otro.

 -¡ALTO AHÍ, QUIÉN SEA! –ordena el vigilador, sin saber a qué o a quién le dice…

  –se escucha ahora con claridad, desde una voz femenina.

 -¿Qué dice? –se pregunta Nícolas, al tiempo que enfunda su arma, para actuar físicamente con ese algo que lleva de un lado a otro a su diminuto can.

se vuelve a oír, ya en tono más elevado.

Nícolas arroja el encendedor a un costado y no duda en abalanzarse a ciegas sobre esa cosa invisible, de cual Pitu no se desprende…

 -¡Te tengo! –grita entonces, abrazando con fuerza a ese algo que no se ve, hasta caer al piso, pero sin soltar lo que al tacto le parece un cuerpo humano. En ese forcejeo, su gorra sale disparada… Se genera un revolcón y lucha hasta lograr inmovilizar a “la presa”, entonces Pitu la suelta y se aleja unos centímetros, pero sin dejar de gruñir.

 -se escucha con vehemencia, sin entenderse lo dicho.

 -¡Bueno, bueno! –exclama el vigilador en el piso, sujetando desde atrás al extraño cuerpo y justo acá, es cuando al comprimir sus brazos, se da cuenta de que esa cosa invisible de aspecto humano, posee sexo- ¡Tran-quila!… Tranquila…

 -¡Mmmnfff! –es su quejido…

  -¿Qué sos? ¿Qué buscás? -son las preguntas que se le ocurren, mientras retiene a ese “algo desconocido” en la absoluta oscuridad.

  –articula en un idioma desconocido, ese ser supuestamente femíneo… A lo que él responde:

 -¿PERO, QUÉ CARAJO DECÍS? ¡HABLÁ EN CASTELLANO, CHE!

-¡Que me suelte, digo! –exclama -por fin- una frase entendible, el extraño ser.

Después que Nícolas dijo: “castellano”, se habría activado algún dispositivo de traducción, pues ahora el vigilador entiende lo dicho.

-¿Y por qué te voy a soltar? –responde él, tanteando el piso para recuperar el encendedor- ¡Sos una intrusa!

-Porque te vas a quemar… -le advierte el misterioso ser, estimado mujer.

Ni bien termina la advertencia, ese cuerpo invisible comienza a emanar un tremendo calor, que obliga al vigilador a separarse.

 -(¡A la mierda!) –teoriza él- (Es Antorcha Humana, versión mujer, qué hago?)

Una vez despegado de ese ser candente, el joven en apuros encuentra el encendedor.

 -¿Y ahora, dónde estás? –interroga, luego de propiciar una tenue luz.

 -Enfrente de ti –se oye-. Pero no temas, no estoy en este mundo para hacerte daño, todo lo contrario…

El vigilador eleva cada vez más el encendedor, en un intento de ver con quién está conversando.

-¡Pero que ese monstruito, no se me acerque! –advierte luego la extraña, con vehemencia.

-Pitu, se llama y es un perro –le responde-… Un animal distinto a nosotros, ¿nunca viste uno?

 -Como este, no. ¡Es un engendro de la raza!

Con cariño, Nícolas sujeta al perrito que no deja de gruñir y adaptándose a la insólita situación, interpela a la intrusa:

-Pero… ¿quién sos vos?

-Lhexia, un ser humano como tú –responde en la penumbra de un rincón, dejando entrever en su frente, una delgada vincha dorada.

-(Ahora, llegó la Mujer Maravilla) –bromea por lo bajo el imaginativo catamarqueño.

-¿Lo digo bieben tu idioma castellano o español?… Soy Lhexia, un ser humano como tú.

-¿Como yo? ¡No creo!… Yo no soy invisible, ni despido fuego de mi cuerpo -se anima a refutar el vigilador, que sin dejar de alumbrar, se vuelve a colocar la gorra.

Una especie de máscara, mantiene oculto la cara del extraño ser, pero esta comienza a correrse lentamente hacia abajo y Nícolas va descubriendo el rostro angelical de una chica muy joven, de cabello rubio lacio, piel morena y ojos verdes rasgados.

-¿Ah, lo dices por mi aspecto? –replica Lhexia, mirándose su propio cuerpo, aún invisible- Tengo un mono de adaptación que nos invisibiliza y a su vez, nos sirve de protección… Bastante incómodo, por cierto.

El atuendo de invisibilidad sigue corriéndose, descubriendo el cuerpo desnudo de la recién llegada. A medida que esto sucede, Nícolas va abriendo cada vez más sus ojos, hasta que siente vergüenza y apaga el encendedor.

 -Ehhh… ¡pará pará pará! –la exhorta espontáneamente, dándose vuelta- Esperá un poco, voy a buscarte algo para que te pongas, no podés estar así, seas quien seas.

 -Seas quien fueres, se dice –masculla la recién llegada.

 -¿Perdón? –dispara él, sin entender lo que dijo.

  -Bieb, déjalo así.

 -“Bien” se dice –retruca él.

-¡Bieb -repite ella, sin poder corregirlo, mientras elige un yogur bebible- Espero aquí.



(TRADUCCIÓN SYMBOL)

 :-¡Sal de aquí, sal de aquí, sal de aquí!

-¡Quítame este ser de mi pierna!

: -¡Suéltame! ¡Suéltame!

Hora 01.00

Custodiado por su mascota, Nícolas sale de la cámara y va directo al vestuario del personal, mientras los truenos se escuchan ya en segundo plano. Cuando llega, agarra el primer uniforme de camarera que encuentra y un par de zapatos…

 -(Espero sean de su talle) –piensa.

Al regresar, comprueba que las luces ya funcionan normalmente, entonces carraspea.

 -¡Ejem! ¿Estás ahí?

 -Sí –responde ella, dentro del refrigerador y luego se acerca a él, sin manifestar síntomas de frío.

-Ponete esto –le sugiere el vigilador, sujetando la puerta entreabierta y luchando contra el deseo de curiosear.

Un brazo desnudo se asoma por la puerta y toma el uniforme, luego él le empuja los zapatos con su pie. En ese instante, suena el radio.

 -¡Pip! ¡Hola hola, Níco!… ¿Me copiáz? Cambio.

 “Sí Maqui, ahora sí. Cambio.”

 -¡Pip! ¿Todo bien por ahí? Había perdido la frecuencia, che, enzima no tengo vizual en eze zector… Cambio.

 “Sí Julián, algo se había chupado la energía, pero ahora está todo en orden, (creo). Cambio.”

 -¡Pip! Eztán viniendo fuerzaz militarez, me avizaron de la agenzia… Cambio.

 “¿Tenés grabado lo que vimos? Cambio.”

 -¡Pip! Zí ruzo, todo… ¿por? Cambio.

 “Ahora te digo, aguantá un poco. Cambio y fuera.”

 -¡Pip! De acuerdo, te ezpero… Cambio y fuera.

En ese momento, el vigilador toma una iniciativa, saca su arma, se mete en la cámara y apuntando hacia la extraña, le dice:

 -¡Bueno, escuchá bien Mujer Maravilla!; el momento de decirme ¿quién mierda sos, de dónde venís y qué querés?… ¡Es ahora!

El pulso firme de Nícolas, no condice con sus pensamientos temerosos y más ahora, que puede verla de cuerpo entero, ya vestida con el uniforme de camarera y sin la vincha en su frente.

 -Vuelvo a decirte –repite la joven mujer, de aspecto exótico y bello a la vez-, soy Lhexia, un ser humano como tú, con la diferencia, que yo no profiero palabras inapropiadas.

 -¿Y la diadema, Wonder Woman?

 -Está sobre mi nuca, es abatible.

-¡Aja!, pero te hice otras preguntas…

 -Provengo de un planeta igual al tuyo, llamado Xinebia, señor Nícolas Cerwensky –le informa, leyendo la identificación del uniforme-. Mi función es contactarlos, para dejarles unos documentos muy importantes. Y estoy por mi cuenta… ¿Satisfecho?

 -Mmm, me vas a acompañar a la guardia a esperar a las fuerzas de seguridad, sos una intrusa y mi deber es retenerte.

De cuerpo espigado y altura considerable, la extraña visitante da unos pasos y sale de la cámara de frío, bajo la severa observancia de su captor.

 -Yo no tengo inconveniente en ir contigo –le dice la visitante y desviando sus ojos verdosos hacia la entrada, agrega: pero los que me persiguen, lo dudo.

Por instinto, Nícolas gira y puede ver en la persiana de acceso, cómo se va dibujando un gran calado ígneo, provocado por un rayo que atraviesa el metal, mientras lo va fundiendo.

-¿Y eso? –exclama él, guardando el arma- ¿Trajiste compañía?

 -Son Rasters… rastreadores… Mmm ¿cómo le dirían ustedes?… ¡Autómatas! ¡Eso!

Entendiendo la situación, el vigilador le toma una mano y le ordena:

 -¡Vamos, tenemos que salir!

-Te aseguro que nos conviene –agrega la muchacha de rasgos multirraciales, recogiendo su traje de invisibilidad.

A partir de este momento, se inicia una huida vertiginosa por los recovecos del pabellón, que Nícolas conoce perfectamente, seguidos de cerca por Pitu, liberado de su correa y al parecer, amigado con la extraña.

 -¡Qué incómodo este calzado! –se queja, la supuesta alienígena.

 -¡Ah perdón, no conseguí deportivos!

Hora 01.15

Entretanto, un gran boquete provocado por el rayo, se termina de abrir en la persiana y permite ver cuatro seres tenebrosos -con armas largas- que irrumpen violentamente. Lo más sofisticado de su aspecto, es que en donde deberían estar sus cabezas, sólo tienen una esfera -al parecer metálica- rodeada por un estrecho visor horizontal en toda su circunferencia, algo así como un globo terráqueo dividido en el meridiano, presunción de que quizás, puedan ver en todas direcciones, sin necesidad de giros o rotaciones y dentro de esa concavidad, un punto luminoso azul se mueve velozmente.

 -¡Dale! ¿Qué te pasa? –le pregunta el vigilador, obligándola a acelerar el paso.

 -En donde vivo, la fuerza de gravedad es menor –le informa ella-, aquí me cuesta moverme.

Sin soltarle la mano, en medio de una lluvia tenue, Nícolas apura la fuga para ganar la salida y así llegar al Pabellón II donde se encuentra su compañero… La ferocidad de la tormenta aplacó y sólo se ven algunos destellos de relámpagos en retirada.

-¡Pip! Qué paza Nícolaz, ¿veníz corriendo con una chica? Cambio –irrumpe Julián desde el transceptor, viéndolos por los monitores.

 “Sí, escuchame Maqui; apagá las luces del comedor y borrá lo que tengas grabado de esto. Cambio.”

 -¡Pip! Dale, ya lo hago… Cambio.

 “Cuando entremos, bloqueá los accesos a la guardia. Cambio.”

 -¡Pip! Y a la agencia, qué le digo… Cambio.

 “¡No sé, Maqui! ¡Tratá de ganar tiempo! Cambio y fuera.”

Sin saber si se trata de una persecución delictiva o simplemente de un rescate, Nícolas sigue su instinto y se juega por la intrusa.

 -¡Un poco más y llegamos! –grita, mientras cruzan el predio que los separa del Pabellón II, pero la extraña ya no puede moverse.

 -Lo siento –se disculpa ella, respirando agitadamente-, necesito descansar y alimentarme.

El vigilador no duda en alzarla y así, transportarla.

 -Sí, pero acá no podemos quedarnos –le comenta con voz entrecortada, por el esfuerzo de correr-, estamos muy expuestos y esos robots no traen buenas intenciones.

 -Es a mí a quién quieren, no te expongas –le comenta ella, con notoria debilidad-. De todos modos, sus armas no están diseñadas para matar, sólo pueden suspender la materia-másica en el tiempo-espacio… Ustedes dirían: paralizar.

Con Pitu en la retaguardia, casi llegando a la entrada, se dan cuenta que han sido descubiertos y detectan un silbido seguido por un haz rojo, que impacta sobre el perrito, dejándolo petrificado. Nícolas traspone la puerta y tras bajar con cuidado a la joven, vuelve para rescatar a su mascota que parece una estatua, allí siente el calor de otro rayo que lo roza y regresa.

 -¡HIJOS DE PUTA! Si lastimaron a Pitu, se las verán conmigo –sentencia el vigilador, tanteando el revólver.

 -No le hicieron daño –lo tranquiliza, Lhexia-, en un rato se despertará como de una anestesia.

Mientras observa azorado por las cámaras, Julián Rodríguez le avisa que ya abrió el acceso a la guardia, aunque en ese momento, acontece algo nuevo…

 -¡Pip! ¡Tranquilo ruzo! –le comunica la novedad por radio- ¡Loz robotz ze retiran!… Llegó el ejérzito. Cambio y fuera.

Desde el monitor que muestra la entrada al complejo universitario, Julián puede advertir la imponente acometida de un tanque de guerra, seguido por vehículos de asalto que van tomando posiciones. Esta acción, más el sobrevuelo de helicópteros de combate, habrá sido disuasiva para los extraños seres, pues desaparecieron de escena.

 -¡Por fin! –suspira Nícolas.

Trasponiendo la puerta blindada, los agitados perseguidos se tiran en el sofá, bajo la estupefacta mirada del vigilador local.

-Ho-hola… Mucho guzto, zoy Julián –se presenta ante la singular visitante, el vigilador que se asemeja a un barril con uniforme.

-¡Igualmente, Julián! Soy Lhexia, de Xinebia –responde la muchacha vestida de camarera, devolviéndole el saludo, con un intenso abrazo.

Ni bien se desprenden, el obeso vigilador toma una servilleta de papel y comienza a desempañar sus anteojos de gran aumento, sin dejar de mirar a su compañero en espera de alguna explicación.

 -Tranquilo Maqui, es una amiga interestelar –le informa Nícolas, quitándose la gorra-… Deberíamos darle la bienvenida, el problema es que la persiguen unos hostiles y desconozco el por qué.

 -Entiendo, zí zí –responde Julián, con sus ojos desorbitados, manifestando incógnita.

La muchacha empalidece y busca dónde sentarse, entonces y acordándose lo antedicho, Nícolas se dirige a la pequeña heladera de la oficina, agarra un envase de chocolatada abierto y se lo alcanza.

 -¡Gra-gracias! -responde ella con naturalidad, entre sorbitos- Durante la trasferencia a tu mundo me debilité y necesito recuperarme, aquí debo emplear mucha energía para moverme.

 -Ah, mirá vos –se sorprende el catamarqueño- Y uno piensa que las alienígenas no necesitan comer y son invulnerables.

 -Loz de Invazión Eztraterreztre, comián rataz…

 -Tu compañero Julián, ¿se llama así o se llama Maqui? –pregunta ella, un poco confusa.

 -Le decimos Maqui, por su fanatismo hacia un pensador de otra época de apellido Maquiavelo.

 -Ah, sí –asiente la xinebiana-. “El fin, justifica los medios”

 -¡Ah, no no! –le salta Julián- Ezo no lo dijo él, zeñorita, eztá mal informada. Ezo lo ezcribió Napoleón Bonaparte, en la última página de un ejemplar de “El prínzipe” que había leído. Y juztamente, eze libro lo ezcribió el gran Nicoláz Maquiavelo…

 -Ah, perdón, entonces mi base de datos no es correcta y seguramente habrá otros errores… Sabrán comprender.

 -¡Pero che! –bromea Nícolas- ¡Te equivocás, como si fueras de otro planeta!

Hora 01.30

El movimiento militar en los monitores, es contemplado por los vigiladores y la misteriosa visitante, quien no pierde de vista su traje de invisibilidad.

-Che, Maqui, ¿esa, está encendida ahora? –le pregunta Nícolas, sobre la cámara interna de la oficina que se conecta con la agencia central.

-¡Ah, no me di cuenta ruzo, perdón! –le responde Julián, interrumpiendo rápidamente la transmisión hacia el exterior- Ahora la puze en zircuito zerrado.

 -¡Qué cagada! –lamenta Nícolas, señalando a la forastera, quien los mira con cierta ingenuidad- Ahora deberemos blanquearla.

 -Igual, zólo graba imágenez, porque el micrófono no anda –le revela Julián, con cierto sentimiento de culpa.

 -Ajá.

En pose de perro de caza señalando a su presa, Pitu se despabila y comienza a ladrar, mientras es iluminado por el reflector de un helicóptero. Nícolas lo escucha y le abre la puerta de acceso.

 -¡Vamos Pitu, vení con Níco!

Una vez dentro, el can salta a los brazos de su amo y le lame la cara, ante la mirada de asco de la alienígena.

 -¡Che, Níco! Ahí llega el zupervizor –le informa Julián, viendo por el monitor la arremetida del patrullero de la agencia Sesna.

 -¡Rápido! Subí la persiana del pabellón III –le propone el rubio vigilador, organizando un plan.

 -Zí, ya mizmo…

          -¡Mmm! No creo que haya visto la grabación -murmura Nícolas, refiriéndose al supervisor-. ¡Bueno amigo!… ¡Prestá atención a lo siguiente!

Hora 01.35

Suena el timbre en la sala de guardia, el primero en responder, es Pitu con un ladrido ahogado y luego, tras verificar las identidades del supervisor y los dos comandos que lo secundan, Julián les abre.

 -¿Qué está pasando acá? –gruñe el supervisor Esteban Molinari, pitando un cigarro electrónico- Espero puedan justificar esta activación del protocolo de defensa, ¿eh?

 -Buenaz nochez don Ezteban, ehh bueno, tengo la captura de unoz objetoz verdez que pazaron volando zobre nueztraz cabezaz hazia la rezerva y pareze cayeron en el río –le informa Julián, exhibiendo en pantalla el recorrido de un objeto pequeño, dejando una estela verdosa y luego, la incursión de algo incandescente -de mayor tamaño- con un bramido ensordecedor.

 -¡Pasó muy cerca! –agrega Nícolas, observando las imágenes, con la gorra colocada- Pensé en un avión en problemas…

Flanqueado por el capitán Benítez y su ayudante -equipados como para combatir en la Guerra de los Mundos-, Molinari, un hombre excedido en su peso, de aspecto iracundo, barba de tres días y traje ordinario, recorre visualmente el recinto, sin quitarse el cigarro artificial de los labios.

   -Aeroparque no reportó ningún vuelo extraviado –revela entonces, exhalando cuantioso humo blanco, mientras repasa los monitores a la espera de más respuestas- y los radares no detectaron nada extraño; aunque usted, por radio mencionó que un ser invisible caminaba bajo la lluvia, dejando huellas negras, ¿tiene registro de ello?

-No, de ezo no, zeñor… Quizá me confundí con tanta lluvia y me parezió ver cozaz…

-Así que “le pareció ver cosas” ¿eh? –ironiza Molinari, abriendo la puerta de una pequeña heladera, para sacar una gaseosa.

-Azí ez, zeñor –responde Julián y le informa: zon todaz lightz, eh.

-Ajá –bufa el supervisor, no muy convencido de ese relato.

Molinari, es el típico jefe rezongón y mal visto por todos sus subordinados, tal vez, para esa jerarquía, se trate de una atribución natural que lo convierte en blanco de maldiciones e insultos y casualmente, en este momento, acontece algo raro, pues antes de abrir la gaseosa, se le revienta en la mano, derramando el contenido en su traje.

-Las autoridades chilenas, nos alertaron sobre unos OVNIs –prosigue luego, tratando de disimular el percance.

-Que después de sobrevolar su espacio aéreo se dirigían hacia aquí –agrega el capitán Benítez.

Nícolas, nota algo inquieto a Pitu en un rincón de la sala, tal vez, porque el animalito está olfateando a alguien que no se ve.

-Y en estos momentos –continúa Molinari, mientras se va secando la chorreadura-, a pesar del mal tiempo, la Armada está examinando el río. Así que ahora mismo, nosotros iremos a investigar qué sucedió con estos objetos voladores.

Justo en ese instante, se corta la energía eléctrica y los comandos se ponen en guardia, activando las miras infrarrojas de sus armas.

 -¡Rodríguez!… ¡Encienda el equipo de energía auxiliar! –le ordena el supervisor, desde la oscuridad.

 -Ezo intento zeñor, pero no arranca.

Los soldados tratan de comunicarse, pero los radiotransmisores están inoperantes, al igual que las linternas con las que intentan iluminar. Molinari pita con insistencia su cigarro electrónico, intentando que su tenue luz pueda darle un poco de visión, también en vano, entonces Nícolas prende el encendedor del almacenero y recién ahí pueden ver algo. Todo transcurre en un silencioso clima de tensión, interrumpido solamente por los ladridos de Pitu… Esta situación, recién se normaliza cuando a través de la puerta abierta, les llega una resplandeciente luz desde un vehículo militar…

 -Todo está bajo control, Molinari –le comunica al oído, el capitán Benítez, ya interiorizado-, se trata de una ausencia de energía en este sector, estamos trabajando para establecer su origen.

 -¿Y usted, Cerwensky? ¿Por qué no estaba en su objetivo? –lo cuestiona tardíamente el supervisor, retomando su pesquisa en penumbras.

 -Estaba en el III, señor, pero hubo un desperfecto en la persiana del estacionamiento que la dejó enrollada. Por eso vine a ver el tablero central, pero no lo pude arreglar.

Obviamente, este relato esconde un plan de protección a la muchacha interestelar y Nícolas, se ampara en que las fuerzas de seguridad no detectaron lo que realmente pasó; aunque el mal entrazado supervisor, tiene sus dudas y está decidido a investigar el recorrido de ese “ser caminando bajo la lluvia” denunciado antes, por Julián.

-Bien Cerwensky… Póngase equipo de fajina, me va a acompañar –le ordena Molinari, en tono arrogante.

Respecto a la actitud del supervisor, Julián murmura una frase, citando a su venerado Maquiavelo…

“Todo el mundo ve lo que aparentaz zer, pocoz ezperimentan lo que realmente erez.”

Hora 01.45 Escenario 2 (Reserva Ecológica)

La ferocidad del clima disminuyó, ello permite que la comitiva investigadora se movilice ágilmente bajo la observancia de tácticos ocultos. Helicópteros sobrevuelan el amplio predio con sus reflectores encendidos y uno en especial, enfoca al pelotón encabezado por Molinari y el capitán Benítez. Luego de recorrer los cien metros que los separan de la Reserva Ecológica, los expertos -munidos de equipos electrónicos- comienzan el rastreo. Al llegar al puente rojo de madera, Molinari se agacha dejando flotar una nube de humo de su cigarro y explora unas extrañas concavidades negras, similares a pasos “marcados a fuego” y les solicita a los técnicos, el análisis de estas pruebas.

 -(Conque al gordito “le parezió ver cozaz”) –piensa entonces, burlando a Julián por su pronunciación.

Nícolas, vistiendo uniforme militar, casco y capa de lluvia, al ver esas huellas recuerda las pisadas candentes en los cartones del comedor.

 -Parece que alguna vez alguien pasó por aquí y dejó su huella –le ironiza el vigilador, a quien no es de su simpatía.

 -Así es –asiente el supervisor, poniéndose de pie. Y mirando hacia el complejo de cemento y vidrios, reflexiona-… Pasó, pero no regresó.

 -Tal vez alguna práctica de Arte, de los estudiantes –comenta Nícolas, en un claro intento de desviar la conjetura del investigador-, parecen hechas con una plancha, ¿no?

Mientras los peritos dialogan entre sí, Molinari no deja de mirar hacia el complejo universitario, separado de ellos por un foso de agua estancada. Luego de un instante, se aboca al seguimiento de las huellas.

 -¿Podemos rastrear de dónde provienen estas… pisadas? –pregunta entonces, al operador del detector Geiger.

El técnico asiente, pero le indica que necesita la orden del capitán Benítez, quien a su vez responde a un mando remoto. Al cabo de dos minutos, comienza el despliegue de la infantería, que se interna en la empapada selva subtropical con perros rastreadores.

Hora 02.00 Escenario 1

En la sala de vigilancia del Pabellón II, iluminada por un reflector externo, acontece algo insólito…

 -Hola Julián, estoy aquí –dice Lhexia desde un rincón, exhibiendo únicamente sus ojos.

 -Ah, zí zí, ¿Có-cómo eztá, zeñorita? –responde el vigilador, al darse cuenta que no se encuentra solo.

-Necesito pasar al baño…

 -Zí, ¡aproveche ahora, que no hay nadie! –responde el gordito de tez muy blanca, retrocediendo unos pasos-… ¡Igual, no la pueden ver!

 -Bieb.

           -Y por favor, evite que ze me revienten todaz laz gazeozaz…

 -Bieb, ja, ja, ahora debo quitarme el mono de invisibilidad.

 -¡Ah, zí zí! Entiendo, ezpere que le buzco una vela, eztá ozcuro ahí.

 -No te disgustes, se va a hacer la luz…

La puerta del baño se abre y se cierra sola, Julián alza a Pitu y va hasta la entrada para observar el movimiento de los soldados. Cerca, hay dos uniformados y más allá, se ven las maniobras de vehículos artillados, listos para la acción.

 -Tranquilo amiguito –le dice al can, acariciándole su gran cabeza-, eztamoz haziendo hiztoria… Ya lo dijo el gran Maquiavelo: “Nada grandiozo fue jamáz conzeguido zin peligro”

Transcurridos unos minutos, regresa la luz y se reconfiguran los dispositivos electrónicos. En esos instantes, el vigilador escucha la descarga de agua del inodoro y unos segundos después, el típico sonido de la ducha…

 -(¿Ze, eztá bañando?) –se pregunta, sorprendido y acercándose a la puerta, murmura para sí: (¡En fin, la eztética primero!)

En las instalaciones cercanas, los electricistas revisan tableros y centrales de computación, sin descubrir lo sucedido, al tiempo que Julián ve por los reiniciados monitores, el despliegue de las fuerzas militares irrumpiendo en los distintos pabellones y en los campos deportivos adyacentes, revelando una gran búsqueda. Luego de unos minutos, la energía en la sala se interrumpe nuevamente y la iluminación vuelve a depender del reflector externo.

 -Muy ordinaria, esa emulsión de aseo, Julián –le critica Lhexia al oído, desde la invisibilidad y ello le provoca, tal susto al vigilador, que suelta a Pitu de sus manos.

 -¡Pe-pero ezo ez ezpuma de afeitar, zeñorita! –le aclara, con expresión de asombro- Para ducharnoz, uzamos jabón… (Ah, ze acabó, zierto).

La extraterrestre, deja escapar el sonido de una risita, descubriendo sólo sus rasgados ojos verdes.

 -Aunque ambos, somos humanos –comenta ella, luego-, no hay dudas que nos separa un mundo de diferencias…

 -Lo que zuzede con la luz, ¿uzted tiene que ver?

 -¡Ja, ja! Sí, es mi mono que absorbe la energía de todos los sistemas en un área cercana, caso opuesto, pierdo la invisibilidad y también la protección.

-Ah, claro… No tiene bateríaz de rezerva –acota el vigilador, desde su instrucción técnica.

-¡Algo así! –asiente ella- Por eso, a mi paso, el mono va absorbiendo toda clase de energía y ello origina el apagón de luces y que los aparatos electrónicos dejen de funcionar, sobre todo de noche, pues de día se carga con la energía del sol.

-¡Admirable! –exclama Julián- Eze, zería el prezio de la invizivilidad.

-Y debido a esto, no es difícil localizarme de noche -le aclara ella, haciéndose visible-, porque voy dejando todo oscuro a mi paso. Además, el exceso de energía absorbida se disipa en forma de calor por estas plantillas -para ustedes el calzado- y eso, va chamuscando el material frágil que piso.

-¿Viene de lejoz, no? –pregunta el humano, desbordado de interrogantes.

 -No más allá de tu mismo sistema solar, estamos relativamente cerca, sólo que ustedes no nos pueden ver, ni oír. La Tierra y Xinebia son planetas gemelos, ambos nacieron en el mismo instante en que se formó el universo.

-¿Y, cómo entiende nueztro idioma?

 -Por medio de este conversor –le hace ver la vincha, trayéndola hacia su frente-, además de otras funciones, puede traducir simultáneamente todos los idiomas universales; aunque con ciertos dialectos, se me complica.

 -¡Increíble! –exclama él, asombrado- ¡Y pivotea zobre zuz zienez!

 -Sí, es una aplicación electro-biológica obligatoria para todos los habitantes de Xinebia, es como vacunarse -le informa la extraterrestre, alzando su dorado cabello de la frente.

-¿En todo el planeta?

          -Sí, cualquiera sea la raza o religión –continúa Lhexia-. Ni bien cumplimos tres periodos fríos (años para ustedes), a través de una cirugía neurológica en cada sien, se nos implanta un –ustedes dirían puerto USB- vinculado directamente a nuestro cerebro y a partir de allí, podemos ir conectado distintos conversores o vinchas, a los largo de nuestras vidas. De esta manera, podemos utilizar una técnica de interacción universal, por medio de nuestros pensamientos, sin necesidad de oprimir botones, ni dar órdenes fonéticas. Y por supuesto, muchas otras funciones, según el conversor que se conecte.

-¡Admirable! –reconoce Julián y pasa a otra inquietud-… Y loz robotz que la ziguen, ¿por qué lo hazen?

 -Ustedes dirían: Es una larga historia… Con más tiempo, les contaré; pero ahora me inquieta el muchacho. ¿Sabemos algo de él?

 -Zi tuviéramoz energía, podríamoz ubicarlo en zu teléfono móvil –sugiere el vigilador, acomodándose el uniforme.

 -Eso podemos arreglarlo –especula ella-, antes debo volver a la reserva a intentar contactar a los Esplenders en mi planeta, pero tú deberás justificar mi presencia, aquí.

Al cabo de unos minutos y con la energía restablecida, Julián se asoma a la puerta y encara a uno de los guardias.

 -Eehh, ¿cómo va ofizial? ¿Dezea tomar algo caliente? ¿Pazar al baño tal vez? –le ofrece con simpatía al comando, quien desde un rostro ennegrecido por el camuflaje lo mira con indiferencia marcial- ¿Qué nochezita, no? Eehh quería comentarle una cozita… Uzted zabe, eehh llueve, hay viento, domingo a la noche, uno eztá de guardia zolo… y bué, zin hazerle mal a nadie uno invita a una amiga a tomar unoz matezitoz… ¿Me entiende no? ¡Y bueno! Rezulta que una chica eztaba zaliendo con mi compañero… Pe-pero ze pelearon, uzted zabe, ezaz peleaz de jóvenez y ze prezentó ezta zituazión de imprevizto y eza chica vino a verme y ahora eztá aquí conmigo y bueno… mi zupervizor podría regrezar de un momento a otro y zi la dezcubre… yo me quedo zin trabajo y mi compañero me capa ¿me entiende?

Quince grados Celsius, es una temperatura agradable, pero no como para transpirar y Julián lo está haciendo. Al parecer, logra convencer al guardia de hacer “la vista gorda”, pues este se retira unos metros a conversar con otro y así, Lhexia, vistiendo su uniforme de camarera y con su traje en una mochila, puede salir sin ser advertida. A partir de ese momento, el regordete vigilador retoma el control de su guardia y después de colocarle agua en un platito a Pitu, intenta contactar a su compañero.

Hora 02.45 Escenario 2

La selvática reserva de flora y fauna que comienza en el Río de la Plata y termina en el foso perimetral de la edificación universitaria, se ve invadida por patrullas militares y helicópteros, rastreando cada tramo de la misma, bajo una molesta llovizna. El supervisor Molinari y el capitán Benítez, continúan la búsqueda de algo que provino del espacio y creen amerizó muy cerca. Nícolas los acompaña, protegido con una capa de supervivencia y unas botas militares que le molestan.

 -Perdón, Molinari -masculla Nícolas, muy pegado a él-, ¿qué buscamos?

 -Cuando lo encuentre, le digo –refunfuña el supervisor, envuelto en la nube de vapor que despide su cigarro.

Si bien, el terreno se halla tapizado de vegetación, es mayormente plano, entonces no existen cuevas ni depresiones que dificulten el rastrillaje, por tal y en pocos minutos, llegarían a la ribera del río.

 -¡Molinari, vea esto! –le dice el capitán Benítez, unos pasos atrás.

Todos regresan para ver unas plantas chamuscadas, en forma de círculos.

-Acusa una lectura radiactiva leve –les informa un perito, recorriendo con el detector Geiger todas las circunferencias.

 -¡Acá hay otras más, señor! –exclama un soldado, distante algunos metros.

El equipo técnico se dirige a investigar, mientras los comandos camuflados se despliegan en actitud preventiva.

-Son cuatro anillos de un metro de diámetro, señor -define un técnico midiendo con un dispositivo láser- y tienen una separación cuadrangular de unos cinco metros entre sí.

 -Mmm… ¿Cuatro sujetos en cohetes propios? –masculla el supervisor, con el cigarro entre los labios.

 -(¡Zas! Llegaron los “Iron man”) –piensa Nícolas, esbozando una sonrisa.

 -¿O varios sujetos en un cohete de cuatro patas? –murmura luego el supervisor, cerrando su hipótesis.

 -¿Vio la peli “Señales”, jefe? –replica el vigilador, con ironía.

Las fantasías que Nícolas plantea, no son tan descabelladas, considerando la situación actual, él vio con sus ojos y vivió un encuentro cercano de primerísimo tipo y estuvo a punto de quedar “fosilizado” por unos seres, reales.

-Plantas quemadas, a pesar de la lluvia… Raro ¿no? -desliza Nícolas en voz alta, intuyendo para sí alguna relación con los perseguidores de Lhexia- ¿Y los perros qué dicen, capitán?

-No encuentran rastros…

-Me di cuenta, están desorientados, como suricatas en la Antártida.

Hora 03.00

En las oscuras y agitadas aguas del Río de la Plata, la Armada revisa cada tramo de su superficie con sofisticados equipos, lanchas de rastreo del fondo marino y hasta un submarino. Y desde el aire, helicópteros y drones con visión nocturna.

Molinari, Benítez y algunos soldados, emprenden el regreso sobre sus mismos pasos con escasas novedades, los sigue de cerca Nícolas, procurando hallar alguna explicación de adónde se metieron esos cuatro autómatas con su nave y qué hacer con la joven extraterrestre.

-(¿Será peligrosa? ¿Encabezará una invasión?)

Ya faltando poco para alcanzar el puente de madera “yerrado”, el joven siente la vibración de su celular, lo toma con cierto disimulo y descubre un mensaje de Julián:

     Hice pasar a la chica como mi novia,

     salió vestida de camarera para

     contactarse con su gente y luego

     regresará.

En ese momento, Molinari también recibe un mensaje en su celular, pero de la agencia Sesna.

Hora 03.20 Escenario 1

Iluminados como si fuera el día, los tres gigantescos pabellones y los edificios anexos, dan un aspecto de película de acción en rodaje. Movimiento de vehículos blindados, tableteo de helicópteros rondando y soldados apostados en pie de guerra, cierran el dantesco espectáculo.

De regreso en la sala de guardia, Molinari y su custodia revisan los monitores de vigilancia, como buscando en las imágenes las respuestas que necesitan encontrar, mientras Nícolas, despojándose se su incómoda capa, acaricia a su mascota y le dice:

 -¡Hola amiguito! Te extrañé ¿cómo estás? –adormecido en un rincón, Pitu lo mira complaciente, pero finalmente el sueño lo domina.

Pensativo, Molinari da un par de vueltas por el recinto y finalmente se quita su inseparable cigarro de la boca, para pedirles a los custodios que lo dejen a solas con sus subordinados… Luego, tras cerrarse la puerta, el supervisor ruge…

-¡Bien, señores! Cuentenme lo que saben, porque lo que ocultan, ¡ya lo averigüé!

Ofuscado, el supervisor coloca su celular sobre el escritorio y les muestra el video que le enviaron desde la central, en donde se ve a una mujer junto a los vigiladores.

 -Ah zí zí, don Ezteban –reacciona primero Julián-, ez mi novia… Vino a zebarme unoz matez… Pe-pero no lo haze ziempre, eh. Y bueno, no me parezió nezezario contarlo en medio de ezta criziz, ¡perdón!

 -¡Ajá! Y su novia, viene a visitarlo una noche de domingo, ¿vestida de camarera? –juzga Molinari, echando humo como una locomotora.

 -No, claro –interviene Nícolas, tomando cartas-, yo la vi, pobrecita, se empapó con la tormenta y le conseguimos ese uniforme; mañana lo devuelve… Limpio, por supuesto.

 -¡Ezo ezo! –adosa Julián, acomodándose los lentes-, ¡Claro! Mañana lunez… Bueno, lunez zería hoy, ya.

 -Vean señores –arenga Molinari, agitando su rostro enrojecido y la flácida papada, al ritmo-; si llego a descubrir o enterarme que me ocultan información, del voleo en el orto que van a recibir, van a cruzar a Uruguay, sin escalas… ¿Entendido?

 -¡Zí zeñor! –se apresura a responder Julián, mientras Nícolas asiente con la cabeza- Y zi me permite una zugerenzia don Ezteban, no abuze de eze vaporizador, le haze tanto mal como el zigarrillo de verdad, ademáz eztá prohibido, eh.

El supervisor ignora el consejo y sale de la habitación rumiando para sí:

-(Conque… un ser invisible caminando bajo la lluvia, que deja huellas negras, ¿no?) -y sin darse vuelta, agrega en voz alta: ¡Ah, revisen esa cámara…! Dejó de operar después que grabó a su novia…

Hora 03.30

Una vez a solas, los compañeros de vigilancia se miran, entendiéndose. Y Maqui, aprovecha para meter uno de sus oportunos comentarios…

 “Nunca intentez ganar por la fuerza, lo que puede zer ganado por la mentira”

 -¡Pufff! ¡Safamos! –suspira Nícolas, mientras observa por los monitores, la retirada de la comitiva investigadora.

 -¡Inzizto con la genialidad del maeztro! “Ez mejor actuar y arrepentirze, que no actuar y arrepentirze”

   -Es verdad eso, pero contame qué onda acá -lo interpela luego, Nícolas, colocando agua en la pava eléctrica para preparar los mates que se debía.

 Julián responde con una pregunta…

 -¿Eztáz zeguro de lo que hazemoz, ruzo?

 -No tengo gran experiencia con alienígenas, amigo –reflexiona su compañero y guiñandole un ojo, agrega- pero a esta, le creo; es coherente y ya vimos cómo la persiguen, no podemos dejarla a merced de esos Rasters y mucho menos, exponerla a nuestros soldadescos…

Observando por los monitores una cierta relajación de las fuerzas de choque, Nícolas se quita el uniforme militar para volver al suyo y se aboca a la preparación de la infusión caliente, en un recipiente de calabaza curada, mientras Julián saca de una alacena un paquete de bizcochitos de grasa.

 -Ya ez la madrugada, ruzo… Tengo un hambre atroz.

 -¿Dónde está el edulcorante, Maqui? –pregunta, saboreando los bizcochos salados.

 -No tengo, pero hay azúcar.

 -Entonces, mate amargo, querido; no voy a enrolarme para diabético -reza el delgado vigilador, dando las primeras sorbidas a la bombilla del mate.

-Qué coza rara ezta chica venida de lejoz, ¿no?

 -Dijo ser humana –revela Nícolas, mientras le alcanza un mate a su compañero.

-Me contó que ez de un planeta igual al nueztro, pero que no podemoz verloz… ¿Zerán de otra dimenzión?

 -Xinebia…

 -Ah zí… ¿Y cuántoz añoz tendrá?

 -¿El planeta o ella?

 -Ella ella.

 -Le calculo unos veinte, de los nuestros.

 -¡Ah zí ja, ja, ja! Capaz tiene doz mil, pero qué bien huele ¿no?

 -Ah, ¿te diste cuenta?

 -Y qué linda ez, ¿no?

 -Muy…

-No zé por dónde andará ahora, pero tenéz razón, debemoz protegerla… Al menoz hazta que ezcuchemoz zu hiztoria.

La presente tranquilidad, no dura mucho, pues la energía eléctrica, nuevamente se desvanece, dejando a oscuras el recinto.

-¡Otra vez! –protesta Julián, revisando los cajones en busca de velas.

Nícolas recurre a su encendedor y mientras lo chispea, escucha que la puerta se abre y cierra sola, entonces con mucha tranquilidad, comenta:

 -Llegaste justo…

Julián deja de rumiar su alimento, para mirar hacia la entrada, pero no ve a nadie.

 -¿Justo para qué? –se escucha en voz femenina, desde la invisibilidad.

 -Para probar nuestro mate –responde el vigilador, cebando uno espumoso, con gran parsimonia.

Julián agranda los ojos y se sorprende, pero se amolda a la situación.

 -¡Zaz! Regrezó la mujer invizible…

Julián, se va acostumbrando a las inesperadas apariciones de la xinebiana, pero no a su materialización corpórea, la cual se va manifestando, a medida que se va despojando de su traje.

-¡Eeeh, pará pará! –le dice Nícolas, alcanzándole su capa de lluvia para cubrir la desnudez de su cuerpo.

Tras algunas intermitencias lumínicas, a medida que la extraterrestre se va materializando y cubriendo con la capa, comienza a restaurarse la energía eléctrica. En ese instante, en la intimidad de la sala, nace un coloquio universal.

 -¿Todo bien, Lhexia? –pregunta Nícolas, acercándole la espumante infusión.

 -Digo… ¡bieb, sí!

Nícolas sonríe, entendiendo el inconveniente de la visitante a la adecuación lingüística.

-El mate está caliente -le advierte luego-. Aunque a vos, el calor no te preocupa, ¿verdad?

 -¡Ah! Adivino por qué lo dices -responde ella, probando con cuidado la infusión-, pero eso, sólo sucede con el mono puesto.

 -¡Perdón zeñorita! Con el ruzo tenemoz dudaz zobre zu edad –pregunta Julián, convidándole un bizcochito.

-Veintiún pasajes fríos… Años, para ustedes.

 -Ah, mayor de edad… Tal vez te fuiste de casa y papi te mandó a buscar -agrega Nícolas, armando una historia.

 -Error –corrige ella, devolviéndole el mate ya consumido-, él me envió y los rastreadores me siguieron.

 -¿Alguna relazión con Kriptón? –bromea Julián, sin dejar de observar los monitores.

 -Eso es fantasía Lhexia, no se refiere a un planeta real.

 -Lo sé Nícolas, pierde cuidado –aclara ella, acomodándose en una reposera plástica, mientras muerde un bizcochito-. Sabemos mucho de ustedes…

Hora 03.45

La exótica visitante apoya su cabeza en la reposera y con una mano vuelca hacia adelante su vincha. Los vigiladores, se llevan una gran sorpresa al verla abrir su cabellera como una cortina, para que desde el centro del convertor, un haz luminoso comience a proyectar imágenes holográficas.

“Los terrícolas –comienza a relatar, como poseída por un automatismo-, exploran el espacio en pos de nuevas conquistas casi obsesivamente y envían sondas, estaciones espaciales y satélites con información y datos en donde cuentan sus costumbres e intenciones en todos los idiomas, así como su pluralidad cultural, su música, etc.

 -(Mmm… Ezta noche tenemoz zine gratiz, Pitu) -le susurra, alzando al can.

 Todo el tiempo, ustedes nos bombardean con incontables señales y ondas radioastronómicas, imposibles de ignorar… Hace más de cien pasajes fríos, algunos de nuestros científicos violaron los protocolos de seguridad y pudieron hacer contacto radial con un inventor de apellido Tesla y así brindarle información esencial para ayudar a los hermanos terrícolas, pero cuando Tesla lo hizo público, nadie le creyó…

 -(Nikola Tezla) –le sopla Julián a su compañero, embelesado con la narración visual- (el inventor de la corriente alterna y tocayo tuyo, je).

El contacto con este investigador, fue hacia fines de vuestro siglo19 –agrega Lhexia, mientras sus ojos verdes siguen la historia proyectada desde la vincha-, Tesla había inventado un primitivo radiotransmisor, con el que mis antepasados científicos lograron sintonizarse y hasta llegaron a enviarle información sobre cómo obtener energía libre a través de unas gigantescas antenas. Y le enseñaron la manera de hacerlo, a través de un sistema de transferencia de electricidad, que podía llegar a todos los rincones de la Tierra, sin necesidad de arancelarla…

 -¡Pero! –prorrumpe Julián-… Como ziempre ocurrió, loz mezquinoz interezez de loz humanoz prevalezieron y por ezo, debemoz pagar por eza energía.

 Respecto a nuestra historia –se extiende la joven, ejercitando extraños parpadeos-, debo contarles que los primeros hombres y mujeres xinebianos sufrieron padecimientos a manos de una raza malvada denominada Tirren, pero al cabo de una gran lucha, lograron liberarse de tal sometimiento y gracias a aquella gesta, actualmente vivimos en absoluta paz. Entre los xinebianos, ya no existe la maldad y sus ramificaciones, ya no hay odio, ni las consecuencias que ello ocasiona y cuando detectamos un intento de rebrote de tan mala semilla, por medio de la ciencia médica, lo neutralizamos…

 -Mmm, pero entonces los gorilas que te siguen, serían una excepción -opina Nícolas, casi irónicamente.

No, los Rasters son vigiladores cibernéticos que resguardan nuestro mundo, evitando que nada ni nadie salga o entre a él, una especie de guardia interplanetaria de fronteras, apostada en la periferia xinebiana –sería para ustedes la ionosfera-. Esta guardia se formó después de que en nuestra prehistoria (como relaté), los primitivos xinebianos desterraran a esta tribu maléfica que hasta esa Era, tenían el dominio absoluto del planeta. En los comienzos de nuestra civilización -Génesis para ustedes- estos Tirrens eran portadores de un terrible Gen y sometían a las poblaciones, apoyados por unas criaturas gigantescas parecidas a los crustáceos de aquí que llamamos Topenants. Cansados de tanta explotación y sufrimiento, quienes carecían de este Gen, lucharon contra los Tirrens y sus monstruos durante violentos períodos fríos, hasta que lograron vencerlos…

 -Ze nota, que nueztra hiztoria no fue azí –murmura Julián, aceptando su turno en la mateada-, gente como ezoz Tirrenz, acá noz zobra.

 -Es verdad –agrega Nícolas, apoyando la conclusión de su compañero-, nuestro planeta, siempre fue un quilombo.

En Xinebia aún quedan Tirrens agazapados con ganas de volver, pero están limitados en recursos y necesitan conseguir energía de donde fuese para re-equiparse –aclara la extraterrestre humana, ahora con una mirada hipnótica-. Gracias a aquella cruzada, ya no padecemos los conflictos y guerras que nos encaminaban hacia la autodestrucción. Y a partir de ahí, aprendimos que debemos destinar todos nuestros recursos a combatir ese Gen cruel, propio de la estructura humana y lo hicimos, orientando la mayor parte de los esfuerzos en una única dirección: La investigación biogenética de la especie humana… y de esa manera, también pudimos erradicar otros males como el cáncer, algunas malformaciones congénitas y cuantiosas desviaciones en el comportamiento humano. Además, nuestra calidad de vida aumentó notablemente y en la actualidad gozamos de una longevidad sana, con cien períodos fríos en promedio…

-¡Mmm! No zé –balbucea Julián-, Nicoláz Maquiavelo afirmaba que: La malignidad humana ez ineludible y no puede zer erradicada.

Sin embargo, Julián -le sale al cruce la xinebiana-, en contraposición a eso, Edmund Burke dijo: Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada.

Julián queda boquiabierto al darse cuenta del gran nivel de conocimiento filosófico que posee la extraterrestre y Nícolas, más pragmático, la alienta a continuar…

-Y entonces tus padres te enviaron con un mensaje para la raza terrestre -conjetura, pasando una mano por la holografía como intentando descubrir algún efecto.

          Mis padres, pertenecen a un círculo científico que desde hace incontables períodos fríos estudia la genética humana y han sido quienes consiguieron erradicar este famoso Gen del mal de nuestra especie y lo denominaron p3-8j.

-¡Zí, ez verdad! –exclama Julián, mientras sorbe su mate amargo- Leí en reviztaz zientíficaz zobre un gen del mal, pareze que muchoz lo tenemoz, acá le dizen el Gen del guerrero…

Y sabiendo, de la presencia de los hermanos terrícolas en el universo –prosigue Lhexia- y de las históricas tragedias que les han causado estos genes hereditarios, hace bastante que mi gente está intentando enviarles las fórmulas biomoleculares que les ayudarán a extirparlos de su genética…

-Y tuviste que venir personalmente, porque tu planeta existe en otra dimensión -razona Nícolas, siguiendo el relato- ya que no hay manera de contactarse con nosotros, al igual que nosotros con ustedes…

Así es… Para no abrumarlos con datos y detalles técnicos, les simplificaré la información: Después de varios intentos fallidos, en el año 1977 de vuestro calendario, mi gente, finalmente pudo comunicarse. Por esa fecha, un nutrido grupo de científicos de diversas áreas de la radiocomunicación, montaron un código de enlace sobre una onda electromagnética que se dirigía a la Tierra, una onda portadora sin datos, que procedía de una lejana constelación de estrellas, entonces le acoplaron la información en un código universal para poder ser descifrada aquí por ustedes, pero sólo llegó una minúscula fracción que duró 72 segundos y luego se perdió el contacto con la Tierra…

Observando su celular de reojo, Julián le sopla al oído unos datos a su compañero…

 -(Ez zierto Níco, eztoy gugleando y dize que el 15 de agozto del 77 ze rezibió una zeñal mizterioza que llamaron: ¡Wow!)

-¿Y entonces…? –pregunta Nícolas, ansioso.

Viendo lo imposible de comunicarse –prosigue Lhexia con sus imágenes holográficas-, esta comunidad de científicos ideó una tecnología ultra-dimensional y diseñó la nave con la que llegué, pues en Xinebia, desarrollar técnicas aeroespaciales está prohibido…

-Entiendo –acota Nícolas, deduciendo-, no les dejan experimentar con naves que les permita salir de su planeta… ¿Y quién rige este dominio?

Un “Ente” que es un “todo”, lo llamamos LYS… Algo difícil de explicar, pues no se trata de un ser o algo tangible que posea el control absoluto del planeta, pero para contarles esto, aún cuento con 19 horas más…

-(Me perdí, ruzo) –le susurra Julián a su compañero, desbordado de tantas novedades.

-¿Ajá? –carraspea el rubio vigilador-, ¿cómo es eso, Lhexia?

En resumen, este grupo de científicos que apoyan a mis padres idearon un plan de escape de Xinebia que funcionó bien porque lograron enviarme con la fórmula precisa que va a solucionar la mayoría de vuestros males. Y lo hicieron, violando normas de seguridad muy estrictas, pues se arriesgaron a la expulsión del planeta, lo que les ocasionaría un muerte segura…”

La luminosidad de las imágenes, se refleja en los anteojos de Julián y en los ojos desorbitados de Nícolas, vigiladores convertidos en testigos ocasionales de un suceso increíble.

-¿Y cómo ze llama la comunidad que apoya a zuz padrez, zeñorita? –se anima a preguntar Julián, rebasado por la curiosidad.

 -Esplenders…

 -¿Y cuál sería la causa de tanto aislamiento en el universo? –inquiere Nícolas, estudiando las ilustraciones-… Amplío mi pregunta: ¿Saben por qué no pueden comunicarse o hacerse ver?

         Para la Tierra, Xinebia no existe porque somos un mundo en otra dimensión y los portales dimensionales nunca se abren… Nosotros sabemos de ustedes, pero ustedes no de nosotros y aún desconocemos el motivo; la ciencia aún no pudo determinar la particularidad de nuestra existencia invisible a los demás, se piensa que tal vez consista en una especie de camuflaje cósmico, que nos aísla del resto del universo para conferirnos algún tipo de protección. Tal vez nuestros científicos o los suyos, algún día lleguen a descubrirlo…

 -¡Pero!… Vos ahora estás aquí y sos de carne y hueso… ¿O no? -insiste Nícolas, con otras preguntas.

 -Sí y tengo frío –manifiesta la visitante, envuelta en la capa de lluvia.

 -Ah zí, ¡perdón! –se disculpa Julián, dándose por aludido- Ya le alcanzo algo mejor.

En una rápida acción, el dispuesto vigilador va hacia el baño, descuelga su propia ropa particular y regresa…

 -Zeguro ez muy holgada para uzted, pero al menoz la va a abrigar…

 -No preocupes Julián, todo bieb  –responde ella, entremezclando su lenguaje.

Mostrando una desprejuiciada intención de cambiarse ahí mismo, la extraterrestre se pone de pie y comienza a quitarse la capa de Nícolas, quien corre hasta el interruptor de la luz y la apaga, pero la iluminación de los monitores permite distinguir la silueta de la muchacha, que los hombres evitan mirar.

-Ezteee –arranca Julián-, me emoziona eztar zerca de una alien… bueno, por zupuezto ze nota que uzted ez una chica… Aunque viva en otra dimenzión y uze ziempre una vincha.

La extraterrestre, retoma la narración con una explicación…

Cuando abandoné el campo gravitacional de Xinebia, sentí un cambio, es verdad, pero no modificó mi contextura física; allá y acá, soy igual, al menos hasta ahora. De lo único que estoy segura y no me agrada, es que acá peso bastante más…

Los tres ríen, festejando la broma.

Y sobre nuestra constitución humana -reanuda Lhexia, con una colorida descripción visual de su propio cuerpo-, puedo afirmar que anatómicamente, somos iguales a ustedes, lo único que nos distingue, es la actual configuración genética… Nosotros ya no portamos el p3-8j.

-Pero nozotroz, zí –resume Julián, resignado.

-Somos una raza condenada –agrega Nícolas.

Después de semejante reflexión, ambos hombres se miran con gran sentimiento de culpa e impotencia existencial.

-¿Y qué dice Gugle al respecto, Maqui? –le pregunta Nícolas, con ironía.

Julián lo mira de costado, sosteniendo el celular encendido en una mano y el mate ya gastado en la otra, pero no reacciona. Sólo cita a su ídolo renacentista…

“Lo único que ze puede hazer, ez cultivar una virtú que permita una audaz política del mal menor.”

 En eso no estamos de acuerdo, Maqui –interviene Lhexia-… Aunque sea menor, el mal, no deja de ser mal. Tu ídolo tenía una visión bastante negativa de la vida y aunque esa visión fuera lo más cercano a la realidad, existieron y existen otros pensadores que opinan como lo hacía Rousseau, quien afirmaba “El hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad quien lo corrompe.”

 -Ah sí, Rousseau fue quien también dijo: “No hacer el bien ya es un mal muy grande” –remata Nícolas, para no quedarse afuera.

Nuestra comunidad científica avanzó considerablemente en las investigaciones sobre biología celular –prosigue Lhexia-. Y gracias a que no contamos con problemas religiosos, étnicos o políticos, no tenemos barreras que se opongan a la investigación biogenética. Debido a ello, se ha llegado a mejorar la especie, sin invadir ni alterar la estructura básica de su naturaleza…

 -Un mundo ideal –murmura Julián, despabilándose de su abstracción.

-Por lo que escucho… y veo –filosofa Nícolas, mientras reactiva la cebada con yerba fresca-, entiendo que los xine… bianos son una raza “humana” pacífica e inteligente, que al no tener esa semilla o gen de la maldad, no precisan destinar grandes sumas en armamento, porque ya no tienen guerras…. Y al estar cómodos en un planeta sano y próspero, tampoco invierten mucho en buscar vida en otros mundos.

 Correcta apreciación, Nícolas –asiente Lhexia-. Xinebia es un planeta que aprendió a superar conflictos, gracias a la continua investigación médico-científica. Y por supuesto, por no dispersarse en áreas infinitas…

-Y por lo visto -agrega Nícolas, dando una gran sorbida a su mate-, no destinan recursos a la defensa ni a la exploración espacial, porque al vivir en un planeta que los camufla, se sienten protegidos…

Nuestros informes geológicos –prosigue Lhexia, con su recreación virtual-, aseguran que la tierra y Xinebia nacieron juntas a partir de una misma molécula. En biología, sería de un mismo óvulo. La explosión que formó el universo, hizo que una incipiente masa molecular se separe en dos fragmentos iguales y se vayan alejando uno de otro miles de kilómetros, fusionándose en su trayecto con millones de meteoritos errantes. Y para no extenderme en complejas explicaciones geofísicas, les sintetizo: Debido a la intervención de energías gravitatorias y fuerzas magnéticas poderosas, ambos planetas quedaron contenidos dentro del mismo sistema solar, pero a muchos kilómetros de distancia uno del otro. La expansión entre ambos fue lineal-vertical y el producto de esta divergencia, fue que las dos Tierras quedaron orbitando una encima de la otra, cada cual con su propia luna y a la misma distancia de su única estrella, el sol.

-¡A la flauta! –exclama Julián, nuevamente asombrado- ¿Zobre nueztraz cabezaz o bajo nueztroz piez?

Xinebia por encima, pero con la particularidad de orbitar en sentido inverso al de la Tierra, es decir un planeta va y el otro viene. Y una vez, cada período frío (o año), nuestro polo sur se cruza con el norte terrestre, rotando sobre nuestro propio eje y en sentido contrario a la Tierra; de Este a Oeste o izquierda a derecha.

-Como, zi ze eztuvieran reflejando en ezpejoz… ¡Todo al revéz, ja!

Una vez por año, la Tierra y Xinebia se cruzan, ahí se genera un portal de 24 horas entre los dos planetas… ¡Ese!, es el momento propicio para dar el salto de uno, a otro…

-¿Zólo 24 horaz? –se sorprende Julián.

-Y esas 24 horas, serían las que ahora están transcurriendo –deduce Nícolas- y te enviaron a vos a correr con todos los riesgos.

La extraterrestre humana, no responde.

-Valiente la muchacha –reconoce Julián-. Y loz Ezplenderz que eztán con zuz padrez, ¿zon muchoz?

 Es una comunidad científica agrupada anónimamente, que trabaja en la clandestinidad pues son perseguidos…

 -No todo es oro, eh –reflexiona el vigilador rubio, al descubrir similitudes con su propio mundo-. ¿Maquiavelo dijo algo al respecto, amigo?

 “El primer método para eztimar la inteligenzia de un gobernador, ez mirar loz hombrez que tiene a zu alrededor”

 -(Si no te la gana, te la empata) –murmura Nícolas y luego reconoce: Parece que las desavenencias políticas, trascienden el universo…

Resplandecidos por los pasajes holográficos que acompañan la narración y envueltos en un halo de éxtasis y curiosidad, los vigiladores asisten atónitos a esta detallada descripción de la vida cotidiana en un planeta análogo a la Tierra, un planeta que se nutre con el mismo sol y posee similares características atmosféricas. Un mundo oculto, que por circunstancias embrionarias (programadas o no) al nacer fue separado de su hermano gemelo y enviado a una zona fantasma.

Hora 04.15

Con la tormenta en retirada, la quietud de la madrugada alcanza al personal militar apostado, para brindarle unos instantes de relax y también a Pitu, en la sala de guardia, pues se echó a dormir en su rincón preferido. Apenas bastaron treinta minutos, para que la visitante de un planeta gemelo a la Tierra, ilustrase a los vigiladores terrestres sobre su situación existencial, aunque por las cabezas de los vigiladores, aún sobrevuelan infinitas preguntas…

 -¿Vino a la Argentina, espezialmente o cayó acá de cazualidad, zeñorita?

-Llegué, Julián –responde la xinebiana, ahora sin asistencia de las holografías- y es lo que importa, mi destino era la Tierra y aquí estoy.

-¡Bienvenida, entonces! –exclama Nícolas, alzando su mate- ¡Esto se merece un brindis!

-¡Y nozotroz, fuimoz loz elegidoz! –agrega Julián, extasiado por tan increíble aventura.

-¡Dale payaso! Ves muchas series de ciencia-ficción -bromea su compañero.

-Conociendo los graves problemas que el malévolo p3-8j provoca en vuestro mundo –refiere la forastera espacial-, los Esplenders, decidieron enviarles archivos precisos para que puedan erradicarlo de la genética terrestre.

-Bueno… Desde ya, agradecemos tan noble gesto –reconoce Nícolas- ¿Y vos, sos la portadora de ese archivo?… ¿O está en algún formato en especial?

-Quedó en mi nave, en el fondo del río…

-¡A la mierda! –se impacta Nícolas.

-Pero con el mameluco eze, puede volver y zacarlo, ¿o no?

-Podría ser, Julián, pero hay un inconveniente… El archivo, es una placa encriptada parecida al tomo de una enciclopedia, por el impacto se trabó y no lo pude extraer, habría que removerlo con algún tipo de herramienta; lo bueno, es que el agua no le afecta.

-Entonces, deberíamos rescatar la nave –deduce Nícolas, planeando la manera-. El tema, es cómo llegar ahí… ¿Es grande?

-Es como un pequeño satélite meteorológico, de esos que ustedes envían todo el tiempo al espacio. Quedó enterrada en el lecho del río.

          -Entonzez, la Armada la va a encontrar –vaticina Julián.

-Lo dudo -cuestiona ella.

          -¿Por? –pregunta Nícolas.

-Los dispositivos de rastreo que aquí se utilizan, son primitivos, sin ofender lo digo, eh. Y al estar encajada en el fondo y a varios metros…

-¿Y si sondean el fondo del río, tampoco? –teoriza Nícolas.

-Los sistemas de barrido marítimo que ustedes disponen, son imprecisos y el eco magnético no podrá detectarla, pues mi nave no es metálica.

-¡Holalá!… ¿Y ezo?

-¿Para qué tenés la Wiki en la mano, Maqui? –le reprocha Nícolas.

          -¿Y zi no ez metálica, de qué ez, zeñorita?

 -Está construida con un elemento o componente poli-sintético de una resistencia mayor al acero. Ustedes dirían, material plástico.

-¿Y uzted cómo pudo zalir de la nave, zeñorita?

-Lhexia es mi nombre, Julián –le aclara cortésmente y le completa: Lhexia-1101110.

-Ah, zu apellido tiene númeroz, como laz patentez de loz autoz.

-¡Ja, ja, sí! –responde ella, esbozando una agradable sonrisa- Lhexia-110, sería para ustedes, en números binarios.

-Como la línea del bondi, nosotros le decimos así, al transporte colectivo de pasajeros –compara Nícolas, compitiendo.

Los tres rompieron en risas, ensamblando una amena comunión entre seres humanos, pero de planetas distantes.

 -¿Te gusta tomar mate, Lhexia? –pregunta Nícolas, intrigado.

 -Sí sí, nosotros bebemos una infusión algo parecida -enjuicia la visitante, devolviendo el mate agotado-, pero esta composición de hierbas le da un sabor distinto, se siente como más… áspera.

 -Nuestra yerba mate, tiene propiedades antioxidantes, es energizante y estimulante del sistema nervioso.

 -Ah, muy  bieb…

 -Tal vez a nosotros nos guste más intensa, más profunda… La infusión –agrega Nícolas, rozando su mano con la de ella en el pase del mate.

 -Veo que les agrada lo agreste, lo penetrante –desliza ella, en tono provocativo…

 -Sí sí, en muchas cosas nos gusta lo salvaje -le devuelve él, desplegando una mirada efusiva.

 -Ehhh, rezpecto a ezte rezipiente –intercede Julián, sintiéndose fuera de la conversación- ¿Lo conoze, Lheczia?…

 -¡Un porongo! ¡Sí, ja, ja! Se fabrica a partir de una calabaza curada –los sorprende la alienígena, muy instruida en la cultura humana terrestre-… Bien primitivo, por cierto.

 -Ah, mirá voz… Lo conoze.

 -Vengo de un mundo gemelo, no de Venus, muchachos… Pero reconozco que no estoy muy acostumbrada a lo natural –les devuelve ella, esbozando una deslumbrante sonrisa.

-A que te acostumbres a lo natural, puedo ayudarte…

-Ah, sí… A eso, me adapto rápido… Soy humana, no lo olvides.

-¡Perdón, Lheczia! –irrumpe Julián, ya más adaptado- Me intriga zaber cómo zalizte de la nave.

-Mi mono cuenta con muchas funciones Julián y poder respirar bajo el agua, es una de ellas.

-Ah, mirá voz –responde el obeso vigilador, ya sin sorprenderse.

-¿Y también funciona en nosotros? –interpela Nícolas.

-Imposible –refuta ella-. Es una vestimenta, que se activa sólo con el código neuro-genético de su portador.

-Ah, lo programan para cada cerebro…

-Ajá –responde la xinebiana, sintiéndose algo incómoda en su holgada ropa prestada.

Hora 04.35

El movimiento exterior e interior en los pabellones es monitoreado y vigilado por Julián, como también las alarmas de incendios y de pérdidas de gas o emanaciones peligrosas de los laboratorios facultativos. Además, constata el normal funcionamiento del circuito de luces y la provisión de agua, registrando todo ello en la memoria de la computadora. Aún aprensiva al perrito, la xinebiana lo esquiva para pasar al baño. Ahí, Julián le comenta en voz baja a su compañero:

-(Che, Níco… ¿No zería conveniente contarle la verdad a Molinari?)

           -No Maqui, olvidate. Debemos asegurarnos que esa información llegue a manos científicas y a la vista de todo el mundo.

-Voz dezíz ¿convocar a loz medioz?

-Claro claro, si las potencias mundiales se enteran antes, se van a despellejar por ser primeras en tener semejante descubrimiento… No te olvides que algunos más o algunos menos, en nuestro mundo, estamos regidos por ese Gen de mierda.

-Zí, ez zierto. ¿Y todaz laz accionez malaz, vienen por culpa de eze p3-8j, verdad Lhexzia-110? –le pregunta Julián a la xinebiana, ya de vuelta.

-¡Y! Habría que preguntarle a tu fuente de la sabiduría –le sale al cruce Nícolas, señalándole el celular.

-¿Y todoz tenemoz eze gen, Lhexzia-110? –repregunta Julián, ignorando la acotación de su compañero.

-Se trata de un Gen hereditario, que se va expandiendo por los árboles genealógicos familiares y también muta continuamente a través de los cruces genéticos de sus portadores.

-Mmm, por hoy es demasiado para mí –comenta Nícolas, superado por tanta información.

-¿Y de dónde zaca el poder para hazer eztallar laz gazeozas? –vuelve a preguntar Julián, casi infantilmente.

-En ausencia solar –responde la joven, regalándole una sonrisa-, este traje absorbe cualquier tipo de energía para funcionar y durante ese proceso, provoca reacciones efervescentes en ciertos compuestos químicos.

 -Ah, entonces ese desarreglo no ocurre durante el día –razona Nícolas, retomando el hilo.

 -¡Menoz mal! –acota Julián- Imaginatela en un supermercado, ¡ja, ja, ja!

Hora 04.45

Más relajado, el regordete vigilador trasmite su risa contagiosa a sus ahora dos compañeros, pero esta distendida situación, no dura mucho, pues comienzan a escucharse disparos de armas de fuego y el tableteo de ametralladoras…

 -¡Hey! ¿Qué pasa? –pregunta Nícolas, alarmado.

 -Vienen loz Razterz –informa Julián, revisando los monitores- y loz zoldadoz hazen lo que zaben: ¡Lez dizparan!

 -Habrán detectado las emisiones de mi conversor -deduce Lhexia, tomando su traje de invisibilidad-, estuvo activado mucho tiempo, por eso me encontraron.

 -¡Otra vez esos gorilas! –protesta el catamarqueño, colocándose la gorra de su uniforme.

-¡Pero, es a mí a quien buscan!… ¡No entiendo, el hostigamiento militar!

 -El maeztro dijo: Todoz loz hombrez zon perverzoz y eztán preparadoz para moztrar zu naturaleza, ziempre y cuando encuentren la ocazión para ello.

 -¡No es hora de filosofar, Maqui! –lo regaña Nícolas-… ¡Es hora de actuar!

Conociendo los movimientos de quienes la rastrean, Lhexia se dispone para la acción, no así los muchachos.

 -¿Y qué hazemoz?

 -¡Tocar timbre y rajar, boludo! –le propone su compañero, aludiendo a una antigua travesura adolescente.

 -No, ustedes no salgan todavía –les advierte la muchacha desde el baño, terminando de colocarse su mono.

Pitu se sobresalta y comienza a ladrar, mientras los vigiladores observan los monitores, que transmiten una especie de película bélica.

-¡Pero, mirá ézto! ¡Lez tiran con todo y laz balaz rebotan antez de llegar!

 -¿No se dan cuenta que no les hacen nada? –se pregunta Nícolas, alzando a Pitu- Tienen una burbuja que los protege… ¿Para qué les disparan?

 -Es una barrera electrostática que repele cualquier tipo de ataque –les informa la xinebiana- y se potencia cuando la bombardean.

 -¡Ah, mirá!… Cuanto más les tiran, más se fortalecen –razona Nícolas.

 -Así es –responde Lhexia, ahora desde la invisibilidad-. Aunque no impide lo inverso…

 -¿Qué zería lo inverzo, ruzo?

 -Que ellos sí, pueden disparar…

Hora 04.50 Escenario 1

En la zona de combate, soldados bajo el mando del capitán Benítez, disparan con todo su armamento hacia los cuatro autómatas, como si se tratase de un polígono de tiro. Pero el grupo en movimiento no responde al fuego, sólo lo rechaza.

-¡SIGAN TIRANDO A DISCRECIÓN! –ordena Benítez, desde el radio de su jeep, mirando por largavistas.

Protegidos por un escudo invisible, el grupo invasor continúa avanzando hacia la oficina de guardia. Las balas terrestres y aéreas rebotan en sus superficies curvas y regresan descontroladas contra los mismos soldados, hiriendo a muchos y haciendo retroceder a otros. Miles de esquirlas de metralla son despedidas en todas direcciones, destruyendo vehículos e instalaciones, no obstante, Benítez le indica a unos de los tanques, apuntar su cañón hacia las burbujas blindadas.

-¡FUEGO! –ordena entonces, desde lejos.

Hora 04.53

 -¡Qué locoz! -exclama Julián, observando el ataque por el monitor- ¡Lez tiran dezde un tanque!

 -¡Pero! ¿No se dan cuenta, que ellos mismos se están matando? –protesta Nícolas, tratando de tranquilizar a su mascota.

 -¡Mi madre! –chilla nuevamente Julián- ¡Semejantez bombazos y no lez hazen nada!

-No te digo yo –critica Nícolas-, cero diálogo con estos milicos… Los robots no tiraron ni una vez… Hasta ahora.

-¿Y Lheczia, dónde eztá? –se pregunta Julián, al ver su ropa sobre el sillón.

-Sabiendo que vienen por ella, habrá ido al otro pabellón –deduce Nícolas-… Busquemos por dónde se van apagando las luces.

La deducción de Nícolas es acertada, pues las luces cercanas al pabellón III, se van apagando y hacia allí, se dirigen los tenaces invasores, sin mostrar daños por el ataque.

Hora 04.55

 -¡ATAQUEN CON LOS LANZALLAMAS, CARAJO! –ordena Benítez, alcanzado por el polvo esparcido.

Dos lanzallamas vierten sus lenguas de fuego contra las burbujas blindadas, sin embargo y pese a ello, los Rasters alineados continúan su paso hacia el pabellón, en donde todo comenzó. El fuego impacta sobre los escudos y se propaga por sus superficies de manera envolvente, sin lograr penetrarlos, hasta que comienza a generarse una especie de transferencia de energía hacia su interior, que se convierte en relámpagos amarillos -como si el calor los estuviera alimentando- y al cabo de unos segundos, los Rasters detienen su marcha. Justo ahí, se origina una interrupción del ataque, que deviene en una tregua.

Hora 04.57

 -Dejaron de tirar –relata Julián, sin poder ver, debido al espeso humo-… ¿Qué pazará?

 -Los habrán incinerado –conjetura Nícolas, buscando un monitor que le ofrezca una mejor imagen.

El humo comienza a disiparse y mientras todos se esfuerzan por ver el resultado de la deflagración, se genera un zumbido, que va elevando su tono -como si fuera una turbina de avión-, hasta desencadenar en un estallido luminoso que los obliga a tapar sus oídos y a cerrar sus ojos…

 -¡A LA MIERDA! –exclama Nícolas, retirándose de la pantalla- ¡La luz de una bomba atómica!

Tras un encandilante resplandor, todo queda paralizado… Soldados, vehículos y hasta un helicóptero suspendido en el aire, como si se tratara de una pintura mural gigantesca. En todo el sitio de combate, la existencia misma se detuvo en el espacio-tiempo; algo así como una pausa total, causada por un fenómeno espontáneo, que dispuso que la sangre deje de fluir, los ojos dejen de ver y los corazones, de latir…

Hora 05.00

La ofensiva militar, se vuelve en contra de sus propios autores, a causa -tal vez- de algún sistema de defensa de estos extraños seres, pues Nícolas y Julián permanecen inmóviles -como estatuas de mármol- y Pitu, parece fotografiado saltando en el aire, en el momento del estallido temporal. En todas las secciones, reina un pesado silencio y la atmósfera sin aire, entintada de un tono rojizo -como en un laboratorio de revelado-, alberga humo y polvo en suspensión. Afuera, todos los soldados se encuentran igual y a partir de ahora, el viento no milita, la luz no varía y la vida… la vida se detiene.

“¡Vamos, humanos terrícolas, no es hora de holgazanear!” –se puede leer en un holograma de palabras, proyectado frente a los vigiladores, aunque ellos, aún no pueden verlo.

Lhexia, hace su aparición vistiendo un uniforme médico del ejército, con el casco de la cruz roja volcado en su espalda y desde su vincha, comienza a irradiar un haz de luz en abanico, que impacta sobre ambos vigiladores y el can, ello logra la pronta recuperación de sus movimientos.

 ”Tomé un equipo respirador de una ambulancia militar y deberán compartirlo”-se lee a continuación, en otra holografía.

 -¿Qué eztá pazando? –trata de hablar Julián, ni bien aspira su ración de oxígeno.

Intentando verse en medio de esa atmósfera rojiza y pugnando por oxigenarse, debido al vacío ambiental, los seres aerobios comienzan a toser, pero sin emitir sonidos y se miran extrañados…

 “No intenten hablar, necesitan ahorrar energía –les proyecta la xinebiana, en tono amarillo-, tómense de la mano y limítense a seguirme sin soltarse, ya les explicaré.”

Convertida en doctora, la xinebiana coloca el equipo respirador bajo un brazo y con una mano sujeta la de Julián -tal si fuera la locomotora en un trencito- y este la de Nícolas, quien queda último pues lleva a Pitu. Alternado la mascarilla de oxigenación, los únicos cuatro seres activos del área petrificada, salen por la puerta entreabierta de la oficina, pero no precisamente caminando, si no con saltos acrobáticos formidables, como si lo hicieran en una superficie ingrávida.

 -(¡Ihujuuu!!!) –exclama Julián para sí, desbordado de asombro (¡EZTAMOS EN LA LUNAAA!)

Conteniendo el aire, Nícolas espera que la caravana se detenga, para volver a oxigenarse. A medida que avanza, observa la devastación a su alrededor, sin poder creerlo: Ventanales estallados y sus vidrios esparcidos -como pegados en un gigantesco collage-, paredes y escaleras de hormigón fragmentadas, árboles incinerados, puertas reventadas y rejas aplastadas… Y para rematar la escena, tétricas postales de soldados heridos por sus propias armas, mostrando expresiones de dolor detenidas en el tiempo, como una exposición de espeluznantes fotografías, de algún corresponsal de guerra.

 -(Dios santo) –reza el catamarqueño, mientras se acomoda la gorra-… (Si los robots no pausaban el ataque, los milicos nos habrían matado a todos.)

Como figuras de papel recortado, los protagonistas se desplazan entre los pabellones universitarios, dando brincos exagerados.

  -¿Adónde vamos? –pregunta Nícolas, con señas, después de tomar aire de la mascarilla.

 ”Debemos salir de la zona inerte” –proyecta Lhexia, desde su conversor.

-(¡La zangre de ezoz zoldadoz, ze congeló!) –cavila Julián, señalando a los heridos que quedaron estáticos -como trapecistas en el vacío- con gestos de estupor en sus rostros.

”Cuiden el oxígeno –aconseja la líder, proyectando una leyenda de colores cambiantes-, necesitamos llegar a la reserva.”

Con ese tinte infernal y lúgubre, el predio universitario quedó desconectado de la existencia sensorial, porque una fuerza superior decidió transferirlo a la zona inerte, una dimensión desconocida en la Tierra… Y todo, porque los militares los atacaron, tomándolos por enemigos.

“Debo quitarme este mono lo antes posible, para evitar que los Rasters nos alcancen” –continúa informando Lhexia.

Dando saltitos de ballet clásico, el grupo va llegando al comienzo de la reserva natural, en una suerte de huida forzosa, pero detienen su marcha frente a un vehículo militar.

 “Voy a activar este vehículo con cabrestante, espero sepan conducirlo” –les comunica Lhexia, por medio de la lectura holográfica, mientras todos se alternan para oxigenarse.

 -(¿Qué será cabrestante?) –se pregunta Nícolas.

La extraterrestre, ejecuta una acción con su convertor que hace cobrar vida al anfibio, pues este prende sus luces y todos lo abordan. Nícolas se pone al volante y trata de encenderlo, pero eso no ocurre… Entonces, interviene Julián con ademanes desesperados, señalando la toma externa de aire al motor, señas que la xinebiana entiende, pues proyecta la siguiente leyenda:

 “¡Aspiren profundamente y contengan la respiración! El camión necesita oxígeno… Vamos a salir de aquí.”

Nícolas toma una bolsa de papel para cubrir la cabeza de Pitu y la infla con el oxígeno, luego aspira él y su compañero y después, Lhexia toma el inhalador y lo engancha en la toma de aire externa del blindado. Mientras esto sucede, una encandilante luminosidad desde atrás, revela que fueron descubiertos por los cuatro rastreadores, que se les acercan a toda carrera…

 “¡Dense prisa, ya vienen!” –advierte ella, con un mensaje visual destacado.

Tras unos tensos segundos de insistencia con el motor de arranque, Nícolas logra que el anfibio expulse una columna de humo negro y se ponga en movimiento, gracias al oxígeno para la combustión. Y, apremiado por la falta de aire, el vigilador lo acelera logrando salir de la zona inerte, llegando así a la atmósfera habitual.

  -¡Ihujuuu! ¡Recuperamoz la normalidad! –exclama Julián, tras su primera bocanada de aire, llegando al puente que los une a la reserva.

A todo esto, los cibernéticos los siguen por detrás protegidos por sus escudos y portando sus armas…

 -¡Sí, mucha normalidad! –responde Nícolas, conduciendo -por primera vez- un blindado militar por una selva subtropical- ¿Te parecen muy normales, esos de atrás?

-¿Y Pitu, dónde ze metió? –pregunta Julián, revisando el interior del blindado.

-Le quité la bolsa y subió a la torreta –responde Lhexia, ya con voz controlada-, seguramente fue a tomar aire.

Durante el accidentado trayecto, el vehículo todo terreno de seis ruedas avanza hacia la ribera del Río de la Plata, volteando arbustos a su paso y dejando un camino abierto, aprovechado por los perseguidores.

Hora 05.20 Escenario 3

En tanto, mientras que en la zona inerte impera la quietud y el silencio, en la parte externa de ese cascarón electrostático, la actividad humana hierve como en un montículo de hormigas decapitado.

 -Señor… No podemos entrar a esa zona con ningún recurso -le informa un oficial al capitán Benítez, dentro de un módulo logístico de campaña-, todo su perímetro tiene un campo de fuerza, que neutraliza cualquier intento.

 -¡Mmm! Con las armas, no puedo probar –farfulla Benítez, pensativo-. Tengo hombres ahí dentro.

-Y yo también -acota el supervisor Molinari, a su lado, aludiendo a Nícolas y Julián.

-Pero ¿por qué no se puede entrar ahí, teniente? –insiste el capitán.

-Hay un primer cordón que admite el acceso –le explica el oficial, exhibiendo imágenes en una computadora portátil-, pero al llegar a la niebla roja, todo se paraliza ahí… Hemos enviado drones, robots teledirigidos y hasta voluntarios con equipos especiales, pero a los pocos metros, perdemos contacto, los aparatos se desactivan y nuestros hombres mueren, señor.

-¿Y cómo sabe que mueren, teniente?

-Sus signos vitales no responden, señor.

-¡Mmm, bueno! Convoque de inmediato a la Organización UFO Americana… Quiero a los mejores científicos acá ¡ya!

 -¡Sí señor!

 -Demostremos a estos intrusos ¡quién manda aquí!

 -¡Sí, señor!

Hora 05.25 Escenario 2

La serena Reserva Ecológica, de pronto se ve irrumpida por un vehículo anfibio, avanzando como si fuera una topadora de desmonte y tras él, cuatro robots a los saltos por sobre la vegetación derribada. Estas cinematográficas escenas, se potencian cuando en la torreta artillada del blindado, un soldado –que hasta hace unos instantes estuvo paralizado- despierta, con un perro mordiéndole una pierna.

 -¡Ay ay ay, salí de acá, perro endemoniado! –grita el operador de la ametralladora, sacudiendo su pierna para sacarse al can de encima- ¿Pero, qué es esto? –se pregunta, tratando de entender la situación- ¡Ah, ya recuerdo! –reacciona enseguida y gira la torreta de disparo- ¡Son los robots invasores!… ¡Y nos persiguen!

El soldado abre fuego hacia los Rasters y comienza a dispersarlos, mientras sigue sacudiéndose el animalito prendido a su pierna. Tras la sinuosa carrera del blindado, las ráfagas de metralla van volteando árboles, dejándolos cruzados en el camino, mientras las tremendas detonaciones, hacen gritan de terror a los tripulantes…

 -¡AAAAHHH!!!

-¿Y esos tiros? –exclama el conductor, ojeando el espejo retrovisor.

-Zeguro, que ez otro paze mágico de nueztra amiga.

-¡Yo, no soy! –aclara Lhexia, con el casco puesto- Arriba hay un arma pesada y no creo que tu monstruito sepa dispararla.

Las vainas calientes escupidas van cayendo al habitáculo, quemando a quien toque, entonces Lhexia se dirige a la torreta y actúa.

 -¡ES SUFICIENTE, SOLDADO! –le grita con resolución, asomando sólo su cabeza- PUEDE DEJAR DE DISPARAR, LOS INVASORES QUEDARON ATRÁS.

El tirador se sorprende, pero no deja de accionar su arma.

 -¿QUIÉN LO ORDENA? –exclama en voz alta, aturdido por los disparos.

 -¡PRIMERA TENIENTE… PLEN-DERSKY, EN COMISIÓN! ¡OPERACIONES ESPECIALES, FUERZA AÉREA! SOLDADO.

Ante la convincente actuación de la xinebiana, el comando -bañado en sudor-, depone su accionar y se identifica, haciéndole la venia:

 -¡CABO PRIMERO HORTIGOZA! ¡ARTILLERO DE TORRETA, VAE 134, ARMADA ARGENTINA! MI PRIMERA TENIENTE.

Después de las detonaciones y cuando los oídos ya se ventilaron, sólo se oyen los gruñidos de Pitu, aún prendido a la pierna del comando…

  -¡, descanse cabo primero! Un percance en mi misión, me obligó a usar este uniforme de médico.

 -¡Comprendido, mi primera teniente! –responde el infante de marina, de rasgos delgados y nariz prominente, con su ametralladora aún humeante.

 -¡Pitu, vení acá! –le ordena Nícolas, deteniendo la marcha del blindado.

El pequeño bulldog obedece y se arroja a los brazos de su amo, moviendo su colita, mientras Julián asoma la cabeza y mira hacia atrás, para asegurarse haber perdido a los obsesivos cazadores.

 -(A ezte zoldado, lo rezuzitó tu amiga) –susurra Julián, al oído de su compañero-. (¿Y eze apellido, de dónde lo zacó, ruzo?)

Nícolas, coloca el dedo índice delante de su boca.

 - –continúa la xinebiana, con su postura actoral-, ahora, nos esconderemos en la vegetación, este es el plan: Usted, agente Rodríguez… Recoja las provisiones que encuentre. Usted, cabo primero… Hágase cargo de ese can y usted, agente Cerwensky… Oculte el vehículo, después lo vamos a necesitar.

Luego de impartir esas órdenes, la xinebiana se acerca al oído de Nícolas y le sopla:

 -(Debo quitarme este mono…)

Hora 05.40 Escenario 3

Convocado por el capitán Benítez, el comité de científicos investigadores de UFOs, se va congregando en un enorme remolque militar. El primero en llegar, es un barbado profesor de origen italiano, vestido con chomba salmón, jean gris y zapatillas náuticas, quien después de interiorizarse de la situación, se expone a las primeras consultas.

          -Disculpe que lo sacamos de su cama, profesor Renatti. Por favor, dígame si existe alguna manera de entrar ahí, sin esfumarse luego –le pregunta Benítez, entregándole una identificación con nombre y cargo.

-Mire capitán, usted es un militar que tiene experiencia en cómo combatir enemigos –le responde el profesor, desconociendo cuánto tiempo pueda permanecer esta burbuja, sobre la Ciudad Universitaria- y yo soy un científico, que junto a otros, estudiamos los fenómenos extraterrestres, pero aún no contamos con experiencia en cómo interactuar con ellos. Con esto, le quiero decir que desconocemos su tecnología y necesitamos mayor información y más tiempo para estudiarlos ¿me explico?

-¡Mmm! Entonces… ¿Qué sugiere? –pregunta de mal modo el militar, rodeado de subordinados ansiosos por combatirlos.

          -Necesitamos examinar el interior de esa cáscara, para descubrir qué sucede ahí dentro; ignoramos, si se generó una manipulación molecular masiva, se propició un desequilibrio en el espacio-tiempo, o si hubo un salto cuántico dimensional, ¿me explico?

 -Bueno bueno bueno –resume Benítez, superado-… ¿Entonces dígame qué precisa, Renatti?

-En el sur, reside una destacada ingeniera física que podría entender estas complejas reacciones, la doctora Ángela Hérzler, da cátedra de física cuántica en el Instituto Balseiro.

 -Ya lo oyeron –se escucha una voz autoritaria en el lugar.

Y esa voz corresponde al general de división Hernán Fulkner, que presentándose en el módulo operativo, impone su mayor jerarquía.

-¡AAAATENCIÓN! -se escucha en voz del oficial más cercano a la puerta y todos los militares se cuadran.

 -Descansen –ordena Fulkner, quitándose la gorra de su uniforme diario-, me traen a esta doctora, de inmediato.

 -¡Sí, señor! –responden dos suboficiales y salen vertiginosamente del remolque, hablando por sus radios.

 -¿Cuántos hombres quedaron ahí, capitán? –pregunta el general, observando en las pantallas, una casi imperceptible cúpula, encima del complejo universitario.

 -Toda la Compañía de avanzada y parte de ingeniería táctica… Unos 150 hombres, señor.

 -Más los dos vigiladores del complejo y tal vez, la novia de uno de ellos –agrega Molinari, pitando su inseparable cigarro electrónico.

 -Ahora, diganme que un tanque, no puede atravesar ese escudo -suelta al aire, Fulkner.

 -Hay como un primer cordón, que se puede acceder con personal y equipo –rebate Benítez-, pero unos pasos más allá, comienza una bruma rojiza y todo desaparece… Estimo peligroso disparar explosivos ahí dentro, general, porque desconocemos si nuestros muchachos están muertos, o no…

 -¿Cómo? ¿Que no me sabe si están muertos, Benítez?

 -Si me permite, general –interviene el profesor Renatti-, por lo que pudimos observar, dentro de ese domo impera un microcosmo, que neutraliza cualquier forma de existencia sensorial-material, por eso creemos que fue un shock inducido, el que provocó ese detenimiento del tiempo y ello pausó “todo” lo que allí se encontraba en el momento de ese pulso de luz… Y tal vez ese “todo”, en algún momento regrese a la normalidad… ¿Me explico?

-¿Usted insinúa que podrían estar desaparecidos, pero vivos? –reflexiona el general, bajo la desafiante mirada de Benítez.

-Digamos…

-Serían, como prisioneros –cataloga Fulkner, tratando de etiquetar la situación.

-Prisioneros en el tiempo, general –aclara Renatti-. Y debe entender, que por más explosivos que tire ahí dentro, no van a explotar… Sólo van a quedar neutralizados…

-Usted sugiere, que en algún momento, ¿ese domo podría desactivarse?

-Ajá.

-¿Probaron con sensores infrarrojos, Benítez? -pregunta Fulkner.

-Sí señor y no se pudo detectar actividad térmica… Se experimentaron con todas las frecuencias del espectro, sin obtener resultados.

-¡Escuchen bien!… ¡Me convocan a una reunión con los oficiales de operaciones, a las 6.30 horas!

-¡A la orden, señor!

Hora 06.00 Escenario 2

Nubes en retirada, humedad en retroceso y claridad en el cielo, son las primeras señales de una esplendorosa mañana en formación. La Reserva Ecológica, una acotada selva subtropical, exuda transpiración por todo su follaje. La gran diversidad de animales terrestres y aves, comienzan a despertar. Hacia el Este, el sol se va asomando por sobre el horizonte del río y comienza a irradiar su calidez sobre los edificios más altos de Buenos Aires. Pero hoy, esta rutina de paz y sosiego, se ve alterada por el tableteo de aspas de helicópteros y en esos vuelos de reconocimiento, agitan las hojas superiores de los sauces, provocando un molesto riego al grupo en fuga.

 -Disculpe, mi primera teniente ¿me permite una sugerencia? –pregunta Hortigoza, con su casco en la mano, mientras le observa la vincha volcada en la nuca.

 -Sí, diga.

 -Si desea cambiarse ese uniforme masculino, en el VAE tenemos dos trajes para supervivencia BQ.

 -Ah, , buena idea. ¿Podría alcanzarme uno?

 -¡A la orden! -obedece Hortigoza y antes de darse vuelta, le dice nuevamente: ¿Me permite preguntar, mi primera teniente?

 -Sí, diga.

 -¿No convendría, pedir refuerzos por el radio del VAE?

 -Eh… no, no –responde la impostora, mientras se oculta entre unos arbustos para desvestirse-; si rompemos el silencio radial, los enemigos nos van a ubicar y ya demostraron ser agresivos.

 -¡Entendido, mi primera teniente!

 -Relájese marinero, no es necesario tanta disciplina.

Hortigoza corre hasta el VAE para buscar el traje B.Q. y se lo acerca, pero sin mirarla.

 -¡Gracias, cabo primero! -le dice ella, quitándose el uniforme médico- Ahora, dígame… ¿Por qué estaba solo en esa torreta?

Evitando dirigirle la mirada, el enjuto soldado -de nariz, exageradamente curva-, toma un sorbo de agua del bidón y se distiende, para comenzar a relatar.

 -El destructor ARA, Malvinas Argentinas, nos desembarcó en el canal de navegación y nuestro VAE 134, llegó a la reserva a las 4.30 AM, transportando 10 comandos tácticos. Nos desplazamos hasta el objetivo por el sendero turístico, atravesamos el puente sobre el pantano y entramos a la zona de combate. Cuando llegamos, nos detuvimos a metros del objetivo y comenzamos a salir, pero cuando me tocó a mí, vi una luz que me encegueció y no recuerdo más, hasta que desperté con ustedes.

 -Dizculpe zeñor –interviene Julián, esquivando los gotones que le caen de los árboles-. Ezte VAE, ¿anda por el agua?

 -¡Sí claro! El Vehículo Argentino de Exploración, es anfibio y cuenta con dos turbohélices en la parte trasera. ¡Es clase NBQ!

 -¿Y eso, qué significa? –pregunta Nícolas, sentado sobre un tronco, con Pitu a upa.

-Que puede detectar ataques Nucleares, Biológicos y Químicos. Es una versión nueva -de fabricación argentina- para transporte de personal y está basado en un prototipo del ejército del siglo pasado. Viene equipado con aire acondicionado, calefacción, GPS, sistemas de video-transmisión. Lo impulsan dos motores diésel de 200 CV sobre seis ruedas motrices, con neumáticos antiproyectiles. Trae frenos a disco, dirección hidráulica y caja de velocidades electromecánica. Cuenta con malacate de tracción eléctrica y su sistema de defensa opera con miras láser, cámaras de visión nocturna, una ametralladora rotativa M134 calibre 7.62, además de alojar un drone de exploración…

-¡Excelente informe técnico, cabo primero! –interviene la superior, exhibiéndose con su uniforme BQ- Y dígame… ¿Este VAE… tiene baño?

Luego de revelar su necesidad y ante el gesto negativo del comando, la extraterrestre se interna en la profusa vegetación, con su traje de invisibilidad bajo un brazo… Momento aprovechado por el militar, para ir a lanzar sus interrogantes a los vigiladores…

 -Disculpen, muchachos… ¿Ustedes a qué división pertenecen?

 -No zomoz zoldadoz –se apresura Julián a responder, acomodándose orgullosamente el uniforme-, zomoz loz vigiladorez del campuz.

 -En medio de la tormenta, vimos caer una nave al río y fuimos a su rescate –explica Nícolas, mientras juega con su gorra-, cuando llegamos, ella ya estaba en la orilla… El traje especial que traía, la salvó de morir ahogada…

 -¡Ah, mirá vos! –se sorprende el soldado- La Fuerza Aérea, está probando alguna nueva tecnología para los pilotos, se ve.

 -Cuando la estábamos asistiendo en el Pabellón III –continúa fabulando, Nícolas-, nos reveló que se encontraba en una misión secreta, entonces nos sorprendieron estos invasores a quienes llamamos Rasters.

 -¿Sólo ustedes dos, estaban? –pregunta el artillero, abrazado a su casco.

 -Sí, como todas las noches –le informa Nícolas, sin perder el hilo del relato-.

Estando con ella, nos descubrieron estos enemigos y dispararon una descarga radiactiva, que impactó a la primera teniente y le hizo perder el conocimiento.

 -¿Y? –pregunta Hortigoza, ansiosamente.

 -Pudimos escabullirnos por los recovecos del pabellón y zafamos.

 -¿Y? –vuelve a preguntar.

 -La descarga radiactiva es peligrosa para la salud y por protección, le cambiamos la ropa…

-¿Us-te-des le quitaron el uniforme de comando aeronáutico? –pregunta el marinero, consternado.

-¡Pero zin mirar, eh! –aclara Julián.

 -¿Y vos, qué hubieras hecho si una oficial corre peligro? –interpela Nícolas, sobreactuando.

El infante de marina asiente, sin pronunciar palabra.

 -Y bueno, le pusimos uno que encontramos en una ambulancia abandonada –redondea Nícolas.

-Azí ez… Por suerte, loz agentez zecretoz eztán bien equipadoz y traía una vincha ezpezial para dezcontaminarse de la radiación.

-La oficial Plendersky, se encuentra en una operación secreta y clasificada y debemos protegerla –remata Nícolas.

-Le dieron una mizión muy importante… Ella noz dijo eztar muy zerca, de dezcubrir quién mandó a eztoz terminatorz…

Escuchando con atención, el cabo primero asiente y parpadea velozmente -como asimilando los relatos confabulados- y de inmediato, en voz baja se arriesga a articular un típico comentario de hombres…

 -Es una mujer extraña, pero está buena, ¿no?

Ambos vigiladores entrecruzan sus miradas, sin emitir opinión, hasta que la brusca incorporación de Pitu, los sobresalta.

-¡Pitu! ¿Qué pasa, adónde vas?

Nícolas lo sigue, pero el perrito se pierde entre los arbustos… Al cabo de unos segundos, los ladridos insistentes le indican su ubicación.

 -¡Hey, muchachos! –grita Nícolas, con Lhexia en brazos- ¡Se desmayó!

 -¡Al VAE! –indica Hortigoza, adelantándose.

Una vez en el blindado, el soldado abre el botiquín de primeros auxilios y extrae unos sobres aluminizados.

-Acuéstenla en ese asiento largo –les sugiere el cabo, después de tomar una frazada de supervivencia.

Cubierta con la frazada hasta el cuello, la xinebiana se ve pálida. Queriendo liberarla de elementos que la pudiesen molestar, Hortigoza intenta quitarle la vincha, pero Nícolas se lo impide…

 -¡No!, eso tiene que quedar ahí –le advierte.

-Son soluciones vitamínicas reanimantes –reanuda entonces el militar, espolvoreando el contenido de un sobre, en la boca de la humana extraterrestre.

Cuando la joven reacciona, el militar le proporciona agua con un jarrito de campaña y luego le coloca un tensiómetro de muñeca.

 -Su presión es baja –diagnostica el militar, capacitado para intervenir en situaciones difíciles.

 -(Definitivamente, ez humana) –le susurra Julián a su compañero, sin que Hortigoza lo escuche.

Después le coloca un pequeño dispositivo luminoso en el dedo índice.

-Tiene hipoxemia –revela-, necesita oxígeno… ¿Me lo alcanzan por favor?

Bajo la asombrada mirada de los vigiladores, el soldado le coloca la mascarilla y mientras regula el oxígeno medicinal, aconseja:

 -Debe descansar, está extenuada…

-Necesitamos más tiempo –agrega Nícolas-. Camuflemos el VAE.

Hora 06.15

Arropada y provista de oxígeno, Lhexia descansa en la seguridad del vehículo, junto a sus eventuales compañeros… Los tres, se miran preocupados por esta situación, que los mantiene ansiosos, por desconocer sus propios destinos…

           -La verdad, eztaría bueno un poco de múzica, ¿no? –insinúa Julián, mientras saca chocolates de un cajón.

-En el quilombo en que estamos y ¿vos querés música? –lo regaña Nícolas.

-Para relajarnoz, ruzo.

-¿Preferís un rock o una cumbia? ¡Delirante!…

 -El silencio es mejor, muchachos -sugiere el cabo primero-. Así, la primera teniente descansa bien, pero podemos ver las noticias en la tele, despacito, por supuesto.

 -Eso podría ser –expresa Nícolas, saboreando un chocolate en barra.

 -¡Zí, dale!

  -Cómo se enciende esto, ehh… ¿Cuál es tu nombre?

 -Ihsmael.

-¿Te podemoz decir, Izma?

 -Sí claro –responde el soldado, tras señalarle los controles a Nícolas.

-Che, Izma… ¿Lez dijeron qué eztá pazando acá?

 -No mucho, sabíamos que se trataba de una invasión y la orden era neutralizar los objetivos, pero no llegamos a entrar en acción. Me gustaría saber, qué fue de los muchachos del pelotón… ¿Quieren café? Hay.

Tras aceptar la invitación, Nícolas le da un trozo de chocolate a Pitu y le dice:

 -Hoy rompemos la dieta, amigo, siempre y cuando Maqui nos deje algo.

Julián continúa masticando, sin darse por aludido.

-Mirá Isma, creemos que no están muertos –le informa Nícolas, mientras busca sintonía por los canales de tv-, quedaron como suspendidos en el tiempo, por alguna nueva tecnología armamentística.

 -¡Eh, miren ezto! -salta Julián, al ver noticias sobre la Ciudad Universitaria- Zubí el volumen, ruzo.

“…el intenso tráfico que… llega por la avenida General Paz hacia el centro, es desviado por avenida Del Libertador y están cerradas las avenidas Rafael Obligado, Intendente Cantilo, Leopoldo Lugones y Figueroa Alcorta, dejando aislado al Barrio River. En el Aeroparque Metropolitano… se han suspendido sus vuelos. Se evacuó la planta potabilizadora de agua General San Martín, con el consiguiente riesgo de desabastecimiento del vital fluido para el ámbito de la Ciudad de Buenos Aires y el Ferrocarril Belgrano norte ha restringido su servicio. Según los videos enviados, se estima que la batalla comenzó alrededor la hora cinco cuando… los vecinos de los barrios porteños de Núñez y Belgrano vieron perturbado su descanso nocturno por las detonaciones y ruidos de metralla… pues al asomarse a sus balcones, pudieron verificar que… los estallidos provenían desde el corazón mismo de la Ciudad Universitaria… iluminando gran parte de la zona Norte. Cabe destacar que… a pesar de este espanto, algunos residentes tuvieron la valentía de grabar el combate y enviarlo a nuestro canal para difundir tan escalofriante acontecimiento y así poder advertir a nuestros televidentes, de lo que está ocurriendo en esta mañana cargada de temor e incertidumbre.

  ¡REITERAMOS!!!

El incesante movimiento de tropas y vehículos artillados… dan testimonio de un preparativo militar nunca antes visto en Buenos Aires… Se cree que el móvil del desembarco nocturno, sería una invasión a nuestra nación… pues el punto elegido es estratégico… Cabe aclarar que… el enfrentamiento armado en horas de la madrugada, no ha dejado deterioros de importancia en la estructura de los pabellones ni en sus adyacencias, pues nuestros drones han sobrevolado la zona y se ve todo normal. Altas fuentes de…”

 -¡Qué ezagerada, ezta Criz Neguil! –exclama Julián por sobre el sonido, criticando a una conocida reportera de un popular canal de tv.

 -¿Por qué lo decís, Maqui?

 -Cuatro robotz, no zon una invazión, che…

 -Andá a saber que les informan los milicos –especula Nícolas-… Con todo respeto lo digo, eh.

El cabo primero sonríe y luego pregunta:

-¿Cómo puede ser, que los drones de la prensa capten todo normal?… Ustedes vieron -como yo- los destrozos que se produjeron ahí, ¿o no?

Nícolas y Julián se miran, como aprobando la evaluación de Hortigoza, entendiendo que la opinión pública desconoce la subyacente verdad…

 “Loz prínzipez y gobiernoz, zon mucho máz peligrozoz que otroz elementoz en la zoziedad” –remata Julián, recordando otro de los pensamientos de Nicolás Maquiavelo.

Hora 06.30 Escenario 3

Sentados en la sala de conferencias del remolque, los oficiales superiores convocados por el general Fulkner, repasan las proyecciones sobre la inusitada situación.

 -¡Bien señores, tomen nota! –ordena Fulkner de pie, secundado por varios asesores logísticos.

“¡Primero! Quiero un perímetro vallado de cinco kilómetros a la redonda, en donde nadie entra, ni sale y esto incluye la ribera del río.

¡Segundo! No me circulan peatones, ni vehículos de ningún tipo y esto incluye al ferrocarril.

¡Tercero! No me sobrevuela el espacio aéreo ninguna nave tripulada o no y esto involucra a vuelos comerciales y privados. Y a partir de este momento, vuelos militares.

¡Cuarto! Se me deberá acondicionar el estadio Monumental, como hospital de campaña y las piletas de Parque Norte, como posible sector de descontaminación radiactiva.

¡Quinto! A partir de este momento, en toda la periferia del complejo universitario, me inhiben todo tipo de comunicaciones… Sólo quedará operativa la frecuencia militar. Eso es todo. Sin preguntas. Pueden retirarse.”

-¡Sí, señor!

De inmediato, Fulkner pide privacidad a los ocupantes del módulo, para quedar a solas con el capitán Benítez.

 -Benítez, escúcheme bien –señala, tomando un habano de su bolsillo interno-. Quiero que me reemplace a estas tropas regulares, por fuerzas del C.O.S. de manera urgente.

 -Para convocar al Comando de Operaciones Secretas, necesitamos autorización del Alto Mando, señor.

-La tendrá antes que se tire el próximo pedo, capitán… ¡Me saca -cuanto antes- a las águilas de sus nidos!

-¡A la orden, señor!

Hora 06.40

En los ventanales de la Ciudad Universitaria, se van reflejando los primeros rayos solares… Este segundo lunes de noviembre, presenta un amanecer distinto, aunque las bandadas de pájaros urbanos aún no lo perciben, pues como de costumbre, despliegan sus alas hacia la Reserva Ecológica. La transparencia del domo ofrece la visión de una estructura edilicia en perfecto estado, tal cual se encontraba antes del pulso luminoso paralizante. Las fuerzas militares controlan todo a cinco kilómetros del punto cero, aunque por la multitud agolpada en las vallas, se les dificulta hacerlo, sobre todo, porque están transmitiendo en vivo numerosos medios locales.

-Benítez, sea cuidadoso con lo que dice –le aconseja Fulkner, respecto a las declaraciones que brindará a los periodistas.

 -Sí, señor –acata Benítez, colocándose el casco.

Pero antes de abandonar el remolque, el general le hace una pregunta…

 -Dígame, Benítez… ¿Quién empezó a disparar primero?

El capitán se frena y regresa unos pasos.

 -Eehhh… Bueno, portaban unas armas largas sofisticadas, señor. Y no obedecían las órdenes de alto.

 -¡Ajá! ¿Y en cuál idioma le dieron las órdenes de alto, Benítez?

 -Ehhh… Se usó el protocolo, señor.

 -Ni bien me regresa de la conferencia de prensa, quiero un informe redactado y… completo.

-¡A la orden, señor!

Escoltado por dos soldados armados, Benítez baja los peldaños del módulo y se sube a un jeep.

Hora 06.50 Escenario 4

Al llegar a la avenida del Libertador, Benítez se encuentra con el vallado abarrotado de reporteros ávidos por respuestas, entre quienes se destaca Cris Neguil, la reconocida periodista de tevé. Ella es quien dispara las primeras preguntas…

-¿Qué nación intenta invadirnos, capitán? ¿Es un ataque extremista?

¿Estamos en guerra?

-Sólo les voy a informar lo que sabemos y espero sean muy prudentes al transmitirlo: Tuvimos contacto directo con el enemigo y entramos en acción a fin de preservar la soberanía de nuestra patria. Desconocemos su origen y creemos que ya no se encuentran dentro de las instalaciones. Se los está buscando intensamente.

Hora 07.00 Escenario 2

Dentro del blindado, con Lhexia repuesta y aún envuelta en la frazada, todos contemplan las declaraciones televisivas del capitán Benítez.

                               ¡ALERTA!!!…

       “¡ÚLTIMO MOMENTO! ESTÁ INFORMANDO EL VOCERO DE LAS FUERZAS ARMADAS POR EL INTENTO DE INVASIÓN A LA ARGENTINA…”

“Estamos trabajando, para establecer los móviles de este fallido intento de copamiento al complejo universitario, frustrado merced el alto grado de instrucción de nuestro ejército. Creemos que los enemigos se han retirado, no obstante, estamos rastrillando toda el área con dispositivos de última tecnología para asegurarnos.

 Cris Neguil: Pero capitán… ¿Cómo llegaron a nuestras costas, sin que la Armada los haya detectado? ¿O vinieron por aire?

Otro: ¿Cuántos navíos tiene la flota invasora?

 Otro: ¿Hasta cuándo estará prohibido enviar nuestros drones?

Otro. ¿Empezamos a hervir aceite en los techos?…

           Cris Neguil: ¿Cómo no los detectaron los radares de vigilancia, capitán?

           Otro: ¿Cuántos muertos hay?

Otro: ¿Se conoce de dónde proceden?…

Cris Neguil: ¡Denos algo, capitán!…

-Es todo, estimados… La situación está controlada, les seguiremos informando…”

-¿Ze dan cuenta? –exclama Julián, indignado- Eztoz milicoz loz tratan de enemigoz, cuando loz Razterz, jamáz dizpararon un tiro… Ya lo dijo el maeztro “La política no tiene relazión con la moral”

-Es parte de nuestra naturaleza innoble, Maqui –aclara Nícolas-. Por las dudas, nos cubrimos y les echamos la culpa a los demás.

 -Mmm, no sé por qué lo dicen, amigos –retruca espontáneamente, el artillero.

Nícolas le clava una mirada desafiante y el infante de marina la entiende, pues desvía la conversación.

 -¿Me permite, mi primera teniente?

 -Sí cabo, diga.

 -Creo que nuestros jefes tienen un plan… ¿Se dio cuenta que no revelan la estrategia de acción y dicen que los enemigos ya no están?

 -Ajá… ¿Y usted, qué piensa?

 -Que esta tranquilidad aparente, tiene un propósito… Fíjese, no se escuchan los helicópteros, no se ven patrullas, ni drones de exploración.

 -Ah, muy observador, cabo primero… Debería recomendarlo para un ascenso.

El soldado narigón carraspea y aporta más datos…

-Recuerde, que contamos con las fuerzas del C.O.S. para estos casos.

 “Ante todo, ármate” –desliza Maqui una frase alusiva, de su ídolo.

 -Ah, sí sí, desde luego –responde la falsa oficial, mientras se acomoda su cabello, reflejado en una ventanilla-. Por eso, debemos actuar de inmediato.

  -Y, vea, mi primera teniente –le plantea el marino-… Motivos, hay de sobra para convocar al COS; usted, ha sido atacada por unos robots y nuestros compañeros, no sabemos dónde están y a mí, me preocupa no saber qué país envió a estos androides… ¿A ustedes, no?

 -Sí, claro, cabo primero –asiente la xinebiana, devenida en la agente Plendersky (apellido, mezcla de sus registros Esplender y Cerwensky).

El infante de marina, irradia un gesto de orgullo.

-Ya les comunico mi plan –prosigue la xinebiana, quitándose la frazada de encima-, pero les pido intimidad, pues voy a reacomodarme este traje.

 -¡A la orden, mi primera teniente! –acata primero el soldado, en representación de los tres… mejor dicho de los cuatro, contando a Pitu.

Los caballeros y el can, abandonan el vehículo dejando atrás el bullicio de la televisión, mientras la xinebianos, comienza a vestirse.

 “El que quiere zer obedezido, debe zaber mandar” –murmura Julián ,otra de las frases de Maquiavelo, mientras se retira.

CENTRO ATÓMICO BARILOCHE

PROVINCIA DE RÍO NEGRO. ARGENTINA

Hora 07.30

Si bien reina la época primaveral, el sur argentino amanece con una atípica nevada, probablemente consecuencia del cambio climático en desarrollo. En el comedor del prestigioso Instituto Balseiro, decenas de científicos residentes -profesores en su mayoría- se aprestan a desayunar su habitual chocolate caliente, pues los seis grados Celsius, en este bello lugar en la Patagonia Argentina, así lo ameritan. La doctora Ángela Hérzler, una eminente astro-física de 42 años -bien llevados-, se apresta a dar el primer mordisco a su churro relleno de dulce de leche, cuando el tableteo de las aspas de un helicóptero, hace vibrar los ventanales…

 -Mmm ¿Qué raro un helicóptero militar por acá, no? –les comenta a sus colegas de la mesa, prontos a desayunar.

 -Es del ejército –indica el camarero, espiando por las hendijas de un ventanal de madera-. ¿Tendrá relación con la invasión?

 -¿Qué invasión? –pregunta la doctora, deteniendo su masticación.

 -Desde temprano, están con eso en todos los canales y en la radio –informa el camarero, mientras sirve café-. Fue en Buenos Aires y es de lo único que hablan…

 -¡Pero, por favor Vicente, poné ya la televisión! –piden los profesionales, casi al unísono.

Apenas enciende la tevé, aparecen las imágenes de la Ciudad Universitaria militarizada y en ese momento, se abre la puerta de entrada, dando paso a dos oficiales con uniforme regular, que encaran al camarero y este, de inmediato les señala la mesa de la científica requerida.

   -¡Buen día, disculpen! ¿La doctora Hérzler?

 -¿Sí? Soy yo…

 -Doctora, mucho gusto –le extiende la mano el oficial, quien después de identificarse, le dice: Tenemos instrucciones del Alto Mando argentino, para trasladarla a Buenos Aires por motivos de seguridad nacional.

Sin titubear, la doctora le da un sorbo profundo a su chocolate y toma su abrigo del respaldar de la silla.

 -Bien, voy por mis cosas…

BUENOS AIRES

RESERVA ECOLÓGICA DE LA CIUDAD UNIVERSITARIA

Hora 07.50

A creencia del cabo Hortigoza, la teniente primera Plendersky, pertenece a inteligencia de la Fuerza Aérea y se encuentra en ejecución de una misión secreta. Aunque los vigiladores, saben que sólo se trata de una circunstancial actuación, para lograr un bien en común.

           -, la prioridad uno -expone su plan la xinebiana, enfundada en el traje especial-, es llegar hasta mi nave, hundida a unos doscientos metros de aquí, allí hay documentos secretos de vital importancia para la seguridad nacional. ¿Alguna sugerencia, cabo primero?

-Sí, mi primera teniente, seguro están por intervenir las fuerzas del COS, podemos esperarlos y así nos sacarían de aquí, sin que nos descubran los robots.

-La misión que me han asignado, es súper secreta y va más allá de cualquier tipo de intervención militar. ¿Comprende eso?

-Comprendo, mi primera teniente.

 -Esta misión es de vital importancia, porque está en juego la seguridad nacional. ¿Entiende?

-¡Entiendo, mi primera teniente!

-Usted ya es parte de esta operación secreta y bajo ningún concepto, se puede revelar algo de ella… Esto debe grabárselo, cabo primero ¿entendido?

-¡Entendido, mi primera teniente!

            -No lo escucho…

-¡ENTENDIDO, MI PRIMERA TENIENTE!

- Debemos actuar, ya.

-Si me permite, oficial –interviene Nícolas-. Convendría aprovechar ahora, ya que no hay vigilancia en este sector, en el río no se ven patrullajes…

- agente Cerwensky. Dígame… Usted que conoce el área, ¿sabe cuándo este río cuenta con marea baja?

-Hay pleamar y bajamar Lhe… Oficial, pero desconozco los horarios.

  -No ze preocupen –interviene Julián, extrayendo el celular de su bolsillo-, ya conzulto, pero me pareze que la bajamar ez por laz mañanaz…

 -, entonces el momento sería ahora –concluye la joven.

 -Pe-pero ¡no hay zeñal!

 -Podés consultar desde el VAE –le recomienda el infante de marina-, tiene wifi.

Julián se dirige al blindado y Pitu lo sigue, al llegar, comprueba que la tevé quedó sin transmisión… Entonces les canta la novedad y todos se acercan.

 -Inhibieron las comunicaciones –diagnostica Hortigoza, manipulando los controles-, ahora estamos en zona de silencio.

- –arenga la impostora-. ¡Es hora de actuar!… ¡Agente Cerwensky, tome el volante y ponga en movimiento esta cosa!

 -¡De acuerdo, Oficial! –responde Nícolas, siguiéndole el juego- ¿Podría indicarme el rumbo?

 -¡Directo al río! Ya le paso las coordenadas.

 -¡Usted, cabo primero! Prepare la escafandra y el oxígeno de este traje.

 -¡A la orden, mi primera teniente!

 -¡Usted, agente Rodríguez! Hágase cargo de ese can.

 -¡A la orden, ofizial!

El blindado de seis ruedas sale de su camuflaje selvático y se dirige al río por un sector pantanoso y desolado.

 -¿Hortigoza, tiene idea de hasta cuántos metros puedo sumergirme con este equipo? –le consulta ella, estudiando la escafandra.

-No más de diez, mi primera teniente, no está diseñado para resistir mucha presión de inmersión, cualquier inconveniente, me lo comunica por el radio interno, aquí tengo otro equipo BQ.

 -, me sirve… ¿Y el cabrestante, qué largo tiene?

 -¿Cabrestante? –pregunta con extrañeza, el infante de marina.

Al darse cuenta que no entiende el término, la extraterrestre se lleva una mano a la vincha para buscar un sinónimo y le rectifica:

-Quiero decir, malacate.

-¡Ah sí!… Veinte metros de cuerda de acero, mi primera teniente.

-… Alcanza. ¡Presten atención! Vamos a entrar al río y nos dirigiremos hacia donde quedó atrapada mi nave. Cerwensky, ya tiene las coordenadas de ubicación y una vez localizada, detenemos la marcha y yo me sumerjo -con el gancho del malacate- para intentar desenterrarla, ¿de acuerdo?

-¡Entendido! –responden todos, mientras el anfibio se moviliza en el agua.

Hora 08.20

Conducido por un vigilador privado y asistido por un infante de marina, el VAE 134 se desplaza sobre las amarronadas aguas del Río de la Plata. La aparente tranquilidad y la ausencia de otras naves, hacen sospechar a Hortigoza de alguna operación próxima a desarrollarse, pero no lo comenta.

 -Tranquilo Cerwensky –le dice la xinebiana-… Vaya despacio, lo está llevando bien… Espero sepa cómo detenerlo.

 -Yo le indico, no se preocupe mi primera teniente –intercede Hortigoza-. Tengo capacitación sobre conducción de vehículos anfibios.

-Ahora colóqueme la escafandra, por favor.

 -¡A la orden, mi primera teniente! –obedece Hortigoza y alardeando sobre sus otras virtudes, le dice: Y también estoy instruido en la utilización del GPS náutico y…

-

Todos se miran, sin entender lo que sucede, pues después de colocarle la escafandra, la mujer se expresa en su lenguaje original, desconocido por el soldado, quien pestañea intrigado.

-B B, lo voy a recomendar para un ascenso, después –aclara la xinebiana, tras darle un par de golpes a la escafandra para normalizar su sistema de traducción simultánea.

          -Mi primera teniente, ¿podemos encender el radio, para saber si hay novedades? –le grita Hortigoza, antes de que ella se sumerja.

La humana extraterrestre lo aprueba, con el típico gesto del pulgar y el índice en círculo.

 -¡Comprendido, mi primera teniente!

Una vez localizada la posición de la nave, el VAE se detiene y Lhexia se arroja al agua.

 -Esperemos, le alcance el oxígeno –reza el infante de marina, revisando su reloj pulsera-. Tiene unos diez minutos, más o menos.

El sol domina el horizonte, proyectando su calor sobre la estructura del anfibio, mientras Nícolas, vigila el entorno con prismáticos.

-¡Che, Izma! Dale, prendé el radio –le solicita Julián, mientras acaricia el lomo de Pitu…

Cuando el soldado se va arrimando al receptor, en un rincón ve un bulto que le parece extraño y descubre el traje de invisibilidad de la xinebiana…

 -Disculpen muchachos, ¿es el uniforme de piloto de la oficial Plendersky, no?

 -Ah, zí zí -responde Julián-, ez el traje espezial que uzaba cuando piloteaba zu nave ezpía y loz Razterz la derribaron, convirtiéndola en un OZNI…

 -¿OZNI? –repite Nícolas, sin entender- ¿Qué es eso?

 -¡OZNI, ruzo!… ¡Objeto zumergible no indentificado!

 -¡Ah, OSNI será ja, ja, ja!

Al cabo de pocos minutos, la escafandra traslúcida de Lhexia aflora en la superficie y con una mano realiza el gesto de remolque. El malacate estira el cable de acero y comienza a arrastrar la nave enterrada en el fondo. Unos segundos después, Lhexia levanta la mano para detener el malacate y se vuelve a sumergir. Nícolas sigue vigilando con prismáticos, mientras sus compañeros insisten con el radio enmudecido.

 -Eh Maqui… Vos, que sabés todo –le comenta su compañero, sin dejar de mirar el horizonte-. En el Río de la Plata, ¿tenemos ballenas?

 -¡Ja, ja, ja! ¿Acazo eztamoz en Puerto Madryn?… No, claro que acá no laz hay.

 -Entonces esas cosas que se acercan ¿qué serían? –pregunta el vigilador, avizorando unos bultos en movimiento.

          -¡No me jodaz!

          -¡Están lejos y vienen despacio! –advierte el soldado, oteando también él con el largavistas- Si me permiten una sugerencia, podemos enviar el drone espía.

 -¿Zerán torpedoz? –pregunta Julián, despavorido.

En ausencia de un superior, el infante de marina busca la aprobación de sus compañeros y un cruce de miradas basta para que el drone de cuatro hélices salga expulsado y se dirija al sitio. Comandado por un control remoto, el pequeño explorador comienza a enviar imágenes que se reproducen en el monitor y no muestran más que un calmo oleaje y algún que otro tronco flotando, hasta que se topa con cuatro esferas cristalinas, de unos dos metros de diámetro.

          -No, no son torpedos –revela Hortigoza-. ¡Son unas burbujas autopropulsadas! ¡Y adentro, vienen los robots!

Ni bien termina el mensaje, desde el interior de una de las esferas se dispara un rayo que pulveriza al drone, tal como ocurrió con la paloma de la paz en el recordado film de Tim Burton. En ese momento, el transceptor militar, rompe el silencio.

 “Atenta unidad anfibia VAE 134, modula el comandante del COS en operación restringida, detectamos la aproximación de 4 objetos no identificados hacia su posición, ordenamos retiro inmediato con maniobras evasivas, cambio.”

Nícolas se acomoda en la butaca del conductor, mientras el soldado toma el micrófono y Julián se contacta con Lhexia, por el intercomunicador.

 “Respondiendo cabo primero Hortigoza, unidad anfibia VAE 134 del

 ARA Malvinas Argentinas, acatamos órdenes y procedemos a la pronta retirada, cambio.”

          “Recibido VAE 134… Están en camino lanchas rápidas de ataque, emplearemos protocolo disuasivo. Reiteramos orden de retirada, cambio y fuera.”

 -No hay más tiempo, muchachos –advierte Hortigoza-. ¡Si no nos retiramos ya, nos van a freír!

         -¡Sin Lhe… la oficial, no vamos a ningún lado! –sentencia Nícolas, al mando del volante.

Justo aparece un brazo de la extraterrestre, sosteniendo una placa metálica y de inmediato la suben a bordo.

Hora 08.30

En plena retirada, el VAE se impulsa a su máxima velocidad, buscando la protección de la Reserva, pero unos metros antes de llegar, recibe una descarga de luz que lo detiene…

 -¿Qué pazó ruzo, por qué parazte?

 -¡Se murió el motor, boludo! ¡No hay reacción!

 -¡Recibimos un P.E.M.! –explica el soldado, subiendo a su torreta de tiro.

-¿Y ezo?

-Es un pulso electromagnético, que neutraliza el soporte electrónico de los motores –alecciona la joven, con su traje BQ aún colocado.

Y mirando a Hortigoza, cierra:

-Así, me derribaron a mí.

Casi llegando al anfibio, las burbujas autopropulsadas van tomando forma y revelan ser una protección para los Rasters.

 -¡Los tengo en la mira, mi primera teniente!… ¡Cuando usted ordene!

Lhexia sabe que dispararles sería inútil, pues el escudo esférico que los protege repele las balas y sería peligroso para todos… Pero ¿Cómo explicarle a un militar que su arma no sirve, que sólo los va a potenciar…?

-Mantenga su posición, cabo primero.

Por estos motivos, la xinebiana busca una excusa para evitar ordenarle disparar… Pero esa decisión ya no hace falta, pues desde otro sitio, una lluvia de metralla comienza a impactar sobre las cuatro esferas…

 -¡Uy, otra vez ze armó la podrida! –aulla Julián, tapándose los oídos- ¡Vení, Pitu!

 -¡Debemos salir! –exclama Nícolas, ante la imposibilidad de arrancar el blindado.

 -¡EL VAE RESISTE LOS IMPACTOS, ESTAMOS MÁS SEGUROS DENTRO! –grita Hortigoza, desde la torreta- ¡ESPERO ÓRDENES, MI PRIMERA TENIENTE!

 -¡MANTENGA SU POSICIÓN, CABO PRIMERO! –le ordena enérgicamente la oficial, mientras se quita el traje.

Tres lanchas militares de gran porte, se desplazan hacia las esferas, disparándoles. Y en el cielo, se ven las estelas de dos misiles lanzados desde un destructor anclado en el canal de navegación.

 -¡LES LANZARON DOS MISILES! –alerta Nícolas, usando el largavistas.

 -¡CABO PRIMERO! ES IMPERIOSO QUE DESTRUYA ESOS MISILES… ¿COMPRENDIDO?

 -DESTRUYO… ¿LOS… MISILES?

 -¡ES UNA ORDEN DIRECTA!

-¡COMPRENDIDO, MI PRIMERA TENIENTE!

El artillero eleva el cañón de su ametralladora y la acciona, enviando incontables ráfagas hacia la arremetida mortal, hasta que los hace detonar a los dos al mismo tiempo.

 -¡Nícolas! Prueba ahora con el encendido –le indica la extraterrestre, desde la invisibilidad, potenciando el sistema eléctrico.

Tras despedir una bocanada de humo negro, el VAE arranca su planta motriz y también sus turbohélices, poniendo rumbo hacia la vegetación.

 -¡SÍÍÍ! -exclama Nícolas- ¡La mejor ingeniera ja, ja, ja!

Durante la ajustada huida, por el monitor del anfibio se puede ver el despliegue de las lanchas de ataque, que rodeando a las esferas junto a dos helicópteros, las hostigan con toda clase de municiones. En medio de la trifulca, el VAE abandona las aguas rioplatenses y trepa a la zona selvática.

 -¡No estamos en el sendero de acceso, eh! –informa Nícolas, esquivando árboles de gran porte- Por acá, vamos directo al pantano…

Acurrucado en un rincón, Julián -con Pitu a upa- observa la batalla y comprueba que la agresión es unidireccional, pues sólo atacan las fuerzas militares, pero también, puede ver que los escudos de los Rasters comienzan a colorearse, tal como lo hicieron en el operativo de la Ciudad Universitaria.

 -¡Van a generar otro impulso estático! –alerta Lhexia, exhibiendo sólo su cabeza- ¡Imprime más potencia a esta cosa, Nícolas!

-¡A la orden, oficial! –responde el vigilador, hundiendo el pie en el acelerador.

Sin revelar su aspecto ante el soldado, la xinebiana le ordena las acciones a seguir.

-Cabo primero… ¡Vaya abriendo paso!

 -¡CON GUSTO, MI PRIMERA TENIENTE! –responde el artillero desde la torreta, pero sin verla… Tras ello, con su ametralladora comienza a echar abajo toda la vegetación que se interpone en su camino.

Al cabo de unos pocos segundos, un bramido estrepitoso y un gran resplandor, se adueñan del espacio. El VAE se detiene, el artillero deja de disparar y a partir de ahora, sólo reina el silencio.

Hora 09.30 Escenario 3

El helicóptero que trae a la doctora Ángela Hérzler, es el único en sobrevolar el espacio aéreo restringido, desde allí todo se ve normal, incluso la superficie costera del río, en donde se acaba de producir el mismo fenómeno por cual la científica es convocada.

 -Gracias por acercarse, doctora –la recibe el general Fulkner, estrechándole la mano y luego, le presenta a su plantel-. El capitán Benítez, el supervisor Molinari y ya conoce al doctor Renatti.

Dentro del módulo de operaciones, los científicos son asistidos por dos camareros, mientras intercambian opiniones sobre el fantástico caso. En ese instante, Fulkner recibe la novedad sobre el segundo hecho y rápidamente se dirige a un sector contiguo.

 -Acaba de ocurrir otro incidente en el Rio de la Plata –revela Fulkner, una vez de regreso.

Todos se dan vuelta.

  -Se trata del mismo enemigo –les informa, visiblemente consternado-. Tres lanchas de ataque y dos helicópteros del COS, quedaron atrapados de igual manera.

 -¿Tenemos imágenes, señor? –pregunta Benítez.

 -Sólo del ataque. Al parecer, los invasores perseguían a un vehículo anfibio que operaba en la zona y el COS salió a interceptarlos.

 -¿Y qué hacía esa unidad, en el área de exclusión? –murmura Benítez, apretándose el mentón con los dedos opuestos.

 -Nuestro satélite captó una operación de tipo submarino, llevándose a cabo desde un VAE –relata el general, observando las imágenes transmitidas-. Y acá, se puede ver un buzo con equipo BQ emergiendo con un objeto en su mano…

 -Perdón, general –intercede Molinari, con su cigarro electrónico apagado-. ¿Podremos obtener un acercamiento de esa imagen?

Fulkner asiente y el operador del sistema comienza a acercar la imagen hasta obtener una certera visión. Entonces Molinari logra identificar a Julián, su vigilador, pero no lo divulga. Y después de agradecer, pregunta.

 -¿Qué será ese pequeño objeto metálico?

Nadie le responde, pues nadie lo sabe.

  -Un efectivo que se identificó como dependiente del destructor Malvinas -acota Fulkner-, acató la orden impartida y abandonaron la zona.

-¿Se sabe qué sucedió con el anfibio? –pregunta Benítez, dando un sorbo a su café.

 -Lo creemos dentro de ese domo inerte, ya que no responde a los llamados.

Hora 09.45 Escenario 2

 “Atento VAE 134, aquí comando central de operaciones, respondan, cambio”

Habiendo zafado del pulso de paralización, por estar fuera de alcance, los tripulantes del VAE 134, desde hace varios minutos están como noqueados. La primera en reaccionar es Lhexia, tal vez por estar enfundada en su mono de invisibilidad, que la preserva.

“Atento VAE 134, aquí comando central de operaciones, respondan, cambio”

-¡Ya durmieron bastante, caballeros! –chilla la xinebiana, mientras vuelve a colocarse el uniforme médico sobre su traje activado.

“Atento VAE 134, aquí comando central de operaciones, respondan, cambio”

 -CABO PRIMERO ¿ME ESCUCHA? –le grita a Hortigoza, dormido sobre su ametralladora.

 -¡A… A LA ORDEN, MI PRIMERA TENIENTE! –responde el infante de marina, aún desconectado del mundo real.

-¡Baje y atienda ese radio-transmisor! –le ordena ella, dejando que se vean sus manos y cabeza.

Mientras el soldado acude al radio, le da agua a Pitu en un platito y con un jarro hace lo propio con los vigiladores.

 -¿Qué pazó… chocamoz?

-Bienvenidos al planeta Tierra -bromea ella-… Ahí atrás quedaron todos frizados, pero los Rasters no y seguramente van a ubicarnos con mayor facilidad por este archivo.

 -(¿Podés desactivarlo?) –pregunta Nícolas en voz baja, para que Hortigoza no se entere.

-No. Tiene un localizador -como las cajas negras de los aviones- y yo no lo puedo desactivar, sola.

-¡Ya zé!… Nezezitamoz otra alienígena.

-No. Debo hacer contacto con los Esplenders, para que me envíen los códigos de desactivación.

-Entiendo –deduce Nícolas-, se quieren asegurar que caiga en buenas manos… ¿Y no hay otra manera de ocultarlo?

-Sólo si lo sumergimos en algún líquido, eso podría desorientarlos un tiempo.

“Comando central de operaciones, responde cabo primero Hortigoza del VAE 134, cambio”… Disculpe mi primera teniente, ¿qué les digo?

-Que estamos bien, fuera del área de combate y a la espera de órdenes.

Hora 10.00 Escenario 3

El contacto radial se establece y el general Fulkner le ordena al operador:

 -Pregunte si pueden movilizarse con la unidad, hacia algún punto de extracción.

 -¡Perdón y también si los vigiladores están ahí! –se inmiscuye Molinari, ansioso por saber de sus hombres.

Fulkner lo aprueba con un gesto, pero la modulación radioeléctrica se trunca.

 -¿Qué cuernos sucede? –exclama Fulkner, mirando al capitán Benítez- ¿Por qué no se activó la energía auxiliar?

-No tengo idea señor –responde el capitán, intentando en vano comunicarse con el sector técnico.

Grupos de ingenieros, escoltados por comandos del COS, se movilizan por diversos sectores investigando las causas de la inhibición energética.

 -También se cayó todo el sistema –anuncia luego Benítez, señalando hacia los grupos electrógenos inoperantes- y las baterías se descargaron de golpe.

 -¿Será posible? –protesta Fulkner, saliendo del remolque para encender un habano.

-¡Que extraño! –opina el mayor Steiner, el ingeniero electrónico a cargo del sector. Los amperímetros no acusan lectura de corriente eléctrica alguna…

 -¡Desplieguen las comunicaciones de emergencia! –ordena luego Fulkner, al grupo de operadores a su alrededor- ¡Esos teléfonos, no necesitan de baterías!

-Sí, pero tampoco funcionan, señor –le informa Steiner y agrega: ¡Están muertos!

 -¡Maldición! Escuchemé Benítez… ¡Me despacha una comisión en helicóptero y me averigua qué alcance tiene este apagón!

 -Están intentando señor, pero los motores no encienden.

 -¿Pero, qué dice Steiner? –inquiere Fulkner, encolerizándose, pensando que esto sólo puede ocurrir en las películas- ¡Bueno, mande vehículos, tanques… no sé!

-Nada que utilice corriente eléctrica en su circuito motriz, arranca, señor –le explica con desconcierto, el mayor Steiner.

-¡Pero, los motores usan combustible, carajo!

 -Su software se rige por la electrónica, señor –retruca el ingeniero-, al igual que en las aeronaves. Aunque podemos probar, empujando los vehículos gasoleros para arrancarlos.

-¿No deberíamos activar el P.E.I., general? -le susurra Benítez.

 -¡Sí! ¿Dígame cómo hacer para activar el protocolo internacional, Benítez…? No tenemos comunicaciones, no tenemos movilidad… ¿Tiramos una bengala??? ¿Remontamos un barrilete???

 -Con todo respeto, general –interviene Molinari, pitando con insistencia su cigarro artificial-. Me permito sugerirle una modalidad, tal vez un poco primitiva, pero en otras épocas funcionó muy bien: Caballos para traslados, sol para señales y palomas para mensajes…

Fulkner enrojece y se hincha… Entonces, interviene Benítez.

 -¡Ah, eso podría ser! La división de mensajería colombófila, la tenemos el aquel remolque.

 -Bueno… Manéjelo Benítez… Y me informa qué alcance tiene esto y cuándo tendremos energía.

 -Para ir adelantando –agrega Molinari, con mayor entusiasmo-… Se puede mandar algún soldado -con aptitud- a que trepe a la torre de antenas con un espejo y así podrá enviar señales Morse a la flota.

 -¡Ah, bien bien, Molinari!… Lo voy a contratar como asesor civil…

 -Cuando disponga, señor – acepta la moción el supervisor-. Y si se le complica traer a la división equinos, le recuerdo que aquí cerquita está el Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín.

 -¡Pero, es la escolta del presidente! –chilla Benítez, un poco celoso.

 -Vaya hasta la Casa Rosada en bicicleta y ¡pídalos prestados, Benítez!

Hora 10.30 Escenario 2

El VAE 134 quedó inoperante y su sofisticado sistema auxiliar, fuera de servicio. Empujar este mastodonte de trece mil kilos, se dificulta. Entonces, el grupo decide movilizarse a pie, por la cerrada vegetación.

 -¡Che, Izma!… Bien por laz raziones alimentizias, eh –comenta Julián, trajinando torpemente entre los arbustos, mientras mastica un turrón de maní.

 -¡Ah, sí! –asiente Hortigoza, cuidando la retaguardia con un fusil de asalto- Son víveres, programados para una semana de supervivencia.

Separados unos metros, Nícolas con su gorra colocada y cargando a Pitu, camina junto a Lhexia, mientras lleva un equipo de oxígeno, además de su atesorado archivo.

 -Primero, la zona inerte –repasa al aire, Nícolas-, después, el famoso pulso electromagnético -que casi nos liquida- y ahora, esto… ¿Me podés decir, cuántos recursos más tienen estos tipos, muchacha?

 -Como tú dices, muchacho… Son recursos defensivos, que aprovechan la fuerza del oponente para potenciarse… Y te habrás dado cuenta que sus acciones son pasivas, pues dejan inoperante al oponente, sin agredirlo.

 -Evolución –masculla el vigilador, analizando lo dicho.

 -Así es, muchacho, evolución humana.

 -Nosotros, estamos tan lejos de eso… No parecemos humanos, la maldad, siempre aparece en primer plano.

 -Ya les he contado, en dónde está instalada la maldad en tu raza y acá, conmigo, tengo el método para erradicarla. La maldad humana, es provocada por una familia de genes bien identificados, ¿entiendes eso?… ¡Es una falla de vuestro origen, pero tiene solución! Aunque antes, deberán superar sus propias barreras ideológicas para lograrlo.

 -Además de los intereses creados –murmura él, afligido.

 -¡Justamente! Esos, son algunos de los inconvenientes generados por este gen estructural –define la xinebiana-. Por eso… ¡Deberán contar con decisión y huevos!… ¡Oh, perdón! (fue una falla en mi traductor)… ¡Y coraje, quise decir!… Para comenzar a extirpar este gen y sus ramificaciones… ¡Y te aseguro que se puede, nosotros, lo hemos hecho!

Nícolas le dedica una mirada, mezcla de temor y admiración, pues desde su óptica masculina, nunca vio a una mujer con tanta determinación.

 -Sí, pero estos tipos, no son muy santitos, pues los dejaron a todos atrapados en esa bruma rojiza…

-No son tipos, muchacho; se trata de máquinas programadas y has visto cómo operan… Antes de caer al agua, los tripulantes de los helicópteros quedaron suspendidos en una nueva zona inerte y así seguirán hasta sus reactivaciones, pero no están muertos… Pudiendo haberlo estado.

 -¿Y todo esto, lo hacen esos cuatro Rasters?

-No todo… Hay otras fuerzas, que aprovechan esa generación de energía, para beneficio propio.

 -¿Vos decís, que además de estos seres, hay otros?

La xinebiana no responde y el vigilador insiste.

-¿Cómo es eso, muchacha?

 -Donde se origine un conflicto armado, siempre se provoca una alteración electroestática del ambiente… Esa energía liberada no la percibimos, pero está y puede ser aprovechada por quien aprendió a controlarla.

 -¿Y entonces?

 -La creación de zonas inertes y la absorción energética, están relacionadas, pero los Rasters no son quienes las manipulan…

Hablando de Rasters, tras sus pasos, se presentan los perseguidores y Pitu los anuncia.

 -¡Ahí vienen mi primera teniente! ¿Disparo?

 -No no –responde Lhexia, sabiendo que sería inútil-. ¿Ustedes habían mencionado algo sobre un pantano, verdad?

-Sí, el foso que rodea al complejo –le confirma Nícolas, corriendo junto a ella-. ¡Está cerca!

 -¡Vayan recogiendo esas bolsas plásticas! -les ordena la xinebiana, apuntando a los residuos, que habitualmente dejan los visitantes de la Reserva Ecológica- ¡Y apuren el paso, caballeros!

Sin descubrirlos, aún, los cuatro androides se les van acercando orientados por la señal del localizador del archivo.

-¡Escuchen! –grita ella, mientras corre tras Nícolas- Estos Rasters no poseen capacidad para localizar el archivo, si está sumergido. Y son torpes bajo el agua, así que ni bien lleguemos al pantano, nos ponemos estas bolsas en las cabezas, las llenamos con oxígeno y nos sumergimos. ¿De acuerdo?

-Menoz mal, que haze poco zanearon el pantano –comenta Julián, ocultando su celular, su arma y el radio bajo el matorral, mientras Hortigoza, sigue buscando una bolsa.

-¿Para qué cuidás tu celular, si no sirve? –le pregunta el soldado, escondiendo su fusil.

-Yo zoy de loz que nunca pierden la ezperanza, Izma.

Los autómatas avanzan sorteando arbustos y troncos caídos. Sus cabezas esféricas -circundadas por un visor- agitan sus luces azuladas -de un extremo a otro- en busca de su primordial objetivo; la joven Lhexia-110.

 -llegamos. ¡A colocarse las bolsas!

Mientras Julián despliega su bolsa plástica e introduce la cabeza, Hortigoza se quita el casco y queda esperando, pues bolsa no tiene, entonces Lhexia se acerca a ellos, para proveerles oxígeno, mientras Nícolas está pensando qué hacer con Pitu.

 -Bueno, los dos en la bolsa de Julián –les ordena Lhexia, considerándola espaciosa…

Julián le hace un lugar al soldado narigón, quedando enfrentado cara a cara con él y ambos se miran con aprensión, rápidamente Lhexia le inyecta oxígeno y la bolsa se infla. En tanto, Nícolas comprueba que su bolsa está rota y se lo marca a Lhexia, entonces ella le quita a Pitu de los brazos, para luego meterlo en la bolsa -ya expandida- de los muchachos.

-¡A sumergirse o no contaremos el cuento, caballeros! –les dice, dejándoles el tubo oxígeno, a los ahora tres aeróbicos embolsados…

Presionando sus cuerpos hacia abajo, ambos hombres -y el can- se sumergen, hasta que la bolsa se pierde de vista. Lhexia regresa a Nícolas, ya con los perseguidores encima y notándolo preocupado por no tener bolsa, le dice:

 -Confía en mí, terrícola…

Entonces, lo atrapa entre sus brazos musculosos y apoyando su boca a la del él, se sumergen…

Hora 10.40 Escenario 3

Improvisando por la ausencia de energía, con el poderoso parque de vehículos de combate inactivo y el sistema operativo fuera de servicio, el general Fulkner observa el lanzamiento de las palomas mensajeras, con comunicados dirigidos al Centro de Mando. Junto a él, Benítez, Molinari, la doctora Hérzler y el profesor Renatti, contemplan un errático vuelo de las aves liberadas por su adiestrador, un suboficial mayor de apellido Gutiérrez, ya cercano a su retiro.

 -En treinta años de servicio, jamás he tenido que depender de unas palomas para comunicarme –refunfuña Fulkner.

 -Son nobles y rápidas, mi general –acota el cuidador, quien confía plenamente en ellas-. ¡Las palomas Bravías, pueden volar a cien kilómetros por hora!

 -¡Bah! Sólo sirven para cagarnos los autos –agrega Benítez, despectivamente.

-Sin embargo –reacciona Gutiérrez, tratando de disimular la ofensa-, muy pocos militares han conseguido las condecoraciones que Cher Ami obtuvo en la Gran Guerra, más Winkie, Mary de Exeter, G.I. Joe, Commando y Guillermo de Orange, en la segunda guerra mundial, por haber salvado miles de vidas… Señor.

Benítez, fulmina al canoso suboficial con la mirada. Luego, sin dejar de observar las piruetas, le informa a su superior…

-Ya desplegamos balsas hacia el destructor Malvinas, general. A los cuarteles, ya salieron mensajeros en bicicleta. Y a las torres, están subiendo dos operadores para la transmisión Morse.

Con el sol buscando el cenit primaveral, la temperatura rondando los veinte grados y una brisa suave proveniente del río, el día avanza en pleno, a pesar de la gran tormenta. El constante vuelo en círculos de las palomas, llama la atención a su adiestrador y a los científicos, quienes ponen toda su atención en ellas.

 -¿No les digo? –critica Benítez- En vez de llevar esos mensajes urgentes, hacen acrobacias aéreas.

 -Están desorientadas y no pueden encausar su vuelo –diagnostica Gutiérrez- tal vez por alguna anomalía en el campo terrestre.

 -Sólo dan vueltas alrededor del domo –apunta el profesor Renatti-. Me pregunto… ¿Estarán “viendo” algo que nosotros no?

 -Daría la impresión que siguen algún patrón geomagnético –agrega la doctora Hérzler y ni bien termina de decirlo, las aves se lanzan en picada hacia esa cúpula- ¡Hay Dios! ¡Enloquecieron!

Las palomas se pierden dentro de esa gigantesca cúpula, que oculta la verdadera imagen de un complejo destruido.

Hora 10.45 Escenario 2

Cinco minutos, son escasos en un lapso temporal, pero sumergidos en aguas turbias, con sus rostros enfrentados dentro de una bolsa de consorcio y con un ronroneante animalito en el medio, a Julián Rodríguez y al cabo Hortigoza, les parece una eternidad…

-ya pueden subir-les susurra Lhexia, tocándoles las espaldas-. Ya pasaron.

En tanto Nícolas, consternado por aspirar el oxígeno que la muchacha le fue suministrando con su boca, recibe a Pitu.

 -Hola amiguito, ¿te asustaste? –le pregunta, saliendo del pantano para buscar sus cosas.

 -Che, ruzo –dispara Julián-. ¿Cómo ze arreglaron con eza bolza rota?

Nícolas se ruboriza.

-Usamos un canuto de plumerillo, Maqui… Dejá de preguntar boludeces y movete.

 -Mmm… Ahora yo digo ¿para qué mierda conzervamoz eztoz radioz, zi no hay energía?

 -Ya lo dijiste antes, Maqui –le recuerda su compañero-. La esperanza es lo último que debemos abandonar.

El grupo retoma el escape, con el agua a medio cuerpo, siguiendo la circunvalación del foso.

 -Disculpe mi primera teniente –farfulla Hortigoza, cuidando la retaguardia con su fusil en alto-, ¿a cuánto cree que estemos de nuestras líneas?

 -Más cerca de lo que piensa –responde la falsa oficial, encabezando la patrulla, junto a Nícolas.

De pronto, la xinebiana logra distinguir a los cuatro Rasters y agachándose, los señala, el resto se detiene, pero Pitu se inquieta y antes que comience a ladrar, Nícolas le da un chocolate.

 -(Se dirigen a la zona inerte) –susurra ella, al oído de Nícolas.

 -(¡Ah, mirá! Ellos pueden moverse libremente ahí dentro).

 -Así es –asiente ella, sujetando con fuerza su archivo-, poseen un campo de fuerza propio que los mantiene en una atmósfera de aislamiento.

Después de un rato. Nícolas balbucea una inquietud.

 -¿Te puedo preguntar algo?

 -Sí, dime.

-¿De dónde sacaste oxígeno para pasarme?

La xinebiana sonríe.

-El mono que llevo debajo de estos harapos mojados, contiene unas escamas multicelulares que producen oxígeno y me lo transfieren por ósmosis a mi cuerpo.

 -Conque ósmosis, eh –farfulla él, deslizando suavemente una mano por sus propios labios.

 -¡Continuemos! –ordena la xinebiana, yendo a otra cosa- Los Rasters ya entraron en la zona inerte.

Hora 11.00 Escenario 3

Frustrado por la desaparición de las palomas mensajeras y la inoperatividad del aparato militar, el general Fulkner se descarga.

-¡SERÁ POSIBLE! ¿NADA FUNCIONA?

-Las armas de fuego, están operativas, señor –responde con seguridad, Benítez.

-CON ESTOS SERES, ¿LOS FUSILES PARA QUÉ MIERDA ME SIRVEN, BENÍTEZ???

-Tiene razón, general –interviene Molinari, pitando su cigarro químico, aunque sin luz y sin humo-. Hemos visto que si no los atacamos, ellos tampoco lo hacen… Esta situación, no se resuelve con armas.

-Opino lo mismo –dice la doctora Hérzler, acoplándose al concepto de Molinari-. Los humanos, recurrimos a la violencia para solucionar todo y así nos va. Sugiero que probemos de entrar al domo, para intentar dialogar o al menos enterarnos de quiénes son, de dónde vienen o qué quieren estos seres… ¿No le parece?

-¿Y cómo se supone que lo hagamos, doctora? –pregunta Fulkner, bajando un cambio.

-Por lo que pudimos observar con el profesor, esta cúpula invisible es como un fotomontaje que oculta una atmósfera estacionaria inerte, con una paralización temporal del tiempo-espacio. Para provocar un suceso de esta magnitud, se necesita una potencia energética inimaginable y le puedo asegurar, que ni acumulando toda la energía que el hombre dispone, se podría lograr un salto dimensional como este.

-Es esencial, descubrir que sistema de potenciación utilizan –acota el profesor Renatti- y si esta absorción energética, está relacionada… ¿Me explico?

-Es evidente, que desde algún lugar están absorbiendo toda clase de reacción electro-magnética –agrega el mayor Steiner, desde su perspectiva técnica-. Por eso es imperioso localizar dónde se origina este proceso.

-Entonces, ¿ustedes sugieren que mandemos más personal ahí adentro? –define Fulkner, mientras los invita a regresar al módulo logístico.

-Al primer punto cero, enviamos a seis técnicos, señor, pero nunca regresaron –le recuerda Benítez.

 La doctora, interviene.

-Hasta que no se desactive, el campo de inercia ingrávida al que están sometidos, no vamos a saber de ellos, señores.

-Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados, hasta que a estos invasores se les ocurra -refunfuña Benítez.

Fulkner, se para frente a los monitores oscurecidos y percibiendo el estado de incertidumbre colectiva, decide:

-De acuerdo… Le daremos una oportunidad a la ciencia y espero me lo puedan resolver rápidamente para evitar la activación del P.E.I., porque si fallamos, las fuerzas armadas mundiales, se nos vendrán encima.

-Confíe en la ciencia, general –le dice la doctora, cerca de Renatti.

-Bueno… ¿Qué precisan?

-En el Instituto, estamos desarrollando un biotraje espacial –responde de inmediato la doctora, tomando por costumbre su teléfono inutilizado- y si bien, aún se encuentra en etapa experimental, puede servirnos…

-Ya oyó a la doctora, Benítez… A caballo o a mula, pero ¡me traen ese traje y de manera urgente!

Hora 11.20 Escenario 4

El sargento primero Omar Jacub, un barbado comando del COS, encabeza un pelotón de tres viejos camiones Unimog, puestos en marcha a través del esfuerzo muscular de sus hombres y se dirigen hacia el centro urbano, para cumplir con la misión ordenada por Fulkner. En la primera unidad, desde la cabina y con medio cuerpo afuera, el sargento de rostro cincelado y apenas visible por el camuflaje, arenga a sus hombres.

 -¡Equipo! Les recuerdo que estamos por nuestra cuenta, no hay GPS, ni comunicación… Ni siquiera, una puta Spica anda.

El musculoso chofer que conduce -un cabo primero de confianza de Jacub-, no puede evitar esbozar una disimulada sonrisa, tras la burda comparación.

-Sólo contamos con nuestras armas e intuición militar para cumplir la misión -prosigue el sargento, en medio del polvo que levantan los neumáticos-. Debemos llegar hasta el perímetro de contención, para transmitir nuestras órdenes al centro de mando, pase lo que pase… ¿ENTENDIDO?

 -¡SÍ, SEÑOR! –responden los veinte comandos, desde la parte trasera del camión, incluido el hombre de gran porte que lo conduce.

Durante el trayecto de apenas cinco kilómetros, los tres camiones van esquivando los tanques de guerra y transportes de tropas, que al quedar sin energía se encuentran varados con su personal a los costados. Y en pocos minutos, llegan al perímetro de seguridad, repleto de ciudadanos preocupados por la falta de noticias. Una vez allí, después de saludar al oficial a cargo, Jacub comprueba que la provisión de energía es normal y los equipos radioeléctricos funcionan sin inconvenientes, por lo tanto, se comunica con el centro de mando y transmite las novedades, más la petición de traer a Buenos Aires el biotraje espacial solicitado.

 “Por sugerencia del General de División Hernán Fulkner, se debe suspender la incursión de material rodante a la zona de conflicto hasta nuevo aviso… Se informa que el área está controlada por un campo de fuerza extraordinario, que neutraliza toda clase de energía electrónica y electromagnética. Se cree un intento invasivo de seres de origen desconocido, contabilizado hasta ahora en cantidad de 4. Situación por ahora manejable con fuerzas propias, sin necesidad de asistencia internacional.

Se solicita urgente colaboración del Cuerpo montado de Policía Federal, para desplazamientos logísticos.”

Siempre con su arma encima, Jacub recibe un maletín con órdenes impresas en papel, de manos del oficial a cargo.

 -Lleve esto a Fulkner y dígale que es imperioso mantener comunicación constante, se nos dificulta contener a la gente y a los medios, ¿me entiende, no?

 -Con el aporte de la caballería y con estos camiones, se va a agilizar la mensajería señor –adelanta Jacub.

 -De acuerdo sargento, disponga.

Tras el saludo de rigor, Jacub se apresta a subir al Unimog, pero se da cuenta que algo está ocurriendo.

-¡Kowalsky, cuide que no se pare el motor! –le advierte a su conductor, permaneciendo de pie sobre el estribo, mientras observa una espontánea reacción de la gente.

Cada persona, se va dando cuenta de la ausencia de energía en sus celulares, cámaras y relojes y su pronta reacción, es ocuparse de ello, creando un silencio espontáneo.

-¡Acá también se chupan la energía! –diagnostica Jacub, observando con largavistas.

Sobre la ancha avenida Del Libertador, se alcanza a ver una interminable fila de vehículos detenidos -como hormigas exterminadas- con sus conductores y pasajeros tratando de descubrir el motivo.

 -Que un móvil vaya a comprobar hasta dónde llega este apagón –le ordena Jacub a Kowalsky, para que pase la voz.

 -¡Ya lo oyeron, señores! –grita Kowalsky, asomándose desde la cabina- ¡Y no me vengan con que se paró el motor o se quedaron sin gas-oil, eh!

A partir de ahora, el silencio se apodera de la situación, ya no hay ruido de escapes, bocinazos impacientes, ni sirenas presurosas, sólo el creciente clamor de la gente agolpada en las vallas.

Hora 11.30

 -Acá pasa algo raro, Lucas –le comenta Cris Neguil a su camarógrafo, quien busca con insistencia algún defecto a su cámara.

 -¿Vos decís, por el apagón?

 -¿Apagón en todas las cosas? –retruca la movilera de un popular canal de tv- ¿Cuándo, viste algo así?

 -Nunca.

-¡Dale, vamos al camión!

A pocos metros, en el camión de exteriores ahora inoperativo, tres técnicos revisan los circuitos eléctricos y el grupo electrógeno, sin entender que sucede.

 -¡Olvídense! –exclama Cris, ni bien llega- Esta falta de energía es total, miren sus celus y relojes… Esto afecta a todo lo eléctrico y electrónico… Menos mal que se suspendieron los vuelos por la zona ¡no quiero pensar qué hubiera ocurrido con los aviones!

-¡Mi viejo es electro dependiente! –exclama uno de los muchachos del móvil- ¡Vive aquí cerca, debo ir a ver qué onda, Cris!

-Sí claro –le adelanta, la encargada de equipo-, andá nomás, tal vez más adelante consigas un taxi.

-¡Dale dale! Gracias Cris.

-¡Oíme Lucas! –retoma la periodista, mientras le da un beso al chico que se va- Entre tus cámaras fotográficas ¿tendrás alguna que funcione sin pilas?

-Sí claro, la Canyon con disparador a gatillo, aunque el fotómetro lleva una pilita… ¿Por?

-No hay problema, me sirve igual, no necesito mucha fidelidad. ¿Me la podés prestar, por favor?

-¿Vamos a sacar fotos? –pregunta Lucas.

-¿Eso quiere decir que venís? –retruca ella.

-Somos equipo… ¿no? –devuelve él.

-Bueno, dale –asiente la periodista, con un gesto de gratitud, mientras toma una mochila-. Vamos a entrar a la Ciudad Universitaria… Debemos descubrir qué mierda pasa ahí.

Lucas casi no la escucha, por tener su cabeza metida en los armarios en donde guardan las máquinas fotográficas.

-Ustedes dos estén atentos y cuiden el móvil –les pide la reportera-, aprovecharemos a entrar ahora, que están todos distraídos, ¡chau!

Hora 11.35

Semáforos apagados y edificios sin energía, a Jacub le dan la pauta de un caso similar al de la zona cero.

-Hasta donde alcanza la lente, todo se ve igual, Kowalsky –le informa Jacub, oteando con su largavistas-. Sólo veo circular el Unimog…

-¿Qué hacemos, sargento?

 Ustedes regresen al módulo de campaña y lleven este maletín al general Fulkner y díganle que quedo operativo aquí, hasta ver qué sucede. ¡Avancen!

 -¡A la orden, señor!

Hora 11.40 Escenario 5

En medio de la reserva silvestre, alejados del VAE inutilizado y después de una intrincada travesía, el grupo en fuga logra guarescerse en una casa abandonada, donde alguna vez funcionó una aldea ecológica educativa. Continuando con su falsa identidad, la extraterrestre los invita a ubicarse.

  -ustedes descansen –les sugiere, con su habitual dificultad en el lenguaje-, ahora debo hallar un recipiente con líquido, para sumergir el archivo.

-A ezte lugar le dezían eco-aldea, eztuve acá en el ziclo bázico, recuerdo que por allá atráz eztaba la huerta orgánica… Y había un aljibe que juntaba el agua de lluvia.

-

Julián y Nícolas se detienen para tratar de comprender lo que la xinebiana dice, pues tiene alguna dificultad con la traducción simultánea.

 - veamos si aún está ese aljibe –corrige enseguida el castellano, evitando que Hortigoza se dé cuenta.

 -¡Miren! Ahí eztá todavía ¡Ja, ja! Y tiene agua eztancada… ¿Zirve?

 -Cualquier fluido neutraliza las emisiones de la capa externa del archivo, para que no pueda ser rastreado.

 -Ah, para protegerlo –agrega Nícolas, ayudando a atarlo con un retazo de tela.

 -Mmm, pareze importante ezto, che –farfulla Julián, mientras con la ayuda de Hortigoza, lo bajan al estanque.

-Contiene información clasificada de vital importancia, para la seguridad nacional –reafirma la falsa oficial.

Con el archivo ya asegurado dentro del aljibe, el grupo se distiende y se organiza en diversas tareas. El primero en hacerlo es el gordito Julián.

          -¡Máz allá, había una higuera que ezplotaba de frutoz! –recuerda- ¡Vení Pitu! Vamoz a ver…

-Luego haré una inspección por la zona inerte –comenta después Lhexia, husmeando distintos sectores, en busca de ropa seca para cambiarse.

-Iré con usted, mi primera teniente –se dispone Hortigoza, acariciando su fusil.

 -¡No!… Necesito que monte la primera guardia para que el resto descanse, no se preocupe, no me expondré.

 -¡Como usted ordene!

El sol del mediodía se filtra entre la vegetación y sus rayos primaverales van resaltando los pequeños surcos que las hormigas dejan en la hojarasca. Cada integrante de la naturaleza, cumple su cometido y así, van acopiando su alimento; como las abejas y su vaivén recolector de néctar o el colibrí, que succiona el suyo. Pero esta realidad, se perturbó hace ya doce horas, obligando a este grupo a resguardarse en un área neutra entre las dos zonas inertes.

-Aquí hay algunas vestimentas extrañas –comenta Lhexia, revolviendo dentro de un placard desvencijado.

 -¡Ja, ja, ja! –festeja Nícolas, el hallazgo- Son túnicas rurales estilo hippie.

Ella lo mira con alguna curiosidad, mientras elije. Hasta que al fin decide y comienza desvestirse -como es su costumbre- sin inhibiciones.

-¡Ahora entiendo! –deduce él, muy cerca de ella- Ya no te preocupa la intimidad, porque debajo de eso tenés puesto tu traje de invisibilidad… ¡je!

-Comprobé, que tu raza es muy prejuiciosa.

-No te imaginás hasta qué límites –le revela él y aprovechando que Hortigoza está afuera, agrega- Te puedo preguntar ¿cómo hacés para hacer visibles sólo las manos y el rostro?

 -Como lo voy a hacer ahora, para también exhibir las piernas…

La xinebiana gira y se muestra en plenitud, vistiendo una camisola de bambula negra, con un llamativo bordado estilo mexicano en la pechera, que destaca en gran forma sus senos. Nícolas, queda asombrado por los atributos de la joven, compuestos por su piel aceitunada, ojos verdes rasgados y un cabello rubio llovido, que lo invitan a contemplarla como un hombre deslumbrado.

-¡Guauu!… ¡Te ves hermosa! –exclama, sorprendido y se quita la gorra- ¡Ah, perdón, perdón! No sé, si en tu mundo se usan estas expresiones.

 -El halago… o cómo dicen ustedes; el “piropo”, es universal, señor terrícola.

Hipnotizado por la inquietante mirada femenina, el vigilador enfoca sus ojos celestes, en los cautivantes de ella y comienza a aproximarse…

 -¿Puedo peguntarte algo?

 -Dime.

 -¿Dónde guardás tu perfume?

 -¿Por?

 -Cartera no traés y tu traje es muy ajustado, como para guardar algo en él.

 -Ja, ja… Muy observador el muchacho. Es un sistema, que produce aromas sintéticos desde las microfibras, hace mucho tiempo dejamos de usar perfumes líquidos.

 -Ah y podés seleccionar el de tu agrado, ¿con un abrir y cerrar de ojos, tal vez? -le comenta él, mientras se va acercando, como atraído por su sensual magnetismo.

-Algo así -responde ella, esperando su arremetida.

-¿Y cuál fragancia usás, para atraer lo que deseás? –le susurra él, estando ya a distancia de aliento.

 -Una que me asegure un buen resultado…

 -¿Sabés? –le confiesa él- Me está faltando el oxígeno…

 -¡Riquízimos, ruzo! -aborta la escena Julián, saboreando unos higos- ¿Quieren probar? Lez falta un poco, pero ze dejan comer ¡ja, ja, ja!

-Y respondiendo a tus preguntas –se recompone ella-. Este mono actúa por medio de órdenes cerebrales que se transmiten a través de mi convertor, por eso no me lo quito. A lo sumo lo dejo volcado en la nuca, como ahora… Y los efectos visuales de mi anatomía, los regulo desde ahí y solo dejo que se vean las partes que deseo… Siempre y cuando, tenga luz para activarlo, por supuesto.

Nícolas agradece la información de la muchacha, dedicándole una fogosa mirada de hombre enamorado y supera el momento, degustando un dulce fruto bicolor…

-¡Mmm, están buenos, che! ¿Te gustan, Lhexia?

-¡Sí, son sabrosos y tiernos!

-La cáscara no se come, ¿sabés? -le aclara el vigilador.

-Sí, maestro. ¡Gracias!

Los tres ríen…

-Tomá Pitu… Te va a gustar –le alcanza uno abierto, pero el can lo olfatea con desconfianza.

-Le voy a convidar a Izma, ruzo… ¡Permizo!

Seguido por Pitu, Julián sale de la ruinosa construcción de paredes despintadas, con ventanas rotas y techo de chapas oxidadas, en busca del centinela.

Hora 12.05

Es evidente que el espécimen macho del actual Homo Sapiens y la homónima hembra, recién llegada de un planeta gemelo, se sienten atraídos por su propia naturaleza humana, pero aún existen barreras circunstanciales que impiden su mutuo enlace.

 -¡Ejem! –carraspea Nícolas- ¿En que estábamos?

 -En que te falta el aire y yo estoy dispuesta a brindártelo…

Dándose por aludido, el vigilador la toma de la mano y la lleva a lo que vendría ser un patio trasero y allí descubren una exuberante muestra floral, que se apodera de la visión, pues diversas enredaderas trepando por aleros y columnas, decoran el lugar, ofreciendo una colorida escenografía de naturaleza viva

 -¡Ah, bueno! –expresa él, respirando profundo- ¡Mirá esto!

 -¡Bellísimo! –responde ella, acariciando las flores…

Una multicolor expresión primaveral, inunda de fragancias agridulces el ambiente, embriagando los sentidos.

-Me imagino que allá en tu planeta, también tienen flores.

-Sí claro, tal vez algunas especies sean distintas… Pero igual de bellas…

Nícolas le clava la mirada y la sujeta con fuerza por la cintura.

 -Coincido con eso –le susurra él, mientras le estampa un ardiente beso en los labios.

Hora 12.10

Luego de haberla besado desenfrenadamente, el rubio vigilador abre sus ojos color cielo y se enfrenta a los suyos, verde agua. Nunca antes había experimentado una sensación de éxtasis como esta, ni había sentido tal somnolencia idílica…

 -¿Y cómo sigue, esto? –le pregunta entonces, sosteniéndola con firmeza por la cintura.

 -En mi mundo, de una sola manera –responde ella, tanteando suavemente los músculos de sus brazos…

Él carraspea y se reprime.

 -Así se forman las parejas que sienten pasión y a veces, también amor –le revela, la humana del planeta gemelo.

El varón terrícola, siente la excitación de sus tejidos íntimos y la intensa vibración de su corazón.

-Pero ahora, debo continuar con mi tarea –prosigue ella, enfriando el momento-. Por eso, tengo que confiarte la custodia del archivo… ¿Sí?

 -Sí sí, claro –responde él, exhalando con disimulo una gran bocanada de aire-. Queda aquí en el aljibe, hasta que regreses… ¿Porque, vas a regresar, verdad?

 -¿Tú deseas que regrese?

 -Apasionadamente…

 -Bieb.

Hora 12.15 Escenario 3

A menos de treinta minutos de haber sido convocada, la Escuadra Azul de la policía montada, hace su entrada a la zona conflictiva. Tal como en las películas del oeste, decenas de jinetes entrenados para realizar acrobacias y riesgosas misiones ecuestres, desfilan al galope hacia el módulo de campaña del general Fulkner. Cabalgando entre la moderna maquinaria bélica -ahora fuera de acción- los refuerzos policiales dirigidos por la oficial principal Vanina Gisyshato, se dirigen a recibir órdenes de quien en la intimidad de su habitación de crisis, revisa el mensaje mecanografiado, recién traído por los hombres de Jacub.

“Respondiendo a su petición de no activar al P.E.I., debo comentarle que el parte diario emitido por el satélite de vigilancia geoestacionaria global, no ha reportado anormalidades de importancia al orbitar por sobre nuestra latitud. Por tal y entendiendo que la situación de intento de invasión UFO -por usted expuesta- no ha sido detectada por el ente internacional, quedo al aguardo de mayor información… Atte. Coronel Arturo Olivieri”

Con sus dedos sobre una máquina de escribir portátil y ante la incertidumbre de una situación que se expande, Fulkner duda qué responderle a su colega de armas, pues sabe que este nuevo comunicado, dependerá más de la acción científica, que de la militar… En eso, golpean a la puerta.

 -General, tenemos problemas con los telegrafistas solares –le informa de apuro el capitán Benítez-, los espejos reciben la luz, pero el reflejo no pasa al otro lado y lo mismo, con el destructor Malvinas.

Fulkner sale de su habitación.

-No me joda, Benítez… ¿y eso?

 -Debe haber hay un muro bidireccional, que se interpone entre las dos partes –aclara la doctora Hérzler, mientras bebe una lágrima en jarrito.

-Coincido doctora –interviene el profesor Renatti-. Dicen que desde el destructor ven todo normal, como si fuera una foto. A mi entender, debe existir una barrera invisible entre el río y nosotros. Y eso altera la frecuencia de los rayos solares que intentan reflejar… ¿Me explico?

-Pero entonces ¿hasta dónde llega esa barrera? –pregunta Molinari- La torre donde están trepados los operadores ¡mide más de doce metros!

-Ahí está el motivo, por cual estas cotorras desvían su trayecto –acota el cabo Gutiérrez, cuidador de las palomas desaparecidas-. Observen cómo intentan ir a la reserva, pero luego vuelven ¡es porque no pueden pasar!

Todos se asoman por las ventanillas abiertas del remolque, para comprobar lo dicho por el adiestrador y se alarman al ver las bandadas, que acostumbradas a una rutina de vuelo, ahora ejecutan pronunciados virajes como “esquivando algo invisible”, al menos para los ojos humanos.

-¡Sí, es cierto! –suelta espontáneamente, una integrante del equipo científico- ¡Perdón! –y se disculpa luego.

 -Todo bien, Edith –la tranquiliza la doctora-. El problema es que no podemos analizar esta conducta, sin cámaras ni celulares que lo puedan registrar.

 -¡Encima, estamos sin radarización! –mecha el mayor Steiner.

-Deberíamos hallar la manera de estudiarlo –prosigue la doctora, tomando la iniciativa de salir del remolque-. Sería de mucha utilidad, para darnos cuenta de la magnitud de esta barrera invisible.

 -Y también, si existe algún portal por dónde podamos acceder, sin riesgos –agrega el profesor Renatti.

 -En el museo del ejército, hay filmadoras a cuerda que aún funcionan –revela Fulkner, adecuándose a la situación-. ¿Podrían servir, doctora?

 -Desde luego.

-¡Entonces, me van por ellas! –ordena el militar- ¡Ah y no olviden de traer los rollos de película, eh!

-Pe… pero ¿los rollos, dónde los conseguimos, señor? –pregunta tímidamente, el suboficial que recibe la orden.

 -¡En la verdulería, seguro que no, soldado!… ¡No sé, carajo, me consulta a las compañías cinematográficas!

 -¡Sí, señor!

-Y me arbitra los medios, para que la Policía Federal los asista –agrega Fulkner-. ¡Y no me detengan -para nada- los motores de esos Unimog!

-¡Perdón! –interviene, Molinari- Quizás, sea útil usar algún globo aerostático para obtener las tomas aéreas.

-¡Buena idea! –festeja, Fulkner- ¿Esos van con aire caliente, verdad?

-¿Sí, pero dónde vamos a conseguir un globo de esos, ahora? –interviene, Benítez- ¡Son gigantescos!

-Eso es cierto –reconoce Molinari, intentando en vano pitar su insalubre cigarro.

-En el IAFE, debe haber de los estratosféricos que se usan para la observación astrofísica –comenta la doctora, con espíritu de colaboración.

-¡Y esos funcionan con gas! –agrega el profesor Renatti, entusiasmado.

-Bien –asiente Fulkner, ya convencido-… ¡Capitán! Me dispone una comisión de técnicos que entiendan del asunto y me le asignan una custodia armada a los científicos. Si es preciso, usen uno de los Unimog para traerlo.

-No va a hacer falta, general –aclara la doctora-. El IAFE está aquí cerquita, si hallamos algún globo adecuado, allí mismo lo podemos inflar. Yo los acompaño…

-Si me permite, yo también –agrega Renatti.

-Vamos a tener un problema para entrar –advierte Molinari, como supervisor a cargo de la seguridad del Campus-, las llaves quedaron en la oficina de guardia…Y el IAFE es blindado, por normas de seguridad.

-No se preocupe, Molinari –le dice Fulkner-. El capitán, es experto en volar puertas, él se hará cargo.

Benítez lo mira con satisfacción.

-Suficiente, señores –redondea Fulkner-, ni bien llegue la filmadora, le asigno un operador y se lo mando.

-Trate que sea delgadito, por favor –le indica Renatti, esbozando una mueca sonriente.

          -Claro claro, entiendo.

 -¡Ya lo oyeron, soldados! –arenga Benítez, al pelotón del sargento Jacub- ¡Consigan urgente esa filmadora!

 -¡Sí, señor!

El camión se retira a toda velocidad, justo cuando hace su entrada el vistoso escuadrón de caballería, comandado por la oficial Gisyshato.

 -¡Holalá! –exclama Molinari, impactado por tal presencia- ¿Y esto?

 -Es el escuadrón de la policía montada, tiene su base aquí cerca –explica Benítez-. La caballería del ejército, iba a demorar más en llegar.

Después del saludo formal, frente al grupo encabezado por el general Fulkner, la oficial de origen japonés, se apresta a recibir instrucciones.

 -Principal –proclama Fulkner en voz alta-… Necesito me organice patrullas de cuatro jinetes, más uno volante que oficie de mensajero. Cada patrulla será escoltada por un pelotón del COS al mando del sargento primero Jacub, un hombre ducho y al tanto de esta situación.

 -Perdón general -le sopla al oído Molinari, tal si fuera el consejero del César-. Sé cómo podrían comunicarse las patrullas por la selva, de manera simple y rápida.

 -Lo escucho –responde Fulkner por lo bajo, antes de proseguir.

 -Conozco unos chicos senegaleses que tocan unos tambores parlantes y se comunican entre sí, enviando mensajes. Podrían acompañar a los jinetes mensajeros y así comunicarse.

 -¡Ingenioso Molinari! –lo aprueba el militar- Convóquelos ya, por favor.

 -Como no general –responde Molinari, satisfecho y mirando de reojo a Benítez agrega: Con el permiso del capitán, habría que despachar una comisión a buscar a esos africanos.

 -Ya lo oyó Benítez… me pone a disposición del licenciado lo que precise.

El capitán no puede disimular su ofuscación, pero obedece.

-Bien, principal -prosigue Fulkner con Gisyshato-, ni bien lleguen esos mensajeros, pueden disponer y me trabajan en equipo… ¿Preguntas?

Sólo se oye algún bufido equino.

-¡Correcto! Cuando estén listos, me entran a esa selva y me sacan a esos invasores de allí. ¿Comprendido?

 -¡COMPRENDIDO, SEÑORRR!

Hora 12.15 Escenario 5

Hortigoza vigila la vegetación, cuidando a sus ocasionales compañeros y no se perturba al oír aproximarse a Julián, con Pitu.

-¿Te guztan loz higoz, Izma?

-Ah, hola amigo… sí claro, gracias.

-¿Cuánto zilenzio, no?

-Sí, es extraño, ni los pájaros se escuchan ¿te diste cuenta?

-Tenéz razón, che… Tampoco laz zirenaz de la ziudad.

-Es porque no hay energía, esta gente se la están chupando desde algún lugar… Vaya a saber, qué tecnología tiene el país que los mandó, ¿no?

-Ehhh zí, zon como loz de laz peliz Zoldado Univerzal… ¿Laz vizte?

-¡Ah! Pero esos, eran soldados muertos que los revivían y los transformaban en indestructibles… El tema, es que estos encontraron la manera de inutilizar ¡toda la maquinaria bélica!… Ahora estamos peleando como en la primera guerra mundial, sin energía, nada funciona… No hay aviones, barcos, tanques, radares, ¡nada!

-Zí, como en la época de Maquiavelo…

-¡Ja! Los quisiera ver, sin esos escudos en un “frente a frente”. ¡Los hacemos mierda!

-¿Y, zi no zon de acá?

-¿Marcianos, decís vos?

-Loz marzianos, zon de Marte… Eztoz podrían zer de otro planeta.

-Bueno, quise decir, extraterrestres… ¡Pero, la vida en otros mundos, no existe Julián!

-¿Zí, no?

De pronto Hortigoza se sobresalta, cuando Pitu se va ladrando hacia un claro lleno de hojas secas.

-¿Qué paza amigo? –pregunta Julián, mientras va tras él.

El infante de marina adopta una posición defensiva y escudriña el lugar con el largavistas… Al cabo de unos minutos, Julián regresa con una paloma en las manos.

 -Pobrezita, eztá abombada.

 -Es, ¡es una paloma mensajera del ejército! –exclama Hortigoza, revisando su identificación en la patita- ¡Y tiene un mensaje!

-¿Qué dize, Izma?

“COMUNICADO N°1 HORA 10.20. El área de operación terrestre “Invasión”, afectada p/ ausencia repentina de energía, origen desconocido. Se declara emergencia nivel I. Se intenta reactivar la operatividad defensiva y de comunicaciones, hasta ahora fuera de servicio. Solicito envío urgente de mensajeros p/ cualquier medio p/ establecer un corredor de novedades y p/ petición de científica Ángela Hérzler, convocar personal calificado. Se procede a evaluar necesidad de activar P.E.I. cual p/ el momento, NO se requiere. Repito: p/ el momento, NO se requiere.

Atte. General de División Hernán Fulkner”

-¿Qué ez el P.E.I., Izma?

-Es el Protocolo de Emergencias Internacionales –informa Hortigoza, reteniendo el mensaje-. Si lo activan, en un rato tendremos a las potencias mundiales enviando misiles y a la mierda Buenos Aires con todos los que estamos dentro.

-¡Eee! Mirá zi van a bombardear antez de zaber de qué ze trata.

El cabo primero le dedica una mirada, que Julián entiende.

-Bueno bueno. Zi queréz, andá a avizarle a la teniente primero, Pitu y yo te cubrimoz la guardia.

Mientras esto ocurre, la xinebiana se interna en la zona inerte, procurando hallar a sus perseguidores. Cuando el vigilador va en busca de sus compañeros, justo en donde alguna vez hubo una puerta, se topa con Hortigoza entrando con la paloma en sus manos.

 -¿Y, la teniente…?

 -Hola Isma, acaba de salir a investigar. Encontraste una palomita.

-Es una mensajera militar y desconozco por qué no llegó a destino… Trae un comunicado importante… ¿Qué hacemos?

-Ah ¿no vuela? –pregunta Nícolas, leyendo el mensaje.

 -No sé, parece atontada… Será cuestión de lanzarla desde algún árbol alto y ver qué pasa.

 -¿Te animás vos? –le consulta Nícolas- Yo sufro vértigos, che.

 -Sí sí, voy yo -se ofrece Hortigoza, mientras devuelve el mensaje a su portadora.

El infante de marina le confía su Fusil al vigilador y después de ubicar el ave dentro de su chaqueta, comienza a trepar a un enorme sauce criollo.

 -¡Cuidado con las ramas secas, Isma! –le grita Nícolas, ya desde abajo.

Por el griterío, Pitu se adelanta corriendo y Julián corre tras él.

-¡Ah bueno!… Narigueta se cree Tarzán ¡Ja, ja, ja!

Concentrado en su tarea, el escalador no contesta, continúa trepando con cierta destreza y cuando alcanza lo más alto que el árbol le permite, toma la paloma, extiende el brazo y orientándola hacia el oeste, la suelta.

-¡Vamos, a volar amiguita!

Iluminada por el sol del mediodía, el ave aletea desordenadamente y tras un rodeo de reconocimiento, enfila hacia su destino.

 “La habilidad y la conztanzia, zon laz armaz de la debilidad”

 -¿Qué decís, Maqui? –pregunta Nícolas, sin haber oído bien la cita.

 -Algo que dijo el gran Maquiavelo, rezpecto a zituazionez de inferioridad, como ezta.

Hora 12.30 Escenario 6 (Edificio IAFE)

Un poco retirado de los pabellones, pero dentro del campus universitario, funciona el Instituto de Astronomía y Física del Espacio. Se trata de un edificio rodeado por un bosquecito, que en esta época luce florecido. Debido al actual situación, el instituto goza de custodia militar , pues las llaves quedaron en la oficina de Julián, hora en zona fantasma.

 -Este es el acceso principal –le indica Molinari a Benítez, quien le marca al escuadrón de explosivos el sector a derribar.

Una vez a resguardo, Molinari y los científicos esperan la detonación, tapándose los oídos. Luego deviene la explosión, polvo y humo y al rato, todos se meten por el hueco de la puerta derribada en busca de un globo apropiado.

Hora 12.30

 -¿Escuchaste eso, Cris? –le comenta Lucas a su movilera, avanzando con sigilo entre las sombras del bosquecito.

 -¡Flor de explosión! –responde la periodista de cabello lacio, color zanahoria- Vino de ese edificio… Prepará la cámara, vamos a descubrir qué pasa acá.

Después de forzar una pequeña ventana lateral, los periodistas intrusos se escabullen y logran acceder a un gran hangar. Una vez adentro, caminan con discreción temiendo ser descubiertos y al escuchar pasos, se sobresaltan…

 -(¡Rápido, entremos acá!) –sugiere ella en voz baja, abriendo la puerta de un simulador de vuelo.

El sitio -repleto de instrumentos para meteorología espacial- se ve muy poco por la ausencia de energía. El grupo formado por la doctora Hérzler, su asistente Edith Notte, el supervisor Molinari y tres soldados, accede a un enorme salón, parecido a un hangar de aviación.

-Acá ensamblábamos los módulos de investigación interestelar –le comenta la científica al supervisor, quien asiente, acariciando su cigarro en el bolsillo del saco.

 -¡Ah, mire usted! –se sorprende Molinari y lo señala- Ese aparato, parece un simulador de vuelo.

 -¡Sí sí, uno de los más completos de Latinoamérica! Aquí practicamos varias veces, ¿no Edith?

La ingeniera asiente, pero una notoria palidez en su rostro, denota que no se encuentra bien.

-Y detrás de aquél portón, funciona el emulador de ingravidez –agrega la doctora.

 -¡Auch, pero ese es enorme! –se asombra el supervisor.

 -Tiene capacidad para seis astronautas –agrega la científica, demostrando orgullo-. ¿Te sentís bien, Edith? Estás muy pálida…

 -Estoy mareada, me parece me bajó la presión.

 -Allá hay un dispensador automático, tal vez alguna golosina podría ayudar -sugiere Molinari, ayudando a sentarla-. Aunque sin luz, no debe funcionar.

Ni bien termina de decirlo, un soldado le da un culatazo al gabinete y la máquina empieza a lanzar su mercadería, eligen un helado en palito y una gaseosa y se la alcanzan a la técnica descompuesta. No transcurren ni dos minutos, para que todos queden absortos al observar, cómo las latas de gaseosas expulsadas, comienzan a reventar y a esparcir su contenido.

 -¿Y esto? –pregunta intrigada, la doctora, esquivando los chorros de las gaseosas.

-¡Mmm! –masculla Molinari- Esto ya lo conozco.

  -(Parece una comitiva de científicos con problemas –le susurra Lucas a su compañera, espiando por una abertura del simulador-, esto merece unas buenas tomas…)

Hora 12.40

En otro sector, el grupo de búsqueda liderado por el profesor Renatti, es el primero en dar con el sitio donde se encuentran los globos estratosféricos.

 -Este es adecuado –le comenta a los soldados, examinando uno-. Por favor muchachos, allá están los tubos de helio, hay que sacar dos para inflar este globo.

Lucas, en el afán de conseguir sus capturas fotográficas, se recuesta accidentalmente sobre una palanca y esta cede, provocando un leve movimiento al simulador de vuelo.

-¡Shhh! ¡Shhh! -pide silencio Molinari, alarmado- ¿Escucharon eso?

El grupo se detiene y los soldados se preparan.

 -No, yo no –niega con la cabeza la doctora, acomodándose los lentes.

-Vino del simulador, fue como un soplido.

 -Juro que no oí nada, Molinari –insiste la doctora, consultado con su mirada a los demás.

 -¡Pero, Lucas! ¿Sin electricidad, anda igual esta cosa? –le pregunta la periodista, sobre el reciente incidente.

 -Funciona con aire comprimido y debe tener reserva, cuidemos de no tocar estas palanquitas.

Interiormente, Molinari persiste en su afirmación, pero lo disimula y su estado de ansiedad lo impulsa a sacar su cigarro. Esta acción es observada por Edith, pues le obsequia un palito helado recubierto en chocolate.

 -¡Ah, sí sí, adivinó, gracias! Me gustan estos helados –le dice Molinari, guardando su cigarro.

 -Por nada –le contesta la técnica ya repuesta, después de haber tomado la gaseosa.

 -Acerquémonos un poco, para estar seguros, Molinari –sugiere la doctora-, vos quedate, Edith.

 -No se preocupe, tal vez me pareció –responde el supervisor, quitando el envoltorio al helado.

En ese momento de tensión, un gato atigrado salta entre unos tambores y se aleja espantado.

 -¡Ahí va el motivo del ruido, Molinari! –señala la doctora, más distendida- Ya puede quedarse tranquilo.

El supervisor acepta ese hecho con cierta suspicacia y todos retoman la búsqueda del globo, desconociendo, que el profesor Renatti y su comitiva, ya dieron con él.

Hora 12.50

 -Acá está bien muchachos –indica Renatti, supervisando el traslado del globo y los tubos de helio a un lugar abierto.

 -Cuánto cree que va a demorar el inflado, profesor –pregunta Benítez, ahí presente, con impaciencia.

 -No mucho, unos minutos… ¿Ya le avisaron a la doctora?

Hora 12.50

La comitiva encabezada por la doctora Hérzler, continúa con la búsqueda y se aproxima al portón del emulador de ingravidez, pero al acercarse, la científica descubre que se encuentra activado, a pesar de la falta de energía…

 -¡Qué extraño! –murmura- Está funcionando, ahora.

Molinari toma la delantera, obedeciendo a su sagacidad investigadora y se aproxima al gigantesco emulador, seguido por los soldados, que apuntan sus armas.

 -Parece, que la energía no se cortó en todos lados –deduce el supervisor, ya sobre el portón.

En tanto, e ignorando la causa de tales maniobras, los periodistas intrusos, se molestan entre sí para registrar los hechos.

 -¿Qué buscarán? –pregunta la movilera.

 -Ni idea, pero yo lo capturo -responde Lucas, dándole al gatillo de su Canyon.

Desconociendo que sus movimientos están siendo fotografiados, la doctora le indica a Edith -ya repuesta- cómo ayudar a desactivar el emulador y así poder acceder a su interior.

 -Debemos presionar estas teclas verdes, en orden descendiente y al mismo tiempo. El código es 4-3-2-1. ¿Lista?

Cuando concluyen el ejercicio, se produce un zumbido desacelerado y unos fuertes soplidos. Y tras unos tensos segundos, el portón empieza a elevarse verticalmente, dejando al descubierto un difuso interior invadido por una bruma colorada. Justo en ese momento, se presentan los soldados enviados por el capitán Benítez, para avisarles las novedades, pero quedan expectantes. La densa bruma comienza a bajar al piso, provocando una corriente fría en los pies y de a poco, comienza a vislumbrarse un extraño movimiento.

 Hora 12.55

Sólo sujetado por las riendas de su canastilla a una columna, el globo estratosférico -ya inflado- pugna por elevarse. El profesor Renatti y el capitán Benítez aguardan la llegada del camarógrafo, quien se encargará de filmar el movimiento de las aves.

 -El único operador de contextura chica que entiende estas filmadoras, es un novato -comenta Benítez y desde su ignorancia en navegación aérea, pregunta: ¿Sabrá cómo operar este artefacto volador?

 -No es muy difícil, capitán –responde Renatti-. Generalmente se comanda desde tierra a control remoto, pero al no contar con energía, va a tener que hacerlo manualmente desde la canastilla.

-¡Ajá! ¿Y cómo se maneja? Veo muy reducido este sitio para moverse.

-Le insufla gas con este tubito auxiliar, para ascender o abre esa válvula de alivio, para descender.

-¿Y para trasladarse? –remata Benítez.

-Igual que un barrilete… Lo comandamos desde abajo con una soga atada a la góndola y lo remolcamos de un sitio a otro con los camiones o los caballos.

Con una ceja levantada, Benítez lo mira de costado sin emitir opinión. En eso llegan dos Unimog con el sargento Jacub y su pelotón, trayendo al camarógrafo de “bajo peso” sugerido por Renatti.

 -¡Operador de audiovisuales, alférez Acosta, reportándose! –se presenta con gran formalidad, un joven militar, recién egresado.

 -Bien, descanse alférez y vea si puede entrar ahí con esa cámara.

Portando una vieja filmadora a rollo, el pequeño camarógrafo comienza a meterse en la canastilla del globo, mientras Renatti le da las instrucciones de manejo.

 -Señor, también trajimos el biotraje espacial, solicitado por la doctora Hérzler –le comunica Jacub, junto a Kowalsky, con el motor de su unidad en marcha.

 -¡Ah, bien! –responde Benítez, mirando hacia el edificio- A propósito… ¿Por qué demora, el grupo de la doctora? ¿Fueron a avisarles?

Hora 12.57

A través del lente de la cámara, Lucas observa los movimientos del grupo científico y le va relatando a su compañera.

 -Están por entrar a esa compuerta llena de humo… no sé.

En una demostración de audacia, Molinari intenta meterse en la niebla del emulador, para descubrir que hay dentro, pero la doctora lo retiene, tomándolo de un brazo.

 -Espere –le sugiere, en tono de precaución.

Bien por la doctora, pues de repente se asoman –intempestivos- los cuatro Rasters blandiendo sus armas… Y ello provoca que la científica se caiga y Molinari y la frágil Edith sean atropellados. Entonces los soldados no dudan en dispararles sin respiro, pero sin pensar en las peligrosas consecuencias.

 -¿Estás tomando eso? –le pregunta -a los gritos- la periodista a su camarógrafo, consternada por lo que está viviendo.

 -¿Pero, qué es esto? –exclama Lucas, tratando de registrarlo.

Las balas que rebotan en las burbujas de los alienígenos, se esparcen como esquirlas por todo el recinto, produciendo destrozos y heridas a los propios soldados, incluido el módulo donde se resguardan los periodistas.

 -¡Maldición! –profiere Lucas, después de recibir en su cabeza el roce de una esquirla. El impacto lo vuelca hacia atrás y lo hace caer sobre el comando de los compresores, lo que provoca que el simulador se active frenéticamente y comience a sacudirse en medio de un concierto de soplidos neumáticos.

Hora 13.00

Ante los numerosos disparos repercutiendo en todo el hangar, los comandos externos acuden al hangar, con el capitán vociferando órdenes en la corrida.

 -¡Sargento, cuide la retaguardia y mande traer refuerzos!

 -¡Sí, señor!

Adaptándose a operar sin radiocomunicaciones, los integrantes del COS alistan sus ametralladoras pesadas en los dos Unimog y se preparan para contraatacar. Dos bajan sus bicicletas y se aprestan a recibir instrucciones de Jacub, con el ruidoso escenario de fondo.

 -¡Usted, al comando general!

 -¡Sí señor! –responde el mensajero, yéndose a toda velocidad.

-¿Y yo, señor?

–Usted reemplace a Kowalsky en la ametralladora y dígale que venga.

En un instante, se presenta el corpulento cabo primero.

 -¿Sargento?

 -Tome la bicicleta y avise de esto a Fulkner.

Después de acomodarse su gran fusil en la espalda, el gigantón se sube a la bicicleta y viéndose como un oso de circo en patineta, le responde con resignación:

 -De acuerdo, sargento… ¡Cuídese!

A todo esto, el pequeño operador de cámara metido en la canastilla del globo, apenas asoma su cabeza a modo de resguardo y comienza a filmar, mientras del lado de afuera, el profesor Renatti , ante el abandono de los soldados asistentes, se queda con él.

 -¡No tenga miedo, muchacho! –lo tranquiliza el científico- Este gas no es inflamable… ¡No va a explotar como el Hidenbourg!

Hora 13.02

Dentro del hangar, soldados caídos por sus propias balas, sin darse cuenta continúan tirando, pero llegan los refuerzos del capitán Benítez, acostumbrados a lidiar con estos seres.

 -¡Usen balas perforantes! –les ordena al pelotón de refuerzo y todos comienzan a cambiar los cargadores de sus armas.

Los androides de cabezas esféricas, avanzan ordenadamente protegidos por sus burbujas blindadas, pero sin responder la agresión. Molinari recupera su verticalidad y asiste a las mujeres en el piso.

 -Estoy bien –farfulla la doctora-. ¡Vamos por Edith!

Entre el humo de la pólvora y la bruma reinante, se puede distinguir el simulador de vuelo, en una suerte de danza delirante parecida a la del Samba de un parque de diversiones.

-¡Tenemos que salir de esta coctelera, Cris!

-¡Saltemos!

Después de saltar, los periodistas se acercan al grupo de civiles y se solidarizan con ellos, mientras los militares hostigan a los extraterrestres.

 -¿Y ustedes… de dónde salieron? –pregunta el supervisor, ya sin sorprenderse.

 -De ese aparato que enloqueció –responde la periodista, señalando el simulador de vuelo que va perdiendo su fuerza neumática-. Somos reporteros y vimos todo… ¿Cómo están?

 -Bien, bien –asegura Molinari, tomando el liderazgo-. Salgamos de su escondite, aquí dormían estas cosas.

 -Seguramente, para equilibrar la fuerza de gravedad de su sitio de origen –explica la doctora, dando de beber una gaseosa a su asistente.

 -Exactamente ¿qué significa “sitio de origen”, doctora? –pregunta la reportera, revisando la herida en la frente de su compañero.

-Después les explicamos –interviene Molinari-, ahora debemos ponernos a resguardo, si estos imbéciles siguen tirando, nos van a dar a nosotros.

 -Esas esferas, son impenetrables –indica la doctora-, son campos de fuerza que repelen todo.

 -¿Y si los cegamos? –pregunta Edith, ya repuesta.

 -¡Buena idea, muchacha! –festeja Molinari y agrega- Se me ocurre algo… ¡Ustedes protéjanse en los baños!

Con el traje manchado y desalineado, el obeso supervisor se dirige al sector de los matafuegos, elige uno a base de espuma química y corre hacia los Rasters.

 -¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego! –grita Benítez, a ver la iniciativa del supervisor.

Los androides, prosiguen su camino a paso lento, e indiferentes a la agresión de los soldados, obstinados en destruirlos. El cese al fuego, permite que Molinari se acerque manipulando el extinguidor y rocíe al grupo robotizado con la espuma a presión.

 -¡Lucas, dejá eso y vení! –le pide su compañera en retirada, viendo lo peligroso de seguir tomando fotografías.

Regados de espuma, los alienígenos no se inmutan y siguen su trayecto hacia afuera, pero los dos de atrás, con sus burbujas cubiertas por el agente químico, pierden el rumbo.

 -¡Traigan las redes! –ordena Benítez, aprovechando el momento de confusión de los últimos autómatas.

Hora 13.10

Con los dos Unimog en marcha y las ametralladoras apuntando hacia el portón explotado, los comandos del sargento Jacub, esperan que se asomen los extraterrestres, para detonarlos y ello está próximo a ocurrir.

 -Si me permite, sargento –le dice el profesor Renatti, desde su incómoda ubicación cerca del globo-. Por lo que pudimos deducir con la doctora, estos seres robotizados, cuentan con un esplendor de protección contra todo tipo de armas convencionales, ¿me sigue?

 -¡Ajá! –replica Jacub, sin dejar de apuntar- Usted se refiere a esos escudos luminosos.

-Lo que intento decirle, es que las armas militares están diseñadas para matar seres vivos y estos no lo son… ¿Me explico?

 -¿Y entonces? –interpela el militar.

 -Si quiere dominarlos, deberá hacerlo de otra manera, pues sus armas los potencian.

Ni bien concluye la sugerencia, Renatti abre más los ojos al ver a dos Rasters salir del edificio.

 -Ahí los tiene…

Contrariamente a lo esperado, Jacub no da la orden de disparar, se sube ágilmente al volante del Unimog y lo dirige hacia los autómatas, mientras les grita a sus soldados que están arriba:

 -¡No disparen y agárrense!

El camión toma velocidad y embiste de frente a los dos Rasters, dejándolos atrapados abajo. Entonces Jacub salta de la cabina para comprobar la captura, en tanto su pelotón se le acerca.

 -¡Los tenemos! –alardea un soldado, apuntando su arma.

 -Gracias a los consejos del profesor –reconoce el sargento, mirando al científico, quien al pie del globo, asiste al alférez que no para de filmar.

En eso, se asoman los otros dos autómatas bañados en espuma y amarrados con redes de nylon, custodiados por los maltrechos comandos de Benítez.

 -A usted también le resultó buena la cacería, sargento –se ufana Benítez, encabezando la captura.

-Así parece, pero no tengo idea qué cazamos, señor.

Cuando los soldados se reúnen en torno a los alienígenos – presuntamente dominados- un extraño efecto climático comienza a generarse. El primer síntoma, es un notorio ascenso de la temperatura ambiental y a continuación, empieza a formarse una especie de remolino de viento, que obliga a los civiles a protegerse de las hojas y del polvo que se levanta violentamente.

 -¡Pe-pero! ¿Qué pasa, ahora? –pregunta Molinari, cobijando con sus brazos a las dos científicas.

Una notoria disminución del oxígeno, va tornando la atmósfera irrespirable, la luz solar se intensifica y en pocos segundos -ante el desconcierto de todos- los Rasters aplastados comienzan a levantar el camión.

 -¡No dejen que se levanten! –ordena Benítez, desgañitándose.

En ese momento, Jacub se da cuenta que las redes de nylon sobre los otros dos Rasters, empiezan a derretirse -como lava ardiente- sobre sus burbujas.

 -¡No los descuiden, se están soltando! –grita Jacub, yendo a proteger a los civiles.

A todo esto, el globo ya inflado se torna ingobernable, pues la fuerza de arrastre ventoso es tan grande que corta los amarres, empujándolo a tomar vuelo. El problema, es que lo hace con el profesor Renatti colgado, pues dentro, se encuentra el camarógrafo.

 -¡Deje de filmar y abra la válvula de alivio, alférez! –clama Renatti, poniendo a prueba su resistencia física, aferrando la canastilla.

Jacub gira y no duda en correr tras la góndola ladeada, para sujetarse del lado opuesto.

 -¿Si le disparo, explota profesor? –pregunta a los gritos el comando, colgado de una mano y empuñando su arma de puño en la otra.

 -¡No debería! –responde Renatti, sintiendo cómo el globo va subiendo en torno al remolino.

Jacub titubea en la decisión, por temor a una explosión y guarda su arma, para tomarse con las dos de la barandilla. En eso, un acontecimiento mayor se presenta, al manifestarse un destello enceguecedor, que los expulsa enérgicamente del sector, mientras debajo de ellos, ocurre todo lo contrario, ya que allí, todo queda paralizado, tal como ocurrió en las llamadas, zonas inertes.

Hora 13.15 Escenario 5

Un repentino viento cálido, agita las hojas de los frondosos árboles de la reserva y las bandadas de aves -que revoloteaban desorientadas- ahora se dirigen resueltas hacia el río.

 -¡Pareze que viene una tormenta, muchachoz! –comenta Julián, sentado sobre un tronco junto a Pitu.

 -¿Qué decís, Maqui? –retruca Nícolas, observando el cielo- Ni una puta nube hay.

 -Es un remolino y viene del lado de los pabellones –advierte Hortigoza, observando con los binoculares y de esa manera, puede distinguir la entrada en escena de un gran globo, también dirigiéndose al río.

 -¡Abra la válvula aliviadora, señor! –le sugiere Jacub, a quien sería un superior de otra fuerza ¡Eso nos hará descender! ¿Entiende?

-Parece, uno de esos globos que usan para meteorología –relata Hortigoza-. ¿Lo habrán largado para estudiar este tornado?

Lejos de la suposición del soldado, el globo comienza a enroscarse sobre sí mismo y los lastres humanos, a balancearse peligrosamente.

 -¡Ah!… ¡Pero vienen dos tipos colgados!

Nícolas y Julián se acercan y le piden el largavistas, pero Hortigoza no lo cede. En tanto en el globo, el camarógrafo al fin acciona la válvula que expulsa el helio y el globo, comienza a perder altura.

 -¡Se viene para acá girando como un trompo! –relata Hortigoza, consternado- ¡Están en problemas! Un soldado y un hombre aferrados a la canastita… ¡Y adentro, hay otro! ¡Van a caer!

 -Bueno, ¡vamos a auxiliarlos! –grita Nícolas, encaminándose hacia el lugar donde calcula la caída.

Continuará…

Nota del autor: 

Estamos a la mitad de la historia. En una semana, publicaremos la parte final.

¡Muchas gracias!